Prometida por accidente en las Highlands EPÍLOGO
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EPÍLOGO

NORA

Dieciocho meses después de llegar a Escocia con una rueda rota y una lista de invitados desordenada, me caso con Callum MacRae bajo un cielo que amenaza lluvia y delante de ciento veinte personas que llevan paraguas por orden mía.

No hemos vendido la exclusiva. Publicaremos una fotografía cuando termine el día y Moira ha entregado el teléfono a Elena bajo una supervisión que considera ofensiva. Mi tía Mari ha traído orujo pese a que el menú incluye dos vinos españoles y uno escocés que Callum insiste en llamar experimental.

Yo llevo un vestido sencillo, botas escondidas bajo la falda y el anillo de la abuela de Callum en la mano derecha. Elena camina delante de mí con un ramo y una sonrisa enorme. Al llegar al jardín, se inclina hacia mi oído.

—Te dije que la distancia genética era segura.

—No era una preocupación.

—Ya.

Nuestro padre me ofrece el brazo. Al otro extremo del pasillo, Callum espera con el kilt del clan y esa expresión seria que ya sé leer. No está tranquilo. Tiene los dedos cerrados y respira más despacio de lo habitual. Cuando me ve, todo su cuerpo afloja.

El camino hasta él dura menos de un minuto.

Recuerdo el aeropuerto, la tarjeta de lady Margaret pegada a un abrigo ajeno, la gotera, la torre y la primera vez que desperté invadiendo su lado de la cama.

Ninguno de aquellos momentos parecía conducir hasta aquí.

Por suerte, no tuvimos que saberlo entonces.

—Estás preciosa —murmura cuando me sitúo a su lado.

—Tú no estás mal.

—Qué romántica.

—Me guardo lo mejor para los votos.

La ceremonia empieza. El oficiante confirma dos veces que todo es legal, a petición mía. Los invitados ríen. Callum me aprieta la mano.

Cuando llega el momento de los votos, él saca una cinta verde y azul.

—Esto no estaba en el programa —susurro.

—He negociado con la organizadora.

—Yo soy la organizadora.

—Entonces alguien ha falsificado tu firma.

La culpable tose desde la primera fila.

Mi futuro marido enlaza nuestras manos con la cinta, sin apretar. Repite la misma frase de aquella noche: elige caminar a mi lado mientras nuestros caminos quieran encontrarse. Esta vez no hay whisky suficiente para culparlo. Yo repito las palabras mirándolo.

—La tradición termina con un beso —dice.

—Te lo sigues inventando.

—Ha pasado suficiente tiempo. Ya puede considerarse tradición.

Lo beso antes de que el oficiante nos dé permiso. Los aplausos estallan a nuestro alrededor y empieza a llover, una lluvia fina que hace brillar el lago y obliga a abrir todos los paraguas a la vez.

Él se ríe contra mi boca.

—¿Plan alternativo?

—Casarme contigo era el plan alternativo.

—¿Y cuál era el primero?

—No enamorarme de un highlander.

—Ha salido fatal.

—Ha salido perfecto.

Horas después, cuando el último discurso termina y la música llena el salón oeste, mi marido me lleva hacia la pista.

El techo ya no tiene goteras. El escudo de sus antepasados cuelga limpio sobre la chimenea.

Alrededor bailan nuestras dos familias, los vecinos y las parejas que regresaron a Glenbrae para celebrar con nosotros.

—¿Cansada? —pregunta Callum.

—Mucho.

Me acerca un poco más. Su mano descansa en mi espalda y el pulgar dibuja una caricia breve que nadie más puede ver.

—Podemos escapar.

—Es nuestra boda.

—Precisamente. Llevamos catorce horas compartiéndola con ciento veinte personas, tres músicos y dos mujeres que han preguntado cuándo tendremos hijos.

—Una de ellas era mi madre.

—La otra también parecía dispuesta a adoptarme.

Apoyo la cabeza en su hombro. Debajo de la chaqueta noto el calor de su cuerpo y el ritmo pausado de su respiración.

Ha pasado todo el día tocándome de pequeñas maneras: los dedos en mi nuca antes de la ceremonia, la palma en mi cintura durante las fotos, la rodilla rozando la mía bajo la mesa.

Cada contacto ha ido dejando una promesa privada detrás de la celebración.

—Cinco minutos —acepto.

—Mientes fatal, señora MacRae.

—He dicho cinco para que nadie sospeche.

Mi marido hace una seña a Euan, que cambia la música por una pieza rápida. Antes de que los invitados se lancen a la pista, me lleva hacia una puerta lateral. Cruzamos el pasillo procurando no correr. El vestido se engancha en una armadura y él tiene que regresar para liberarlo.

—Esto no ocurría en mis fantasías —murmuro mientras desengancha el encaje.

—¿Había fantasías?

—No te emociones. En ellas tampoco sabías quitar vestidos.

—Tengo otras habilidades.

—Eso está por demostrar.

Se incorpora despacio. La expresión que aparece en su cara acaba con mi ventaja.

—Me encantará intentarlo.

Salimos al patio trasero. La lluvia ha parado y el camino hasta la cottage brilla bajo las luces del castillo. A mitad del sendero, me quito los zapatos. Él los recoge con una mano y me ofrece la otra.

—La novia debería llevarlos puestos —señala.

—La novia ha llevado tacones nueve horas. Ahora quiere conservar los pies.

—Puedo llevarte.

—También quiero conservar la dignidad.

Doy tres pasos sobre la grava mojada, clavo una piedra en el talón y levanto los brazos.

—He revisado la propuesta. Puedes llevarme.

Se ríe, deja los zapatos en el suelo y me levanta. La falda nos envuelve a los dos mientras cruzamos el sendero. Escondo la cara en su cuello, respirando el olor familiar de su piel mezclado con lluvia y madera.

—¿Pesas más con el vestido? —pregunta.

—¿Quieres empezar el matrimonio durmiendo en el embarcadero?

—Era una cuestión técnica.

—Pues calcula en silencio.

Abre la cottage sin soltarme y cierra la puerta con el pie. Mis zapatos quedan fuera. Por una vez, ninguno vuelve a por ellos.

En el dormitorio me deja de pie junto a la cama.

No hay velas ni pétalos ni ninguna de las decoraciones que he colocado para otras parejas.

Solo la lámpara encendida, nuestras cosas mezcladas en los cajones y una fotografía del embarcadero sobre la cómoda.

Prefiero esto. Es el lugar donde hemos aprendido a dormir juntos, a discutir sin huir y a encontrarnos después.

Mi marido me quita una horquilla, luego otra. Las deposita en su palma hasta reunir una pequeña colección. Cuando retira la última, deja que mi pelo caiga sobre los hombros y lo acaricia con ambas manos.

—Señora MacRae —dice.

—Señor Vidal.

—Eso no estaba acordado.

—El matrimonio exige concesiones.

Sonríe. Me besa primero en la frente, después en la mejilla y por fin en la boca. El gesto tiene una ternura que me emociona más que los votos. Le rodeo la cintura y lo acerco hasta sentir el roce del kilt contra mis piernas.

Sus manos encuentran los botones diminutos de mi espalda.

—Hay treinta y seis —le advierto.

—Los he contado durante la ceremonia.

—Creía que estabas escuchando al oficiante.

—Dijo muchas cosas sobre compartir la vida. Ninguna explicó cómo abrir esto.

Desabrocha el primero. Luego el segundo. En el quinto pierde la paciencia y me besa el cuello. Yo cierro los ojos, inclinando la cabeza mientras su boca avanza por la piel que el vestido deja libre.

—Te quedan treinta y uno —susurro.

—Eres una mujer muy exigente.

—Y tú prometiste quererme en la adversidad.

—No sabía que la adversidad tendría botones forrados.

Mis risas terminan en un suspiro. Sus dedos continúan bajando, ahora más seguros.

Cada botón liberado afloja el vestido y también la tensión acumulada durante el día.

Cuando la tela cede, Callum la sostiene para que no caiga.

Me observa en ropa interior, con el pelo desordenado y las marcas de los zapatos en los pies.

Durante un instante vuelve a ser el hombre que me recibió en el aeropuerto: serio, enorme, incapaz de disimular del todo lo que piensa. Solo que ahora sé leerlo.

—No digas preciosa —le pido.

—¿Por qué?

—Me lo han dicho sesenta veces hoy.

Deja el vestido sobre una silla y regresa hasta mí.

—Estás en casa.

La frase me atraviesa. No habla del castillo ni de la cottage. Habla de su forma de mirarme, del espacio que hemos construido y de la mujer que puedo ser aquí sin renunciar a la que llegó desde Madrid.

Le desabrocho la chaqueta con manos menos firmes de lo que me gustaría. Callum me ayuda, se quita la corbata y después se queda quieto para que yo abra su camisa. El botón que rompí meses atrás es distinto a los demás. Lo cosí yo misma, tras tres intentos y un vídeo de internet.

—Todavía sigue ahí —digo.

—Me prohibiste cambiarlo.

—Tiene valor histórico.

—Como el escudo.

—No exageremos.

Paso los dedos sobre el botón y después por la piel que aparece bajo la camisa. Su respiración se hace más profunda. Me gusta saber qué efecto tengo en él; me gusta aún más que no intente ocultarlo.

Nos besamos sin prisa. Sus manos recorren mi espalda, bajan hasta mis caderas y me levantan. Le rodeo la cintura con las piernas. El mundo se inclina cuando me tumba sobre la cama y se coloca a mi lado para poder mirarme.

—¿Te arrepientes? —pregunta contra mi cuello.

La pregunta ya no nace del miedo, sino de la costumbre de comprobar que seguimos eligiendo lo mismo.

Le acaricio la cicatriz de la ceja.

—De haber tardado tanto en entender que quedarme no significaba dejar mi vida. Solo hacerla más grande.

La emoción asoma sin llegar a desbordarse. Callum no la disimula esta vez. Gira la cara y besa el centro de mi palma.

—Te quiero —dice.

—Lo sé.

—Eso ha sonado arrogante.

—Soy la señora del castillo. Se me está pegando.

Me besa de nuevo. La ternura se convierte despacio en deseo.

No hay torpeza ni preguntas nacidas del miedo, aunque sigue atento a cada gesto.

Me conoce: sabe cuándo una caricia me hace reír, dónde besarme para que deje de hacerlo y la manera exacta de pronunciar mi nombre para que todo lo demás desaparezca.

Afuera empieza a sonar una gaita. Alguien llama a la puerta y anuncia que van a cortar la tarta.

—Ya volveremos —murmuro.

—Es nuestra tarta.

—Precisamente.

Mi marido apaga la lámpara. En la oscuridad, sus manos vuelven a encontrarme. Nos amamos sin público, sin bromas que oculten lo que sentimos y sin necesidad de preguntarnos qué ocurrirá mañana.

La tormenta continúa sobre Glenbrae. Dentro, ninguno confunde el silencio con una despedida. Por una noche, no necesitamos un plan alternativo.