Chapitre 30
Une fille avec un slogan.
(Una chica con eslogan)
—¿Tenía un buen paquete?
—¿Qué?
Según el Observatorio Internacional de Conversaciones entre Mejores Amigas, el setenta y nueve por ciento de las preguntas formuladas por Amanda antes del primer café eran imposibles de procesar por un cerebro humano. El veintiuno por ciento restante tampoco mejoraba mucho después del segundo café.
Solo me había tomado un café y estaba demasiado cansada para seguir la conversación de Amanda esa mañana.
La noche la había pasado en blanco, tumbada en nuestra cama, con el cuerpo cálido de Oliver tan cerca…
y a la vez tan lejos. Llevábamos dos meses con la extraña tregua y, la verdad, me sentía incluso peor que cuando nos matábamos a insultos, con miradas que podían cortar la piel, o con la más dura y cruel indiferencia.
Porque, mientras estás enfadada, no piensas en lo que hiciste para que tu matrimonio se fuera a la mierda. Piensas… pues piensas en matarlo, y ya.
En estar doble o triplemente enfadada. Enfurecida elevada al infinito. Seguro que has tenido algún episodio de ese tipo.
Pero cuando tenías tiempo y tranquilidad para respirar el mismo aire que respiraba él… ¡ Monsieur , qué tortura!
—Estás espesa hoy. Que si tenía algo interesante colgando ahí abajo.
Era raro que Amanda no usara la palabra pene, polla, vara, miembro, picha, cuca o cualquiera de los malditos sinónimos de los que disponía su extenso vocabulario español para hablar de lo que colgaba ahí abajo, como había remarcado.
—Claro que tenía —o al menos eso pensaba, porque tampoco me había fijado mucho en él.
Había vuelto a sacar el tema de que me acostara con el deprimente abogado, porque seguro que estaba tan desesperado que no le importaría tener una segunda cita conmigo después de que lo dejara plantado nada más terminar el postre, sin café—. Era un tío.
O al menos… lo parecía. Y no había hablado de haber estado encarcelado en un penal de mujeres. Me fijé poco en todos los rasgos de su cara, pero su voz sonaba bastante a tío.
Las estadísticas demostraban que Amanda evaluaba antes el contenido del pantalón que el del currículo.
Luego decía que era una romántica.
—Entonces te servía.
—Con esa frase haces que me salte todas las malditas normas de tu manual para no acabar descuartizada en un cubo de la basura.
—Pero habrías dejado un bonito cadáver en trocitos la mar de manejables.
Pensé en todo lo que podía servirme, en vez de pensar en el abogado.
Pensé en el vibrador que podía usar para quitarme esa sensación de malestar de encima.
Pensé hasta en una zanahoria… bien lavada, pero no se lo dije, por razones más que obvias.
No quería que me hiciera enjuagar todas las verduras con forma alargada que tenía en su frigorífico.
—No bromees con esto, por favor. Mi vida está hecha pedazos y…
—Y solo necesitas un poco de cinta adhesiva y algo de alcohol —me interrumpió.
—¿Ginebra?
—También me vale —aceptó barco como animal acuático.
Aunque no entendía bien el chiste del barco, ya lo he dicho, se lo había escuchado decir a Amanda un millón de veces y formaba parte de ese mundo de expresiones que jamás entendería de España.
Los españoles llevaban siglos inventando refranes y expresiones solo para que los extranjeros nos sintiéramos un poco más tontos.
Era una teoría mía, pero ya había empezado a reunir pruebas y pensaba en La Haya como lugar de entrega—.
Pero yo hablaba de alcohol de ese que pica en las heridas y que quita los restos de pegamento y grasa antes de pegar el celo.
Si no, la cinta adhesiva dura dos telediarios.
Nunca me había dado por ver las noticias en este país, pero sabía que los telediarios tenían su tirón y que por eso el abogado había acabado tan mal parado.
Lo habían puesto a parir en el que trabajaban los reporteros asesinados por su cliente y no había levantado cabeza.
Me lo podía llevar a París y que empezara de cero en un país diferente…
«Pero ¿qué dices, loca?»
—¿Eso quiere decir que dura poco o mucho?
Terminé de pegar el broche a una flor de croché y la dejé reposando para que no se pegara con nada más. Cogí la siguiente.
—¿Qué te pasa hoy? ¿No entiendes tampoco lo de arreglar cosas con cinta adhesiva? ¿O cuánto dura un maldito telediario?
¿Podía pedir el manoseado comodín de la llamada? Otra de esas frases hechas que seguro que conoces y yo tuve que buscar en internet.
—No dormí nada anoche —le reconocí, sabiendo que aquello volvía a abrir la temida conversación.
—Eso no me lo habías contado. Creí que la mala cara que traes ya venía de serie con el pack de la separación —bromeó, pero sin mucha gracia—. ¿Qué ocurrió?
—Que Oliver volvió a llegar tarde, y cuando se acostó...
—Y te vas a pasar la vida pendiente de su hora de llegada a casa como si fuera tu hijo adolescente, no me digas más —me interrumpió—.
¿Qué dices que pasó cuando se acostó? —se interrumpió esta vez a sí misma—.
No me lo digas, no quiero saberlo —se volvió a interrumpir una tercera vez.
Ya me había perdido con lo que quería o no quería saber—.
Esta conversación ya la hemos tenido, Colette, pero parece que no sirvió para nada.
«Estaba claro que iba a decir eso. Frase de madre».
—Sirvió para que te desahogaras, que es para lo que valen la mayoría de las broncas que me echas.
Asintió, dando por buena mi respuesta. Mini punto para Colette.
O un gallifante. Si no sabes lo que es, busca la imagen del maldito bicho en Google. Yo tampoco lo entendí al principio.
Estoy convencida de que España tiene un almacén secreto lleno de referencias culturales que solo sacan cuando detectan que eres extranjero.
El podcast de Amanda debía llegar en algún momento a su fin, pero necesitaba un final a la altura que dejara a los oyentes perplejos y necesitados de que iniciara una nueva andadura en la era digital.
La temporada uno se llamaría « Cómo ignorar sistemáticamente mis consejos» .
La segunda, « Te lo advertí» . La tercera ya sería un true crime .
El siguiente proyecto de Amanda, seguramente, acabaría siendo protagonizado por Mercedes y el escenario sería una de esas barbacoas multitudinarias que tenía con toda su prole y sus exmaridos.
Y también con el actual, que sería quien le daba la vuelta a la carne en la parrilla.
Algún privilegio debiera tener ser el esposo actual y no uno a quien no le habían renovado el contrato. Podía elegir el punto de la carne de todo el mundo.
—Al menos no llegó con otra, ¿no? —siguió preguntando, obviando la recriminación que acababa de hacerle y su afirmación de que no quería saber nada del asunto.
—Da igual. Olía a otra.
Y la frase fue acompañada por un largo suspiro mío y otro mucho más escandaloso de ella.
—Mejor olerla que verla y escucharla.
Le tuve que dar la razón, entre intentos de contener la risa. O las ganas de llorar. O las dos cosas.
—Pero, aclárame una cosa. ¿Olía a coño o a perfume?
Según la Comisión Internacional para Preguntas que Nadie Debería Formular Antes de Comer, Amanda acababa de batir un récord histórico.
—¡Amanda, no seas guarra, s'il te plaît !
Se partió de risa, la muy malnacida. Amigas para esto…
—¿De verdad que no te está sirviendo de nada lo de quedar con tíos que podrías usar y tirar?
—Si al menos lo usara…
Sabía que eso era culpa mía y nada más que mía, pero después de lo mal que me había sentido tras acostarme con el profesor barra escritor, se me había bajado la libido a límites que solo había visto en mi cuenta corriente del banco.
—¿Y qué me dices del que se anunciaba… —buena forma de decirlo, anunciar— como que era farmacéutico, pero que al final lo que tenía era un puesto de pastillas contra el mal aliento en el rastro?
No me acordaba de ese. Entre mis citas de lo más top . Disimulé una risa mientras dejaba otro broche sobre la mesa.
—El mejor de todos, sin duda.
—Quizá haya que darle una vuelta de tuerca más al perfil.
—No, no quiero más danza del vientre con ropa de neopreno, amante de la comida fusión japonesa y pizza, adoradora de hip-hop en chanclas, experta en arte azteca de realidad virtual, encantadora de serpientes de color rosa o estudiante de tatuajes para masajes tántricos, sea lo que sea eso.
Si seguíamos así, en dos semanas Amanda conseguiría que un jeque árabe millonario creyera que yo pilotaba helicópteros de rescate mientras hacía macramé bajo el agua.
«Entonces, lo que llevarías sería un submarino y no un helicóptero, boba».
Y fui capaz de nombrar todos esos cambios sabiendo que las había hecho pasar como aficiones mías en las últimas citas.
Y, también, sabiendo que me había dejado muchas más en el tintero.
Esa expresión sí que me gustaba. La tinta lo emborronaba todo, y podía emborronar de igual modo mi largo y catastrófico currículo de citas.
—Creo que te has liado con esa última.
«¿Solo con esa? Son una maldita locura…»
Ya no necesitaba una aplicación para ligar; necesitaba un documento de identidad distinto para cada cita.
—¡Eso es! Estoy hecha un lío—. Las estadísticas no engañaban.
Cuando necesitaba más de cinco segundos para recordar mi nombre antes de una cita, era evidente que no estaba buscando un hombre nuevo.
Estaba intentando encontrarme a mí misma—.
Ya cuando salgo por la puerta no sé si soy Lidia, Elvira, Madison o Raquel, o si trabajo en un turno fijo de mañana o estoy concediéndome un año sabático porque mis padres me mantienen.
¡No sé quién soy! —clamé al cielo, elevando las manos, como pidiendo que alguien divino bajara y se apiadara de mí—.
Y es agotador no saberlo y no conocer de nada a la persona que tengo delante, y pensar que tampoco merece la pena conocerlo porque no pienso volver a quedar con él.
O porque toda su historia es tan falsa como la mía. Es… es muy triste.