CAPÍTULO 11
NORA
El beso de la torre se convierte en un elefante escocés que nos sigue a todas partes.
Desayuna con nosotros, se sienta en las reuniones y duerme en medio de la cama. Callum y yo no hablamos de él. Tampoco repetimos la experiencia, aunque cada roce parece una conversación aplazada.
Mi compañero sí habla.
—La central quiere una propuesta firmada el viernes —anuncia—. Gestión exclusiva durante diez años, inversión inicial para las reparaciones y un porcentaje sobre cada evento.
Estamos en la biblioteca. Callum revisa el documento al otro lado de la mesa. Su expresión se endurece a medida que avanza.
—Aquí dice que vuestra empresa podrá modificar la oferta, seleccionar proveedores y utilizar la imagen de Glenbrae en otros establecimientos.
—Cláusulas estándar —responde Marcos.
—También establece una opción de compra preferente si el castillo no alcanza los ingresos mínimos.
Me inclino hacia el contrato. No había visto esa parte. Está escondida en un anexo financiero que Marcos no me envió.
—Esto no estaba en el borrador.
—Lo añadió el departamento legal.
—¿Y no pensabas decírmelo?
—No es relevante si cumplimos objetivos.
El dueño del castillo cierra la carpeta.
—No firmaré.
—Sin la inversión no podrás abrir el ala norte —replica Marcos—. Y, según los datos que nos han facilitado, el banco ejecutará garantías en menos de dos meses.
El silencio se vuelve hostil.
—¿Quién os ha facilitado esos datos? —pregunta Callum.
Mi compañero me mira.
—Yo envié el dossier a Celia el lunes.
Siento que el suelo se desplaza un poco.
—Te pedí que no enviaras nada sin mi autorización.
—Era un borrador interno.
—Contenía costes, previsiones y fotografías que no te pertenecían.
—Trabajas para la empresa, Nora. Creí que querías que el consejo viera lo que habías conseguido.
—Quería presentar resultados, no entregar un negocio.
El responsable del envío baja la voz, consciente por fin de la magnitud de lo que ha hecho.
—Fraser Celia contactó con Fraser el fondo compartió la información financiera que ya poseía por sus conversaciones con Callum.
En menos de cuarenta y ocho horas convirtieron una campaña de reservas en una propuesta de control.
No existe una conspiración anterior a mi llegada.
Existe algo más vulgar: varias personas convencidas de que una oportunidad les pertenece por haberla visto a tiempo.
También encuentro una alternativa: las señales de las reservas ya recibidas, sumadas a una subvención de conservación que Isla dejó a medias y a un acuerdo con proveedores locales, cubrirían la urgencia del banco. No resuelven todos los problemas, pero compran tiempo sin entregar la gestión.
Trabajo hasta que oscurece. Callum no vuelve a la cottage.
A las diez, Celia acepta una videollamada. Escucha mi explicación con la cámara apagada y responde que cualquier proyecto desarrollado durante mi jornada laboral puede considerarse propiedad de la empresa.
—Existe un acuerdo firmado que reconoce a Glenbrae como titular —le recuerdo.
—Firmado por ti sin autorización de dirección.
—Porque empezó durante mis vacaciones y Callum era mi cliente, no el vuestro.
—No era tu cliente. Era la familia de tu hermana.
Esa frase decide lo que el contrato todavía deja confuso. Para ella, el trabajo solo adquiere valor cuando puede reclamarlo.
Envío a Isla la documentación, revoco por escrito cualquier permiso para utilizar mis archivos y presento una queja formal ante recursos humanos.
Después redacto la renuncia. La leo dos veces antes de pulsar enviar.
No lo hago por Callum ni por una noche en una torre.
Lo hago porque llevo años viendo mi nombre desaparecer de trabajos que salieron de mis manos y ya no pienso colaborar en el siguiente borrado.
Luego cierro el portátil y miro la mitad vacía de la cama.
La mitad vacía de la cama ya no parece una frontera acordada.
Parece la distancia de un castillo entero.