Chapitre 27
Exclusivité sensorielle.
(Exclusividad sensorial)
No estuvo mal.
Tampoco era que se pudiera clasificar como «estar bien».
Fue… normal, sin más.
Pero, por la cara que tenía Alfredo mientras terminaba de jadear a mi lado, en su cama… para él había estado bastante mejor que para mí.
—¡Guau con la francesita!
Se limpió la mano con un pañuelo de papel y buscó mi mentón para plantar un beso posesivo en mis labios. Quizá, en otra vida, en otro contexto, aquello podría decirse que había estado bien, pero me había corrido con mi exmarido hacía nada y… Oliver me conocía de veras.
Y un polvo de una noche nunca podía hacerte sentir todo lo que te hacía sentir un hombre que sabía cómo tocarte, lamerte, penetrarte…
«¡Basta!»
O, tal vez, sí, y yo estaba siendo demasiado escéptica.
Pero en el podio que tenía montado en mi cabeza, el bronce era para el “no polvo” con Beni, porque no le podía dar menos.
O quizá valdría una chapa de botella de refresco con un trozo de la lana con la que tejía Mercedes a modo de medalla para él.
La plata se la llevaba Alfredo. Y, desgraciadamente, el oro era para…
Lo preocupante era que el jurado estaba compuesto por una única persona, yo, y seguía votando siempre al mismo candidato. Muy democrático todo.
«¿Qué te acabo de decir?»
Si hubiera existido el VAR sentimental, habría pedido repetir la votación por conflicto de intereses.
—¡Guay con el… escritor! —le devolví el cumplido, sabiendo que le gustaría mucho más que usara eso a que dijera «español» o «profesor» o… simplemente «macho». Busqué un pañuelo de papel para mí—. ¿Puedo usar tu baño?
El pequeño piso de Alfredo, lleno de libros amontonados por todas partes, sobre sillas, sobre mesas, sobre estanterías, sobre la encimera de la cocina, sobre el suelo directamente…
estaba a un par de calles del bar donde habíamos quedado.
Así que lo había elegido teniendo presente que muy probablemente yo acabaría en aquella cama, con menos ropa de la que llevaba al principio de la noche… tratando de tener un orgasmo.
¿Lo había tenido?
Sí, uno… pequeñito. Uno… que seguramente no fuera a recordar bien al día siguiente. Uno de esos que no dejan huella, no perduran en el tiempo y… tampoco han servido de mucho.
Pero no había estado mal. ¿No?
Era un comienzo. Y Alfredo había sido una compañía muy interesante durante lo que fue el… ¿cortejo?
—¿Te quieres dar una ducha ya? —preguntó, poniéndose de lado y aguantando la cabeza con la palma de la mano y el codo apoyado en la almohada—. ¿Tanto asco te da el olor que he dejado en tu piel?
Sabía que estaba de broma. O quise afirmarme a mí misma que tenía que ser una broma, por lo que le sonreí sin más.
Me dije que tenía que ser algún tipo de humor español que no me hacía ninguna gracia.
No quedaba bonito decirle que solo quería usar su inodoro, pero ganas me entraron de soltarle que me vendría bien esa ducha por si se me había pegado algo de su demagógica tontería.
No tenía ganas de discutir con un tipo al que apenas conocía, que me importaba bien poco y al que muy probablemente no volvería a ver en mi vida, si tenía cuidado con lo que hacía con Tinder.
Así que preferí mantener la boca cerrada, levantarme de la cama con mucha dignidad, cubrir mi desnudez con más dignidad todavía y una sábana que le arranqué a la cama, y dirigirme al cuarto de baño donde ya me pensaría si le vaciaba todo el gel y el champú en la ducha, mientras orinaba tranquilamente en un inodoro ajeno.
Según la Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos, el ochenta y un por ciento de las personas toman las peores decisiones de su vida entre un orgasmo mediocre y una visita al baño. El otro diecinueve por ciento las toma montando muebles de Ikea.
Cuando cerré la puerta del baño escuché que se ponía con el móvil.
De pronto, vídeos escandalosos de TikTok invadían el dormitorio y me sentí muy molesta.
¿De verdad no podía estar cinco minutos quieto, sintiendo, pensando, asimilando?
¿Y por qué me molestaba tanto lo que hiciera Alfredo cuando yo me había escondido, literalmente, en su cuarto de baño, para poner en orden mis ideas?
Me entraron verdaderas ganas de sabotearle su próxima ducha, pero me contuve.
Me di cuenta de que estaba disgustada más conmigo misma que con él, pero que prefería descargarla con Alfredo a reconocerme que había esperado mucho más de aquella noche… y no me lo había dado.
Ya sabes, siempre es mejor echarle la culpa a otro. No me digas que no lo has hecho nunca, porque no te creo.
No pasaba nada. Oliver no se iba a borrar de mi vida por un mejor o peor polvo. Oliver se desdibujaría con el tiempo y la distancia y no hacía falta hacer un drama por ello. Aquello era un comienzo, debía de tenerlo muy claro.
«Poco a poco, paso a paso, tío a tío».
O como diría un español: «un clavo saca otro clavo». Otro refrán que tampoco me convencía demasiado. Porque, por esa regla de tres, acababas pareciendo una tabla de bricolaje.
Tiré de la cisterna del inodoro y contuve mis ganas de hacer un gasto innecesario de papel higiénico o pasta de dientes.
Salí, ya con mi vestido abrochado cubriendo casi todo el cuerpo que prefería que no pudiera estar nuevamente al alcance de sus ojos.
Me miró con poco interés y siguió mirando el móvil, donde alguien hacía un chiste con la voz de alguna película antigua.
«Mientras no sea de Lina Morgan…»
Me tumbé en la cama, pensando que quizá estaba siendo demasiado exigente para una primera cita, o polvo, o lo que fuera, y que la falta de práctica podía estar influyendo en lo que se suponía que tenía que pasar en ese momento.
—Y ahora… ¿qué se hace normalmente? —pregunté, realmente desconcertada—. ¿Me voy a casa o me quedo a dormir?
No había manual. Tendrían que vender uno junto al preservativo. «Enhorabuena. Si el encuentro ha resultado emocionalmente confuso, consulte el capítulo siete».
Lo pregunté francamente en serio, tratando de no usar ninguna palabra en francés.
Pensé que, quizá, Nikki necesitaría compañía y yo estaba allí, pasándolo mal, sin saber si Oliver volvería a casa a dormir y no le hacía falta la cama.
Pensé en mirar el móvil para ver si me había dejado algún aviso para que no regresara esa noche, pero no quería meterlo más en mi vida en ese momento.
Pero la excusa de salir a pasear a Nikki era muy buena.
Pon un perro en tu vida y olvídate de tener que quedar mal por no querer pasar la noche fuera de casa.
—Pues… depende. ¿Qué es lo que te apetece hacer?
Me vi soltando la petición antes que pensando en sus consecuencias.
—Que me abraces…
¿Por qué demonios acababa de pedir un abrazo?
Según el Archivo Histórico de Meteduras de Pata de Colette…
y rellena los puntos suspensivos con lo que se te ocurra.
No hay metedura de pata mayor que lo que acababa de cometer, y no había manera de arreglarlo.
Las estadísticas se salían por los márgenes del folio y se desparramaban hasta el suelo.
O quizá pedir un abrazo justo después de un polvo ocasional ocuparía el tercer puesto de un posible ranking en un universo paralelo, superado si llego a llamarlo por el nombre de mi ex... y preguntado después «¿qué somos?».
Menos mal que en ese universo todavía no había hecho ninguna de esas dos cosas.
Alfredo me miró por encima del móvil, quizá pensando en que se había llevado a su casa a una chica que acababa de escaparse de un…
¿sanatorio? No, mejor, un psiquiátrico. Pero, tras la sorpresa inicial, se acercó a mí y me pasó un brazo por debajo del cuello para atraerme a su cuerpo.
Me dejó que me acomodara un poco contra su pecho, usándolo de almohada.
Cerró la palma de su mano sobre mi hombro y lo frotó un par de veces, pretendiendo mostrar un gesto de cariño. Flojo, pero allí estaba el gesto.
Y, para mi sorpresa, siguió viendo vídeos de TikTok con la otra mano.
Yo esperando un momento íntimo y él descubriendo que una cabra podía tocar la flauta. La tecnología hace mucho daño.
Lo miré como si pretendiera asesinarlo. Quizá de verdad se lo merecía e iba a necesitar los servicios de Amanda para borrar mis huellas una vez más.
En mi mente se amontonaban los cadáveres, no me preguntes el motivo.
O sí. Ya sabes que Amanda me tiene en nómina para rellenar sus broncas convertidas en podcast, y aquello daba para muchos capítulos.
Según Amanda, mi vida ya iba por la tercera temporada. Yo seguía convencida de que el capítulo piloto había estado bastante mejor.
—¿Qué? —preguntó, sin entender mi cara de consternación.
—¿Por qué sigues con el maldito móvil? —le solté de muy malas formas, lo reconozco. Para no importarme nada ese hombre, estaba actuando como si fuera su madre.
—¿Necesitas exclusividad sensorial o algo parecido? —se burló, mientras yo trataba de entender el término que había usado—. Me has pedido que te abrace, no que hablemos o que te eche otro polvo.
—Creo que un abrazo implica… algo.
Frase peligrosa. Tú lo sabes, yo lo sé. ¿Lo dejamos estar?
«No vayas por ahí; con este tipo, un abrazo no debe significar absolutamente nada».
—¿Qué tienes? ¿Frío, inseguridad, miedo?
¡Maldito cretino!
—¡Esto es el colmo, monsieur ! ¿De verdad te parece razonable que no me prestes atención mientras te pido un abrazo?
—Para no importarme ese hombre nada de nada, me lo estaba tomando bastante a pecho.
Tomar a pecho, otra expresión que no entendía del extenso catálogo español.
Yo, del pecho de Alfredo, en ese momento tomaba los pulmones y los tiraba por la ventana, para que no pudiera coger aire para seguir soltando excusas—.
¿Tan importante es eso que estás viendo en el teléfono?
—¿Tan importante es este abrazo que necesitas?
¿Lo era?
¡Oh, merde ! ¡Lo era!
Enfurecida, me deshice del abrazo y salté de la cama, buscando el resto de mi ropa esparcida por todas partes en el mismo gesto.
¿Cómo me había desnudado hacía apenas media hora?
Con prisas, con ganas, sin cuidado... Exactamente igual que recogía todo en ese momento. Con prisas y con ganas… de desaparecer.
Del cuidado, mejor no hablamos. Estaba teniendo el mismo cuidado que un elefante en una cacharrería.
«Otra preciosa expresión que has aprendido en España. En París dudo que hubiera alguna cacharrería».
O quizá sí, pero nadie habría dejado entrar un elefante. Los franceses somos muy de poner normas para todo.
—No he dicho nada, me voy a casa.
—Eres un poco rarita, supuesta Inés.
No pareció importarle lo más mínimo que me hubiera molestado su comportamiento. Tendría que acostumbrarme a que en eso de las relaciones de usar y tirar no iba a ser importante para nadie, sino que te convertías en… en algo para pasar el rato sin más.
—Y tú un poco —o muy, mucho, demasiado…— capullo, real Alfredo. —Tenía que decirse y se dijo—. No pasa nada, me voy a casa.
—¿Solo por un par de vídeos de coña para desconectar un rato el cerebro? No sabes lo que carga tener un montón de adolescentes híper hormonados a tu cargo durante todo el día.
—Creí que el sexo servía para eso —repliqué, mientras seguía vistiéndome con poca gracia.
Para eso habíamos quedado, ¿no? Para ser el desahogo el uno del otro.
Para hacer nuestra vida más llevadera mientras la poníamos en orden.
¿O era solo lo que hacía yo y el resto estaba genial y lo del sexo de una noche estaba entre sus prioridades diarias como mero complemento?
«Sexo con una desconocida y cuatro comidas al día. Duerma ocho horas y nos vemos al día siguiente en un nuevo y precioso amanecer».
—Ya, pero después hay que desconectar también del dolor de cabeza que produce la persona con la que tienes sexo.
¿De verdad había dicho eso? Sí, lo había dicho.
Nada de imaginarse que el tipo podía tener un buen trasfondo, muy escondido.
¿Se podía matar a tu amante en la primera cita o había que esperar a una segunda?
Seguro que Amanda estaría muy de acuerdo con mi postura.
La primera cita era la adecuada para deshacerse de un malnacido.
Esperar hacía daño al resto de la humanidad, y allí habíamos ido a salvar a la especie humana.
—No puedo creerlo…
Alfredo se sentó en la cama, desnudo como estaba, y dejó el móvil al lado. Sin ropa perdía un poco, pero para mí había dejado atrás todo el encanto que tuvo con una chaqueta, una sonrisa y una copa de vino en la mano.
—No es por ti —empezó diciendo—. Es que… es que la intimidad con alguien y que todo vaya fluido tras el polvo me da una sensación de…
Tuve que interrumpirlo. No me apetecía escuchar sus excusas.
—¿De tranquilidad? ¿De estar donde tienes que estar? —Pues iba a tener el mismo grado de madurez que sus alumnos de instituto—. ¿O es que tú sí que tienes miedo y necesitas más el abrazo que yo?
—¿A ti esto no te resulta raro? —¡Claro que era raro! Por eso había pedido el abrazo. Y por eso me marchaba—. Venga, Inés. Ya dejo los vídeos.
¡Cómo si ese fuera el problema! Los hombres lo arreglaban todo tratándote como si exageraras como una loca. Dándote la razón porque sí, y luego comentando con sus amigos el polvazo que había echado con la loca de turno porque se había molestado con un vídeo de una cabra.
—No, por mí te puedes consumir todos los malditos datos…
—Estoy con la Wifi.
—Pues ojalá se te incendie el trasto ese que te emite la señal —rúter, me acordé tarde del nombre, y quedaba estúpido soltarlo después.
Recordar palabras que usaba poco siempre me llegaba tres segundos después de necesitarlas.
Era otra de mis grandes habilidades—. No sé con cuántas mujeres habrás hecho esto, pero estoy segura de que ni una lectora fan de tu obra te aguantaría semejante tontería por muy buen polvo que le hubieras echado.
Y, por cierto… no ha sido para tanto. No te pediría ningún autógrafo en ningún libro tras haberme acostado contigo.
Tampoco le pensaba comprar ningún libro.
Es más. A lo tonto, quizá iba a una librería y comenzaba a arrancarle unas cuantas páginas a los que encontrara con su nombre. Y a colocarlos boca abajo en las estanterías. No serviría absolutamente para nada, pero tampoco había servido de mucho acostarme con él, y mira dónde estábamos.
Según el Instituto Nacional de Venganzas Ridículas, el noventa y cuatro por ciento de las represalias contra un amante, malo o no, no producen ningún efecto sobre el amante.
Solo alivian durante unos quince segundos a quien las ejecuta.
Y, francamente, yo en ese momento habría firmado esos quince segundos sin leer la letra pequeña.