CAPÍTULO 5
NORA
Mi nueva vida de prometida accidental empieza con una reunión de estrategia, dos aspirinas y la tía Moira proponiendo que Callum pose sin camisa junto a un caballo.
—Los caballos transmiten tradición —argumenta.
—Y la falta de camisa, ¿qué transmite? —pregunto.
—Disponibilidad.
El dueño del castillo deja el bolígrafo sobre la mesa del comedor.
—Se acabó la reunión.
—Acaba de empezar —le recuerdo.
—Precisamente por eso todavía estamos a tiempo.
Los recién casados se han marchado esa mañana a Skye para su luna de miel.
Volverán dentro de cuatro semanas para instalarse en Glenbrae y hacerse cargo de los huéspedes; para entonces necesitan encontrar habitaciones reservadas, no una cuenta bancaria vacía.
Mis padres vuelan a Madrid por la tarde y la mayoría de los invitados ha abandonado el castillo entre abrazos, restos de maquillaje y promesas de volver.
Yo he cambiado mi vuelo para dentro de un mes y he enviado a mi jefa un mensaje cuidadosamente redactado en el que utilizo las expresiones «oportunidad de posicionamiento», «mercado británico» y «retorno orgánico».
Traducción: he besado a un escocés delante de una cámara y ahora intento convertir mi mala decisión en un caso de éxito sin dejar que mi hermana pague las consecuencias.
Mi jefa ha respondido con un pulgar levantado y ha incluido a Marcos en el correo.
Eso reduce mi entusiasmo un cuarenta por ciento.
—Necesitamos un calendario —digo—. Hoy publicamos una aclaración. Mañana, recorrido por el castillo. El miércoles grabamos el montaje de una ceremonia. El fin de semana celebráis la feria de verano del pueblo, ¿verdad?
Abro la segunda carpeta. La primera contiene publicaciones; esta, lo que de verdad convierte el interés en un negocio: tres paquetes con precios transparentes, aforos reales, tiempos de montaje, alternativas por mal tiempo y una lista de proveedores situados a menos de cuarenta kilómetros.
—No venderemos una fantasía que luego tenga que resolver el personal a base de horas extra.
El salón oeste admite ochenta personas sentadas, no ciento veinte.
La torre solo se ofrecerá para ceremonias pequeñas y con advertencia de accesibilidad.
Las parejas sabrán qué incluye cada libra antes de pagar la señal.
La encargada pasa las páginas con una atención nueva.
—Nadie publica precios de castillos —observa.
—Por eso las parejas envían veinte correos, reciben una cifra que no pueden asumir y se marchan enfadadas. Quiero que Glenbrae parezca especial, no opaco.
El dueño del castillo examina la tabla de costes. Se detiene en la partida destinada al personal.
—Has incluido dos horas de desmontaje.
—Porque alguien desmonta. La magia suele llevar botas cómodas y cobrar por hora.
No sonríe, pero coloca la carpeta junto a sus papeles en lugar de devolverla. En su idioma, eso equivale a una ovación.
Desde el otro extremo de la mesa, la encargada gira el portátil para enseñarnos el programa.
—Competiciones, música, puestos de comida y lanzamiento de tronco.
Marco la fecha con el bolígrafo y miro al dueño del castillo.
—Perfecto. Participarás.
Él ni siquiera levanta la cabeza de sus papeles.
—No.
Apoyo los codos sobre la mesa.
—¿No sabes lanzar un tronco?
Entonces sí me mira.
—Sé hacerlo.
—Entonces participas.
—No soy un mono de feria. —Cierra la carpeta con más fuerza de la necesaria—. Ni pienso fingir entusiasmo mientras me graban.
—Eres un empresario que necesita clientes. Puedes mantener tu expresión de funeral; forma parte de tu encanto.
Su tía levanta una tostada desde la cabecera, como si brindara por mi victoria.
—Y tiene muy buenos brazos.
Él se frota el puente de la nariz.
—Tía.
—Yo solo aporto información relevante. —Muerde la tostada sin perder la sonrisa—. Las reservas exigen datos fiables.
Evito mirar los brazos. Ya los he evaluado por razones profesionales y el informe no necesita actualizaciones.
—La publicación de hoy será sencilla —continúo—. Una foto de los dos, sin poses. Explicamos que el handfasting fue simbólico y agradecemos el cariño. Añadimos que estamos aprovechando la atención para enseñar Glenbrae.
—No menciones las reservas —pide Callum.
Aparto el bolígrafo y dejo de bromear.
—No pensaba hacerlo.
Su voz baja un tono.
—Ni el banco.
—Eso no es asunto de nadie. —Cierro el portátil para que entienda que lo digo en serio—. La campaña venderá bodas, no tus problemas.
Me sostiene la vista. Algo cambia en su expresión, una cautela que afloja apenas. Creo que esperaba tener que discutir conmigo cada límite. Lo comprendo. He trabajado con hoteles que querían vender hasta el divorcio del fundador si aumentaba las visitas. No pienso hacer eso con él.
—¿Dónde nos hacemos la foto? —pregunta Isla.
—En el embarcadero —propongo—. Es bonito y no parecerá preparado.
—Estará embarrado —dice Callum.
—Me traje zapatos.
Él mira hacia la entrada, donde mi maleta permanece sujeta con la cincha del coche.
—¿Del mismo par?
—Empiezo a arrepentirme de haberte incluido en la campaña.
—Yo me arrepentí en la biblioteca.
Quince minutos después caminamos hacia el lago con Isla siguiéndonos y Moira dando instrucciones que nadie le ha pedido.
El cielo se ha abierto y una luz pálida cae sobre el agua.
Llevo vaqueros, una blusa blanca y unas botas que Elena me ha dejado.
Callum no ha aceptado ponerse el kilt, algo que a mí me parece razonable y a sus seguidores recientes les parecerá una tragedia.
—Acercaos más —ordena Isla con el teléfono en alto.
Mi falso prometido da medio paso y se queda rígido a mi lado.
—Más.
Avanza otro medio. Su manga roza la mía.
—Parecéis dos personas esperando el autobús.
Me vuelvo hacia la cámara y coloco las manos detrás de la espalda.
—No sabemos posar.
—Anoche no tuvisteis problemas.
La tía entrometida asiente con tanta energía que el pañuelo se le desliza del pelo.
—Que le ponga una mano en la cintura.
Él la recoge del suelo y se la devuelve sin acercarse.
—Puedo oírte.
Ella se recoloca el pañuelo, imperturbable.
—Esa es la idea.
Él suspira y me rodea la cintura. Su palma se apoya en mi costado, firme y cálida. Mi cuerpo reconoce el contacto antes que mi cabeza, lo que considero una falta grave de disciplina interna.
—Relájate —murmura.
Intento bajar los hombros. El resultado debe de ser lamentable, porque su pulgar presiona suavemente mi costado.
—Estoy relajada.
—Tienes la espalda de una persona a la que están registrando en la aduana.
Sonrío hacia la cámara sin mover los labios.
—Tu mano ocupa media cintura.
—No puedo reducirla.
—Podrías alejarla. —Mi propia mano se cierra sobre su antebrazo, contradiciéndome—. Un poco.
—Isla ha dicho que nos acerquemos.
Él baja la cabeza hasta que su aliento me roza la sien.
—No tanto.
—Anoche no te quejaste.
Giro la cabeza para contestar y descubro su cara a pocos centímetros. La cámara hace varias fotos. Callum sostiene el contacto. Hay una provocación tranquila en su boca, el mismo amago de sonrisa que apareció en el aeropuerto.
—Perfecto —dice Isla—. Ahora reíd.
—No tiene gracia —replico.
—Imagino a tu tía preguntando por mis calzoncillos —susurra él.
No puedo evitarlo. La risa me sale justo cuando Callum sonríe de verdad. Isla aprovecha. La imagen muestra el lago detrás, el viento levantándome el pelo y a él mirándome de una forma que no formaba parte del plan.
—Esa —decido.
Él suelta mi cintura. El lugar que ocupaba su mano queda extrañamente atento.
Publicamos el texto veinte minutos después. Dejamos claro que no existe un compromiso oficial, aunque admitimos que «Escocia, el whisky y ciertas tradiciones familiares pueden conducir a malentendidos memorables». Cerramos con una invitación a conocer Glenbrae y su primera temporada de bodas.
Las reacciones llegan al instante.
La mayoría celebra que estemos «conociéndonos». Algunas personas se muestran decepcionadas. Una mujer llamada Heather escribe que puede oficiar nuestra boda real cuando dejemos de fingir que no estamos enamorados. Moira responde con tres corazones antes de que logremos quitarle el teléfono.
Al mediodía, Isla confirma doce visitas virtuales y cuatro parejas dispuestas a pagar una señal en cuanto publiquemos las condiciones.
No sonríe, aunque lo veo releer la cifra varias veces.
—Funcionará —le digo.
—Puede.
—Qué entusiasmo.
—Los MacRae expresamos la alegría con moderación.
—¿Y el enfado?
—Movemos telas diecisiete centímetros.
Me río. Él guarda el móvil y mira hacia el castillo. Por un momento se le nota el cansancio. No el de haber dormido en un sofá, sino el de llevar años sosteniendo algo grande sin permitir que nadie vea el esfuerzo.
—¿Cuánta gente trabaja aquí? —pregunto.
—Doce de forma estable. El doble en temporada.
—¿Familias del pueblo?
—Casi todas.
—Entonces no estás salvando solo piedras.
Se mete las manos en los bolsillos.
—Las piedras dan menos problemas.
—No te miran con esa cara cuando tienes una idea mala.
—¿Qué cara?
—La de «voy a ayudarte aunque seas insoportable».
—Creía que esa era tu cara habitual.
—No. Mi cara habitual cuesta más cara.
La sonrisa vuelve a rozarle la boca.
De regreso al castillo encontramos el ala de invitados a oscuras. Una tubería ha reventado sobre el cuadro eléctrico y el técnico ha cortado la corriente y la calefacción hasta que se seque la instalación. Seis habitaciones quedan inutilizadas, incluida la suite que Elena había dejado para mí.
Su tía enumera alternativas con el plano de evacuación en la mano. La habitación azul continúa ocupada por Agnes, que ha perdido su vuelo; la verde se encuentra dentro del área aislada y el pequeño hotel del pueblo está completo por la feria del fin de semana.
—La cottage tiene calefacción independiente —señala al fin.
Él levanta la vista del mensaje del técnico.
—Yo vivo allí.
—Y también tienes un sofá.
—Mide metro setenta.
Lo miro de arriba abajo. Él supera esa medida antes de llegar a los hombros.
—Yo puedo dormir en el sofá —propongo.
—Tienes la espalda delicada.
—¿Cómo sabes eso?
—Te he visto levantarte después de estar veinte minutos en el embarcadero.
No sé si sentirme observada o ofendida por la precisión.
—La cama es grande —añade—. Puedo colocar un colchón en el suelo.
—No vas a dormir en el suelo de tu casa mientras yo ocupo una cama para dos. Compartimos y establecemos fronteras.
La mujer dobla el plano para esconder una sonrisa.
Cuando se aleja, nos miramos con la incómoda conciencia de haber defendido los dos la misma solución.
—Dos noches —aclara Callum.
—Con una muralla de almohadas.
—No ronco.
—Eso dicen todos los hombres que roncan.
—Si intentas robarme la manta, te devuelvo al aeropuerto.
—Si intentas besarme, te arrojo al lago.
—Agradezco el aviso previo. Está en el contrato.
Lo sigo por el sendero hacia la cottage, repitiéndome que una cama es solo un mueble y que dos adultos pueden compartirla sin convertir una avería eléctrica en una decisión sentimental.
El problema es que ninguno de los dos parece creerlo.