Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 8 #3
58%

CAPÍTULO 8 #3

La respuesta llega sin énfasis. Así cuenta las cosas importantes: colocándolas entre dos frases ordinarias para que nadie tenga ocasión de compadecerlo.

—Entonces irás el martes.

—Sí.

Le rozo el dorso de la mano. No es un gesto para ninguna cámara. Él vuelve la palma y atrapa mis dedos un instante antes de soltarlos.

A mediodía, uno de los participantes del lanzamiento de tronco se lesiona un hombro durante el calentamiento. El organizador necesita un sustituto para completar los equipos y recorre el prado buscando voluntarios. Callum retrocede medio paso.

—Ni se te ocurra mirarme —advierte.

—No he hecho nada.

—Estás calculando el alcance del vídeo.

—Estoy calculando si el seguro de responsabilidad civil cubre a propietarios testarudos.

El organizador pronuncia su apellido por megafonía. Los niños de la escuela empiezan a corearlo. Él acepta la derrota y se dirige al campo.

No necesito fingir interés cuando se prepara. Tampoco grabarlo tres veces. El primer lanzamiento sale torcido y el tronco cae de lado, lejos de la marca. El público se ríe. Él también. Esa risa abierta, sin vigilancia, me gusta más que la imagen perfecta que habría elegido para las redes.

En el segundo intento corrige la posición y consigue voltear el tronco. Regresa respirando deprisa, con tierra en una rodilla y una satisfacción que intenta esconder.

—No publicarás el primero.

—Publicaré los dos.

—Nora.

—El primero demuestra que eres humano. El segundo, que no soportas hacerlo mal.

—Eso ya lo sabías.

—Sí, pero ahora tengo pruebas.

Me sostiene la vista. El ruido de la feria se vuelve más lejano durante un segundo.

—Nora Vidal.

Reconozco la voz antes de volverme.

Distingo a Marcos entre la gente por la americana azul, las zapatillas que todavía no han conocido el barro y una maleta pequeña.

No abre los brazos ni convierte su llegada en una actuación.

Se limita a besarme las mejillas y a estudiar el lugar con esa rapidez suya que identifica oportunidades antes que personas.

—Celia me envía —explica—. Los números han llegado al consejo.

—Podría haber llamado.

—He llamado seis veces. Estabas ocupada viendo lanzar árboles.

Presento a los dos hombres. Se estrechan la mano sin competir por la presión, lo que agradezco. Marcos felicita a Callum por las reservas y pregunta por el modelo de gestión, el personal fijo y la capacidad anual. Son preguntas sensatas. Precisamente por eso me inquietan.

—Esa información la lleva Nora —contesta Callum—. Si ella considera que debo compartirla.

La confianza implícita me sorprende. Mi compañero también la percibe.

—Tenemos una propuesta —me comunica—. Destinos singulares del norte de Europa. Seis propiedades para empezar, presupuesto propio y un puesto de dirección para ti.

Por un instante vuelvo a una sala de reuniones en Madrid. Me veo presentando al consejo un proyecto con mi nombre, contratando mi equipo y tomando decisiones sin esperar a que Marcos repita mis ideas con otra voz. Es el trabajo que llevo años reclamando.

—¿Para mí? —pregunto.

—Para los dos. Tú llevarías operaciones; yo, desarrollo de marca.

La alegría se enfría un poco, no porque Marcos no sea bueno, sino porque reconozco el reparto. Yo construiría el sistema. Él lo explicaría.

Él limpia la tierra de su rodilla.

—¿Qué tiene que ver Glenbrae?

—Sería la propiedad piloto. La empresa asumiría parte de las reparaciones a cambio de la gestión exclusiva.

—La gestión no está en venta.

No hay hostilidad en su voz. Solo un límite.

—Todo puede estudiarse —replica Marcos—. Una inversión adecuada os permitiría abrir el ala norte este mismo año.

—Y una inversión inadecuada permitiría que otra persona decidiera qué ocurre dentro de mi casa.

Me interpongo antes de que la conversación se convierta en una negociación para la que nadie ha dado permiso.

—La campaña pertenece a Glenbrae. Lo acordamos por escrito.

—Lo sé. —Mi compañero baja el tono—. No vengo a quitarte el proyecto. Vengo a evitar que lo regales.

La frase encuentra un punto vulnerable. Durante semanas he trabajado más horas que en Madrid sin saber si al final tendré un puesto, un cliente o un lugar al que volver. Ayudar a Elena no elimina la necesidad de proteger mi futuro.

—Hablaremos después de la feria —decido.

Recoge la caja de folletos.

—Tengo que llevar esto a la escuela.

—Voy contigo —ofrezco.

—No hace falta. Termina tu conversación.

Se aleja antes de que pueda explicarle que querer escuchar una oferta no significa desear que Glenbrae la acepte.

Mi compañero sigue su marcha con atención.

—No esperaba que fuera así.

—¿Así cómo?

—Una persona, no un personaje.

La observación me molesta porque describe el error que yo también cometí al llegar.

Miro alrededor: Aileen negociando una bufanda, Isla persiguiendo facturas, los niños arrastrando a Callum hacia el escenario.

La campaña convirtió todo esto en una historia sencilla.

Lo que siento por él y lo que quiero para mí no lo son.

—Enséñame la propuesta —pido—. Y después te explicaré qué partes no vais a tocar.