CAPÍTULO 3
NORA
La mañana de la boda amanece con un cielo gris, un viento capaz de trasladar mobiliario de jardín entre condados y una lluvia horizontal que golpea las ventanas como si quisiera entrar sin invitación.
A las siete, Elena se sienta frente al tocador con un albornoz blanco y una copa de champán.
—Estoy tranquila —dice.
La maquilladora le sujeta el párpado para poder continuar trabajando.
—No puedes parpadear así.
—No parpadeo. Vibro de felicidad.
Me acerco a la ventana. En el jardín, Callum y cuatro hombres desmontan a toda velocidad el arco de la ceremonia.
La camisa se le pega a los hombros bajo el agua y lleva el pelo empapado.
Ayer me pareció atractivo en un sentido teórico, parecido a reconocer que un acantilado tiene buenas vistas.
Esta mañana, mientras carga un banco él solo, la teoría adquiere una dimensión poco conveniente.
—Deja de mirar al primo —murmura Elena.
—Estoy comprobando la lluvia.
—La lluvia está en todas partes. Tú estás comprobándole el culo.
—Voy a ignorarte porque te casas dentro de cuatro horas.
—No es el primo de Jamie, por cierto. Son primos segundos. La distancia genética es bastante segura.
—No me interesa su genética.
—Ya.
Le coloco una toalla sobre los rulos con más fuerza de la necesaria y salgo de la habitación.
El plan alternativo entra en acción. Trasladamos la ceremonia al salón este, convencemos a la tía Moira de que Fergus, el ciervo, dará un toque «auténtico» a las fotografías y cubrimos las astas con pequeñas flores blancas.
Alguien encuentra al gaitero durmiendo en una furgoneta, donde se refugió después de probar el orujo de mi tía Mari.
La tarta llega inclinada ocho grados hacia la izquierda.
La enderezo con cartón, crema y una plegaria que no recordaba conocer.
Media hora antes de la ceremonia, el generador auxiliar se detiene.
—¿Qué significa ese ruido? —pregunto.
Agachado junto al cuadro eléctrico, el dueño del castillo levanta la cabeza.
—¿Qué ruido?
—Exacto.
El castillo queda en silencio. Después se oye un grito en la planta superior.
—¡MI SECADOR! —brama la tía Mari.
Él abre el cuadro.
—El agua ha entrado en la conexión exterior.
—¿Cuánto tardarás?
—Veinte minutos.
—Tienes diez.
—La electricidad no responde a amenazas.
—No has trabajado conmigo.
Él me mira desde el suelo, con un destornillador entre los dientes. Tiene una gota de lluvia bajándole desde el pelo hasta la garganta. Me obligo a centrarme en el cuadro y no en el recorrido de esa gota.
—Nora —pronuncia al retirar el destornillador—, ve a ocuparte de tu hermana.
—Mi hermana está encerrada con siete mujeres que llevan laca. Tú corres más peligro.
La luz vuelve nueve minutos después. No comento que ha ganado. Él tampoco. Su expresión cuando se pone en pie basta para que ambos sepamos que ha contado los minutos.
Subo a buscar a Elena. La encuentro sola durante un instante, de pie frente al espejo, con el vestido ya abrochado y los dedos cerrados alrededor del ramo. La maquilladora y mis tías han salido a discutir por unos alfileres. Sin ellas, la habitación parece contener la respiración.
—¿Qué ocurre?
Mi hermana baja la vista hacia las flores. Frota con el pulgar el tallo de una peonía y una hoja cae sobre la alfombra.
—Nada.
—Te conozco desde que intentaste venderme a los vecinos por dos bolsas de gusanitos. No pongas esa cara y me digas que nada.
—Tenía cinco años.
—Y una inquietante capacidad comercial.
La sonrisa le dura poco. Me acerco y le quito el ramo antes de que lo estrangule.
—¿Y si sale mal? —pregunta en voz baja.
—La ceremonia está preparada.
—No hablo de hoy.
Ahí está. El miedo real, escondido detrás de la tarta torcida y la lluvia.
Elena lleva años tomando decisiones antes que yo: se mudó a Valencia, cambió de profesión, se enamoró de un hombre de otro país y cruzó media Europa para construir una vida con él.
Aun así, vuelve a parecer la niña que se metía en mi cama durante las tormentas.
—Jamie te quiere —le recuerdo.
—Sergio también decía que te quería.
La frase me alcanza en un lugar sensible. Ella lo advierte y da un paso hacia mí.
—Perdona. No quería…
—No compares. Sergio quería que yo le hiciera la vida cómoda. Jamie te mira como si fueras la única persona capaz de explicarle el mundo.
—A veces no me entiendo ni yo.
—Eso no parece desanimarlo.
Le aliso el velo sobre los hombros. De niñas discutíamos por la ropa, por el baño y por cuál de las dos había roto una lámpara del salón.
Mentimos juntas para que nuestros padres no descubrieran que habíamos intentado cocinar tortitas a medianoche.
La noche en que encontré a Sergio con otra mujer, fue Elena quien llegó a mi piso con una maleta, bolsas de basura y la decisión de sacarlo de allí antes de que yo pudiera perdonarlo por agotamiento.
—Casarte no garantiza que jamás tendrás miedo —le digo—. Solo significa que has elegido con quién quieres afrontarlo. Si algún día Jamie deja de merecerte, vuelvo, meto sus cosas en bolsas y te llevo a casa.
—¿Incluso desde Escocia?
—Compraríamos bolsas más grandes.
Se ríe y me abraza con cuidado de no aplastar el vestido.
—Quiero que tú también encuentres a alguien que te mire así.
—Hoy no es el momento de organizarme una cita.
—No he mencionado a nadie.
Su atención viaja hacia la ventana. Abajo, el primo lejano del novio cruza el patio con el kilt puesto y una caja de herramientas en la mano.
—Eres sutil como la tía Mari con dos copas —murmuro.
—Solo digo que no todos los hombres son Sergio.
—Y yo digo que te vas a casar en quince minutos. Levanta la barbilla.
Recojo la hoja caída, se la coloco entre las flores y le devuelvo el ramo. Cuando nuestro padre llama a la puerta, Elena ya vuelve a sonreír. Él entra emocionado, nos observa a las dos y se saca un pañuelo del bolsillo.
—No estoy llorando —advierte mientras se seca la nariz—. Este castillo tiene humedad.
—Claro, papá.
Le tiende el brazo a la novia, pero antes de salir me atrae hacia él y me besa la frente.
—Tu turno llegará cuando dejes de organizarlo todo —susurra.
—No quiero turno.
—Eso decía tu madre.
—Mamá se casó contigo a los veintidós.
—Y todavía sostiene que no quería.
Desde el pasillo llega la voz de mi madre.
—¡Te estoy oyendo, Antonio!
Mi padre sonríe con la satisfacción de un hombre que lleva treinta y seis años provocando a la misma mujer y sale con Elena del brazo.
La ceremonia comienza con solo un cuarto de hora de retraso.
Elena aparece al fondo del salón del brazo de nuestro padre, preciosa, emocionada y capaz de tropezar con el vestido antes de dar el primer paso.
Jamie se lleva una mano a la boca al verla.
Callum, situado junto a él, me encuentra entre los invitados y levanta apenas el pulgar.
Algo dentro de mi pecho se afloja.
Todo sale bien hasta que la puerta del patio, mal encajada por la humedad, se abre de golpe durante los votos.
Una ráfaga atraviesa el salón. Levanta los programas, apaga dos velas y hace tambalear la mesa auxiliar. Elena se vuelve hacia mí. Yo miro a Callum. Él aprieta la mandíbula, se quita la chaqueta y avanza hacia la puerta.
—Sigue —le susurro al oficiante.
El novio promete compartir su vida, sus alegrías y sus problemas con mi hermana mientras, detrás de ellos, el dueño del castillo lucha con una hoja de madera que el viento insiste en devolverle. Otra ráfaga alcanza la mesa auxiliar y derriba el cuenco de los anillos. Uno rueda por el suelo.
Me lanzo a por él al mismo tiempo que Callum. Chocamos de rodillas debajo de la mesa.
—Lo tengo —susurramos los dos.
Su mano cubre la mía sobre el anillo. Estamos muy cerca. Entre las patas de las sillas distingo zapatos, bajos de vestidos y el tartán verde oscuro del kilt que Callum se ha puesto para la ceremonia. Él sigue mi atención y una ceja se eleva.
—Ni se te ocurra preguntar.
—Solo iba a decir que te quedan bien las tradiciones.
—Vuelve a insultar mis cuernos para beber y retiro mi ayuda.
—No llevas cuernos.
—Tú dame tiempo.
Un destello nos ciega. El fotógrafo acaba de inmortalizarnos debajo de una mesa, arrodillados, con las manos unidas sobre un anillo.
—Eso va a necesitar contexto —murmuro.
Él mira al fotógrafo.
—Y posiblemente un abogado.
Recuperamos el anillo. Jamie y Elena consiguen casarse. Euan asegura la puerta con una cuña y la cena empieza con solo doce minutos de retraso.
El highlander reaparece con el kilt completo, chaqueta negra y una camisa blanca que convierte sus hombros en una distracción poco profesional. Se sienta a mi lado porque así figura en el plano de mesas original. Por una vez, Moira no ha tenido que intervenir.
—Pensabas que saldría mal —le acuso cuando sirven el postre.
—Había agua en el cuadro eléctrico y un ave dentro del salón.
—Eso no responde.
Gira la copa entre los dedos.
—Pensaba que intentarías controlarlo todo hasta romperte.
—Tengo planes alternativos.
—Tienes planes alternativos para tus planes alternativos.
—Y gracias a eso tu primo se ha casado con los anillos correctos.
—Gracias a eso —concede— y a que te has dejado ayudar.
La observación me alcanza en un lugar incómodo. Miro a Elena, que baila con nuestro padre sin comprobar el techo, la tarta ni la posición del fotógrafo. Está dentro de su propia boda. Yo llevo todo el día observándola desde el borde, preparada para intervenir.
—Sé disfrutar —me defiendo.
—No lo he puesto en duda.
—Tu cara sí.
—Mi cara tiene pocas habilidades sociales.
Su rodilla roza la mía debajo de la mesa. Podría apartarme. No lo hago.
Después del primer baile, Moira organiza un handfasting simbólico para varias parejas.
Explica que no sustituye una ceremonia legal: es un juego inspirado en una tradición antigua, una forma de renovar una promesa o inventar una solo durante una canción.
La florista lo graba para compartir el ambiente de la boda, con permiso de quienes participan.
Mis padres se ofrecen los primeros. También una pareja francesa, dos amigos de Jamie y unos tíos que llevan casados treinta años y continúan discutiendo sobre quién perdió las llaves del coche.
—Ven —propone Elena.
—No tengo pareja.
Mi hermana mira hacia Callum. Él niega desde la barra.
—No soy material de demostración.
—Nadie te obliga —me recuerda ella en voz baja—. Solo me gustaría verte hacer una cosa que no tenga una utilidad concreta.
—Estoy en una boda en otro país.
—Organizándola.
Se aleja antes de que encuentre una respuesta.
Un momento después, aparece a mi lado. Ha dejado la copa en la barra y mantiene las manos en los bolsillos.
—Podemos negarnos —dice.
—Por supuesto.
—O participar durante una canción y demostrar que ambos sabemos hacer algo sin convertirlo en una obligación.
—Eso suena a desafío.
—Es una salida. El desafío lo has añadido tú.
Miro a mis padres riéndose mientras Moira enlaza sus manos. Después, a mi hermana, que no me vigila porque está ocupada besando a su marido.
He bebido lo suficiente para relajarme, no para perder el juicio. La decisión sigue siendo mía.
—Una canción —acepto.
Él me ofrece la mano.
—Una canción.
Nos colocamos frente a frente. Moira rodea nuestras manos con una cinta verde y azul. Sus dedos quedan entrelazados con los míos, cálidos y ásperos. De cerca percibo el olor a madera, lluvia y whisky. Las conversaciones se apagan alrededor.
—Repetid conmigo —indica Moira—: elijo caminar a tu lado mientras nuestros caminos quieran encontrarse.
—Esto no es legal, ¿verdad? —pregunto.
—En absoluto —asegura Callum.
—¿Seguro?
—Nora, si fuera tan sencillo casarse conmigo, mi tía habría vendido entradas.
La gente ríe. Yo también, y repito la frase. Él la dice después sin apartarse de mí.
La cinta aprieta nuestras muñecas. Durante un instante se borran el salón, la música y las cámaras. Solo queda la presión de sus dedos, la voz grave pronunciando una promesa que no es una promesa y esa parte imprudente de mí que desea que se incline un poco más.
Él lo hace.
—La tradición termina con un beso —murmura.
—Te acabas de inventar eso.
—Probablemente.
—Qué falta de respeto por siglos de historia.
—Estoy dispuesto a correr el riesgo.
Me da tiempo a decir que no. En lugar de eso, levanto la barbilla.
El beso comienza con prudencia, una presión breve que debería bastar para satisfacer a los invitados. Alguien silba. Callum intenta apartarse y yo, quizá por el whisky, quizá porque llevo demasiado tiempo siendo sensata, cierro los dedos alrededor de los suyos.
Él se detiene.
Luego vuelve a besarme.
Esta vez su boca encuentra la mía sin ceremonia.
Su mano libre se posa en mi cintura y el aire se vuelve escaso.
Hay barba rozándome la piel, un pulgar acariciando mi muñeca y un sabor a whisky que mañana culparé de muchas cosas.
Cuando nos separamos, sigo unida a él por la cinta y por una respiración que no recupera su ritmo.
—Eso tampoco parecía tradicional —consigo decir.
—La práctica se ha perdido con los años.
El salón estalla en aplausos. Elena salta abrazada a Jamie. El fotógrafo sigue grabando.
Yo debería pensar en la cámara.
Debería pensar en mi trabajo, en la vuelta a Madrid del lunes y en la costumbre que tengo de evitar a los hombres capaces de alterar mis constantes vitales.
En lugar de eso, miro a Callum y sonrío.
A la mañana siguiente descubro que el vídeo acumula dos millones de reproducciones y que media Europa cree que acabo de prometerme con un laird escocés.
Lo peor no es eso.
Lo peor es que Glenbrae ha recibido ciento cuarenta y siete solicitudes de reserva.