Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

NORA

La presentación final comienza a las once y a las once y siete el viento arranca una de las telas del pabellón de proveedores.

No se produce una estampida ni acaba ningún postre en el suelo.

Euan sujeta la estructura, Aileen rescata sus muestras y el equipo ejecuta el protocolo que hemos ensayado.

En cuatro minutos la tela está asegurada y los visitantes continúan la visita con una copa en la mano.

Es menos espectacular que una catástrofe y demuestra mucho mejor que Glenbrae puede organizar bodas.

Los proveedores presentan menús, música, flores y talleres.

Isla explica el programa comunitario ante el ayuntamiento y los técnicos de la subvención.

Elena dirige el recorrido del ala oeste; Jamie atiende a las parejas junto al presupuesto.

Por primera vez no estoy sosteniendo el proyecto sola. Me gusta más de lo que esperaba.

El propietario cierra la presentación en el salón.

No habla de linajes ni de conservar una tradición abstracta.

Cuenta que doce personas trabajan en Glenbrae todo el año, que los negocios del pueblo asumirán más de la mitad de los servicios y que la nueva empresa tendrá representación local.

Admite que ha pasado demasiado tiempo confundiendo proteger el castillo con controlarlo.

No lee esa parte. Me busca entre el público antes de pronunciarla.

Los aplausos son sinceros y breves. Después empieza el turno de preguntas.

Una periodista levanta la mano.

—La campaña nació de vuestro supuesto compromiso. ¿Habrá una boda MacRae-Vidal en Glenbrae?

Habíamos preparado la respuesta: aclarar que no estamos prometidos, sonreír y devolver la atención al proyecto. Sin embargo, Callum deja las notas sobre el atril.

—No lo sé —contesta—. Lo que sí sé es que permitimos que la gente interpretara nuestra relación de una manera que nos beneficiaba. El handfasting fue simbólico. Nunca existió un compromiso legal.

El salón cambia. Algunas personas se miran; otras levantan los teléfonos. Siento cómo el trabajo de un mes se inclina hacia un precipicio.

—¿Entonces el romance era falso? —insiste ella.

—La campaña utilizó una confusión real. Lo que ocurrió después pertenece a Nora y a mí, no a las reservas de Glenbrae. Yo acepté mezclar ambas cosas porque tenía miedo de perder esta casa. Ella puso límites que yo no siempre supe proteger.

Mi primera reacción es profesional: titulares, devoluciones, una posible acusación de publicidad engañosa. La segunda es más íntima. Acaba de renunciar al relato que podía salvarlo para devolverme el derecho a decidir qué parte de nosotros compartimos.

Camino hasta el frente. Él se aparta del micrófono y espera a que decida si quiero ocupar ese lugar. Me detengo a su lado y apoyo una mano en el atril.

—Nunca afirmamos estar prometidos —añado—, pero sí dejamos que esa expectativa trabajara a nuestro favor.

Fue una decisión mía también. Si alguien considera que cruzamos una línea, lo entenderé.

Las condiciones de las reservas no dependen de nuestra relación y devolveremos cualquier señal dentro del plazo acordado.

Una mujer de la segunda fila pregunta si seguimos juntos.

El hombre que ocupa el atril me mira. No responde por mí.

—Estamos intentando averiguarlo —digo—. Fuera de horario.

Se escuchan algunas risas, pero no una ovación. Una pareja abandona el salón para hablar en privado. Otra se acerca a Isla y pide el formulario de devolución. La mayoría permanece. Es una reacción menos cinematográfica y mucho más difícil de soportar.

Al terminar, dos periodistas buscan declaraciones.

Elena se ocupa de ellos mientras yo reviso las reservas.

Una pareja cancela. Otra pide veinticuatro horas para decidir.

Las tres que han visitado el castillo mantienen sus fechas porque, según una de las novias, han venido por el equipo y no por nuestra vida sentimental.

No todo queda intacto. Eso hace que la elección de Callum importe.

Mi antiguo compañero espera junto a la biblioteca. Lleva el portátil abierto y un cansancio que no le había visto en Madrid.

—He enviado la cadena completa al abogado —me comunica—. También los datos de creación de las cuentas y el historial de versiones. El acuerdo con Glenbrae es anterior a mi dossier.

—Celia intentará decir que yo no podía firmarlo.

—Tendrá que explicar por qué autorizó tu trabajo remoto después y por qué presentó como propio un proyecto que no encargó. Recursos humanos ha abierto una investigación.

—¿Has firmado su declaración?

Niega.

—Me han retirado de la propuesta europea.

No se encoge de hombros ni convierte la consecuencia en un chiste.

—Lo siento.

—Yo envié el dossier. Creí que, si la empresa veía el proyecto, los dos avanzaríamos. No pensé en quién pagaría el avance.

Es la disculpa más honesta que le he oído. No borra lo ocurrido, pero evita que nuestra historia profesional termine convertida en una caricatura.

—Eres bueno en tu trabajo —le digo—. Deja de necesitar que el mío parezca una parte del tuyo.

Asiente. Nos despedimos sin prometer una amistad inmediata.

Cambio el vuelo cuarenta y ocho horas para cerrar la reclamación antes de marcharme. Esta vez no modifico un viaje para rescatar a mi hermana ni para permanecer junto a Callum. Lo hago porque el proyecto lleva mi firma y quiero terminar esa parte de la historia en mis propios términos.

La reclamación tarda dos días en resolverse.

El abogado de Glenbrae presenta el acuerdo firmado, los metadatos y mi registro de vacaciones.

La empresa no renuncia por bondad: acepta liberar el contenido a cambio del pago de los gastos técnicos que sí puede acreditar y de que ninguna parte haga declaraciones sobre la investigación interna.

El banco recibe la documentación y mantiene abierta la negociación de la prórroga. La subvención pasa a la última fase.

Perdemos una reserva y conservamos dieciséis.

Durante esas cuarenta y ocho horas leo tres veces la propuesta de Glenbrae Events.

Dirección durante seis meses, participación en beneficios, semanas presenciales alternadas con trabajo desde Madrid y una cláusula que permite terminar sin penalización.

Elena asumirá la gestión diaria conmigo y podrá sustituirme al final. No me ata al castillo ni a Callum.

Por eso la firmo.

También mantengo mi vuelo. Necesito cerrar asuntos, hablar con clientes y comprobar que regresar a Madrid no convierte lo vivido aquí en una fantasía de vacaciones. Callum no intenta convencerme de lo contrario.

La última noche lo encuentro en el embarcadero. No hay fotógrafos ni una puesta de sol oportuna. El cielo está cubierto y el lago tiene el color del acero. Se sienta al borde, con los antebrazos apoyados en las rodillas.

—He firmado el contrato —anuncio.

Levanta la cabeza.

—Isla me lo ha dicho.

—Mañana vuelo a Madrid.

—También lo sé.

Me siento a su lado. Entre nosotros queda un espacio pequeño, suficiente para recordar que ninguna decisión profesional responde la pregunta personal.

—Esperaba que intentaras detenerme —confieso.

—Yo también. —Se frota las manos—. Llevo dos días ensayando una frase en la que te pido que pierdas el vuelo. Todas suenan bien en mi cabeza y egoístas al decirlas.

—Podrías probar con la verdad.

Exhala. Mira el agua antes de volverse hacia mí.

—La verdad es que quiero que vayas a Madrid y descubras si me echas de menos cuando no tengas un castillo en peligro delante.

Quiero que vuelvas dentro de dos semanas porque has elegido el proyecto y porque quieres verme.

Quiero aprender a compartir una vida que tenga más de una ciudad sin tratar cada despedida como un abandono.

Me aprieto las manos para no tocarlo todavía.

—Eso ha sonado muy adulto.

—Ha sido agotador.

—¿Hay más?

—Sí. —Esta vez no esquiva mi reacción—. Te quiero. No por salvar Glenbrae ni por llenar habitaciones. Te quiero cuando discutes mis presupuestos, cuando finges que no estás asustada y cuando me obligas a explicar lo que preferiría esconder. Quiero estar contigo aunque mañana subas a ese avión.

La emoción no llega como una sorpresa. Lleva semanas formándose en cada conversación que no terminamos, en las veces que me deja espacio y en las que todavía tiene que aprender a hacerlo.

—Yo también te quiero —respondo—. Y voy a subir al avión.

Su boca se curva.

—Había comprendido esa parte.

—Volveré dentro de quince días.

—Catorce.

—No negocies.

—Quince.

Ahora sí le cojo la cara entre las manos y lo beso. No necesitamos una cinta, un anillo provisional ni una fotografía robada. La promesa está en algo menos brillante: un billete de vuelta, un contrato que cualquiera puede romper y dos personas que han decidido no confundir quedarse con pertenecer.

Cuando nos separamos, apoya la frente en la mía.

—¿Puedo llevarte mañana al aeropuerto?

—Solo si escribes bien mi apellido en el cartel.

—No prometo tanto.