Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

CALLUM

La española llega a Glenbrae y en menos de dos horas salva un libro de firmas, reorganiza la cocina y ordena cubrir el escudo de mis antepasados con una tela color marfil.

Mi abuela la habría adorado.

Yo aún no he decidido si quiero contratarla o arrojarla al lago.

—Está torcida —dice Nora desde abajo.

Sujeto la tela contra la viga y miro el borde que acaba de obligarnos a mover tres veces.

—No lo está.

Ella retrocede dos pasos y ladea la cabeza.

—Desde donde tú estás no se aprecia.

—Desde donde tú estás tampoco, porque llevas cinco minutos mirando el teléfono.

Ella levanta la cabeza. Tiene el pelo oscuro recogido en un moño que se deshace por un lado y una raya de máscara bajo el ojo derecho.

Cuando ha bajado del avión parecía preparada para asistir a una reunión importante.

Ahora lleva mis botas de agua —dos tallas grandes—, un jersey prestado por Elena y una cinta métrica colgada del cuello.

—Estoy buscando una solución para disimular las manchas de humedad.

—Podríamos apagar las luces. —Bajo la tela lo suficiente para verle la cara—. Nadie verá las manchas.

Ella deja caer el brazo con el teléfono pegado al muslo.

—Magnífico. Celebraremos una boda a oscuras. ¿Tienes suficientes velas para ochenta personas y un seguro contra incendios que cubra decisiones estúpidas?

El muy traidor vuelve a reírse. Le dedico una mirada que debería recordarle que soy yo quien firma sus nóminas. Por desgracia, nos conocemos desde que tenía seis años y me caí dentro de un abrevadero intentando impresionar a su hermana, así que mi autoridad tiene grietas.

—La tela está bien —dictamino mientras compruebo el enganche de la esquina.

La española camina hasta el centro del salón, estudia el techo y levanta las manos para crear un marco con los dedos.

—Un poco más a la izquierda.

Me quedo inmóvil sobre la escalera.

—No.

—Cinco centímetros.

—Has agotado tu cuota de centímetros. —Señalo la cinta que lleva al cuello—. Puedes guardarla.

Me observa. No sé por qué tengo la sensación de que está calculando cuánto tardaría en aprender a conducir la carretilla elevadora para moverme ella misma.

—Muy bien —cede—. Si en las fotos parece que el salón se está hundiendo, diremos que forma parte del encanto histórico.

Se marcha antes de que pueda responder. Su hermana la intercepta en la puerta y ambas empiezan a hablar a toda velocidad en español. Solo entiendo mi nombre, pronunciado con una claridad sospechosa.

—Le gustas —asegura Euan.

Me agacho para recoger el destornillador y evito mirar hacia la puerta por la que ha salido.

—Ha amenazado con taparme con una cortina.

—Hay matrimonios que empiezan peor.

—El tuyo empezó porque dejaste embarazada a Fiona detrás del pabellón de ganado. —Le tiendo el destornillador—. No eres una referencia fiable.

Él lo recoge con una sonrisa satisfecha.

—Precisamente.

Bajo de la escalera y compruebo el móvil.

Tengo un mensaje de Fraser ellos perderán el dinero y el futuro que han elegido.

Guardo el teléfono cuando Jamie entra con una esquina de papel húmedo pegada al traje.

—Elena dice que Nora lo tiene controlado.

Mi primo despega el papel de la solapa. Yo guardo el teléfono antes de que pueda leer el mensaje del banco.

—Nora dice muchas cosas.

—Es muy buena en su trabajo.

—No está trabajando. —Miro hacia el corredor, donde su voz da instrucciones a dos camareros—. En teoría.

—No se lo digas. Se pone nerviosa cuando descansa.

Mi primo contempla el salón. Jamie pasó todos los veranos de su infancia aquí. Sabe cuánto cuesta mantener este lugar y cuánto me irrita hablar del tema. También sabe que, si no fuera por su boda, jamás habría aceptado abrir las puertas a desconocidos.

—Quedará bien —dice.

Me coloco junto a él. Una mancha oscura se extiende por la esquina del techo, lenta y obstinada.

—Tiene que quedar mejor que bien.

—¿Has vuelto a hablar con el banco?

Aparto la vista de la humedad.

—No hoy.

Mi primo pronuncia mi nombre con el tono que utilizaba de niño antes de acusarme de alguna estupidez.

—Callum.

—Mañana te casas. Preocúpate por no perder los anillos.

Mi primo mete las manos en los bolsillos.

—Los tiene Lennie.

Me vuelvo hacia él.

—Lennie perdió un kayak en un lago sin corriente.

—Fue en 2018. Ya ha madurado.

—Ayer puso detergente de lavavajillas en la fuente del patio. —Señalo las plumas de jabón que todavía flotan junto a la ventana—. Su madurez necesita supervisión.

Mi primo hace una mueca.

—Voy a pedirle los anillos.

Sale casi chocando con Nora, que regresa con una caja de bombillas.

—Necesito que me abras la torre sur.

Deja la caja en el suelo y recupera el aliento. Una bombilla rueda por el interior hasta chocar contra el cartón.

—Está cerrada al público.

—No soy público. Soy la hermana de la novia. —Se limpia el polvo de las manos en los vaqueros—. Categoría superior.

—Eso no te concede inmunidad contra los peldaños rotos.

—Quiero fotografiar la vista al atardecer. Si mañana llueve, podemos hacer allí las fotos familiares.

—No.

Entrelaza las manos delante del cuerpo y pronuncia mi nombre con una paciencia que no siente.

—Callum.

Dice mi nombre de una forma peculiar, suavizando la última consonante. No debería fijarme. Tampoco debería gustarme.

—Nora.

Ella se acerca un paso. La cinta métrica golpea suavemente contra su pecho.

—Necesito un plan alternativo.

—Ya tienes el salón este.

—Tiene un ciervo muerto. —Señala hacia el vestíbulo—. Y me observa de una forma que perjudica mi concentración.

—A Fergus le molesta que lo llamen así.

—A Fergus no le molesta nada desde 1924. —Me ofrece la palma abierta—. La llave.

Camina a mi lado mientras salgo al vestíbulo. Es insistente, rápida y demasiado observadora. Se detiene ante cada desconchón, cada ventana y cada cable visible. No los mira con desprecio, sino con la concentración de quien busca la forma de integrarlos en un plan. Eso me incomoda más.

—Cinco minutos —propone—. Subimos, compruebo la luz y bajamos.

Me detengo al pie del primer peldaño y le indico que avance delante.

—Diez. Necesitarás cinco para quejarte de la escalera.

—Me he subido a una estructura de focos durante una gala mientras ardía un centro de mesa.

La sigo con una mano cerca de su espalda por si las botas demasiado grandes deciden traicionarla.

—¿Por qué ardía?

—Porque un concejal quiso soplar cuarenta velas después de rociarse medio bote de laca.

Le tiendo la llave de hierro.

—Ahora quiero conocer el resto de esa historia.

—Torre primero.

La escalera de caracol es estrecha. Subo delante, apartando telarañas y advirtiéndole dónde pisar. A mitad del ascenso, Nora se engancha el jersey en un clavo.

—No te muevas.

—Eso se le dice a alguien cuando hay una bomba o una serpiente.

—También cuando está a punto de quedarse sin jersey.

Desengancho la lana con cuidado. Mis nudillos rozan su cintura. Ella se queda muy quieta y su respiración cambia apenas. La cercanía me trae un olor limpio, con un rastro cítrico, y la conciencia incómoda de que hace demasiado tiempo que no toco a una mujer sin estrecharle la mano.

—Ya está.

—Gracias.

Sube antes que yo durante el último tramo.

La cámara de la torre está llena de polvo y muebles cubiertos por sábanas. Abro los postigos. La luz de la tarde atraviesa la estancia y el lago aparece al pie de la colina, gris y brillante. Más allá se extienden las montañas, con las cumbres ocultas entre nubes.

Se acerca a la ventana sin hablar. Por primera vez desde que la conozco, guarda silencio más de diez segundos.

—Tenías razón —dice al fin.

—¿Sobre qué?

—Necesitaré cinco minutos para quejarme de la escalera cuando bajemos.

Suelto una risa. Me sorprende tanto que la corto enseguida.

Ella se vuelve y sonríe, satisfecha.

—Sabía que podías hacerlo.

—¿Qué cosa?

—Parecer humano.

Se sienta en el alféizar y hace varias fotos.

La luz le da en el rostro, resaltando unas pecas muy suaves sobre la nariz.

No se parece a las mujeres que suelen venir a Glenbrae: elegantes, cuidadosas con el barro, encantadas con mi apellido hasta que comprenden que el título no incluye una fortuna.

Ella ha llegado persiguiendo tarjetas de mesa por un aparcamiento y me ha ordenado mover una tela diecisiete centímetros.

—Servirá —afirma mientras revisa las imágenes—. Mañana pondremos dos bancos aquí y unas flores secas. Nada de velas.

—No he dicho que puedas utilizarla.

—Te has reído. Lo he interpretado como consentimiento.

—En Escocia los contratos son un poco más exigentes.

—En España sabemos aprovechar los momentos de debilidad.

Mi teléfono vibra. El correo del banco ocupa la pantalla y devuelve la habitación a su verdadera temperatura.

Ella se da cuenta.

—¿Malas noticias?

—Una factura.

—Tienes cara de que incluye varios ceros.

—Es una casa grande.

—También podría ser un negocio grande.

Miro hacia el lago.

—No quiero convertirla en un parque temático.

—Organizar bodas no equivale a vestir a los camareros de guerreros medievales.

—La última agencia propuso combates con espadas durante el cóctel.

—¿De verdad?

—Y servir el whisky en cuernos.

Se tapa la boca, aunque no consigue esconder la risa.

—Lo siento. Es espantoso.

—Te estás riendo.

—Estoy imaginando la evaluación de riesgos.

Apoya el móvil en el alféizar y vuelve a mirar el paisaje.

—Tu castillo no necesita fingir que es escocés, Callum. Lo difícil ya lo tiene: provoca ganas de quedarse.

La observo. No parece estar adulándome. Quizá por eso la frase encuentra un lugar al que no debería llegar.

—Mañana por la noche querrás marcharte —digo.

—Mañana por la noche habré sobrevivido a la boda de mi hermana. Después de eso, puedo sobrevivir a cualquier sitio.

—No has probado el haggis de Moira.

—He comido croquetas congeladas en una comunión de Cuenca. No me das miedo.

Al bajar, Nora se queja de la escalera durante cuatro minutos y medio.

No se lo digo. Me parece que disfrutaría demasiado ganando.