Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 28
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Chapitre 28

Les nouvelles conditions de l’accord

(Los nuevos términos de acuerdo)

Quedaba claro que las estadísticas no mentían. Y, según el informe anual de la Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos, las frases «¿y si voy?» y «total, ¿qué puede salir mal?» aparecen juntas en el ochenta y siete por ciento de las catástrofes sentimentales.

Yo era carne de estadística.

Amanda aseguraría que ese era exactamente el episodio número uno de su podcast. El segundo empezaría con un «os dije que no fuera» y el tercero lo patrocinaría directamente mi psicólogo. Si llego a tener psicólogo.

No había ningún mensaje de Oliver al llegar a casa y no sabía si eso era bueno o malo. De todos modos, no tenía otro sitio donde pasar la noche, así que necesitaba entrar en casa y tratar de ocupar algún lugar donde dormir que no estuviera ocupando él con el cuerpo de otra mujer.

Se me erizó la piel de la espalda, con un horrible escalofrío.

Si eres empática, a ti te ha recorrido el mismo escalofrío y ahora estás un poco tensa.

¿Cómo habíamos llegado a eso?

Era la peor idea en la que me había dejado enredar, más incluso que la de mudarme a España y casarme.

Dos personas que se habían querido no podían hacer vida por separado en el mismo espacio físico.

Dolía. Dolía… mucho. ¡Muchísimo! Incluso le dolía a Oliver, visto lo visto.

Me alegré un poco de que así fuera, he de reconocer.

No me iba a quedar con todo el pesar para mí solita.

No lo quería y no podía soportar la carga sola.

El problema compartido seguía pesando lo mismo. Pero me hacía sentir menos tonta.

Estoy convencida de que me entiendes.

Tenía que llamar a mis padres, pagar mi parte del divorcio y volver a empezar.

Esto lo he pensado antes, lo sé, pero me empeñé en descartar la idea por principios.

Empezar donde fuera. Reunir el dinero para devolverles todo lo que me habrían dejado, quizá tras vender el piso.

¿Y por qué nadie nos llamaba por el anuncio de la venta de la casa?

¿Tan malas eran las fotos que habíamos usado?

Al final, habría que pagar la comisión que pedían los agentes inmobiliarios para que hicieran un trabajo decente, aunque a ninguno de los dos nos hubiera apetecido mucho porque no andábamos sobrados de pasta.

Los números rojos se hacían con las riendas de tu vida la mayoría de las veces.

Según el Instituto Nacional de Excusas Inmobiliarias, el noventa y cuatro por ciento de los pisos tarda más en venderse cuando sus dueños necesitan desesperadamente el dinero. El seis por ciento restante pertenece a famosos o tiene vistas al mar.

Saqué las llaves del bolso y abrí la puerta mientras un escalofrío volvía a recorrerme la columna.

No quería encontrarme otra vez con el espectáculo de mi ex teniendo sexo con otra mujer.

Eran más de las dos de la mañana. A esa hora, podían estar ya durmiendo, hubieran follado o no, ¿cierto?

Solo había que entrar despacio y sin hacer ruido, cual ninja dispuesto a ejecutar a alguien.

«Igual que tú, que también quieres cargarte ahora mismo a alguien, mon petit meurtrier ».

Y, como en una peli mala en la que se espera que la protagonista rubia y tonta muera la primera a manos del asesino en serie, tropecé nada más poner un pie en el piso, al dejar atrás el felpudo. Caí de bruces y casi me rompí los dientes contra el suelo.

Dicen que quien tropieza dos veces con la misma piedra no aprende. Yo acababa de descubrir que también podía tropezar con el mismo felpudo y seguir igual de idiota. Los españoles tienen refranes para todo menos para eso. Una oportunidad perdida.

Dolió tanto que pensé que perdería el conocimiento y me encontrarían allí, por la mañana, sangrando en la entrada de la casa. Quizá el perro de nuestra vecina empezara a devorarme los dedos de los pies si no despertaba a tiempo.

—Ya os habéis peleado otra vez —diría la señora Ofelia, mientras su perro me rodeaba.

—Eso no era fue pelea —se excusaría Oliver al descubrir al mismo tiempo mi cadáver—. Lo último que tuvimos fue sexo.

—A vuestra edad debería daros vergüenza que una anciana tenga que explicaros la diferencia.

Y punto imaginario para la señora Ofelia.

—¡ Con ! —me dije al momento, volviendo un poco en mí, a la vez que levantaba la cabeza y trataba de recomponer mi dignidad sobre los tacones.

Mientras me ponía en pie y volvía a llamarme imbécil, esta vez en español, se encendió la luz del salón y me supe descubierta in fraganti —. No quería molestar…

Y, por todos los santos, era verdad. No quería que se enterara de que había llegado.

No quería verlo. No quería saber qué estaba haciendo.

No quería verla a ella. No quería sentir nada más esa maldita noche.

Teníamos que romper el acuerdo, pero, si eso…

, ya lo hablaríamos por la mañana. No eran horas para ponerse a discutir.

Porque estaba claro que en cuanto tocáramos el tema, se iba a armar una bien gorda.

Supongo que de aquí viene eso de «empezar con mal pie». Aunque yo empecé directamente con toda la cara contra el suelo.

—¿Estás bien?

¿Oliver siendo amable? ¿Oliver preocupándose por mí? ¿Le habían dado el cambiazo por un actor que se le parecía muchísimo y era una cámara oculta? ¿Había quedado muy satisfecho después del polvo y nada podía molestarlo?

«No como a ti, que te molesta hasta el felpudo de la puerta».

—Sí, vengo cansada, eso es todo —resolví decir, ya que al menos acababa de comprobar que no estaba sangrando, pasándome los dedos por los dientes y tratando de enfocar sobre ellos. Vi doble. ¡Menudo porrazo!

—Y tarde…

Arqueé una ceja.

—No sabía que tuviera hora de llegada, papa —me burlé sin ganas, lo suficientemente avergonzada como para que no me apeteciera mirarlo a la cara mientras dejaba el bolso en la mesa y cerraba la puerta, y no precisamente en ese orden, creo—.

Estuve esperando tu mensaje, pero entendí que podía volver sin ir a molestarte.

Mentira, pero él no tenía por qué saberlo.

—Llevas mal el maquillaje —apuntó, no sé si de forma cruel o de manera meramente informativa. No le pillé el tono.

—Gracias por el comentario. Se lo diré a mi estilista para que lo tenga en cuenta y lo haga mejor la próxima vez.

Estar a la defensiva, incluso después de estamparme los dientes contra el suelo y cuando me dolía toda la boca una barbaridad, se me daba bastante bien.

—No estabas haciendo tiempo…

Si Amanda grabara un podcast, este sería el momento en el que sonaría una musiquita dramática y ella diría: «Bienvenidos al episodio siete: “Cuando la protagonista sigue tomando decisiones con el mismo criterio que una cabra montesa».

—¿Podemos dejar esto para otro momento? —lo interrumpí, sabiendo hacia dónde iba a ir la conversación—. Me duele bastante la boca y quiero dormir.

Oliver se apoyó en la pared y cruzó los brazos sobre el pecho.

Llevaba puestos unos calzoncillos a medio muslo que le quedaban demasiado apretados para mi gusto, o que me gustaban demasiado cómo le quedaban y por eso me molestaba, y una camiseta de esas de interior en color blanco que no recordaba haberle visto.

Ya solo faltaba que se estuviera comprando ropa porque le sobrara dinero y yo no conseguía ahorrar ni un puñetero euro para aportar a nuestro pospuesto divorcio.

—¿Por qué cuando no tienes sexo, finges tenerlo, y cuando lo tienes… lo niegas?

Me atraganté con mi propia saliva. ¿Podía considerarse acoso?

Según la Comisión Internacional para Preguntas que Sobran, esa acababa de entrar en el top diez histórico. Compartía podio con «¿estás enfadada?» y «¿en qué estás pensando?»

—Yo no niego nada. Solo… solo… —no me salía el discurso porque, no mintamos, no lo tenía preparado—, solo que no quiero ir pregonando por ahí que le estoy siendo infiel a mi marido.

«A ti misma. Esto no es lo tuyo, mon petit menteur ».

Me quité los zapatos y casi dejé un agujero con uno de los tacones en la pared al arrojarlos lejos.

Me derrumbé en el sofá y me tapé con una manta, esperando que Oliver entendiera la indirecta, apagara la luz y se fuera a dormir, solo o acompañado.

Ridículo, lo sé, pero era lo que había. Ir a dormir con la misma ropa, manchando el cojín con el maquillaje que me quedaba, era demasiado patético incluso para mí.

—¿Por qué no te vienes a la cama?

Volví a atragantarme,

—Porque la última vez…

—Fue eso, la última vez.

Una increíble sentencia lapidaria. Me dolió como si me hubiera golpeado el estómago con su mejor golpe. Puede que doliera más incluso que el porrazo de los dientes.

—Sí, y esta conversación ya la hemos tenido y no me apetece otro sermón. Para evitar que se repita…

—No se va a repetir —aseguró, sereno. Demasiado convencido. ¡Me molestó tanto que lo tuviera tan claro…! Yo no podía ni pensar en lo que iba a pasar al día siguiente, como para saber lo que no iba a pasar nunca, jamás de los jamases, otra vez en mi vida—. Venga, vamos a la cama.

Volviendo a este refrán, los españoles dicen que «el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra». Yo estaba empezando a sospechar que, si la piedra medía uno ochenta y seis, tenía abdominales y ojos preciosos, el número de tropiezos era prácticamente infinito.

Quería demostrarle que podía vivir sin él. El problema era que, casi desnudo delante de mí, la teoría perdía bastante credibilidad.

Y sabía que Amanda podría hacer toda una serie completa de su podcast alrededor de esa afirmación.

—¿No estás acompañado?

Sé que se me notó el miedo. Me habría gustado sonar indiferente, pero me había rendido a la evidencia. Hay veces que tenemos que poner nombre a las cosas, y esta era una de esas veces. Tenía miedo de su maldita respuesta.

—Donde caben dos… —bromeó.

Si hubiera tenido los zapatos cerca… el agujero se lo habría hecho en medio de la frente.

—No tiene ni pizca de gracia, mon mari —le aseguré, volviendo a meter la cabeza bajo la manta—. Creo que ya he llegado al límite de mi paciencia con toda esta historia.

Oliver tiró de la manta y yo me cagué en todos sus muertos en todos los idiomas que conocía. Me ignoró, obviamente.

—Colette, ni soy un ogro ni tenemos que llevar esto tan mal. Y no hay necesidad de dormir en el sofá si tu lado de la cama está libre.

Odiaba tener que explicarle que me mataba la idea de solo ir a poder dormir en mi cama si él no había llevado allí a nadie para sustituirme, así que únicamente lo fulminé con la mirada.

Él pareció entender lo que me pasaba por la cabeza y, al menos, fingió sentirse avergonzado por lo que me hacía vivir con nuestro acuerdo.

—No sé si voy a ser capaz de soportar esta situación —le reconocí, abriendo la caja cuyo contenido no tenía ganas de revolver aquella noche.

Precisamente, en la que había mandado a la mierda nuestro matrimonio acostándome con otro.

Sí, lo sé. Que fui yo la que saqué el tema y podía haberme estado calladita.

No hace falta que me lo eches en cara, soy consciente—.

No sé cómo llevarlo bien, pasar página… si vuelvo a casa y estás aquí, como siempre.

Oliver abrió la boca para decir algo, serio.

Pero la cerró sin llegar a pronunciar ni una sola palabra.

Se sentó a mi lado en el sofá, se inclinó apoyando los brazos en los muslos y mantuvo silencio.

Tenso, rígido. Otras noches había llevado puesto un pijama de los que le había comprado de coña en algún supermercado, con una frase graciosa tipo «Soy el amo de casa perfecto así, en calzoncillos». Ya no me hacían mucha gracia.

Ojalá lo llevara esa noche, porque mostraba mucha menos carne cuando iba en pijama y no en ropa interior y camiseta minúscula y pegada.

—No volvamos a traer a nadie aquí, ¿de acuerdo? Esto no es fácil para ninguno de los dos, pero no tiene que ser una tortura para ti.

¿Y ese cambio de actitud? ¿Había encontrado una amante con casa propia y por eso se hacía el galante? No quería volver a fiarme de él. No podía creerme que se guiaba por buenas, nobles y correctas intenciones. No debía partirme nuevamente entre sus dedos, como una ramita seca.

Y, sin embargo, se lo agradecí.

Y le creí.

Y… sí, eso que estás pensando.

«¡Mierda, Colette!»

—Tampoco pasa nada por estar un par de meses sin buscar nada…

—Yo no he dicho eso.

«Ya lo sabías. El celibato no es lo suyo. Y si estás esperando a que, por falta de sexo, lo quiera contigo… vas lista».

—Ya.

—Pero cualquier acuerdo puede ser revisable, aunque mejor por la mañana sin todo ese maquillaje corrido —volvió a comentar, como si no hubiera dejado ya claro que sabía perfectamente a qué se debía el mal estado de mi cara—. ¿Nos vamos a la cama?

—¿De forma civilizada?

Extendió la mano como para darme un apretón y cerrar un acuerdo. Habría sido sumamente fácil sujetarla, levantarme, ponerme de puntillas y plantarle un beso en los labios… Habría sido tan fácil seducirlo. Y, a la vez, tan complicado…

Y, como si me estuviera leyendo el pensamiento, susurró:

—Como si no supiera a qué saben tus labios.

Lo dijo de una forma tan sensual, tan real, tan sumamente suya… que lo odié como hacía tiempo que no lo odiaba. Desde aquella mañana, imagino. Porque no me gustaba perder las buenas costumbres, y odiarlo a muerte era una de ellas.

Recordé el momento exacto en el cual averiguó el sabor de mis labios, y volví a sentir una horrible punzada en el estómago. Pero me dolían más los dientes y, sobre todo, el amor propio.

—Creo que es mejor que me quede en el sofá.

No le estreché la mano. No me levanté. No me puse de puntillas. No le planté un beso en la boca.

Y, aún así, él, que siempre había sabido cómo manejarme, me llevó una mano a la espalda y me empujó para que me levantara.

—Estaba de broma, mon amour —se disculpó—. ¿Vas a decirme ya qué tan mal ha ido esa cita que has tenido? Porque tienes pinta de…

—Ni se te ocurra preguntar si quieres conservar los testículos, trésor — lo amenacé sin contemplaciones.

Me sostuvo la mirada durante un segundo. Después bajó los ojos.

Las estadísticas demostraban que los hombres eran mucho más valientes cuando el peligro era emocional que cuando implicaba a sus genitales.

Y, por primera vez en todo el día, tomó la decisión correcta.