Prometida por accidente en las Highlands CAPÍTULO 1
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Prometida por accidente en las Highlands

Prometida por accidente en las Highlands

Por Aina Varo

© inepub.com

CAPÍTULO 1

NORA

Hay dos clases de hermanas mayores: las que llegan a una boda con tiempo suficiente para emocionarse y las que aterrizan en Inverness con una rueda rota, el vestido de la ceremonia arrugado dentro del equipaje de mano y diecisiete mensajes de la novia escritos íntegramente en mayúsculas.

Yo pertenezco a la segunda clase.

El último mensaje de Elena dice: «NO TE ASUSTES», una frase que, en mi familia, ha precedido a un incendio en la cocina, una fuga de agua y la vez que mi padre decidió cortarse el pelo con la máquina de afeitar del perro.

—No me asusto —murmuro mientras arrastro la maleta por el aparcamiento del aeropuerto.

Una rueda se atasca en una junta del pavimento. El tirón abre la cremallera lateral y deja escapar dos rollos de cinta, un costurero de emergencia y medio centenar de tarjetas con los nombres de los invitados.

—Estoy serena.

La tarjeta de lady Margaret MacRae se pega al abrigo de un señor que avanza hacia la terminal. Corro detrás de él, recupero a lady Margaret antes de que embarque rumbo a Belfast y regreso con la dignidad bastante peor colocada que el vestido.

El conductor que debía esperarme no está. En su lugar hay un hombre apoyado en un todoterreno oscuro, con un cartel de cartón donde alguien ha escrito «NORA VIDRIO».

Me detengo delante de él.

—Vidal.

El desconocido baja el cartel y lo mira, serio.

—Eso explica por qué no has respondido cuando he llamado «señorita Vidrio».

—He respondido. Me he escondido detrás de una columna.

No sonríe. Ni siquiera pestañea. Es alto de esa forma que obliga a una mujer de metro setenta y dos a levantar la barbilla más de lo que considera razonable.

Lleva botas embarradas, vaqueros, un jersey gris y una chaqueta encerada.

El pelo castaño, algo largo en la parte superior, parece haber discutido con el viento y haber perdido.

Tiene la mandíbula cubierta por una barba corta y unos ojos entre verdes y grises que me recorren con una paciencia limitada.

En las Highlands fabrican a los hombres con materiales distintos. Piedra, mal humor y hombros capaces de bloquear una puerta.

—Soy Callum MacRae.

Se guarda el cartel debajo del brazo. Yo repaso mentalmente el árbol familiar que Elena me explicó por teléfono y señalo hacia él con el asa de la maleta.

—El primo del novio.

—El dueño del coche.

La precisión corrige varias expectativas a la vez. Miro el todoterreno, después sus botas cubiertas de barro.

—Elena me dijo que vendría un chófer.

—Tu hermana utiliza las palabras con mucha libertad. —Se inclina hacia la maleta y extiende una mano—. ¿Me permites?

Se inclina para coger mi maleta. La rueda vuelve a atascarse y la cremallera se abre del todo. Las tarjetas caen sobre su bota en una pequeña avalancha de apellidos escoceses.

Él observa el suelo. Yo también.

—Estaban ordenadas por mesas —explico.

Él alza la vista.

—Eso no habría sabido deducirlo.

—Da igual. Dame la maleta.

Hace ademán de soltarla. La cremallera se abre otro centímetro y yo apoyo las dos manos sobre la tapa.

—Si la suelto, lady Margaret terminará sentada con los niños.

La primera sombra de humor le roza la boca.

Dura tan poco que podría haberla imaginado.

Recoge las tarjetas, las guarda en el bolsillo exterior y asegura la maleta con una cincha del maletero.

Lo hace sin comentar que acabo de perseguir a una aristócrata de cartulina por el aparcamiento.

Después de once horas de viaje y un bocadillo que sigue repitiéndoseme desde Barajas, la discreción me parece una cualidad peligrosa en un hombre atractivo.

No es que esté buscando marido. Dejé de buscar cualquier cosa relacionada con el amor el día que mi ex celebró una campaña que yo había dirigido acostándose con la responsable de cuentas. Primero se quedó con el mérito. Después, con la única persona de la oficina que todavía pensaba felicitarme.

Subimos al todoterreno. A los pocos minutos dejamos atrás Inverness y entramos en una carretera estrecha flanqueada por colinas cubiertas de brezo.

El paisaje tiene una belleza insolente: lagos oscuros, montañas envueltas en nubes y extensiones verdes en las que no se ve una casa durante kilómetros.

Intento hacer una foto, pero el móvil enfoca una mancha del cristal y parte de la oreja de Callum.

—¿Falta mucho para Glenbrae?

Comprueba el reloj del salpicadero antes de incorporarse a una carretera todavía más estrecha.

—Una hora, si el puente sigue abierto.

—¿Y si no?

—Dos. —Reduce la velocidad para dejar pasar a una furgoneta—. Quizá algo más si las ovejas han decidido reunirse.

—Elena se casa mañana.

—Eso afirma desde hace seis meses. Ha enviado recordatorios semanales por si olvidábamos el acontecimiento.

Lo miro de lado.

—¿No te gustan las bodas?

La carretera gira junto al lago. Sus dedos tamborilean una vez sobre el volante antes de quedarse quietos.

—Me gustan cuando terminan.

—A mí me pagan por impedir que terminen antes de empezar.

Me dirige una breve ojeada, interesado pese a su empeño en no parecerlo.

—Creía que venías como invitada.

—Soy invitada, hermana de la novia y consultora de eventos. En ese orden hasta que alguien entra en pánico. Por sus mensajes, calculo que dejé de ser invitada cuando mi avión sobrevolaba Francia.

Aprieta las manos sobre el volante. La broma desaparece de su perfil.

—El tejado del salón oeste tiene una gotera.

—¿Grande?

—Cabe un cubo debajo. —Hace una pausa—. Casi siempre.

—Eso no es una medida.

—Tres cubos, si llueve de lado.

Dejo caer la cabeza contra el reposacabezas. El cielo que cubre las montañas parece llevar horas preparando una venganza.

—La ceremonia es en el jardín.

—Va a llover.

—La aplicación dice que hay un cuarenta por ciento de posibilidades.

La comisura de su boca se mueve mientras acciona el limpiaparabrisas.

—En Escocia eso significa que el agua aún está decidiendo desde qué dirección atacarte.

Respiro por la nariz y abro el chat familiar.

Hay mensajes sobre la florista, la tarta, un gaitero con ciática y la tía Mari, que ha metido en la maleta dos botellas de orujo porque no se fía del whisky.

Elena lleva un año preparando esta boda con Jamie, un escocés encantador al que conoció durante un congreso en Valencia.

Y no es solo una boda. Los dos han dejado sus empleos, han invertido casi todos sus ahorros en acondicionar el ala de invitados de Glenbrae y, cuando termine la luna de miel, piensan instalarse aquí para gestionar celebraciones.

Yo he dedicado ese mismo año a decir que todo saldría bien mientras corregía presupuestos, negociaba con proveedores y trataba de no calcular cuántos meses tardaría mi hermana en recuperarse si el proyecto fracasaba.

Le advertí que mezclar familia, amor y dinero era una manera estupenda de quedarse sin las tres cosas.

Ella me respondió que no pensaba organizar su vida alrededor de lo que Sergio me había hecho a mí.

Dolió porque tenía razón. También porque firmó la transferencia al día siguiente.

—¿Qué más ha pasado?

Tarda demasiado en responder. Ese silencio contiene más problemas que todos los mensajes de mi hermana.

—La empresa de baños portátiles ha enviado las cabinas a Glenbriar.

—¿Existe un Glenbriar?

Asiente sin apartar la atención de la carretera.

—Sí.

—Claro que sí.

—Y la cocinera se ha torcido un tobillo.

Me vuelvo en el asiento. Él hunde un poco más la espalda, un hombre enorme intentando desaparecer detrás de un volante.

—¿Algo más?

—Y el viento ha tirado el libro de firmas a la fuente.

Giro la cabeza despacio.

—¿Cómo llega un libro de firmas a una fuente?

—Mi tía Moira consideró elegante fotografiarlo junto al escudo de piedra. —Se frota la mandíbula, resignado—. No tuvo en cuenta el tiempo.

—Tu tía Moira no parece respetar demasiado los objetos de papelería.

—Mi tía Moira se casó tres veces. Ha perdido el respeto por muchas cosas.

Esta vez sí sonríe. Apenas un lado de la boca, un movimiento pequeño que transforma su cara y me obliga a mirar por la ventanilla. No necesito descubrir que debajo del guardabosques huraño hay un hombre atractivo. Ya tengo suficientes tareas pendientes.

Cuando el castillo aparece entre los árboles, olvido durante unos segundos las goteras, el libro de firmas mojado y el listado de invitados que llevo recompuesto sobre las rodillas.

Glenbrae se alza sobre una colina junto a un lago, con dos torres cuadradas, muros de piedra gris y chimeneas que atraviesan la niebla.

No es uno de esos castillos perfectos que parecen construidos la semana pasada para una serie de televisión.

Tiene cicatrices, ventanas desiguales y un ala cubierta de andamios.

La hiedra trepa por la fachada norte y varias ovejas pastan junto al camino como si el paisaje les perteneciera.

—Es precioso —se me escapa.

Los dedos del conductor se relajan sobre el volante.

—Sí.

Una sola palabra. La forma en que la pronuncia deja claro que para él no es un decorado.

En la entrada nos espera Elena, enfundada en un impermeable amarillo y con rulos en el pelo. Corre hacia el coche antes de que se detenga.

—¡Nora!

Abro la puerta y mi hermana me abraza con tanta fuerza que me clava un rulo en la mejilla.

—Antes de que digas nada —empieza—, estoy perfectamente.

—Tienes un ojo temblando.

—Es de felicidad.

—¿Dónde está Jamie?

—Rescatando el libro de firmas.

Mi improvisado chófer saca la maleta del maletero.

—Está en la biblioteca —informa—. La fuente se ha comido la mitad de las páginas.

Mi hermana cierra los ojos.

—¿La mitad con las firmas o la mitad vacía?

—¿Importa?

—Muchísimo.