Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 13
79%

CAPÍTULO 13

NORA

Durante cuatro días aprendemos a estar juntos sin utilizar la atracción como atajo.

Trabajamos en habitaciones distintas, discutimos por presupuestos y nos buscamos al terminar.

Algunas noches dormimos en la cottage. Otras, Callum se queda reparando una cornisa hasta tarde y yo regreso sola, sin interpretar la distancia como una amenaza.

La diferencia está en los detalles. Ya no revisa por encima de mi hombro cada cifra que envío. Yo dejo de ocultarle los problemas hasta tener preparada una solución. Cuando no estamos de acuerdo, ninguno utiliza el miedo del otro para ganar.

—Tenéis aspecto de haber firmado la paz —observa Moira durante una reunión.

—Hemos establecido un procedimiento para resolver conflictos —respondo.

—En mi segundo matrimonio también teníamos uno. Consistía en no guardar objetos pesados cerca de la cama.

Mi pareja mantiene la atención en la hoja de cálculo.

—No quiero saberlo.

—Por eso aquel matrimonio duró menos que los otros.

El plan avanza. Catorce parejas pagan una señal.

La solicitud de conservación necesita fotografías técnicas, un programa de uso comunitario y la firma del propietario.

Euan logra que los proveedores acepten pagos escalonados a cambio de contratos para toda la temporada.

Por primera vez, Glenbrae tiene una salida que no depende de Fraser & Blythe.

Dos días antes de lo previsto, los recién casados regresan de la luna de miel. Mi hermana entra en el vestíbulo con la piel dorada por un sol que aquí parece una leyenda y se queda inmóvil ante la mesa de atención, las muestras de menús y el calendario de visitas.

—Me voy cuatro semanas y conviertes mi boda en una empresa.

—Técnicamente, la empresa ya era tuya.

—Técnicamente, yo tenía tres reservas posibles y una hoja de cálculo que me daba miedo abrir.

Me abraza. La fuerza con que lo hace me recuerda por qué acepté quedarme y también todo lo que esa razón no puede decidir por mí.

Los dos primos se encuentran en el patio. No se abrazan. Se golpean los hombros, hablan a la vez de la luna de miel y de la instalación eléctrica y, cinco minutos después, están inclinados sobre el mismo presupuesto. En esa familia, el afecto necesita una tarea para circular sin llamar la atención.

Mi hermana me lleva al antiguo cuarto de costura, donde piensa instalar su despacho. Todavía hay telas cubriendo los muebles y una ventana que no cierra bien. Se sienta en el alféizar.

—Cuéntamelo sin la versión que le darías a mamá.

—¿Qué parte?

—La del trabajo. La del castillo. La del hombre que acaba de mirar dos veces hacia esta ventana para comprobar que sigues aquí.

Apoyo la carpeta sobre una silla.

—He renunciado.

La alegría que esperaba no aparece. Frunce el ceño.

—¿Por Callum?

—Por mí. Utilizaron mi trabajo y quisieron apropiarse del proyecto.

—Bien. —Respira antes de continuar—. Quiero decir, mal por el empleo. Bien porque no lo hayas hecho para rescatar a nadie.

—No estoy segura de qué haré ahora.

—Vuelve a Madrid, quédate aquí o abre una oficina en mitad del canal de la Mancha. Solo no conviertas nuestros ahorros en una deuda emocional. Jamie y yo elegimos arriesgarlos.

—Soy tu hermana mayor. Preocuparme está incluido.

—Preocuparte, sí. Organizar tu vida alrededor de la mía, no.

La frase se parece a la de nuestra madre sobre Sergio y alcanza el mismo lugar. Paso meses diciéndome que quiero una relación que no me obligue a desaparecer. Tal vez también deba aprender a no desaparecer dentro de la responsabilidad.

El requerimiento de la empresa llega esa tarde por correo certificado.

Reclama derechos sobre parte del contenido, acceso a las bases de datos generadas durante mis jornadas autorizadas y una compensación por el uso de sus recursos.

No presenta una demanda. Amenaza con hacerlo si Glenbrae continúa utilizando la campaña.

El banco reacciona peor que nosotros. Congela la decisión sobre las garantías hasta saber si los ingresos futuros están libres de reclamaciones. Las reservas siguen entrando, pero dejan de ser una solución inmediata.

—No pueden quedarse con las cuentas —asegura Isla—. Están registradas con los datos de Glenbrae.

—Pueden obligarnos a gastar tiempo y dinero demostrando lo evidente —respondo.

Él coloca el requerimiento sobre el escritorio.

—Entonces lo demostraremos.

No pregunta si he provocado el problema. No mira mis archivos buscando una traición. Esa confianza nueva debería tranquilizarme. En cambio, me hace más consciente de lo que puedo perder cuando termine el mes.

Mi antiguo compañero me llama al anochecer. Contesto desde el patio, donde el viento cubre parte de su voz.

—Celia quiere que retire el dossier y firme una declaración diciendo que tú autorizaste el envío —explica.

—No lo hice.

—Lo sé.

—¿Qué vas a contestar?

Tarda lo suficiente para que recuerde todos los años que hemos trabajado juntos, las noches preparando presentaciones y las veces que él recibió elogios que nos pertenecían a ambos.

—Que no voy a firmarla.

—Gracias.

—No lo hago como favor. Fui yo quien envió el archivo.

Por primera vez desde que llegó, asume la frase completa sin repartirla.

—El puesto de dirección era real —añade—. Podríamos buscar otro inversor y sacar Glenbrae del proyecto. Celia sigue dispuesta a hablar si vuelves.

La propuesta conserva una parte de su atractivo. Madrid no representa solo un ex, una jefa y una oficina donde borraron mi nombre. También contiene clientes que confían en mí, amigas, calles que conozco y una carrera que construí durante doce años.

—No voy a volver con Celia.

—¿Y a Madrid?

—Todavía no lo sé.

No pide una respuesta distinta. Se despide y promete enviar al abogado de Glenbrae los metadatos del dossier y la cadena completa de correos.

Encuentro a Callum en el despacho. Ha extendido las cuentas de la finca sobre la mesa y contempla una columna de cifras que no mejora por mirarla.

—Marcos no firmará contra mí.

—Bien.

—También ha recordado que mi vida está en Madrid.

Sus dedos se detienen sobre el papel.

—Tiene parte de razón.

—No quiero que vuelvas a decidir por mí.

—No lo hago.

—Entonces dime qué quieres.

Levanta la cabeza. Durante un instante parece dispuesto a responder. Después mira las cuentas, las paredes, todas las obligaciones que utiliza cuando no sabe cómo hablar de sí mismo.

—Quiero que puedas elegir sin sentir que tienes que salvar este lugar.

—Eso es lo que quieres para mí. No lo que quieres tú.

Aprieta la mandíbula.

—No puedo pedirte que abandones una vida entera por una relación que empezó hace un mes.

—No te he pedido permiso para quedarme ni para marcharme. Te he pedido honestidad.

El silencio responde por él.

Regreso a la cottage y saco la maleta del armario. Callum ha sustituido la rueda rota y cosido una tira de cuero sobre la cremallera. El arreglo es torpe, resistente y muy suyo. Por un momento tengo ganas de deshacer el equipaje que todavía no he guardado.

En vez de hacerlo, reservo un vuelo para dentro de tres días, cuando termine la campaña. Volveré a Madrid, hablaré con mis antiguos clientes y decidiré desde allí qué vida quiero construir. Si regreso a Glenbrae, no será por miedo a que el castillo se derrumbe sin mí.

Esa noche, él duerme en el castillo.

Al levantarme encuentro mis baterías cargadas, las botas secas junto al radiador y ninguna nota que intente convertir esos gestos en una declaración.