Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 8
47%

CAPÍTULO 8

CALLUM

La muralla no vuelve a aparecer.

Se mete en la cama con su pijama largo, apaga la lámpara y deja entre nosotros un espacio que parece una pregunta. Podría besarla de nuevo. Quiero hacerlo desde que salimos de Inverness. En lugar de eso, me tumbo boca arriba y escucho la lluvia.

—¿Te arrepientes? —pregunta ella.

—No.

—Has conducido una hora con las manos pegadas al volante.

—Había poca visibilidad.

—Y ahora pareces un cadáver educado.

Giro la cabeza. Distingo su perfil en la oscuridad.

—No quiero que mañana decidas que me he aprovechado de la campaña.

—¿Sueles pensar tanto antes de besar a alguien?

—Últimamente no suelo besar a nadie.

—¿Cuánto es últimamente?

—Dos años.

Ella se incorpora sobre un codo.

—¿Dos años?

—No pongas esa voz.

—No he puesto ninguna voz. Mi voz está procesando información.

—Antes hubo alguna cita. Nada importante.

—¿Y lo último importante?

La respuesta tiene nombre, cabello pelirrojo y una maleta que no regresó a Glenbrae después de Navidad.

—Mairi. Vivíamos juntos en Edimburgo.

—¿Qué pasó?

—Mi padre enfermó. Regresé para ayudar durante unos meses y ella vino conmigo. Los meses se convirtieron en un año. Yo no hablaba de otra cosa que de las deudas, las reparaciones y lo que mi padre necesitaba. Mairi consiguió un trabajo en Inverness, intentó hacer una vida aquí y terminó cansándose.

—¿La querías?

—Sí.

Guarda silencio. No hay celos en su expresión, solo una atención que me obliga a continuar.

—Cuando se marchó dijo que Glenbrae no necesitaba una persona más y yo sí, pero que no sabía aceptarlo. Tenía razón.

—¿Intentaste recuperarla?

—La llamé una vez. Ya había aceptado un trabajo en Glasgow. Sonaba aliviada.

—Eso tuvo que doler.

—También fue una salida. Mi padre empeoró poco después. Resultaba más sencillo no tener que elegir entre ella y él.

Se tumba de nuevo.

—Sergio también dijo que yo convertía todo en trabajo. Durante meses me convencí de que la infidelidad demostraba que tenía razón.

—No la tenía.

—Lo sé con la cabeza. El resto de mí tarda más.

Busco su mano sobre el colchón. Nora entrelaza sus dedos con los míos.

—Podemos dormir —digo.

—Qué propuesta tan indecente.

—No quiero correr.

—Yo tampoco.

Miente. Yo también. Aun así, esa noche solo dormimos con las manos unidas.

A la mañana siguiente llevo a Nora al ala norte. No está abierta al público desde que murió mi abuela. Hay sábanas sobre los muebles, polvo en los marcos y un olor leve a madera cerrada. Nora avanza despacio, sin sacar el teléfono.

—¿Por qué me enseñas esto?

—Dijiste que no sabías cuándo era yo y cuándo actuaba para la cámara.

Abro la puerta del antiguo salón familiar. Las fotografías ocupan una pared entera. Mi madre aparece en varias, riendo, con el pelo oscuro agitado por el viento. Murió cuando yo tenía trece años. Mi padre dejó de utilizar esta estancia poco después.

Se acerca a una imagen donde estoy sentado sobre los hombros de mi padre.

—Te pareces a ella.

—Eso decía mi abuela. Mi padre fingía ofenderse.

—¿Cómo era?

—Ruidosa. Cantaba mal y no le importaba. Hacía fiestas en la cocina y dejaba entrar a todos los perros mojados. Después de que muriera, mi padre empezó a tratar el castillo como una tarea que debía terminar antes de permitirse vivir.

—Y tú aprendiste de él.

No hay acusación en su voz. Por eso no puedo defenderme.

—Supongo.

Toca el borde de la fotografía.

—Mi madre tuvo una pequeña pastelería antes de que naciera Elena. La cerró cuando mi hermana era bebé y nunca volvió a abrirla. Dice que no se arrepiente, pero conserva las recetas, el letrero y hasta la llave del local en una caja.

—¿Crees que se arrepiente?

—Creo que puede querer a su familia y echar de menos la mujer que era allí. Las dos cosas caben en la misma vida.

—¿Te preocupa que quedarte aquí te convierta en ella?

Me mira, sorprendida de que haya entendido.

—Me preocupa despertar dentro de diez años y descubrir que he construido el sueño de otra persona.

—Glenbrae no tiene que ser el mío.

—Es tu casa.

—También puede ser tu proyecto.

—Llevamos seis días conociéndonos.

—Lo sé.

—Y ya estás reorganizando mi crisis existencial.

—Me pagan por resolver problemas.

—A mí me pagan por encontrarlos antes que nadie.

Se vuelve hacia las fotografías. Yo quiero decirle que no le pediría que renunciara a nada, pero Mairi escuchó promesas parecidas. Las buenas intenciones no le devolvieron los meses que pasó esperando a que yo levantara la cabeza de una factura.

—No quiero que dejes de ser quien eres —digo al fin.

—Todavía no sabes quién soy.

—Sé que persigues aristócratas de cartulina por aeropuertos.

—Era una prenda. No un rasgo de personalidad.

—Sé que llamas plan alternativo a negarte a perder. Que lloras en el coche con patatas fritas, odias los palillos de las hamburguesas y sonríes antes de dar una orden que nadie se atreverá a discutir.

Baja la vista. Un mechón le cruza la mejilla y se lo aparto.

—También sé que finges que no necesitas ayuda para no deberle nada a nadie.

—Eso ha sonado personal.

—Lo es.

La beso junto a la fotografía de mis padres. Al principio es suave, una forma de cerrar lo que no sabemos explicar. Nora apoya las manos en mi pecho y se acerca. Su boca se abre bajo la mía. La rodeo por la cintura y siento cómo deja de contener el aire.

Esta vez no nos interrumpe ningún teléfono.

Mis labios bajan a su cuello. Nora inclina la cabeza, me acaricia la nuca y un suspiro se le rompe contra la piel. La apoyo con cuidado en el borde de una cómoda. Sus piernas se abren para que me coloque entre ellas. El vestido sube unos centímetros bajo mis dedos.

—Callum…

Me detengo.

—¿Qué?

—No pares de esa manera. Parece que has oído una alarma.

—Quiero saber si estás segura.

Me mira. Tiene las mejillas encendidas y la respiración rápida.

—Quiero esto. Lo que no sé es qué será mañana.

—Mañana puede esperar.

—Eso no se te da bien.

—Estoy aprendiendo.

Vuelvo a besarla. Mis manos recorren sus muslos por encima de las medias y se detienen donde la tela desaparece bajo el vestido. Nora me desabrocha dos botones de la camisa. El contacto de sus dedos contra mi pecho convierte el aire en una cosa difícil de tragar.

Entonces se oye un golpe en el corredor.

Nos separamos. Otro golpe. Después un maullido indignado.

—¿Tenéis un gato? —susurra Nora.

—Moira tiene cuatro. Oficialmente, ninguno vive en el castillo.

Un jarrón cae al suelo en la habitación contigua.

Apoya la frente en mi hombro y empieza a reír. Yo cierro los ojos.

—Tu familia tiene un talento extraordinario para interrumpir.

—Es nuestro verdadero legado.

La ayudo a bajar. Ella me abrocha la camisa con manos todavía temblorosas.

—No quiero que esto ocurra escondidos entre sábanas y fotos antiguas —dice—. Cuando pase, quiero estar segura de que no es parte de una broma que se nos ha ido de las manos.

—De acuerdo.

—No pareces contento.

—Estoy intentando pensar en el gato.

—¿Funciona?

—No.

Sonríe y me besa una vez más, breve y tierna.

Salimos del ala norte con la ropa colocada y las pulsaciones fingiendo una dignidad que ninguno conserva. Al llegar a la escalera, encontramos al gato sentado junto al jarrón roto.

—Te odio —le digo.

Ella lo coge en brazos.

—Yo pienso incluirlo en la campaña.

Durante las dos semanas siguientes, la cottage deja de ser la casa de un hombre solitario y se convierte en un territorio compartido que ninguno se atreve a nombrar.

Sus frascos ocupan la mitad del baño. Mis botas aparecen junto a sus zapatillas. Compra una lámpara amarilla porque asegura que la del dormitorio parece diseñada para un interrogatorio. Yo protesto durante dos días y, al tercero, la coloco en su lado de la cama.

Trabajamos desde primera hora. Nora visita proveedores, rediseña los paquetes de boda y convence a Isla para que aparezca en los vídeos. Yo reparo lo que puede repararse con las manos y aprendo a sentarme frente a una cámara sin parecer que estoy esperando una condena.

—Sonríe —me ordena una tarde desde detrás del teléfono.

Estoy de pie junto a la chimenea del salón este, con una bandeja de whisky que no sé cómo sostener sin sentirme ridículo.

—Estoy sonriendo.

Ella baja el móvil. Sus labios se aprietan para no reírse.

—Eso es una amenaza con dientes.

—Es mi cara.

—He visto tu cara de verdad.

Deja el teléfono sobre la repisa y se acerca. Me coloca una mano en el pecho, alisa una arruga inexistente de la chaqueta y levanta la cara.

—Piensa en una cosa que te guste.

—El silencio.

—Una cosa que te guste y que no implique que yo me calle.

—Eso reduce bastante las opciones.

Me golpea el pecho con la palma. Cuando se aparta, la sujeto por la muñeca y la acerco. La sonrisa aparece antes del beso. Ella recupera el teléfono sin borrar la fotografía que se ha hecho sola.

Por las noches cocinamos. O, para ser exactos, yo cocino y Nora dirige operaciones desde un taburete.

Habla con Elena casi a diario. Algunas veces Jamie asoma por detrás y pregunta si sigo teniendo intención de devolverle a su cuñada.

Otras, sus padres se unen a la llamada y su madre me pide que le enseñe la nevera para asegurarse de que su hija recuerda comer cuando trabaja.

Una noche, Nora gira la pantalla hacia mí. Sus padres cenan en la terraza. Entre ellos hay una fuente de tortilla y dos platos que han colocado también para Elena y Jamie, aunque continúan de viaje.

—En esta familia cocinamos para personas ausentes —explica ella.

Su madre acerca la cara a la cámara.

—¿Y tú tienes familia, Callum?

Abre mucho los ojos.

—Mamá, eso parece un interrogatorio.

—Estoy conversando.

Me siento a su lado y apoyo el brazo en el respaldo del taburete.

—Mi madre murió cuando yo era pequeño. Mi padre, hace seis años. Tengo a Moira, a Jamie y a medio pueblo dispuesto a opinar sobre mis decisiones.

El padre de Nora levanta su copa hacia la pantalla.

—Entonces estamos igual. Aquí opinamos todos.

—Papá.

—¿Qué? El muchacho debe saber dónde se mete.

Ella intenta terminar la llamada, pero su madre exige primero una visita a Glenbrae. Cuando por fin cuelga, se queda mirando la pantalla oscura.