PROPIEDAD DEL JEQUE Capítulo 1
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PROPIEDAD DEL JEQUE

PROPIEDAD DEL JEQUE

Por Morgan Garo

© inepub.com

Capítulo 1

Mi madre me llamó a las cinco y media, como hacía siempre, con esa puntualidad de reloj que a los dieciséis años me parecía asfixiante y que a los veinticinco ya simplemente me parecía ella.

—¿Estás bien? —fue lo primero que dijo, porque nunca empezaba por el hola ni por el qué tal el día, sino siempre por ahí, por esa pregunta en la que cabía toda su manera de quererme.

—Estoy bien, mamá.

—¿Has comido?

—A las tres.

—Eso es mucho tiempo, Raquel, tendrías que llevar algo en el bolso, una fruta, lo que sea.

—Sí —dije, aunque sabía que no lo haría—. Salgo ahora de la biblioteca y llego a casa antes de las siete.

—¿Vas en metro?

—Como siempre.

—Llámame cuando llegues.

—Sí, mamá.

Colgué y me guardé el móvil en el bolsillo del abrigo.

Esa conversación la habíamos tenido ya cientos de veces, y la tendríamos cientos más, casi idéntica, hasta que ella fuera muy mayor o hasta que yo dejara de tener paciencia.

Mientras tanto formaba parte del fondo tranquilo de los días, de esas costumbres a las que una no presta atención hasta que faltan.

Era un martes de octubre, apenas las seis menos cuarto.

Ajusté la correa de la mochila sobre el hombro y eché a andar despacio, porque me gustaba esa hora en que el campus se vaciaba y el ruido de la ciudad se quedaba al fondo, como si Madrid bajara un poco el volumen solo para mí.

Era mi quinto año de carrera, Filología Inglesa, especialidad en Literatura, con el trabajo de fin de máster pendiente de defensa en junio.

Había pasado los últimos cuatro años yendo y viniendo de esa misma facultad, cruzando las mismas calles, cogiendo el mismo metro, hasta el punto de que me sabía el camino de memoria en el sentido más literal de la palabra.

Podría haberlo hecho medio dormida sin equivocarme en una sola esquina.

La boca del metro de Ciudad Universitaria quedaba a seis minutos a pie, o a cuatro si apretaba el paso.

Aquella tarde no lo apreté, porque me apetecía caminar y porque el día todavía parecía guardar cosas pendientes.

Fue entonces cuando vi la furgoneta. O más bien cuando me di cuenta de que ya la había visto antes.

Era blanca, aparcada en la calle lateral que bordeaba el edificio de Ciencias, y no tenía nada de particular, porque Madrid está llena de furgonetas blancas y uno no se fija nunca en ninguna.

Pero yo la había visto esa misma mañana al llegar, parada en ese mismo sitio, y la coincidencia fue lo bastante pequeña y lo bastante extraña al mismo tiempo para que me detuviera un segundo en la acera a mirarla.

No se veía a nadie dentro. Seguí caminando y me dije que no era nada, que las furgonetas se quedan aparcadas días enteros, que yo estaba cansada y veía cosas donde no las había.

El hombre estaba apoyado en el muro de la entrada del aparcamiento, con las manos en los bolsillos, con una quietud que no encajaba del todo con el lugar.

Tendría unos cuarenta años, abrigo oscuro, complexión ancha.

No miraba el móvil ni parecía esperar a nadie.

Estaba simplemente ahí, parado, y cuando pasé por delante levantó la vista y me miró.

No aparté los ojos a tiempo. Durante dos segundos que se me hicieron larguísimos nos miramos el uno al otro, sin que él bajara la mirada.

La bajé yo, y aceleré el paso casi sin decidirlo, con esa parte del cuerpo que avisa antes de que la cabeza entienda nada.

La calle que bajaba hacia el metro estaba demasiado tranquila para esa hora.

Un martes a las seis menos diez tendría que haber estudiantes volviendo a casa, gente saliendo del edificio de administración.

Los había, sí, no estaba desierta, pero menos de los que solía.

Lo noté precisamente porque llevaba cinco años cruzando esa calle y tenía lo habitual grabado en algún lugar del cuerpo.

Le estaba escribiendo a mi madre, «saliendo ya, llego antes de las 7», con los pulgares en la pantalla y la cabeza a medias en el mensaje y a medias en aquella tranquilidad rara, cuando el primer hombre apareció por mi derecha.

No corrió. Eso fue lo primero que me desconcertó.

Caminaba a paso normal, como alguien que va a algún sitio concreto, y no lo identifiqué como una amenaza hasta que lo tuve a menos de dos metros.

Algo en la manera en que movía los ojos, en que en realidad no iba a ningún sitio, en que me miraba con demasiada precisión, me hizo pararme en seco.

Yo me paré, pero él no. Apenas tuve tiempo de girarme, de ver que había otro hombre detrás de mí, de abrir la boca para gritar.

Una mano me cubrió la boca y la nariz antes de que el grito terminara de formarse, y un brazo me rodeó la cintura con tanta firmeza y tanta rapidez que mis pies dejaron de tocar el suelo.

El móvil se me cayó de la mano. Lo oí golpear el asfalto con un ruido seco de pantalla contra el suelo, y pensé, de una manera absurda dadas las circunstancias, que se me habría roto la pantalla.

Enseguida dejé de pensar en el móvil, porque aquello que me apretaban contra la cara no era solo la mano, sino una tela, o algo parecido a una tela, con un olor dulzón y químico que se me metía dentro antes de que pudiera contener la respiración.

Pateé. Sé que pateé porque noté el impacto de mi pie en la espinilla de alguien, y oí una palabra corta y áspera que podría haber sido una maldición aunque no entendí en qué idioma.

Pero los brazos no me respondían como yo les pedía.

El edificio de Ciencias, al fondo de la calle, empezó a inclinarse hacia la izquierda de una manera que no tenía ningún sentido.

Todo lo demás se fue volviendo lento y blando: las luces partidas, el suelo lejos, mi propio cuerpo cada vez menos mío. Y después ya no hubo nada.

***

Desperté con la mejilla pegada a una superficie dura y fría. Tardé varios segundos en comprender que era el suelo, varios más en comprender que no sabía dónde estaba, unos cuantos más todavía en intentar mover los brazos y descubrir que los tenía atados a la espalda.

Apenas entraba un hilo de luz por debajo de lo que debía de ser una puerta, tan escaso que me costó encontrarlo.

Olía a humedad, a metal, a algo viejo y cerrado que no tenía nombre pero que se me asentó en el estómago como una advertencia.

Intenté gritar y lo que salió fue un sonido pequeño y áspero, porque la garganta no me funcionaba bien, como si alguien me la hubiera lijado por dentro mientras dormía.

Tragué saliva con esfuerzo y lo intenté otra vez, más fuerte.

Esa vez sí salió algo parecido a un grito, aunque el espacio cerrado se lo tragó casi entero. Nadie respondió al otro lado.

Empecé a mover las muñecas para entender qué me sujetaba.

Era plástico, una brida de esas que se usan para los cables pero más grande, apretada lo justo para hacerme daño y no tanto como para cortarme la circulación.

Esa idea, la de que alguien había medido con exactitud cuánto apretar, me dio más miedo que la brida en sí.

El suelo era de cemento, lo noté en la mejilla y en la rodilla cuando intenté incorporarme.

No lo conseguí a la primera, porque las piernas todavía no me respondían del todo.

Me arrastré hasta la pared, que también era de cemento, y me quedé sentada con la espalda apoyada en ella.

Intenté respirar, porque el aire entraba a tirones, demasiado corto, y notaba el corazón en los oídos, en la garganta, en las puntas de los dedos, en sitios donde una no nota el corazón normalmente.

Cerré los ojos, aunque cerrados o abiertos la oscuridad fuera la misma, y conté, hasta diez, luego hasta veinte, despacio, hasta que el aire dejó de cortarse.

Mis padres no tenían dinero. Eso fue lo primero que pensé, con una claridad que casi me dio risa, porque si aquello era un secuestro por rescate se habían equivocado de persona.

Éramos una familia normal de Salamanca, con mi padre dando clases en un instituto y mi madre llevando la contabilidad de dos negocios pequeños.

Vivíamos bien, pero no éramos ricos ni de lejos.

Y entonces, si no era el dinero, ¿qué era?

La segunda posibilidad fue llegando despacio, como llegan las cosas que la cabeza prefiere no pensar, en fragmentos sueltos: imágenes de noticias que había visto sin mirarlas de verdad, porque eran cosas que les pasaban a otras personas en otros países, palabras que había leído alguna vez sin darles ningún peso.

Trata. Tráfico. Mujeres. Al juntarlas todas empecé a temblar sin haberlo decidido, desde algún punto por debajo del pecho hacia afuera, y no pude pararlo por más que lo intenté.

Los pasos llegaron sin aviso. Me quedé completamente quieta, como si eso pudiera volverme invisible.

Se detuvieron al otro lado de la puerta.

Sonó una cerradura, metálica, de esas que suenan definitivas, y la puerta se abrió.

Después de tanta oscuridad la luz me hizo daño y cerré los ojos.

Cuando los abrí había un hombre en el umbral, no el de la calle, o al menos no uno que yo reconociera, sino otro más joven, con la cabeza rapada y una expresión que no era exactamente crueldad sino algo más difícil de nombrar, una especie de ausencia.

Me miró como se mira una caja que hay que cambiar de sitio.

Dijo algo en un idioma que no era el mío.

Le contesté que no entendía, que no sabía qué idioma era ese, y mi propia voz me sonó como la de otra persona, ronca y pequeña.

No respondió nada. Dio un paso hacia mí, y yo retrocedí contra la pared aunque no hubiera ningún sitio adonde retroceder.

Se agachó, me cogió del brazo con una sola mano y tiró.

Le pedí que esperara, le pregunté adónde íbamos, le dije por favor, pero tiró más fuerte.

Me puse de pie porque la única alternativa era que me arrastrase por el suelo, y lo seguí con las manos todavía atadas a la espalda y las piernas que aún no terminaban de ser del todo mías.

Había más puertas en el pasillo, todas cerradas.

De una de ellas, al pasar, salió un sonido que tardé un momento en reconocer porque no esperaba escucharlo allí: alguien llorando, no a gritos sino peor, con ese llanto quieto de quien lleva tantas horas llorando que ya no le quedan fuerzas para hacerlo de otra manera.

Me paré sin darme cuenta. El hombre tiró de mí sin mirarme siquiera, y seguí andando porque no podía hacer otra cosa.

Me metió en otra habitación algo más grande, con un colchón en el suelo con una manta encima, una botella de agua cerrada en un rincón, algo envuelto en plástico que debía de ser comida, y una bombilla pelada colgando del techo.

Me cortó la brida de las muñecas con unas tijeras pequeñas, sin mirarme a la cara en ningún momento.

Salió, la cerradura volvió a sonar a mi espalda, y me quedé sola.

Me senté en el colchón y me froté las marcas rojas que la brida me había dejado en la piel.

No lloré. Todavía hoy no sé muy bien por qué no lloré, salvo que creo que estaba demasiado al otro lado de algo como para llegar todavía hasta las lágrimas.

Me quedé mirando la pared, pensando cosas sin sentido: que no había llamado a mi madre al llegar a casa y que estaría preocupada, que mi móvil seguía tirado en el suelo de aquella calle, que al día siguiente tenía tutoría con mi director de máster a las doce.

Que el día siguiente todavía existía en mi cabeza como un concepto que podía aplicarse a mí.

Me tumbé con la ropa puesta y los ojos abiertos.

Escuché los pasos al otro lado de las paredes, las voces lejanas en aquel idioma que no reconocía, el llanto de la otra habitación que no terminaba nunca.

Supe que no iba a dormir, aunque tampoco importaba demasiado, porque el cuerpo no pedía dormir sino salir, correr, gritar, romper algo con las manos, y todavía no entendía que no existía ninguna de esas opciones.

Cerré los ojos de todas formas. Me acordé de mi madre, de su voz a las cinco y media, de aquella pregunta suya de siempre, ¿estás bien?

, que durante años me había parecido un exceso.

Pensé que en ese momento habría dado lo que fuera por volver a escucharla.