Capítulo 22
Los días que siguieron fueron los más extraños de todos los que había vivido en aquella casa.
Khalid venía cada tarde, y cada tarde era distinto de la anterior, como si la noche del llanto hubiera quitado algo entre los dos que ya no volvía a ponerse.
No había juego, no había asedio, no había el duelo de siempre.
Había, simplemente, él. Un hombre de treinta y dos años que se sentaba en mi biblioteca prestada y leía, o hablaba, o se quedaba callado, y que a veces me miraba con una expresión que ya no intentaba esconder y que yo ya no intentaba no ver.
Era peligroso. Lo era más que todo lo anterior, más que los castigos y el asedio y el hombre de la puerta, porque aquello tenía nombre y yo me lo negaba, y negarse el nombre de una cosa no hace que deje de existir.
Una tarde me trajo un mapa.
Lo desplegó sobre la mesa de la biblioteca, un mapa de verdad, de papel, con rutas marcadas a lápiz, y me explicó, en voz baja y deprisa, lo que había estado preparando.
Una ruta de salida que no pasaba por los controles de costumbre.
Contactos en dos países. Documentación que alguien de confianza estaba falsificando.
Una ventana de tiempo muy estrecha que se abriría y se cerraría, y que habría que aprovechar en cuanto estuviera lista.
Lo escuché. Hice preguntas. Él las contestó todas, sin esconderme nada, y que me lo contara entero me dijo más que cualquier declaración, porque un hombre no le entrega el mapa de su propia ruina a alguien de quien no se fía del todo.
—¿Por qué me enseña esto? —pregunté, cuando terminó—. Si yo quisiera, podría usarlo contra usted. Decírselo a quien no debe. Cambiar un detalle. Hundirle el plan.
—Lo sé.
—¿Y aun así me lo enseña?
—Aun así. —Me miró por encima del mapa—.
En algún momento, Raquel, uno de los dos tiene que dar el primer paso de confiar en el otro, o esto no sale.
Y como yo tengo todo el poder y tú no tienes ninguno, el primer paso me toca a mí.
Es lo justo. —Me dejó ver una media sonrisa—.
Mira tú qué cosa. Justicia. En esta casa.
Lo dijo con ironía, pero por debajo iba en serio, y yo lo noté.
Y me removió, porque tenía razón en algo que yo no había sabido ver: que la confianza, entre dos personas tan desniveladas como nosotros, no podía empezar por la débil.
Tenía que empezar por el fuerte, renunciando a una parte de su fuerza.
Y él acababa de hacerlo, poniendo en mis manos el mapa que podía destruirlo.
—¿Por qué? —pregunté otra vez, y esta vez no me refería al mapa, y los dos lo sabíamos—.
¿Por qué hace todo esto? Arriesgar lo que arriesga.
Prepararlo todo. Devolverme a mi casa sin pedir nada.
No me cuadra. Un hombre como usted no compra a una mujer en una subasta para luego jugarse la vida devolviéndola a su casa. Hay algo que no me está contando.
Vi el efecto de la pregunta en su cara: una alarma, un endurecimiento, los ojos entornándose. Había tocado algo, aunque no sabía qué.
Me miró un momento más, receloso, calibrando cuánto sabía yo.
Decidió, supongo, que nada, porque la tensión se le aflojó un poco.
Pero no del todo. Y guardó lo que fuera, igual que yo guardaba las cosas, y supe que acababa de rozar sin querer una de las puertas cerradas de aquella casa, una que ni siquiera sabía que existía.
—No te lo voy a contar esta noche —dijo, doblando el mapa con cuidado—.
Hay cosas que vas a entender cuando estés a salvo, y no antes, porque saberlas aquí, ahora, te pondría en más peligro del que ya estás.
—Me miró—. Confía tú en mí ahora una sola cosa, ya que yo he confiado en ti con el mapa.
Que tengo razones. Y que el día que las sepas, muchas cosas que ahora no entiendes van a encajar de golpe.
No saqué nada en claro. Pero quedó plantada la certeza de que había un porqué que él escondía a propósito, una pieza grande que me faltaba, y la guardé con las demás, junto al mensaje de Sophie, la voz del pasillo y todo lo que en aquella casa nadie decía.
Empezaba a entender que aquella casa entera estaba hecha de cosas que nadie decía.
Que todos —Khalid, Halima, los guardias, hasta la muerta del lavabo— guardaban su pieza y la protegían, y que la única manera de sobrevivir, y quizá de salir, era seguir haciendo lo que llevaba meses haciendo: escuchar, archivar, encajar, sin que nadie supiera cuánto sabía yo.
Khalid se quedó otra vez aquella noche. Se estaba convirtiendo en costumbre, una costumbre peligrosa, la de que no se fuera enseguida, la de que se quedara hasta que yo me dormía.
Aquella noche, antes de que el sueño me venciera, le hice una pregunta que llevaba tiempo queriéndole hacer y no me había atrevido.
—¿Tú duermes? —dije, ya tuteándolo sin darme cuenta, porque el usted se había caído en algún momento de las últimas semanas sin que ninguno lo decidiera—. Cuando te quedas hasta que me duermo y luego te vas. ¿Vas a dormir, o no duermes?
Tardó en contestar.
—No mucho —dijo al fin—. Nunca he dormido bien. Desde niño. —Una pausa—. Pero aquí, en este cuarto, mientras tú duermes, es lo más cerca que estoy de descansar. No sé por qué. No tiene sentido. La única habitación de mi casa donde encuentro algo de paz es aquí. Con mi prisionera.
—Ya no soy tu prisionera —dije, medio dormida—. No del todo. Las prisioneras no echan ellas el cerrojo por dentro.
Hubo un silencio. Y luego, en voz muy baja, casi para sí mismo, dijo algo que oí justo antes de dormirme y que no supe si había soñado:
—No. Ya no sé lo que eres. Ni lo que soy yo contigo. Y llevo treinta y dos años sabiendo siempre exactamente lo que era todo.
Me dormí con esa frase. Y por una vez, en aquella casa, dormí del tirón, sin sobresaltos, sabiendo —sin querer saberlo— que había un hombre sentado a mi lado velando mi sueño, y que mientras él estuviera ahí, nadie iba a girar el pomo de mi puerta en la oscuridad.
Lo más aterrador de todo no era ya el peligro de fuera.
Era lo bien que dormía con él cerca.