Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

CALLUM

Despierto en un sofá de la biblioteca con una manta sobre las piernas, un dolor detrás de los ojos y el sonido de mi teléfono vibrando dentro de una cubitera.

No recuerdo haberlo metido allí. Sí recuerdo a Nora, lo que resulta bastante peor.

La memoria regresa por partes: sus manos atadas a las mías, su risa cuando Moira pronunció la bendición y la manera en que me sostuvo los dedos justo antes de que intentara apartarme. El beso que iba a ser una broma. El segundo, que no tuvo ninguna intención de serlo.

Me incorporo. La biblioteca parece haber acogido una batalla.

Hay zapatos bajo el escritorio, una corbata colgada del busto de Robert Burns y un primo mío durmiendo boca abajo sobre la alfombra.

Cojo el teléfono de la cubitera. Tiene treinta y ocho llamadas perdidas, noventa mensajes y una notificación del banco.

La puerta se abre de golpe y la española entra con unas gafas de sol enormes, el pelo sujeto con un lápiz, dos vasos de agua y una caja de aspirinas bajo el brazo.

—Antes de que hables, no estamos casados.

—Buenos días para ti también.

—He dedicado cuarenta minutos a comprobarlo. El handfasting no tiene validez legal, Moira no está autorizada para oficiar matrimonios y ninguna de las frases que repetimos constituye un consentimiento civil en Escocia.

Me entrega un vaso y deja dos comprimidos sobre la mesa.

—¿Te preocupaba?

—He visto el historial sentimental de tu tía. No subestimo sus recursos.

El agua no obra milagros, pero evita que mi lengua se quede pegada al paladar.

—¿Por qué llevas gafas dentro de casa?

—Porque el sol escocés es muy agresivo.

Miro hacia la ventana. Llueve.

—Entiendo.

—Además, quizá haya perdido una lentilla en algún momento de la noche.

—¿En algún lugar concreto?

—En tu cara, probablemente.

El recuerdo del beso vuelve con una precisión innecesaria. Nora bebe sin mirarme y finge que el suyo no ha regresado también. Tiene la boca ligeramente hinchada. Aparto la vista.

—¿Qué ha pasado con el vídeo?

—La cuenta de la florista lo publicó. Una influencer de viajes lo compartió y ahora medio internet piensa que soy una española despechada que viajó a Escocia y conquistó a un noble salvaje.

—No soy noble.

—¿Y lo de salvaje no te molesta?

—He conocido periodistas. Conviene escoger las batallas.

Me enseña su teléfono. El vídeo está editado con música de gaitas, primeros planos del castillo y nuestro beso repetido a cámara lenta.

Un rótulo pregunta: «¿SE HA PROMETIDO LA HERMANA DE LA NOVIA CON EL LAIRD DE GLENbrAE?

» Debajo hay miles de comentarios. Algunos hablan del paisaje.

Otros analizan mi kilt con un entusiasmo que preferiría no conocer.

—Tu tía ha respondido a varios —dice Nora.

—¿Qué ha puesto?

—«No es un laird, pero a internet le cuesta aceptar las correcciones».

Me froto las sienes.

—Al menos podría haber utilizado una frase completa.

—Ponte a la cola. Ha etiquetado mi empresa.

El teléfono vuelve a vibrar. Esta vez contesto. Es Isla, la joven que me ayuda con la administración del castillo durante la temporada.

—Dime.

Habla tan deprisa que tengo que pedirle que repita.

La página web se ha caído. Hay solicitudes de bodas desde Londres, París, Milán y Barcelona.

Una productora quiere grabar un reportaje sobre «el romance real detrás del castillo».

Una revista ofrece pagar por las fotografías exclusivas de nuestra ceremonia.

—No hubo ceremonia —digo.

Ella inclina la cabeza.

—Bueno, sí la hubo. No hubo compromiso.

Al otro lado del teléfono se hace un silencio y después llega la pregunta que llevo meses tratando de no hacerme.

—¿Sabes cuántas reservas necesitamos para cubrir la reparación del ala norte?

Lo sé. También sé cuántas para pagar al banco, conservar a los empleados y evitar que Fraser yo, un proyecto que no puedan atribuirle a otro.

Sin compras, sin espadas durante el cóctel y sin whisky servido en cuernos.

Dejo el cojín en el sofá. Ella sigue de pie, pero ha enderezado la espalda y ya no queda rastro de la mujer que entró escondida detrás de unas gafas de sol.

—¿Quién controla la campaña?

Se señala el pecho con el índice.

—Yo, durante treinta días. Ni uno más. Después, Elena y Jamie estarán de vuelta para hacerse cargo y yo regresaré a Madrid con resultados que pueda defender.

—Te marchas el lunes.

—Puedo trabajar desde aquí. —Mira alrededor: los libros, el cubo bajo la humedad y la cortina torcida—. Si vuestra conexión a internet pertenece a este siglo.

—¿Tu hermana sabe que piensas quedarte?

La pregunta detiene la siguiente respuesta. Saca el teléfono, busca un contacto y pulsa el icono de llamada sin abandonar la biblioteca.

—Todavía no.

Su hermana contesta desde un coche. Oigo la voz de Jamie, el navegador y el golpeteo de una lluvia que ya debe de haberlos alcanzado camino de Skye.

Nora explica el interés por Glenbrae, el plazo del banco que ha deducido sin conocer las cifras y la posibilidad de dirigir una campaña durante un mes.

No menciona el beso hasta que se lo preguntan.

—No pienso utilizar eso —aclara, mirándome—. Ni prometer nada que no exista.

Escucha en silencio. La seguridad con la que ha negociado conmigo se le afloja un poco en los hombros.

—No me debes salvar —dice Elena al otro lado, lo bastante alto para que la oiga—. Jamie y yo tomamos esta decisión. Si te quedas, que sea también por ti.

—Lo será. Necesito demostrar que puedo dirigir algo con mi nombre y no seguir corrigiendo el trabajo que otros presentan como suyo.

Su hermana le pide que envíe un presupuesto, que no ponga en riesgo su empleo y que reserve una habitación cuando regrese de la luna de miel. Después añade algo en voz baja que hace que Nora deje caer la cabeza.

—No voy a preguntarle qué lleva debajo del kilt.

Finaliza la llamada antes de que Elena pueda replicar.

—Ya tiene permiso para arruinar su propia vida —concluye—. Y yo para organizarla.

—¿Y lo nuestro?

Se queda quieta. La broma que estaba formándosele en la boca desaparece.

—No existe un «lo nuestro».

—Me refiero a la historia que ya se ha inventado la gente. —Cruzo los brazos, intentando que la pregunta vuelva a parecer empresarial—. Tendremos que responder cuando pregunten.

—Decimos que estamos conociéndonos.

Tamborileo los dedos sobre mi brazo.

—Eso es mentir.

Ella ladea la cabeza.

—Nos conocimos anteayer. Seguimos haciéndolo.

—Sabes a qué me refiero.

—Podemos negar el compromiso sin negar… —Se humedece los labios—. Sin negar que hubo un beso.

El aire se tensa entre nosotros. Ayer, con la música y el whisky, fue sencillo perder la cabeza. Esta mañana no hay ninguna excusa. Aun así, mi atención baja a su boca.

Al otro lado del teléfono, un carraspeo nos devuelve a la realidad.

—Sigo aquí.

Se aparta del sofá.

—Perfecto. Tú llevarás las reservas. Necesitamos una página provisional y un formulario que pregunte fechas, número de invitados y presupuesto aproximado.

Me pongo en pie. El vaso olvidado sobre el escritorio amenaza con volcar cuando rozo la mesa.

—No he aceptado.

Ella la aparta del borde sin mirarme.

—Has tardado demasiado en decir que no.

—Eso tampoco constituye consentimiento en Escocia.

—Pues di que no. —Se cruza de brazos y espera—. Te escucho.

Miro la biblioteca: los lomos gastados, la humedad junto a la ventana, el retrato de mi abuela encima de la chimenea. Pienso en Euan, Isla, la cocinera y las familias que dependen de que Glenbrae continúe en manos de alguien que lo considere una casa y no una inversión.

—Treinta días —acepto—. Nada de llamarme noble. Nada de detalles privados. Nada de publicar sin mi aprobación.

—Y todo el material pertenecerá a Glenbrae. —Cuenta las condiciones con los dedos—. Yo conservaré el derecho a incluir los resultados en mi porfolio. No habrá besos preparados, declaraciones inventadas ni escenas domésticas para alimentar comentarios. Si cualquiera quiere terminar, se termina.

—Por escrito.

—Esta misma mañana.

La sonrisa le nace despacio, satisfecha, aunque intenta moderarla antes de que yo pueda quejarme.

—Y nada de volver a besarme sin avisar.

Apoyo la cadera contra el escritorio y la observo mientras recupera el teléfono.

—Fuiste tú quien evitó que me apartara.

Ella levanta las muñecas, como si la cinta continuara allí.

—Estaba atada.

—La otra mano la tenías libre.

Me ofrece esa mano libre.

—Treinta días, MacRae.

—Treinta días, Vidal.

Le tiendo la mano. Ella la estrecha y los dos nos quedamos un segundo más de lo necesario.

En ese momento entra Moira con una bandeja de tostadas.

—Qué bonito —dice—. Ya están practicando para las fotos del anuncio.

—No habrá anuncio —respondo.

—Claro que no, querido.

Deja la bandeja, nos observa las manos y saca su teléfono.

—Moira —advierto.

El sonido de la cámara llega tarde.