CAPÍTULO 8 #2
—Lo siento. No suelen ser tan intensos hasta la segunda cena.
—Me gustan.
—Porque viven a dos mil kilómetros.
—Puede.
Me rodea el cuello con los brazos. El beso que me da sabe a vino y a una vida cotidiana que no esperaba desear.
No volvemos a llegar tan lejos como en el ala norte.
Nos besamos en la cocina, en los corredores y una tarde contra la puerta de la despensa hasta que Isla entra buscando manteles.
Dormimos juntos todas las noches. A veces Nora despierta abrazada a mí; otras soy yo quien cruza el espacio entre ambos.
El deseo no desaparece. Se vuelve más preciso y más difícil de ignorar, aunque los dos respetamos el límite que ella puso.
También discutimos.
Discutimos porque quiere ofrecer fuegos artificiales y yo le enseño el nido de águilas que hay cerca del lago. Porque utilizo una factura como posavasos. Porque ella responde correos a medianoche y yo le cierro el portátil sin pedir permiso.
—No puedes hacer eso —protesta, intentando recuperarlo.
Mantengo el ordenador fuera de su alcance.
—Llevas catorce horas trabajando.
—Tengo una reunión a las ocho.
—Y a las ocho tendrás el portátil.
—Dámelo.
Se sube al sofá para alcanzarlo. Yo levanto el brazo. Nora se impulsa, pierde el equilibrio y ambos terminamos sobre la alfombra, ella encima de mí y el ordenador a salvo en un sillón.
—Te odio —murmura.
—No parece.
—Puedo odiarte y besarte. Las mujeres hacemos varias cosas a la vez.
Lo demuestra.
Las reservas suben. El banco concede una primera prórroga y el salón oeste deja de oler a humedad. La campaña sigue siendo una representación ante los demás, pero cada día resulta más difícil saber qué parte estamos fingiendo.
Cuando llega el fin de semana de la feria, faltan nueve días para que termine nuestro acuerdo.
No hablamos de lo que ocurrirá después.
CAPÍTULO 9
NORA
La feria ocupa la calle principal, el patio de la escuela y un prado donde alguien ha trazado las líneas de las competiciones con más optimismo que precisión.
Huele a pan de especias, hierba húmeda y humo de leña.
Los vecinos han colgado banderines entre las fachadas de piedra; algunos pertenecen al pueblo y otros parecen haber sobrevivido a celebraciones desde antes de que existieran las fotografías en color.
Llevo una hora trabajando cuando comprendo que he enfocado mal la campaña.
No por las cifras. Las consultas continúan entrando y dos parejas han pagado la señal esa mañana.
El error está en presentar Glenbrae como una isla hermosa habitada por un escocés malhumorado.
El castillo existe dentro de esta comunidad: Fiona hornea las tartas, Aileen teje las cintas de tartán, Euan coordina a los músicos y el marido de Isla cultiva las flores que utiliza la decoradora.
Si las bodas funcionan, el dinero no termina en las paredes del edificio.
—¿Cuántos encargos haces en invierno? —pregunto a Aileen.
La mujer deja de ordenar bufandas y me observa por encima de las gafas.
—Los suficientes para fingir que no debería jubilarme.
—¿Aceptarías impartir un taller para huéspedes?
—¿De tejido?
—De cómo conseguir que una española pague cuarenta libras por una cinta que sabe que no necesita.
Su carcajada atrae a dos clientas.
—Cincuenta —corrige—. Acabas de explicarle que es una experiencia.
Anoto la idea. Un fin de semana no tiene por qué limitarse a ceremonia, cena y resaca. Podemos ofrecer visitas a los talleres, cenas con producto local y actividades que sostengan reservas fuera de temporada. Es menos brillante que un vídeo viral y bastante más útil.
El dueño de Glenbrae aparece junto al puesto con una caja de folletos bajo el brazo.
Lleva camiseta blanca, kilt y botas, no porque yo se lo haya pedido, sino porque participa en la exhibición de danzas con los niños de la escuela.
El conjunto le sienta de una manera que pone a prueba mi capacidad de concentrarme en una conversación comercial.
—Aileen quiere cobrarte por existir cerca de su tartán —le informo.
—Lleva haciéndolo desde que cumplí dieciséis años.
La artesana le da un golpe en el brazo con una cinta métrica.
—Y todavía me debes el arreglo de la contraventana.
Él deja la caja en el suelo.
—Mandé a Euan en marzo.
—Euan llevó una escalera, miró la ventana y aceptó una cerveza. No es lo mismo que arreglarla.
—Iré el martes.
No lo apunta. No le hace falta. Durante la mañana lo veo mover mesas, revisar un enchufe del escenario y acompañar a casa a un vecino que se ha mareado.
Nadie lo trata como al propietario de las tierras.
Le exigen favores, se burlan de su forma de bailar y le guardan un plato sin preguntar si se quedará a comer.
Grabo poco. Prefiero observar.
—¿Por qué no tienes el teléfono delante de la cara? —pregunta cuando vuelve.
—Estoy intentando conocer el lugar que vendo.
—Pensaba que ya lo conocías todo después de tres semanas.
—Sé que la torre tiene cuarenta y siete peldaños, que finges no escuchar cuando Moira te da órdenes y que los presupuestos de jardinería son inventos optimistas. Me faltaba saber por qué Aileen puede obligarte a reparar una ventana.
Mira hacia el puesto. La mujer atiende a una pareja mientras vigila que él no escape.
—Me enseñó a hacer el nudo de la corbata para el funeral de mi madre.