Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 29
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Chapitre 29

Une très longue liste.

(Una lista muy larga)

Las diez citas siguientes fueron de mal en peor.

Según el Barómetro Europeo de Primeras Citas Desastrosas, las probabilidades de que la siguiente persona sea peor que la anterior aumentan exponencialmente cuando empiezas una frase diciendo: «Bueno...

al menos este parece normal». Yo dejé de pronunciarla en la tercera cita.

El informe recomienda no tentar más a la suerte.

Un culturista que se empeñaba en que aprendiera nombres de músculos que sabía que yo no tenía, pero que él parecía creer que eran lo más importante de la anatomía.

Obviamente, tuve ganas de hacerle un chiste sobre lo de ejercitar el cerebro, pero me dio miedo de que me dijera que lo que le interesaba desarrollar en tamaño era su… sí, su eso .

Aquí ya has entendido que me salté la norma de los tipos que se hacen fotos en el gimnasio.

La Comisión Internacional para las Decisiones que Parecían Buenas en la Pantalla concluyó que el noventa y dos por ciento de las fotos delante del espejo del gimnasio esconden una conversación sobre proteínas de más de veinte minutos.

El ocho por ciento restante también, pero tarda un poco más en aparecer después del «¿cómo te llamas? »

Un diseñador de moda un tanto raro que no se quitó las gafas de sol con forma de soles dentro del bar y que me dio a entender que yo no tendría porte para lucir sus creaciones.

Me pareció que él sí que las usaba a escondidas en su casa, por cómo movía los brazos hablando de ellas.

No pude evitar pensar en que todas podían estar llenas de plumas que le habrían encantado a mi madre.

Aquí ya has entendido que me salté la norma de los tíos que salen en las fotos con gafas de sol.

Las estadísticas dicen que cuanto más grande es la gafa de sol en la foto de perfil, menos probable es que llegues a verle los ojos antes del postre. Y sí, me estoy refiriendo a «ese» postre.

Un estudiante de medicina que en realidad me pareció que era un actor frustrado.

No sé si lo que le apetecía era rodar una serie en la que se viera claramente que era el mejor profesional para representar una reanimación cardiopulmonar, coger una vía sin atravesar un brazo con la aguja o intubar a un paciente sin que resultara patético ver que el tubo que supuestamente se metía dentro de la boca estaba claramente por fuera, pero solo habló de lo malas que eran las series médicas de la tele.

Tuve que darle la razón, aunque no entendía mucho del tema, solo para que se callara un poquito y no me volviera a contar cuántas veces había que dar las descargar con el desfibrilador.

Aquí no sé si me salté alguna norma, pero quizá tenía alguna foto con un pez escondida en la galería de su móvil y no la mostraba en el perfil de Tinder.

Según el Observatorio Internacional para Conversaciones Insufribles, si una persona tarda menos de cinco segundos en corregir un dato que nadie le había preguntado, la cita tiene una esperanza de vida inferior a los cuarenta minutos.

Un contable que quiso que yo pagara la cuenta de la cena porque pedí doble ración de pan y eso había desequilibrado la balanza en el gasto del menú.

Encima, el pan estaba bastante duro y se quedó en el platito que me habían colocado, por cierto, en el lado equivocado de la mesa.

Sé que ahora mismo estás pensando en qué lado va y lo vas a buscar en Google.

No pienso ayudarte, búscalo en Google. A mí me obligó a aprendérmelo mi madre.

Ya paso de las normas de la servilleta. Este era gilipollas y punto.

El Instituto Nacional de Matemáticas Aplicadas al Ligoteo sostiene que dividir una cuenta al céntimo reduce un noventa y ocho por ciento las posibilidades de una segunda cita. El otro dos por ciento corresponde a contables saliendo con otros contables.

Un tipo que no sabía qué quería ser en la vida, pero que antes había trabajado como camionero, reponedor de supermercado, chico de limpieza de un banco, jardinero privado en una casa de unos políticos y, por último, camarero en un restaurante en un campo de golf que tuvo que cerrar por culpa de un par de licencias que no tenía en regla.

Estuve a punto de sugerirle que, si se hacía pasar por mujer, usando uno de los vestidos de plumas de una de mis últimas citas, quizá consiguiera que Mercedes le diera un trabajo en mi empresa.

Y que, por favor, no se metiera a actor de serie de médicos.

Un abogado caído en desgracia después de que consiguiera, con triquiñuelas legales de esas que ni tú ni yo conocemos pero que a estas alturas debiéramos estar aprendiendo para pasar las vacaciones en Maldivas…

muchas veces, que la justicia dejara en libertad a un cliente que, posteriormente, acabó matando a su mujer, a los padres de ésta y a unos pobres reporteros que pasaban por el supermercado donde ocurrió todo cuando iban a comprar unas botellas de agua para seguir cubriendo las noticias sobre Las Fallas.

A este último no me quedaron ganas de hacerle bromas.

Entenderás por qué.

Lo dejo aquí, porque la cosa solo empeoraba.

Me di cuenta de que, con cada cambio que hacía en el perfil, inventándome un personaje a cada cual más rocambolesco, los hombres que me contactaban eran, a su vez, más estrambóticos, lunáticos y… ¿pintorescos?

«Por no decir que estaban todos mal de la azotea, que con el exconvicto tocaste fondo».

No me acosté con ninguno de ellos, y lo peor de todo fue que, si lo hubiera hecho, el que más papeletas había tenido para salir seleccionado fue, precisamente, el que había estado un tiempo en la cárcel.

Según la Comisión Internacional para las Decisiones que No Debieras Contarle a Tu Mejor Amiga, cuando el expresidiario pasa a encabezar tu lista de candidatos es que ya no estás buscando pareja, estás comparando niveles de riesgo.

Amanda puso los ojos como platos. De ese no le había contado todavía nada.

—Una cosilla de drogas, según me dijo, poca cosa —le comenté a mi amiga, relatándole mi última cita a la hora del almuerzo, como de costumbre.

—¿Y al menos era guapo?

—No lo sé. Llevaba un flequillo tan largo delante de la cara que apenas le vi los ojos un par de veces. Creo que se comió algunos mechones junto con la hamburguesa que pidió. Por cierto, estaba medio cruda.

«Lo hacía para ocultar su identidad. Los exconvictos no quieren quedar grabados en las cámaras de seguridad de los restaurantes, por lo que pueda pasar».

Una extorsión sin importancia, un robo de nada, un asesinato que parece poca cosa…

Amanda puso cara de asco.

—Pero estaba bueno…

—No estaba mal, aunque ya sabes que me gusta la carne más hecha —y como a Amanda no le gustó mi broma sobre la hamburguesa, le saqué la lengua y continué con la narración—.

Lo estaba, pero la cantidad de tatuajes que tenía me echó un poco para atrás.

No sé si habría podido encontrar un centímetro de piel que besarle que no tuviera unos ojos tatuados mirándome.

«Sabes que los hombres no suelen tatuarse ahí abajo porque duele un huevo, nunca mejor dicho».

Dejé de intentar imaginarme la escena.

Amanda se revolvió en su asiento, molesta.

—Entonces, ¿por qué accediste a salir con él?

—¿Porque me obligaste? —respondí, echándole en cara que últimamente era su marioneta. Me había transformado en un títere que ella manejaba a voluntad para el uso y disfrute de su mente retorcida.

Esto último, claro está, no se lo dije. Ya me entiendes. Y no haré más declaraciones si no es en presencia de mi abogado. Sí, ese que no puedo pagar, bien visto. Sí, es ironía, también lo entiendes.

—¡Yo no te obligo a nada! Solo te doy sugerencias inteligentes.

Según las estadísticas elaboradas por Amanda, el cien por cien de las malas decisiones eran culpa mía y el cien por cien de las buenas ideas habían sido suyas. Todavía estoy esperando la auditoría independiente.

—Necesitas carnaza para poder echarme la bronca en tu podcast imaginario. Si no te doy contenido, me despides.

—Es un buen motivo, desde luego.

Y se echó a reír.

Mercedes había ido introduciendo cambios en mi perfil entre toma y toma de biberón, acercándose un poco más a mi realidad, siendo compasiva conmigo; pero Amanda, con cada uno de los que hacía, me convertía en una persona que…

podía gustarle a un expresidiario que había estado envuelto en un asunto de drogas.

Y ya me había cansado de experimentar un montón de versiones de mí que podían existir en el multiverso.

Mi perfil ya había sufrido tantas modificaciones que empezaba a sospechar que, si algún día encontraba al amor de mi vida, terminaría llevándose un disgusto cuando me conociera.

—Me rindo —reconocí al final del día, dando el cierre a la pequeña tienda—. Me puede sentar bien la vestimenta de las monjas…

—Hábito.

—¿Qué? —pregunté sin entender.

—Que se llama hábito —me corrigió Amanda, guardando sus llaves en la mochila—, y la ropa no hace al monje. No serías capaz de madrugar o guardar silencio, y el negro te queda fatal, nena.

—El negro es muy elegante —le aseguré yo a mi vez—. En serio, estoy cansada de esto, de veras. No me está sirviendo para nada.

«Y de los refranes. También estás cansada de los malditos refranes, y mira que en este no sale perjudicado ningún pobre animalito».

Negó fuertemente con la cabeza.

—Para distraerte mientras pasa el tiempo, tesoro. Para eso sirven los hombres de relleno. No esperarías encontrar al amor de tu vida en una aplicación de ligues.

En ese momento habría matado a Amanda.

—Pues me dijiste que lo haría —dije entre dientes, sintiendo que me subía la bilis por la garganta.

En realidad, no estoy ya segura de todas las cosas que me había dicho Amanda en relación con aquel dichoso plan de citas, pero no pensaba reconocerle ni muerta que me lo estaba inventando porque creyera que el amor se podía encontrar en internet y me engañaba a mí misma.

A Oliver lo había conocido en un chat a miles de kilómetros de distancia. ¿Por qué no iba a conseguir encontrar a otro hombre que pudiera interesarse en mí, yo en él, y que acabara con eso de «vivieron felices y comieron perdices»?

«Si no te salió bien la primera vez, ¿qué te hace pensar que la segunda puede ir a mejor? Por cierto, para las pobres perdices el final no es nada feliz».

—No, te dije que encontrarías tíos para follar, que es precisamente lo que no estás haciendo. Y el abogado deprimido por su carrera hundida era un buen candidato, sin duda.

Según el último informe de la Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos, existe una diferencia enorme entre «tener muchas oportunidades» y «tener ganas de aprovechar alguna». Yo acababa de convertirme en la prueba viviente.

Las estadísticas no podían mentir. Había conocido a once hombres distintos en menos de dos meses y, aun así, el único idiota del que seguía enamorada era el mismo de siempre.