Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Mi hermana me agarra de la muñeca y me arrastra hacia el interior.

El vestíbulo es enorme y helado, con un suelo de damero, retratos de antepasados y un ciervo disecado que parece juzgar nuestras decisiones.

Hay cajas de vino apiladas junto a una armadura.

Dos niños pasan corriendo con espadas de plástico.

Detrás de ellos aparece Jamie, el novio, llevando en brazos un libro abierto y una docena de páginas húmedas sobre una bandeja.

—¡Nora! —exclama—. Me alegro de verte.

—Eso dices porque tengo experiencia en emergencias.

—También porque eres una persona estupenda.

Una gota cae de la bandeja sobre sus zapatos.

—Sobre todo por lo primero —admite.

Durante la siguiente hora hago lo que mejor sé hacer: separo los problemas reales de los que solo están gritando más fuerte.

La gotera puede aislarse con una lona por encima y un falso techo de tela por debajo.

La cocinera acepta dirigir al equipo sentada en una silla.

Los baños llegarán de madrugada. Extiendo las páginas del libro de firmas entre dos manteles limpios, delante de un ventilador, y encargo a Jamie que no vuelva a trasladar nada importante sin cerrar antes la puerta del patio.

Cuando entro en el salón oeste, Callum está subido a una escalera, sujetando una lona contra una viga. Se ha quitado la chaqueta y el jersey se le pega a la espalda. Hay tres hombres ayudándolo y ninguno parece especialmente contento con mis instrucciones.

—La tela tiene que caer veinte centímetros más —indico.

Desde lo alto de la escalera, el dueño del castillo baja la barbilla.

—Entonces tapará el escudo.

—El escudo no se moja.

—Tiene cuatrocientos años.

—La novia lleva treinta y dos esperando este día. Gana ella.

Uno de los hombres carraspea para ocultar una risa. Callum baja un peldaño.

—Este es mi hogar, señorita Vidal.

—Y mañana será el lugar de la boda de mi hermana. Si queremos evitar que ochenta invitados cenen bajo paraguas, necesitamos bajar la tela.

Nos sostenemos la vista durante unos segundos. Él tiene una mancha de polvo en la sien y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda. De cerca, el verde resulta más evidente. También parece capaz de discutir durante horas sin cansarse.

—Quince centímetros —propone.

Abro la cinta métrica delante de su cara.

—Veinte.

—Diecisiete. —Sujeta la tela con una mano y extiende la otra hacia mí, dispuesto a cerrar un tratado internacional—. Es mi última oferta.

Le estrecho la mano sin dejar de mirarlo.

—Hecho.

—Eres agotadora.

—Y tú negocias con centímetros mientras el agua atraviesa el techo. —Suelto sus dedos y señalo el cubo—. Tenemos prioridades distintas.

Vuelve a subir un peldaño con esa dignidad herida que empieza a resultarme divertida.

—En Escocia respetamos las tradiciones.

—En España respetamos no cenar mojados.

El hombre de la escalera de al lado suelta una carcajada. Su jefe le lanza una advertencia silenciosa y vuelve a concentrarse en la tela.

—Diecisiete centímetros, Euan.

—Sí, laird.

Me quedo quieta.

—¿Ha dicho laird?

Continúa trabajando, aunque tarda demasiado en responder para que la pregunta le resulte indiferente.

—Es una costumbre local.

—¿Eres un laird de verdad?

—Soy el propietario de una casa con goteras y facturas. El título impresiona más si omites la segunda parte.

Mi hermana aparece detrás de mí y se engancha a mi brazo.

—Te olvidaste de contarme que el primo de Jamie era el señor del castillo.

—Pensé que te haría gracia descubrirlo.

Miro hacia la escalera. Sigue allí arriba, con las mangas remangadas y expresión de hombre que preferiría reparar cien tejados antes que hablar de sí mismo.

—No me hace gracia.

Él vuelve la cara.

—Una pena. A mí empieza a hacérmela.

Mi hermana tira de mí antes de que convierta la última palabra en otro desafío.

Subimos al dormitorio que compartiré con una montaña de cajas hasta que termine la boda.

Sobre la cama hay centros de mesa sin montar, regalos para los invitados y una carpeta con el logotipo de Glenbrae Events impreso en casa.

Elena cierra la puerta. Por primera vez desde que llegué, deja de moverse.

—Gracias por venir.

—Soy tu hermana. Eso reduce bastante el mérito.

—No me refiero al avión.

Se sienta entre dos cajas y alisa la etiqueta de una con el pulgar. Reconozco el gesto: de niña hacía lo mismo con las esquinas de los cuadernos cuando intentaba no llorar.

—Si mañana sale mal, las otras parejas no confirmarán las visitas —admite—. Jamie dice que podremos aguantar, pero hemos invertido más de lo previsto. Y Callum ha pedido otra prórroga al banco.

La noticia no me sorprende. Sí lo hace que mi hermana la diga sin disfrazarla de contratiempo.

—¿Por qué no me lo contaste?

—Porque habrías intentado arreglarlo desde Madrid y quiero que estés en mi boda, no que la gestiones.

Miro las cajas, el impermeable amarillo y los rulos que todavía lleva puestos.

—Has escogido un método extraño para demostrarlo.

La risa le sale débil.

—Mañana me caso con el hombre al que quiero. Aunque cenemos bocadillos bajo una lona, esa parte saldrá bien. Lo demás solo necesita sobrevivir lo suficiente para que podamos empezar.

Me siento a su lado. No prometo salvar el negocio ni recuperar sus ahorros. Le cojo la mano y hago una promesa más pequeña, una que sí depende de mí.

—Mañana no tendrás que solucionar nada.

—Eso es imposible.

—Entonces no te enterarás hasta pasado mañana.

Apoya la cabeza en mi hombro. Al otro lado de la ventana, Callum cruza el patio cargando una escalera con Euan.

Se detiene para escuchar a una mujer mayor, comprueba una factura que ella le muestra y después sigue caminando bajo la lluvia.

Nadie lo trata como a un señor de postal.

Acuden a él porque esperan que encuentre una respuesta.

Empiezo a comprender por qué sus hombros parecen llevar más peso que la escalera.

También por qué discutir conmigo puede haberle hecho gracia.