Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 26
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Chapitre 26

Potion de sorcière.

(Poción de bruja)

Si mi vida fuera realmente un podcast, llevaba demasiados capítulos dedicados a Oliver. Hacía falta cambiar de invitado.

Y eso era precisamente lo que estaba a punto de pasar.

Lo de sentarme a esperar a ver si reconocía al tipo, al que vamos a ponerle nombre, que se llamaba Alfredo, me puso muy nerviosa. Después de todo, él no sabía cómo era yo, por lo que caía sobre mí la responsabilidad de vigilar y saludar si lo veía llegar.

Porque, al final, había entrado en el local antes de la hora prevista.

Nunca he sido puntual y no creo que vaya a empezar a serlo. Si eres de las puntuales que siempre tiene que esperar a una amiga como yo, ya sabes que te toca llevarte un libro y una buena dosis de paciencia.

Según la Comisión Internacional para las Primeras Citas Incómodas, llegar diez minutos antes multiplica por cuatro las posibilidades de pasarte ese tiempo mirando la puerta como si estuvieras esperando un trasplante de corazón.

Llegar cinco minutos tarde reduce el estrés...

pero aumenta un trescientos por ciento la probabilidad de que la otra persona piense que la has dejado plantada.

Yo, como siempre, elegía la opción estadísticamente más estúpida: llegar antes y ponerme nerviosa.

Pero, más allá de la estadística, el haber llegado temprano me daba cierta ventaja, ya que si entraba por la puerta un tipo que se le pareciera, pero fuera vestido de rapero con la visera de la gorra hacia un lado y un millón de cadenas doradas, que no de oro, al cuello…

siempre podía abandonar el barco y salir hacia el baño.

Y, de ahí, jugar a lo de los escape rooms .

Le mandé un mensaje por la aplicación para que supiera que ya estaba por allí, en una mesa. Que era la que tenía un cóctel chulo echándose a perder porque no me lo estaba tomando en tiempo y forma, pero me parecía mal empezar a beber sola.

«Pues no haber pedido nada. Y, por cierto, a la porra el escape fácil con coartada».

Estaba feo quedarse ocupando una mesa y no consumir, aunque podía haber elegido una cerveza mientras esperaba. Pero eso no quedaba tan bien como mi… ¿cómo demonio se llamaba eso verde que tenía en una copa de cóctel? Se la vi a otra clienta y la había señalado, pidiendo que me prepararan lo mismo.

Sí, poco original y nada coherente. Podía llevar tequila o lejía, pero a mí me había cautivado el aspecto vistoso de la copa.

En Francia nos enseñan que no hay que juzgar un vino por la etiqueta. En España, por lo visto, yo estaba aprendiendo a no juzgar un cóctel por su color. Si aquello empezaba a echar humo, ya decidiría si bebérmelo o llamar a los bomberos.

Mientras esperaba, entré en Tinder y me puse a mirar perfiles de forma distraída.

Lo reconocí al instante. Y mira que había dicho que deseaba que alguien lo hubiera bloqueado por mí, porque estaba claro que yo no tenía los arrestos para hacerlo.

Maverick. Descripción: «Las mejores historias empiezan cuando ninguno de los dos tenía pensado salir de casa».

¿Ya había dejado de apodarse Atlas? Las fotos eran diferentes, pero en todas aparecía especialmente guapo. Odiaba reconocer que el tipo más interesante de la aplicación era mi maldito marido.

—Por favor, Tinder, deja de intentar que haga match con mi ex, porque esto ya queda muy poco profesional por tu parte.

«Céntrate en tu cita. Oliver no se merece que pienses más en él».

Lo reconocí nada más entrar por la puerta, dos minutos antes de la hora señalada.

Hizo un barrido visual, de izquierda a derecha del local, parando varias veces sobre un par de chicas que también estaban solas.

Pero me reconoció. Sola, pequeñita, pelo corto, cóctel llamativo… No había duda, tenía que ser yo.

Y él… pues se parecía mucho al de la foto, no iba a mentir.

No parecía haber pasado las fotos por Photoshop, aunque seguro que sí había subido una en la que saliera perfecto y de su lado bueno.

¿Era tan guapo como lo había imaginado? No.

Pero… estaba bien. Para ser una persona con la que había acabado coincidiendo por casualidad en el último momento…

ni tan mal plan. Había sido puntual y no iba vestido como un fantoche.

—¿Inés?

«Empezaste mal con las mentiras…»

—Dime que tú no te llamas Alfredo y yo te diré que no me llamo Inés —le saludé con dos besos cuando estuvo a mi lado.

—Lo siento, soy muy poco original —aseguró, encogiéndose de hombros—.

No me invento nombres. Es un lío después para recordarlo todo, al igual que lo de ser espía ruso —soltó de pronto, cambiando el acento, fingiendo que había vivido parte de su vida en San Petersburgo— y un elegante caballero condecorado por la mismísima Reina Isabel II, antes de que empezara a preferir quedarse encerrada en el palacio con sus perros.

—En esta ocasión, el acento inglés le salió mucho más natural. Sonreí—. Pero si prefieres Inés…

Alfredo se sentó a mi lado en la mesa. Estaba acostumbrada a cómo lo hacía Oliver, que se ponía frente a mí, para mirarnos y…

«Y deja ya de marearte con esto».

—Eh… ¿te importa que de momento no te diga mi nombre?

Sí, sonaba tan raro como parecía, lo sé. A agente secreto que si desvelaba su identidad tendría que matarlo, sonaba a eso. A persona desconfiada a la que perseguía Hacienda. O a imbécil integral, también.

—¿Eres miembro de alguna casa real europea y estás aquí de incógnito?

—bromeó, inventándose otra excusa diferente a la mía, imagino que restándole importancia al hecho de que quisiera guardar un poco el anonimato—.

¿O eres de las que disfrutan del suspense?

Ahora me dices que te llamas Carlos y que todavía estás con tratamiento hormonal para el cambio de voz y vas a hablar más bien poco por eso.

Si hubiera sido princesa de Mónaco, probablemente tampoco habría reconocido mi nombre verdadero. Habría dicho «Inés» igualmente. Las princesas también tienen derecho a esconderse de sus exmaridos.

—Muy gracioso…

Con la voz tan bonita que tenía y el acento parisino tan cuidado… No estaba especialmente orgullosa ni de mis tetas ni de mis orejas, y no por ese orden precisamente, pero… ¿de mi voz?

—Ahora en serio. Me da igual cómo quieras llamarte, aunque me intriga más el motivo. Lo que sí te pido es que, si después decides que quieres que te llame por tu nombre real, no te enfades si en un despiste te susurro al oído Inés…

Lo dijo de una forma tan sensual que no dejó lugar a dudas de a qué momento se estaba refiriendo.

Se me ruborizó todo lo que en mí podía ser ruborizable , si es que la palabra existía, y miré la copa pensando si sería de mala educación beber de ella para tener las manos ocupadas y no retorciéndolas, como había comenzado a hacer de forma compulsiva mientras él no hubiera pedido nada.

Nivel de color de las mejillas, rojo tomate. Si no te has visto nunca ese rubor en las mejillas prueba con maquillaje para disfraces de payaso. Se parece mucho.

—Prometo no enfadarme si me llamas Inés. Y tú promete no enfadarte si a mí se me olvida tu nombre si me tomo dos copas de… esto —comenté, señalando mi brebaje de bruja verde.

—¿Tan fuerte es? —preguntó, mientras cruzaba una larga pierna sobre la otra. Llevaba mocasines. Interesante.

—Te lo diré cuando lo pruebe. Lo pedí en un impulso.

Se llevó la mano a la boca y se tocó el labio inferior con un par de dedos, en un gesto que entendí que pretendía ser… ¿erótico? No sé si lo consiguió. Estaba demasiado nerviosa.

—¿Qué lleva?

—También te lo diré cuando lo pruebe —reconocí con cierta vergüenza—. No soy adivina, aunque sí bruja.

Alfredo rompió a reír y fue una risa de lo más sincera. Me gustó. Me gustó… mucho.

—¡Caramba con la amante de los cócteles! —consiguió decir al final de la risa—. ¿Los eliges por su aspecto o con el conocido método de «Pinto, pinto, gorgorito...»?

No entendí el comentario y creo que se me tuvo que notar, porque empezó a cantar una especie de melodía infantil mientras iba señalando los objetos que había sobre la mesa. El cenicero, una vela, un pequeño jarrón con flores secas y de tela intercaladas, mi copa… ¿Un juego, entonces?

Otro misterio nacional. Primero los refranes. Luego los juegos infantiles. Yo seguía convencida de que al cruzar la frontera tendrían que darte un manual de supervivencia. Capítulo uno: «Cómo entender lo que quiere decir un español sin llamar a un traductor».

—Pensé que el verde llamaría tu atención —dije sin más, y en verdad era cierto. Me había parecido un color vistoso.

—No te hace falta una copa para que me fije en ti —me aseguró, y fue encantadoramente… ¿sincero? No me pareció forzado ni por asomo. Volví a pensar que me gustaba. Mucho—. Y el color de tus ojos es sensiblemente más bonito, si se me permite decirlo.

¿Se le permitía? Seguramente, la respuesta era sí. Pero… me ruboricé y ya. Otra vez.

Según el Instituto Nacional de Mariposas en el Estómago, otro organismo con tan poca financiación como prestigio, basta un cumplido bien dicho para que el cerebro empiece a tomar decisiones completamente irresponsables. El mío debía de llevar varios minutos rellenando la solicitud.

—¿Qué te apetece tomar? —pregunté, desviando el tema. Necesitaba llevarme la bebida a los labios y hasta que él no tuviera la suya no podía hacerlo. La escarcha del borde de la copa empezaba a desprenderse y resbalaba hasta el posavasos.

—¿No te gustan los cumplidos?

Alfredo descruzó la pierna y se inclinó hacia adelante, buscando proximidad. Se notaba que esto de conocer a chicas a través de la aplicación no era la primera vez que lo hacía. Seguía un patrón. Buscaba datos. Intentaba… ¿qué, exactamente?

—Todavía estoy tratando de acostumbrarme a la forma de adular de los españoles.

—¡Cómo no! ¿El acento es fingido para complementar la coartada del nombre o es original?

—No lo hago tan bien como tú con el ruso o el inglés, pero… ¿de verdad piensas que se puede fingir un acento como el mío?

Sonreí. Alfredo era divertido.

—Los he escuchado mejores en las películas que ponen en Netflix.

Esta vez, la que se rio de forma sincera fui yo.

«Punto para Alfredo».

Y tenía que aparecer Netflix en la conversación. Recuperando de mis archivos todos los datos que me había dado Amanda para afrontar los siguientes minutos. Archivos recuperados. Todos. Sin ningún mensaje de error en una ventanita emergente. Bien.

Mientras cambiaba de postura en el sillón, tapizado en imitación de terciopelo barato, con el cual mi madre se habría llevado las manos a la cabeza al pasar las manos por la tela falsa, él echó un vistazo a la carta y pidió…

¡un vino! Uno normalito, ni muy ostentoso ni muy básico.

Correcto, vamos. Y no, no pienso mencionar marca, porque no era de la bodega de mi familia y no voy a cobrar la publicidad.

Recordemos que se me ha escapado la oportunidad de monetizar mi historia en los podcasts de Amanda y estoy buscando patrocinadores, como Oliver con su ropa ridículamente ajustada.

Le sirvieron el vino de forma, también, aceptable, mientras seguimos lanzándonos pullas sutiles sin faltarnos al respeto, pero bromeando con lo de las identidades falsas y su posible utilidad para escribir un libro.

O para asesinar a alguien y mantener una coartada de lo más creíble.

No podía dejar de pensar que una cita así podía terminar en tragedia.

—¿De verdad eres escritor?

—¿De verdad te gustan los cócteles?

Yo no había probado el mío. Me parecía descortés beber mientras él no tenía copa y, después…

¡es que era divertido charlar con él! Me había olvidado de la bebida.

Cogí la copa y la levanté para ofrecer una especie de brindis silencioso.

Mojé mis labios y descubrí que no estaba mal equilibrado el mejunje de bruja que me habían servido.

—Me gustan algunos —le reconocí, dándole a entender que aquél era uno de esos que no me desagradaban.

—Sí, soy escritor, pero no me gano la vida con ello. Si lo hiciera, creo que no estaría ligando a través de Tinder, sino entre las colas de chicas que estarían buscando mi firma en las librerías.

Le gustaba la atención. Ser el centro de algo grande. No me hizo mucha gracia, recordando a Oliver delante de un montón de mujeres que asistían a sus clases para ver cómo se le marcaban los abdominales debajo de sus ridículas camisetas.

—Pretencioso.

Volvió a llevarse los dedos a los labios y se mordió uno de ellos. Luego, dio un largo sorbo a su copa de vino.

—La mayoría de los escritores ligan mucho entre sus lectoras.

Era una afirmación muy peligrosa. Si era cierta, tenía delante a un ligón profesional. Y si era mentira... tenía delante a un escritor. Ninguna de las dos opciones me tranquilizaba demasiado.

Era mundialmente conocido el ego del escritor en cualquier país. Se escribían más libros para conseguir reconocimiento que para querer contar algo realmente interesante. Mis padres tenían un par de amigos escritores, y ninguno me caía especialmente bien. Creo que se nota.

—¿Y no puedes tener lectores masculinos?

—Sí, pero yo no ligaría con ellos, aunque ellos intentaran ligar conmigo.

—Razonable.

Reconozcamos que ya llevaba una buena cantidad de puntos. Le restaba solo cuando le podía el ego de escritor, pero no se lo iba a tener muy en cuenta.

Alfredo me evaluó de pronto como quien tiene que decidir si se queda con el alquiler de un piso que le ha enseñado a la carrera un agente inmobiliario, sabiendo que hay otras tres personas interesadas esperando a que dejes el camino libre, con el dinero de la fianza en la cartera y muchas ganas de entrar a vivir.

—No me vas a decir tu nombre, ¿verdad?

—Aún no lo he decidido.

Aunque sabía que era una tontería, ya que darle a alguien mi verdadero nombre no me comprometía a nada, parecía que me exponía demasiado.

No me gustaba la idea de que Alfredo pudiera guardar mi número de teléfono, si llegaba a dárselo, y me considerara otro de sus múltiples ligues que buscaban la firma del autor en uno de sus libros…

con mi número de teléfono asociado a mi verdadero nombre.

Así comenzaban las llamadas de spam .

Y, aun así, ¿qué más daba?

«No has venido aquí a conservar la dignidad, sino a que te arranquen las bragas».

Tampoco sabía si esa afirmación era del todo cierta.

Bebí de mi pócima de bruja, paladeando mi nombre en la punta de la lengua, pero sin llegar a pronunciarlo.

—Bueno, pues Inés es un buen nombre para pronunciar en la cama —aseguró, dando cuenta de lo que quedaba de vino—. ¿Vamos, señorita Inés?

La Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos recomienda pensar dos veces antes de irte con un desconocido cuyo nombre conoces... cuando él ni siquiera conoce el tuyo. Yo decidí no colaborar con la ciencia.

Tragué saliva. Me subieron todos los colores al rostro.

Y me bebí de un trago la poción de bruja.