Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

CALLUM

La española construye la muralla de almohadas con la concentración de un ingeniero militar.

Coloca cuatro en línea, prueba su estabilidad y añade una quinta en el centro.

—Eso no sobreviviría a un estornudo —señalo.

—No necesito que sobreviva. Necesito que te recuerde dónde termina Escocia y empieza España.

—La cama es escocesa.

—La mitad izquierda ha solicitado asilo.

La cottage perteneció al guardés de la finca y es bastante más cómoda que mis habitaciones del castillo.

Tiene una cocina pequeña, un salón con chimenea y un dormitorio bajo el tejado.

Nora ha ocupado el baño con una colección de frascos cuyo propósito desconozco.

Su ropa cuelga sobre dos sillas porque la cremallera del equipaje ha decidido que abrir una vez más sería abusar de su confianza.

Estoy acostumbrado a vivir solo. En menos de una hora, su presencia se ha extendido por todas las superficies.

—Voy a cocinar —anuncio.

—¿Sabes?

—Llevo años alimentándome.

—Eso no responde a la pregunta.

Preparo salmón, patatas y verduras mientras ella trabaja en la mesa de la cocina.

Habla con parejas interesadas, responde mensajes y corrige la web que Isla ha levantado a toda velocidad.

Alterna inglés y español con una soltura que la transforma.

Cuando trabaja, su voz se vuelve segura y cálida; consigue que cada pareja crea que su boda le importa de verdad.

Una productora de Londres llama mientras corto las patatas. Oigo la cifra que ofrece por grabarnos durante una semana y estoy a punto de intervenir. Nora ni siquiera abre la libreta.

—No tendrán acceso a la cottage, a las cuentas ni a las conversaciones privadas —establece—. Pueden filmar una visita al castillo y entrevistar al equipo sobre el proyecto. Nada sobre relaciones anteriores, patrimonio familiar o planes de boda.

La persona al otro lado insiste. La suma aumenta.

—Sigue siendo no.

Cuelga y vuelve a la hoja de tarifas.

—Eso habría pagado parte del tejado —señalo.

—También habría convertido tu casa en un plató durante siete días.

—Podrías haberme preguntado.

—Lo hicimos esta mañana. El acuerdo prohíbe vender detalles privados. Si quieres cambiarlo, lo hablamos antes de que alguien ponga dinero sobre la mesa.

No estoy habituado a que una persona rechace una cantidad importante en mi nombre. Mucho menos a que lo haga por respetar un límite que yo esperaba tener que defender.

La siguiente llamada llega de una pareja con un padre que utiliza silla de ruedas.

Nora no maquilla las dificultades del edificio ni ofrece la torre.

Describe el acceso lateral, las pendientes, el baño adaptado y las habitaciones que todavía no sirven.

Después propone celebrar la ceremonia en el invernadero, donde el suelo es llano y el lago continúa visible.

—Podemos enviarles un recorrido en vídeo mañana —concluye—. Sin filtros y sin cortar los escalones.

Cuando termina, anota tres cambios para la web.

—La entrada lateral necesita una barandilla —comenta.

—La piedra no permite fijarla sin autorización de patrimonio.

—Entonces pedimos autorización y alquilamos una rampa certificada mientras llega. No pienso esconder una limitación detrás de la palabra histórica.

Hay personas que entran en Glenbrae y solo ven lo que puede fotografiarse. Ella ve lo que impide entrar a quienes quedan fuera.

—No vendas la torre sur —le digo cuando cuelga.

—No la vendo. He dicho que ofrece una vista privada del lago.

—También una escalera capaz de provocar una lesión.

—He añadido «acceso histórico no adaptado».

—Eso es una forma elegante de decirlo.

—Me pagan por encontrar formas elegantes de decir que algo cuesta más de lo previsto.

Sirvo la cena. Nora aparta el portátil y observa el plato.

—Retiro mis dudas.

—No pareces una mujer que retire nada.

—Puedo hacerlo por escrito, con dos copias y una penalización.

Comemos frente a la ventana. El lago refleja las últimas luces y la cottage se llena del sonido de la lluvia sobre el tejado.

Nora me cuenta que empezó organizando congresos médicos, pasó a eventos corporativos y acabó en bodas de hoteles porque era la única persona que no lloraba cuando algo fallaba.

—Yo lloraba después —matiza—. En el coche, con patatas fritas.

—Un sistema eficiente.

—¿Y tú? ¿Nunca quisiste hacer otra cosa?

—Estudié ingeniería en Edimburgo. Trabajé allí varios años.

—Hasta que heredaste Glenbrae.

—Hasta que mi padre enfermó.

Ella deja el tenedor.

—Lo siento.

—Murió hace seis años.

—Eso no impide sentirlo.

No insiste. Agradezco que no lo haga. La mayoría pregunta si fue repentino, si estábamos unidos, si me costó renunciar a mi vida en la ciudad. Nora espera a que yo decida cuánto quiero contar.

—Pensé que volvería durante unos meses —admito—. Después descubrí las deudas, las reparaciones y la cantidad de personas que daban por hecho que yo sabría qué hacer.

—¿Sabías?

—No.

—Lo disimulas bien.

—Ese es el verdadero legado familiar.

Ella sonríe, pero la expresión permanece seria.

—No tienes que venderles una versión perfecta de ti. Ni a ellos ni a internet.

—¿Eso forma parte de tu campaña?

—No. Es una opinión gratuita. No te acostumbres.

Después de cenar, recibimos la primera videollamada conjunta con una revista de viajes.

Nora insiste en que nos sentemos juntos en el sofá.

La periodista pregunta por el castillo, la boda y el beso.

Contestamos lo acordado: nos conocimos durante los preparativos, el handfasting fue una broma familiar y estamos disfrutando de la compañía mutua.

—¿Qué fue lo primero que pensaste de Nora? —me pregunta.

Ella gira la cabeza hacia mí.

Podría decir que me pareció exigente. O que persiguió una tarjeta de mesa por el aparcamiento. O que llegó preparada para resolver la boda de todos menos la vida que había dejado en Madrid.

—Que no iba a dejar que la boda fracasara —respondo.

Baja la vista un instante.

—¿Y tú? —insiste la periodista—. ¿Qué pensaste de Callum?

—Que era el hombre más antipático de Escocia.

—Gracias.

—Luego conocí a su cartero.

La periodista ríe. Yo también.

—En serio —continúa Nora—, pensé que quería controlarlo todo. Ahora sé que solo intenta cuidar de todo el mundo sin pedir ayuda.

La respuesta me alcanza desprevenido. Giro la cara hacia ella. Nora mantiene una sonrisa ligera para la cámara, aunque sus dedos se han cerrado sobre la tela del pantalón.

La entrevista termina veinte minutos después. La periodista promete publicar el reportaje antes del fin de semana y pregunta si puede regresar cuando anunciemos «la boda de verdad». Nora desconecta con rapidez.

—Ha ido bien —dice.

—Has dicho que soy controlador.

—También que cuidas de todo el mundo.

—Después de llamarme antipático.

—No quería que pareciera una declaración de amor.

—Eso habría complicado la campaña.

—Muchísimo.

Nos quedamos sentados. La pantalla negra del portátil refleja nuestras figuras demasiado juntas. Podría moverme. Nora también.

—¿Te arrepientes del beso? —pregunto.

Ella no responde enseguida.

—Me arrepiento de la cámara.

—No es lo mismo.

—No.

—Nora.

—Callum.

Esta vez mi nombre no suena a discusión. Su voz baja me recorre con una lentitud peligrosa.

Me inclino apenas. Ella no retrocede. Mira mi boca y la muralla de almohadas, el contrato verbal y todas las razones sensatas para no tocarla pierden importancia.

El teléfono de Nora empieza a sonar.

Se aparta con una respiración entrecortada y mira la pantalla.

—Es Marcos.

El nombre borra lo que estaba a punto de ocurrir.

—Contesta.

—Puedo llamarlo mañana.

—Es tu trabajo.

No sé por qué mi voz se endurece. Ella sí lo nota.

—Es mi compañero, no mi ex —aclara—. Mi ex se llama Sergio.

—No he preguntado.

—Ya.

Se levanta y sale al porche para hablar. A través del cristal veo cómo se abraza el cuerpo contra el viento. Marcos consigue hacerla reír al cabo de un minuto. No tengo derecho a que me moleste. Ni a preguntarme qué clase de hombre puede llamarla a las once de la noche y obtener esa risa.

Recojo los platos con más ruido del necesario.

Cuando Nora vuelve, yo ya estoy en el dormitorio. Ella entra unos minutos después, se mete bajo el edredón con un pijama largo y revisa la muralla.

—No falta ninguna —comenta.

—No pensaba invadir España.

—Los imperios dicen eso al principio.

Apago la lámpara.

La lluvia golpea el techo. Nora se mueve al otro lado, acomoda la almohada y suspira. La cama es grande, pero soy consciente de cada centímetro que nos separa.

—Callum.

—¿Qué?

—Gracias por la cena.

—De nada.

—Y por no preguntarme por Sergio.

—No me interesa.

—Mientes fatal.

—Duérmete, España.

—Buenas noches, Escocia.

Pasan varios minutos. Su respiración se vuelve lenta. La mía no.

A medianoche, Nora cruza dormida la frontera de almohadas y apoya la cabeza en mi hombro.

No la aparto.