CAPÍTULO 12
CALLUM
Paso la noche en el despacho y la mañana odiando cada palabra que le dije a Nora.
No mejora al releerlas en mi cabeza. Tampoco al ver su correo reenviado por Isla: ha renunciado a su empleo, ha enviado pruebas de la estrategia de Fraser solo bocas que se reconocen, una rodilla deslizándose entre las mías y sus dedos recorriendo mi espalda desnuda.
—Te estás riendo —protesta contra mis labios.
—Has dicho «segunda muestra».
—Era una expresión profesional.
—Eso me preocupa más.
Me empuja hasta dejarme boca arriba y se sienta a horcajadas sobre mí, sujetando el edredón contra el pecho. Tiene una marca roja en el hombro. La rozo con el pulgar y ella me mira con una mezcla de pudor y desafío que me deja sin aire.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Sí. —Se inclina y su pelo cae alrededor de nuestras caras—. Deja de mirarme como si pudiera romperme.
—No te miro así.
—Anoche preguntaste cuatro veces si estaba segura.
—Fueron tres.
—La cuarta la pensaste muy fuerte.
Le beso el hombro, justo encima de la marca. Su respiración se corta. Mis manos suben por sus muslos, lentas, y se detienen cuando el edredón resbala. Ella no lo recoge. Inclina la cabeza y me besa con una decisión que termina de despertarnos a los dos.
Esta vez no hay nervios disfrazados de bromas.
Nora guía mi mano, me dice lo que le gusta sin apartar la cara y me obliga a hacer lo mismo.
Nos descubrimos entre risas breves, respiraciones agitadas y esa intimidad que no consiste solo en quitarse la ropa, sino en dejar de fingir que uno sabe exactamente qué está haciendo.
Cuando volvemos a quedarnos quietos, ella descansa sobre mi pecho. Traza círculos con un dedo bajo mi clavícula.
—Esto tampoco estaba en la campaña —dice.
—Podemos incluirlo en gastos imprevistos.
—No pienso presentar las facturas.
Le acaricio la espalda. Quiero preguntarle qué somos, una frase que a mis treinta y seis años debería resultar menos difícil. Nora levanta la cabeza antes de que reúna valor.
—No estoy con nadie más —dice.
—Yo tampoco.
—No te lo pregunto por controlarte. Solo necesito saber dónde estoy.
—Aquí.
Su ceja se levanta.
—Gran precisión geográfica.
—Estás conmigo. Quiero que siga siendo así.
La broma desaparece de su cara. Me roza la barba con la punta de los dedos.
—Eso se parece mucho a una relación.
—Me temo que sí.
—¿Y qué hacemos con el límite de treinta días?
—Odiarlo.
Vuelve a apoyar la mejilla sobre mi pecho. No promete quedarse, y yo no se lo pido. Aun así, sus dedos se entrelazan con los míos debajo del edredón.
Permanecemos así hasta que alguien golpea la puerta.
—Callum —grita Moira desde el porche—, el fontanero quiere saber si puede cortar el agua.
Ella cierra los ojos.
—Tu tía tiene un don.
—¡Cinco minutos! —respondo.
—Dice que lleva esperando media hora.
—No puede oírme —susurra Nora.
—También pregunta si Nora quiere huevos.
Ella se tapa la cara con la sábana.
—Nos oye respirar.
—La cottage tiene paredes antiguas.
—Voy a mudarme al lago.
—Estará encantada. Lleva años intentando que alguien utilice el embarcadero.
El cojín me golpea antes de que termine la frase.