Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

NORA

Despierto abrazada a un highlander.

No es una metáfora. Tengo una pierna sobre las suyas, la mejilla pegada a su pecho y una mano metida bajo su camiseta. La muralla de almohadas yace desperdigada por el suelo, derrotada sin honor.

Él está despierto.

—Buenos días, España.

Su voz vibra debajo de mi oído. Retiro la mano de golpe.

—Me has invadido.

—Has cruzado tú.

—Eso es discutible.

—Una almohada cayó sobre mi cara a las dos. A las tres me clavaste una rodilla. A las cuatro intentaste robarme la camiseta.

—Buscaba la manta.

—La manta estaba encima de ti.

Me incorporo. Su pelo está revuelto y la barba más oscura que anoche. Tiene una marca de la almohada en la mejilla que debería restarle atractivo. No lo consigue.

—No ha pasado nada —digo.

—Dormir ha pasado.

—Me refiero a nada comprometedor.

—Tu mano discrepa.

Le lanzo una almohada y salgo de la cama. Callum ríe a mi espalda, una risa baja que me acompaña hasta el baño.

Cuando salgo, ya se ha vestido y está recogiendo las almohadas del suelo. Ha preparado tostadas y dejado mi jersey doblado sobre una silla, con el pendiente que perdí la noche de la boda encima.

—¿Dónde estaba?

—En el bolsillo de mi chaqueta.

—¿Cómo llegó allí?

—La versión que recuerdo incluye a tu tía, una conga y un intento de cambiarlo por otro whisky.

—Me parece fiable.

Cojo el pendiente. Es barato, dorado y demasiado grande. Elena y yo compramos un par idéntico antes de que ella se marchara a vivir con Jamie. Dijimos que los llevaríamos el día de su boda, aunque el mío pasó media ceremonia escondido en un bolsillo escocés.

—Tengo que ir a Inverness —anuncia Callum—. Faltan conectores para la instalación del salón, pintura y una pieza del generador. Isla necesita también unas muestras de tela.

—Voy contigo.

—No hace falta.

—Tengo que comprar ropa. Preparé equipaje para una boda de fin de semana, no para trabajar un mes entre barro, obras y temperaturas que cambian cada diez minutos.

—Podría dejarte en el centro.

—Podrías. También podrías utilizar el viaje para grabar contenido sobre los alrededores y responder preguntas de las parejas.

—Empiezo a sospechar que todo en tu vida puede convertirse en contenido.

—No todo.

La respuesta nos deja mirando la cama deshecha. Yo aparto la cara primero.

Antes de salir recibo una videollamada de mi madre.

Contesto en la cocina, preparada para una reprimenda.

En la pantalla aparecen mis padres sentados en su terraza de Madrid.

Mi madre lleva las gafas en la punta de la nariz.

Mi padre sostiene una tablet desde un ángulo que concede protagonismo a sus fosas nasales.

—¿Estás bien? —pregunta ella.

—Perfectamente.

—Tu tía Mari asegura que te has prometido.

—Tu hermana también aseguró que podía bailar sobre una mesa y terminó abrazada a un extintor.

—Eso no responde.

Les explico por tercera vez que no estoy comprometida. Mi padre se inclina hacia la pantalla al ver pasar a Callum detrás de mí.

—¿Ese es el del vídeo?

—No soy «el del vídeo» —protesta Callum en un castellano muy aproximado.

Mis padres se quedan callados.

—¿Habla español? —pregunta mi madre.

—Cuatro frases. Tres son insultos que le ha enseñado la tía Mari.

El hombre del vídeo se inclina hacia la pantalla.

—Encantado de conocerlos.

Mi padre sonríe.

—Buen acento.

—Ha dicho siete palabras —señalo.

—Siete más que tu madre en inglés.

—Yo entiendo mucho —replica ella—. Otra cosa es que no quiera hablar para que no me contesten.

Se aparta riendo. Mi madre espera a que salga de la cocina para bajar la voz.

—Parece buena persona.

—Parece un armario con barba. No es lo mismo.

—Te mira bien.

—Mamá.

—Sergio también te miraba bien al principio —interviene mi padre—. Luego empezó a mirarse demasiado a sí mismo.

El nombre me tensa el estómago. Mi padre lo nota y cambia de postura.

—Solo digo que no tengas miedo por culpa de un idiota.

—No tengo miedo.

—Claro —dice mi madre con esa serenidad irritante de quien me conoce desde antes de que yo supiera mentir—. Por eso llevas dos años saliendo con hombres a los que no soportas más de tres citas.

—He estado trabajando.

—También trabajabas cuando conociste a Sergio.

—Y mira qué buena decisión.

—La mala decisión fue de él —responde ella—. Tú no tienes que seguir pagándola.

Me quedo sin una réplica que no suene infantil. Mi padre rescata la conversación preguntando por Elena y terminamos hablando de la boda, de la tormenta y de las posibilidades de que la tía Mari sea declarada persona non grata en Escocia.

Cuando cuelgo, Callum está apoyado en el marco de la puerta.

—¿Cuánto has entendido?

—Mi nombre, Sergio y «armario con barba».

—Puedo explicarlo.

—Espero que fuera un cumplido.

—En algunas culturas.

El trayecto a Inverness dura una hora. Esta vez no voy pendiente del equipaje ni de una lista de emergencias, así que puedo fijarme en los pequeños pueblos junto a la carretera, en los muros de piedra y en la facilidad con que Callum levanta dos dedos del volante para saludar a cada coche que pasa.

—¿Los conoces a todos?

—No.

—Entonces, ¿por qué saludas?

—Porque estamos en las Highlands.

—En Madrid solo hacemos eso para avisar de un radar.

Compramos primero la pieza del generador. Después pintura, conectores y una caja de herramientas que Callum asegura necesitar y que cuesta más que mi primer coche. En la tienda de telas, la dependienta reconoce nuestras caras y nos pide una fotografía.

—Mi hija ha visto el vídeo veinte veces —explica—. Dice que sois mejores que la televisión.

Me rodea la cintura con una naturalidad que no tenía en el embarcadero. Yo apoyo la mano sobre su pecho. La mujer hace la foto y suspira.

—Se nota que es de verdad.

Ninguno la corrige hasta que salimos.

—Eso ha sido poco profesional —digo.

—Has sido tú quien me ha tocado el pecho.

—Necesitaba colocar la mano en algún sitio.

—Tengo hombro.

—No llegaba sin ponerme de puntillas.

—Podías haberlo intentado.

Se detiene en mitad de la acera. Yo también. La gente nos rodea mientras Callum inclina la cabeza, observándome con una calma que me vuelve consciente de mi boca.

—Tenemos que comprar ropa —recuerdo.

—Es una forma poco elegante de huir.

—No huyo. Optimizo el tiempo.

Entro en la primera tienda antes de que pueda responder.

Comemos en un pub pequeño cerca del río. Callum pide sopa y yo una hamburguesa que llega atravesada por un palillo de treinta centímetros.

—¿Por qué los restaurantes clavan armas en la comida? —pregunto.

—Para que no escape.

—Estaba muerta antes de entrar.

Le quito el palillo y la mitad de la hamburguesa se desmonta sobre el plato. Callum me ofrece una servilleta. Tiene esa sonrisa pequeña que ya reconozco: la que intenta esconder cuando algo le divierte más de lo que piensa admitir.

—¿Cuánto tiempo estuviste con Sergio? —pregunta.

Me limpio los dedos.

—Cuatro años.

—Es bastante.

—También trabajábamos juntos. Yo conseguí que lo contrataran cuando su estudio cerró. Un año después, era el director creativo de mis campañas y la gente creía que todo lo hacíamos entre los dos.

—¿No era así?

—Al principio. Luego yo hacía el trabajo y él explicaba en las reuniones lo bien que habíamos colaborado.

Él deja la cuchara.

—¿La mujer de la mesa trabajaba con vosotros?

—Responsable de cuentas. Me enteré porque regresé a por un contrato. Sergio afirmó que llevaba meses sintiéndose ignorado.

—¿Y tú?

La pregunta me desconcierta.

—¿Yo qué?

—¿Te sentías ignorada?

Nadie me preguntó eso. Mis amigas quisieron saber si sospechaba, mi madre si había recogido todas mis cosas y mi jefa si podía continuar trabajando con él. La humillación ocupó tanto espacio que lo anterior quedó fuera de la historia.

—Sí —admito—. Mucho antes de encontrarlo. Supongo que convertimos la relación en una empresa y que ambos dejamos de preguntar si éramos felices. Eso no justifica lo que hizo.

—No.

—Tampoco convierte los cuatro años en mentira. Esa es la parte que más me costó entender.

Juega con el borde de la servilleta.

—A veces una historia puede ser cierta mientras dura y terminar mal.

—Eso es deprimente.

—No pretendía animarte.

—Se nota.

Sonrío, aunque la frase se queda conmigo.

Al salir, una llovizna fina cubre la calle. Guardamos las bolsas y las muestras en el maletero. Cuando cierro, una ráfaga me lanza el pelo a la cara. Él lo aparta, pero no retira la mano.

—Nora.

—Estamos en un aparcamiento.

—Ya.

—Y llueve.

—También.

—No es un lugar especialmente memorable.

—Hablas mucho cuando estás nerviosa.

—No estoy nerviosa.

Su pulgar me roza la sien.

—Voy a besarte —avisa.

—Eso estaba en el contrato para evitar sorpresas, no para convertir cada beso en un trámite.

—¿Es un sí?

En lugar de responder, cierro la distancia.

No hay whisky, música ni una periodista esperando una reacción.

Solo el olor húmedo de la calle, su mano en mi nuca y la certeza incómoda de que este beso no puede atribuirse a nadie más.

Le sujeto la chaqueta y él se contiene lo justo para dejarme decidir cuánto dura.

Cuando nos separamos, apoya la frente en la mía.

—Recordaré el aparcamiento —murmura.

—Eso demuestra que necesitas viajar más.

Regresamos a Glenbrae sin hablar del beso. Sin embargo, en la cottage ya no reconstruyo la muralla de almohadas.