Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

CALLUM

La mujer a la que amo ha reservado un vuelo porque le ofrecí libertad cuando me pidió sinceridad.

La frase no mejora al repetirla.

Encuentro a Jamie y Elena en la cocina de servicio. Mi primo revisa facturas; su mujer prueba las llaves del ala oeste y coloca etiquetas en cada una. Llevan menos de un día en Glenbrae y ya parecen formar parte de la maquinaria del lugar.

—Pídele que se quede —dice Jamie sin levantar la cabeza.

—No puedo pedirle que cambie su vida por mí.

La recién casada deja una llave sobre la mesa.

—No eres toda su vida. Ese es el primer concepto que deberías dominar.

—Lo sé.

—No, sabes repetirlo. Si lo entendieras, aceptarías que puede quererte y conservar Madrid, tener un trabajo aquí y clientes allí, quedarse seis meses y decidir después. Solo existen dos opciones en tu cabeza: que Nora renuncie a todo o que tú no le pidas nada.

Mi primo desliza una factura hacia mí.

—Es la especialidad familiar. Convertimos el miedo en principios para que suene respetable.

—No recuerdo haberte pedido análisis.

—Has aceptado mis ahorros. El análisis venía incluido.

La respuesta me obliga a mirar las cuentas.

Durante años he considerado que proteger Glenbrae significaba asumir cada deuda en solitario.

Sin embargo, Jamie y Elena han invertido su dinero; Isla ha construido el sistema de reservas; Euan ha comprometido a los proveedores.

Nora ha convertido un accidente en una temporada viable.

Continúo hablando de mi casa mientras todos arriesgan algo dentro.

—Quiero separar la propiedad del negocio —decido.

Mi primo levanta por fin la cabeza.

—Explícate.

—El castillo seguirá a mi nombre, pero Glenbrae Events tendrá cuentas, contratos y responsabilidades propias. Vuestra inversión se convertirá en participación. El equipo y los proveedores tendrán representación en el consejo. Ningún heredero podrá vender la actividad a un fondo sin su aprobación.

Ella se apoya en la mesa.

—¿Y tú estás dispuesto a dejar de decidirlo todo?

—No.

—Agradezco la honestidad.

—Estoy dispuesto a aprender.

La diferencia basta para que vuelva a recoger las llaves.

Pasamos la mañana con el abogado que gestionó la herencia y una asesora del ayuntamiento.

No existe una solución inmediata, pero sí una estructura posible: contratos de seis meses para comprobar la viabilidad, un comité local para el programa cultural y una cuenta separada que proteja las señales de las parejas.

La subvención no pagará la deuda antigua, aunque permitirá reparar cubiertas y abrir espacios comunitarios sin cargarlo todo al negocio de bodas.

El banco acepta estudiar una prórroga si presentamos esa estructura y resolvemos la reclamación sobre el contenido. Es menos que una victoria. También es la primera conversación en la que no tengo que prometer que arreglaré el castillo vendiendo una parte de mí.

En el patio, los vecinos levantan la carpa de la presentación final.

Nora ha renunciado a la lluvia artificial y preparado una demostración real de montaje rápido: cronometra al equipo, cambia la distribución cuando el viento gira y obliga a todos a practicar una evacuación sin convertirla en espectáculo.

Tres parejas visitarán Glenbrae. Una revista retransmitirá parte del evento y el ayuntamiento evaluará el programa comunitario.

La veo revisar una sujeción junto a Euan. Lleva el pelo recogido, las botas manchadas y el gesto concentrado. No mira hacia el castillo cada pocos minutos para encontrarme. He conseguido convertirme en alguien de quien necesita proteger su atención.

La encargada entra en el despacho con el proyecto que Nora preparó para el ala este. Combina celebraciones, talleres, conciertos pequeños, visitas al archivo y un mercado mensual. Los negocios locales aportarán servicios y recibirán una parte proporcional de los ingresos.

—¿Puede funcionar? —pregunto.

—Sí. Si dejamos de tratar las bodas como el único producto y si alguien coordina a veinte personas que llevan décadas discutiendo.

—Nora.

—Nora —confirma—. Aunque Elena podría asumirlo dentro de un año con el equipo adecuado.

—Haz dos contratos. Uno de dirección para Nora durante seis meses, con libertad para trabajar desde Madrid parte del tiempo. Otro de sucesión para Elena.

La encargada no escribe todavía.

—¿Se lo ofreces para que se quede contigo?

—Se lo ofrezco porque es la persona que ha diseñado el proyecto. Los honorarios se mantienen aunque nuestra relación termine mañana.

Entonces toma nota.

Mi tía me encuentra después en el cuarto de aparejos. Estoy clasificando herramientas que no necesito ordenar, pero ofrecen menos resistencia que mis pensamientos.

—Tu abuela quería vender —suelta.

La miro.

—¿El castillo?

—Cuando tu padre hipotecó las tierras. Quería una casa pequeña junto al mar y ventanas que pudiera limpiar sin escalera. Él se negó. Creía que conservar cada piedra era la única manera de honrar a la familia.

—Nunca me lo contó.

—Tampoco te contó que tenía miedo. Los hombres MacRae habéis convertido el silencio en una tradición y luego os sorprendéis cuando nadie sabe qué necesitáis.

Dejo la llave inglesa.

—He creado una empresa que limita mi control sobre Glenbrae.

—Eso explica el ruido. Pensé que se había caído una torre.

—No voy a vender.

—No te estoy pidiendo que lo hagas. Te estoy recordando que una casa debe servir a quienes viven en ella, no al hombre muerto cuyo retrato cuelga en el pasillo.

Pienso en mi padre, en los últimos años de su vida y en la forma en que ambos confundimos hablar de facturas con mantener una relación. Después pienso en Mairi marchándose con una maleta que no intenté detener. No por generosidad. Por miedo a pedir y escuchar que no.

—Nora tiene un vuelo pasado mañana.

—Lo sé. Me ha pedido que la lleve al aeropuerto.

—¿Por qué a ti?

—Porque yo sé mantener una conversación dentro de un coche.

Le dedico una mirada que la complace demasiado.

Esa tarde firmo la autorización para crear Glenbrae Events, entrego al abogado todos los documentos de la campaña y acepto por escrito que Nora es la autora del proyecto.

Después envío al banco el plan y a los empleados un resumen de las cuentas.

No puedo ofrecerle un futuro sin incertidumbre.

Puedo dejar de esconder la incertidumbre para que ella decida si quiere compartir una parte.

La encuentro en el salón oeste, comprobando la lista del evento.

—Isla te entregará una propuesta —le comunico—. Léela cuando quieras. No cambia tu vuelo ni exige que vivas aquí.

—¿Qué exige?

—Que cobres por el trabajo, que dirijas el proyecto seis meses si te interesa y que formes a Elena para que ninguna de las dos dependa de la otra.

Me estudia, esperando la condición oculta.

—¿Y nosotros?

La respuesta intenta quedarse detrás de mis dientes. Esta vez no la dejo.

—Quiero hablar de nosotros después de la presentación. Sin contratos delante y sin pedirte una decisión inmediata.

Sus hombros bajan apenas.

—Eso ha sonado sospechosamente sensato.

—He tenido ayuda.

—Ya me parecía.

No sonríe del todo, pero tampoco se aleja cuando le rozo la mano.

Me quedan dos días para demostrarle que puedo quererla sin convertirla en otra responsabilidad de Glenbrae. Por primera vez, comprendo que no se demuestra con una promesa.

Se demuestra dejando espacio para que responda.