CAPÍTULO 10
CALLUM
Mi compañero no llama activo a Glenbrae. Es más hábil que eso.
Lo llama «un destino con capacidad de crecimiento», «una experiencia reconocible» y «el centro ideal para una cartera de propiedades singulares».
Estamos en el pub después de la feria. Euan toca el violín con otros dos músicos y las mesas se han llenado de vecinos que todavía llevan barro en las botas.
Nora y su compañero ocupan un rincón con la propuesta abierta entre ambos.
Yo intento no escuchar.
Fracaso con bastante constancia.
—La inversión cubriría la obra del ala norte —explica Marcos—. También un equipo comercial en Londres y otro en Madrid. No tendrías que convencer a cada pareja desde una mesa de cocina.
—¿Y la exclusividad? —Nora pasa una página—. Diez años es una cesión, no una colaboración.
—Es negociable.
—La opción de compra preferente no debería existir.
—Eso será cosa de legal.
Ella deja el documento sobre la mesa.
—Todo es cosa de alguien hasta que aparece en la firma.
No necesita que la defienda. Conoce cada cifra, detecta las condiciones ocultas y no permite que Marcos utilice su amistad para apresurarla. Aun así, verla considerar el puesto me abre una inquietud que no puedo achacar al castillo.
—No pongas esa cara —murmura Moira a mi lado.
—Es la que tengo.
—Esa es una excusa que sirve hasta los cuarenta. Después se convierte en pereza.
—Tengo treinta y seis.
—Te quedan cuatro años para aprender a hablar.
El visitante cierra el portátil. Nora permanece un instante mirando la tapa, con los dedos apoyados sobre ella. No parece seducida por el dinero. Parece enfrentada a la vida que llevaba años intentando conseguir.
Desde el pequeño escenario anuncian un ceilidh improvisado. Las primeras parejas apartan sillas y ocupan el espacio frente a los músicos. Marcos se levanta, pero se dirige a la barra para atender una llamada. Yo espero hasta que Nora guarda los documentos.
—¿Bailas?
Alza la vista.
—¿Forma parte de la campaña?
—No.
—¿Intentas marcar territorio delante de Marcos?
La pregunta merece una respuesta honesta.
—He pensado en hacerlo. Después he recordado que no eres territorio.
Su boca se curva.
—Has estado cerca de parecer un hombre razonable.
—No se repetirá.
Deja su mano en la mía.
La música es rápida. Conoce los pasos básicos porque Elena se los enseñó para la boda, pero los ejecuta medio tiempo tarde y con una concentración que le arruga la frente.
Cuando cambia la pareja, me busca entre la gente para copiar mis movimientos.
Vuelve a mí riendo, con el pelo suelto y las mejillas encendidas.
—Esto no es bailar —protesta—. Es una evacuación organizada.
—Deja de contar.
—Si dejo de contar, atropello a una anciana.
La hago girar antes de que pueda seguir discutiendo. Al regresar, coloca una mano en mi hombro y encuentra por fin el ritmo. No hay cámaras cerca. Nadie nos pide que parezcamos enamorados.
La canción termina con ella pegada a mi pecho.
—Eso ha sido real —dice.
No es una pregunta, pero respondo.
—Sí.
Su mano continúa en mi hombro. La mía, en su espalda.
—La oferta también lo es.
—Lo sé.
—Quiero ese puesto.
La confesión duele, aunque no debería.
—Entonces tendrás que aceptarlo.
—No con esas condiciones. Y no a costa de Glenbrae.
—No tienes que protegerme de tu carrera.
—No te protejo. Estoy intentando que dos cosas importantes no se destruyan entre sí.
Antes de que encuentre una respuesta, un trueno apaga parte de las conversaciones. Las lámparas parpadean. Isla entra desde la calle y busca mi cara.
—El sensor del ala sur acaba de enviar una alerta. El postigo de la torre está abierto.
Miro por la ventana. La tormenta avanza sobre el lago y el viento ya dobla los árboles jóvenes del camino.
—Iré yo.
—Voy contigo —decide Nora—. Dejé allí las muestras y los contratos de los proveedores.
—Pueden esperar.
—Los contratos, sí. Las muestras de Aileen son piezas únicas y me cobrará hasta el funeral si se estropean.
Al terminar su llamada, su compañero se ofrece a ayudar. Ella le entrega el portátil.
—Necesito que revises las cifras de ocupación. No envíes nada a Celia sin mi autorización.
Él asiente. La instrucción no admite bromas.
Llegamos al castillo antes de que la lluvia se vuelva intensa.
La electricidad del ala sur se ha desconectado por seguridad.
Subimos con linternas, cerramos el postigo y apartamos las cajas del agua que ha entrado.
Cuando estamos a punto de bajar, un relámpago ilumina la escalera y el trueno llega casi encima.
—Esperamos —ordeno.
—¿Es peligroso?
—La escalera es estrecha y el pasamanos, metálico. Cinco minutos.
Ella deja las muestras sobre una mesa y se apoya contra la pared. Lleva mi chaqueta sobre los hombros; se la he dado al cruzar el patio sin convertir el gesto en una conversación.
—Has bailado conmigo porque querías —dice.
—Sí.
—Y en el embarcadero no estabas actuando.
—No.
—¿La entrevista?
—Tampoco.
Aprieta las solapas de la chaqueta.
—Necesito saber qué parte de esto existe cuando se apagan los teléfonos.
Me acerco lo suficiente para ver las gotas en sus pestañas, no para tocarla.
—La parte en la que no quiero que te marches a Madrid. La parte en la que me molesta que otro hombre pueda ofrecerte lo que yo no sé cómo darte. Y la parte en la que sigo sin tener derecho a pedirte que renuncies a ello.
El humor desaparece de su expresión.
—Eso es bastante más de lo que sueles decir.
—La tormenta puede haber afectado a mi juicio.
—No lo estropees.
Levanta una mano y me roza la mandíbula. No avanzo.
—Voy a besarte —aviso.
—Esta vez has tenido días para prepararlo.
—Y sigo sin saber si es buena idea.
—Yo tampoco.
Es ella quien me agarra del jersey.
El beso no se parece al del vídeo ni al del aparcamiento.
No hay sorpresa ni una salida fácil. Nora sabe que quiero que se quede y yo sé que puede elegir otra vida.
Aun así, abre la boca bajo la mía y me permite rodearla con los brazos.
La contengo con cuidado hasta que sus manos suben a mi nuca y me acerca más.
—¿Estás bien? —pregunto contra su piel.
—Estoy besando a un hombre que pretende detenerse cada veinte segundos para hacer una evaluación de riesgos.
—Es una torre antigua.
—La torre no es el riesgo.
Vuelvo a besarla, más despacio. Ella deja escapar el aire y apoya la espalda en la piedra. Mis dedos recorren su cintura, se detienen bajo la chaqueta y esperan allí. No necesitamos llevar el momento más lejos para saber que ya ha cambiado el acuerdo.
Cuando el trueno se aleja, ninguno se mueve.
—Marcos cree que la empresa debería quedarse con la gestión —murmura.
—¿Y tú?
—Creo que Glenbrae necesita socios, no dueños. También creo que yo necesito un futuro que no dependa de estar enamorada de mi cliente.
La palabra queda entre nosotros.
—¿Lo estás? —pregunto.
Ella me da un pequeño empujón en el pecho.
—He dicho una posibilidad profesional. No presentes conclusiones sin datos.
La sonrisa me sale antes de poder impedirlo.
Bajamos cuando la tormenta concede una tregua. Euan nos espera al pie de la escalera con dos linternas y la discreción de un hombre que ha visto suficiente para burlarse durante años.
—El postigo estaba abierto —le explico.
—Claro.
—Y había que proteger los contratos —añade Nora.
Mira nuestras manos todavía enlazadas.
—Documentación muy delicada.