Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

CALLUM

Nueve meses después, Glenbrae ha celebrado diecinueve bodas, tiene otras veintisiete reservadas y ha abierto el ala este para talleres y conciertos.

La subvención cubre parte de la reparación del tejado.

La empresa sigue debiendo dinero, pero ya no depende de una historia romántica ni de que yo resuelva cada problema antes del amanecer.

Conserva su piso en Madrid y pasa allí una semana al mes.

Ha creado una consultora con Glenbrae como primer cliente, ha recuperado a dos hoteles con los que trabajaba antes y contrata a una coordinadora cuando el volumen amenaza con ocuparle todas las horas.

La primera vez que se marchó durante diez días, descubrí que la cottage podía quedarse silenciosa en menos de una hora.

La segunda volvió acompañada por su tía Mari y doce kilos de comida.

Ahora preparo la habitación de invitados antes de que llegue.

Hoy cerramos la primera temporada con la boda de la pareja francesa que nos visitó después de nuestra reconciliación. Han elegido una ceremonia pequeña en el jardín. El cielo amanece despejado, pero una racha derriba dos macetas una hora antes de que lleguen los invitados.

La luz sobre el césped parece inocente.

—No me fío —dice ella desde la ventana del salón oeste.

—Es el sol.

—Puede cambiar de opinión.

—Tú lo haces con frecuencia.

—Me adapto a las circunstancias.

Lleva un vestido verde oscuro, botas planas y el pelo recogido.

Elena entra con el nuevo parte meteorológico y propone trasladar las copas al salón este.

Hace meses, Nora habría comprobado cada dato y dado las instrucciones personalmente.

Hoy escucha, formula dos preguntas y le entrega la lista del equipo.

—Tú decides —le dice.

Su hermana tarda un segundo en asumir que no es una prueba. Después sale organizando el cambio.

—Te ha costado —observo.

—Estoy delegando.

—Has apretado los dientes.

—No he prometido disfrutarlo.

La ceremonia transcurre sin incidentes. Cuando la pareja intercambia los anillos, Nora me busca entre los invitados. Le guiño un ojo. Ella sonríe y mi vida, que antes medía en facturas y reparaciones, se concentra en ese gesto.

Durante el banquete, la llevo a la torre sur. Nora protesta por la escalera durante tres minutos. Ha mejorado.

La estancia está limpia y restaurada. Junto a la ventana he preparado una mesa con champán y una cinta de tartán verde y azul.

—¿Qué es esto? —pregunta.

Apoyo la espalda en la pared e intento parecer tranquilo.

—Una reunión de seguimiento.

Ella examina el champán, la cinta y mi mano escondida detrás de la espalda.

—No figura en mi agenda.

—Soy el propietario. —El argumento suena débil incluso para mí—. Puedo convocar reuniones.

La directora de eventos se cruza de brazos.

—Eso no te permite saltarte el calendario.

Cojo la cinta.

—Han pasado nueve meses.

Se acerca a la ventana y apoya las manos en el alféizar. El lago se refleja en el cristal, detrás de su rostro.

—Lo sé.

La pregunta me sale más baja de lo previsto. Aprieto la cinta entre los dedos.

—¿Quieres marcharte?

Ella mira por encima del hombro.

—Tengo una lista de quejas.

—Por supuesto.

—La calefacción es irregular. Tu tía entra sin llamar. Las ovejas bloquean el camino y la conexión a internet deja de funcionar cada vez que hace viento.

Me aclaro la garganta para no sonreír demasiado pronto.

—Puedo hablar con él.

—Y el dueño es difícil, terco y tiene una relación emocional poco saludable con un escudo lleno de humedad.

—Ese problema parece grave. —Dejo la cinta sobre la mesa y avanzo hacia ella—. Quizá no tenga solución.

—Muchísimo.

Me detengo a un paso. No me atrevo a tocarla hasta conocer la respuesta.

—¿Algo a favor?

Ella cierra la distancia y alisa con dos dedos la solapa de mi chaqueta.

—Cocina bien.

—Una cualidad importante. —Le rodeo la cintura sin atraerla todavía—. ¿Alguna más?

—Besa mejor de lo que conviene.

Mi pulgar roza la curva de su espalda.

—Eso he oído.

—Y carga mis baterías cuando sabe que voy a olvidar hacerlo.

—Entonces quizá puedas soportarlo otros nueve meses. —Contengo el aire mientras espero—. Sin compromiso, si eso es lo que necesitas.

Sus dedos se cierran en mi solapa.

—Quizá treinta años.

Saco el anillo. Es sencillo, con una pequeña piedra verde y dos hojas grabadas a los lados. Perteneció a mi abuela, que dejó instrucciones a Moira para que me lo entregara «cuando aparezca una mujer capaz de discutir con este muchacho hasta que aprenda algo».

Se tapa la boca. Mira el anillo y después mi cara; durante un segundo temo haber entendido mal todo lo anterior.

—Ahora sí te lo pregunto —digo—. Sin público, sin whisky y sin necesidad de salvar nada. ¿Quieres casarte conmigo?

Ella baja la mano. La sonrisa aparece entre la emoción.

—¿Es legal esta vez?

Suelto el aire que llevaba demasiado tiempo reteniendo.

—He revisado los requisitos.

—¿Todos?

—Dos veces. —Me arrodillo antes de que las piernas decidan hacerlo solas—. Y Moira los ha revisado otras seis sin mi permiso.

—Entonces sí.

Me quedo mirándola, incapaz de moverme.

—¿Sí?

Ella me tiende la mano izquierda.

—Sí, highlander pesado.

Le pongo el anillo. Contempla su mano, sonríe y después me rodea el cuello.

La beso junto a la ventana, con el lago extendiéndose bajo la torre. No hay cámaras, invitados ni nadie esperando una versión pública de la respuesta.

—Una condición —dice Nora.

Sigo abrazándola. Inclino la cabeza para que pueda hablarme al oído.

—¿Cuál?

—Casarnos no decidirá dónde vivimos. No cierro mi oficina de Madrid y tú no finges que no te importa cuando me marcho.

La condición no me sorprende. Es una de las razones por las que he esperado.

—De acuerdo. Y cuando eche de menos que estés aquí, te lo diré antes de volverme insoportable.

—Eso exigirá mucha práctica.

—Tengo toda una vida.

La beso otra vez. Esta vez no hay urgencia, sino una emoción tan limpia que me cuesta sostenerla. Nora apoya la mano recién anillada sobre mi pecho y contempla la piedra verde cada pocos segundos, incrédula.

—¿Te gusta? —pregunto.

—Me encanta.

—Llevas una cara extraña.

—Estoy calculando cuánto tardará Moira en reservar la iglesia, contratar un gaitero y encargar servilletas con nuestras iniciales.

Por una vez, no suenan pasos al otro lado de la puerta. Mi tía está abajo, ocupada dirigiendo un banquete que nadie le ha pedido dirigir.

—Tenemos tiempo antes de que alguien venga a buscarnos —calculo.

—¿Qué quieres hacer con él?

Ella cierra los postigos. La luz se vuelve dorada y privada. Después se acerca, me coge de la corbata y tira de mí hasta que nuestras bocas se encuentran.

—Celebrarlo.

El beso cambia antes de que pueda responder. Nora me empuja suavemente contra la pared, deshace el nudo de la corbata y abre el primer botón de mi camisa. Sus manos ya no dudan. Conocen mi pecho, la línea de mis hombros y el punto junto al cuello donde mi respiración deja de obedecerme.

—Los invitados siguen abajo —le recuerdo mientras beso la piel detrás de su oreja.

—Tienen comida, música y a tu tía. No notarán nuestra ausencia.

—Mi tía está a una copa de empezar a apostar por la fecha.

—Entonces conviene aprovechar su distracción.

La siento sobre el alféizar ancho, el mismo donde se sentó el primer día para fotografiar el lago. Su vestido sube bajo mis manos. Ella me rodea la cintura con las piernas y la torre, las montañas y el banquete desaparecen detrás del calor de su cuerpo.

—Aquí empezaste a gustarme —confieso contra su boca.

—Mentira. Empecé a gustarte cuando te obligué a ordenar tarjetas de mesa en el aparcamiento.

—Me impresionó tu capacidad para perseguir aristócratas de cartulina.

—Lady Margaret estuvo a punto de llegar a Belfast. Era una emergencia real.

Se ríe y la risa se convierte en un suspiro cuando mis labios bajan por su cuello. Afuera suena música. Dentro, el aire huele a piedra, flores secas y su perfume.

Me quita la chaqueta y la deja caer. Cuando intenta desabrocharme la camisa con rapidez, uno de los botones sale despedido.

Los dos miramos el hilo roto.

—La arreglaré —promete.

—No sabes coser.

—Puedo dirigir a alguien que sepa.

—Esa frase resume nuestra relación.

Me besa para impedir que continúe. Yo dejo de pensar en la camisa.

Nos amamos despacio, atentos el uno al otro, entre la risa que provoca la falta de espacio y la emoción que vuelve torpes algunos movimientos.

No se parece a la primera noche, llena de preguntas y límites.

Esta vez conozco la forma en que pronuncia mi nombre cuando quiere que me acerque, cuándo necesita que espere y el gesto que hace justo antes de perderse en lo que siente.

Cuando todo se calma, permanece abrazada a mí, con la frente bajo mi barbilla. Le acaricio la espalda por debajo del vestido mientras nuestras respiraciones recuperan el ritmo.

—¿Sigues queriendo treinta años? —pregunto.

—Ahora estoy reconsiderándolo.

Me tenso. Ella levanta la cara, divertida.

—Cuarenta —añade—. Necesitas mucho tiempo para aprender a no negociar cada cifra.

—Puedo ofrecerte treinta y cinco.

—Treinta y ocho.

—Hecho.

Permanece un momento con la mejilla sobre mi pecho. Afuera continúa la música; nadie llama ni exige una fotografía. La intimidad de ese silencio es un regalo que no pienso estropear nombrándolo.

La ayudo a bajar del alféizar. Nos colocamos la ropa con una dignidad limitada. Ella encuentra el botón de mi camisa en el suelo y se lo guarda en el escote.

—¿Para qué haces eso?

—Recuerdo de nuestro compromiso.

—Te he dado un anillo que perteneció a mi abuela.

—Y yo conservo un botón de plástico. Cada uno aporta lo que puede.

Al regresar al salón, Moira descubre el anillo antes de que alcancemos la primera mesa. Se queda quieta, algo insólito en ella, y toma la mano de Nora con cuidado.

—Era de mi madre —explica.

—Lo sé.

Mi tía la abraza. Después me besa la mejilla y nos concede casi un minuto antes de anunciar la noticia.

Es más discreción de la que esperaba.