Chapitre 25
Menteur.
(Mentirosa)
—¿También sales esta noche? —me preguntó Oliver cuando me vio entrar precipitadamente en el dormitorio y abrir el armario.
—¿Te importa, chéri ?
Estaba claro que no, pero habría estado bien saber que le molestaba un poco que fuera a implementar en mi vida sus mismas rutinas de ligue. Después de todo, mi maltrecho corazoncito necesitaba esas pequeñas píldoras antidepresivas que podían mejorar mi autoestima, o mi estado de ánimo en general.
Creo que las llaman drogas, pero no me hagas mucho caso.
Mi mayor contacto con el narcotráfico era Mercedes, que llevaba un botiquín tan grande que, si la registraban en el aeropuerto, la retenían cuarenta y ocho horas.
Solo vendía Apiretal, Dalcy, tiritas de dinosaurios y consejos maternales, pero tenía más mercancía que una farmacia de guardia.
—Para nada. Tienes un buen perfil, por cierto —comentó, sin llegar a mirarme, como quien pide cuarto y mitad de ternera para guisar en la carnicería—, aunque sea mentira eso de que te gusta el Hot yoga. —Se rio—. No te pega.
El sonrojo fue mayor que el que se despertó en mi cara cuando hablaba sobre nuestro escarceo sexual, o recaída en las drogas duras, con Amanda. Prefería cualquier situación vergonzosa en mi vida con cualquier otra persona, incluida mi jefa. Quedar de esta manera con Oliver me dejaba sin aire.
—¿Has estado buscándome en Tinder?
Según el Instituto Nacional de Situaciones Incómodas, existe un noventa y nueve por ciento de posibilidades de cruzarte con tu ex exactamente el día que más vergüenza te da que vea tu perfil.
El uno por ciento restante todavía no se había descargado la aplicación.
Y todavía estaba en estudio quién sufría más: quien encontraba a su ex en Tinder o quien descubría que el ex también lo había encontrado a él.
No podía creerlo. ¿A él qué demonios le importaba? Estaba ofendida. Estaba enfadada. Estaba… muy avergonzada.
—Me sugirió tu perfil por cercanía —le restó importancia el otro—. Como quien usa el Google Maps en carretera y te va sugiriendo restaurantes donde parar a comer.
Ya, claro. La puta casualidad de las narices.
«Todo correcto. Salvo, que, a ti, no te ha sugerido su perfil. ¿O sí? Solo un millón de veces».
Me había sugerido su perfil a pesar de que había puesto que no quería profesores particulares.
También creía que Amanda había localizado directamente el suyo y había puesto que no me saliera nunca como sugerido para que no me entraran ganas de tirar el móvil a la basura, porque hacía tiempo que no me aparecía, ciertamente.
¿Quizá lo había bloqueado para que no me entraran remordimientos?
«O para que no vuelvas a acostarte con él, que nos conocemos, madame ».
Bueno... de vez en cuando terminaba apareciendo otra vez su perfil, pero yo era más rápida esquivándole. Y luego me daba golpes contra la encimera de la cocina para que la conmoción cerebral me hiciera olvidar ese hecho.
—Si no se me ve la cara…
No era fácil reconocerme en la foto. Ni por la descripción, tampoco. Habíamos mentido demasiado. Ni siquiera porque apareciera nuestra casa de fondo y pudiera encontrar parecido en los cojines del maldito sofá.
—Te he visto mucho la espalda…
—Y otras partes. Bastantes más importantes, de hecho.
«Sí, por supuesto. Aquella misma mañana, sin ir más lejos».
No podía seguir con la conversación sin volver a ruborizarme. Era mejor dejarlo correr, o correr yo y desaparecer pronto.
Me desnudé a la carrera sin importarme que él estuviera presente. ¿Qué más daba, si me había visto en cueros un millón de veces y esa misma mañana me la había metido con todas sus ganas? Y me había estado mirando esa espalda de la que hablaba…
Estoy segura de que te has visto en muchas situaciones parecidas. No me hagas quedar mal y asiente con la cabeza.
—Seguro que tú también has puesto algo que no es verdad y te has quedado tan ancho —me excusé.
Tampoco me importaba mucho lo que dijera su perfil, aunque me había encantado, la foto que tenía puesta y en la que se le veía tan bien, o que se hubiera clasificado como soltero sin ningún tipo de compromiso.
«Sí que te importa, no seas mentirosa».
—¿No me has buscado? —pareció sentirse ofendido mientras se sacaba el cinturón que había elegido, con un gesto seco, y lo cambiaba por otro.
—Los hombres me buscan a mí… y no al revés.
«¡Tremendo final, trésor !»
La frase sonó tan convincente que hasta yo estuve a punto de creerla durante unos tres segundos.
Habría sido un «punto para Colette» pero en verdad era Amanda quien se estaba encargando de todo.
Y mi actual cita, porque yo no habría sido capaz de mandarle un mensaje a nadie, básicamente porque ya me costaba algunas veces hacerme con las actualizaciones del WhatsApp.
¿A quién no le pasaba? Que si ahora audios que se escuchan más rápido, que si luego fotos que solo se pueden ver una vez…
Seguro que estas actualizaciones son antiguas, pero no me lo tengas en cuenta. Soy bastante analógica, como dice la generación de ahora.
—De acuerdo, señora conquistadora rompecorazones —siguió él, levantando las manos enseñando las palmas, como si lo estuviera apuntando con un arma. Si hubiera tenido una…— Si la cosa te sale bien… avisa. No nos vaya a pasar como la otra noche.
—¿Y qué opciones sugieres para evitarlo? —sentí verdadera curiosidad, no me escondo.
—No tenemos que acabar aquí los dos. Tal vez… ¿quién la reserve antes, se la queda? —soltó como opción descabellada. Ya, claro, que iba a estar pendiente de los mensajes de mi ex para saber si podía utilizar la casa porque él no había pillado cacho.
—Pues me la reservo ya.
«Eso no era ni “medio punto para Colette”, idiot ».
Aquello empezaba a parecer una aplicación para reservar pistas de pádel.
—No me parece que estés siendo ni realista ni justa —pero lo dijo sonriendo, como si de verdad le hubiera hecho gracia la chorrada de «tonto el último».
Separarse podía darte situaciones muy melancólicas… hasta que empezabas a discutir sobre quién tenía derecho a usar el dormitorio como si estuvieras reservando mesa en un restaurante.
—¿Qué quieres decir con lo de realista?
Pues sí que le resultaba fácil ofender, sí.
—Venga… a ver, Colette. ¿Has hecho algo que yo no deba saber?
—Ya que no debes saberlo… no pienso responder a esa pregunta —solté resuelta, cambiándome de medias. Acababa de encontrar una carrera en las primeras que me había colocado. ¡Eran tan finas y delicadas, las muy malditas! —Puesto que ya no somos pareja, creo que no debieras saber nada, ¿no es cierto?
—Era una forma de hablar…
—No me gusta tu forma de hablar, Oliver —le reconocí, no sé si con demasiada pasión.
No me gustaba que supiera que con cada punzante palabra que me decía me desgarraba todavía un poquito por dentro, a pesar de estar hecha ya jirones—.
Siempre dejas claro que te gusta hacer lo que te da la gana sin tener los papeles firmados y sin ningún acuerdo de por medio, pero cada vez que yo quiero hacer lo mismo te pones a la defensiva como si te debiera algo.
Y no es así. No te debo ni las gracias por el polvo de esta mañana, ya que fue un error.
Había un refrán español que decía que no se podía estar en misa y repicando. Oliver, sin embargo, llevaba meses intentando ir a la iglesia, tocar las campanas y, si se terciaba, ligar con las feligresas.
Oliver se puso serio de pronto. Se miraba la punta de los zapatos sin ganas de levantar los ojos y tener la decencia de llevar esa conversación cara a cara.
—Posiblemente sea más fácil hacerlo que vértelo hacer…
¡Qué oportuno era aquel hombre para desarrollar sentimientos! Lástima que siempre llegaran con meses de retraso.
¿Estaba reconociendo que le dolía? ¿De verdad de la buena, o solo fingía para crear inseguridad en mis decisiones? Oliver era muy capaz de actuar así. Hace años, no; pero, después de que empezara nuestro derrumbe…
Después, quizá, de que tiráramos todas nuestras cosas por la ventana.
Amanda habría dicho que Oliver era como el perro del hortelano.
Tardé semanas en entender el refrán. Ahora lo entendía perfectamente.
No quería volver conmigo... pero tampoco parecía hacerle demasiada gracia imaginarme en la cama con otro.
Aquel perro empezaba a recordarme sospechosamente a mi exmarido.
Y no sabía quién era ese hortelano, pero comenzaba a sospechar que había estado casado.
—Es la mayor tontería que has dicho en estos años.
«Venga, ya está dicho. Ahora que lo rebata si tiene huevos».
—No es ninguna tontería, pero voy a admitir que lo que te parece es… egoísta. ¿No es de lo que siempre te has quejado de mí? ¿De que soy egoísta?
¡Cuánto me molestaba que llevara razón también en eso!
—Lo estás dejando evidentemente claro.
—Sí. Las personas no cambian porque se separen. Simplemente, dejan de estar junto a su pareja.
Tenía razón. Separarte no te convertía en otra persona. Solo hacía mucho más evidente la que siempre habías sido.
Elegí los zapatos sin mirarle, ya que él no levantaba los ojos del suelo.
No iba a ser yo la que llegara tarde por ir a tener una conversación trascendental que no iba a servir para nada.
Ni para arreglar nada ni para estropear más la cosa.
Si él tenía ganas de ponerse filosófico y sincerarse sobre sus sentimientos, muy bien. Pero, yo… tenía una cita.
—Pues debiera importarte menos que nada que yo intente rehacer mi vida, aunque seas un puto egoísta.
¡Es más! Debiera alegrarte que tenga una, porque así cada uno podrá ir por su lado sin caer en depresiones, en llamadas a medianoche para saber si quieres volver, en perseguirnos por las calles en modo espía, o esas cosas de las películas.
Ojalá fuéramos a ser dos personas civilizadas que se separan y quedan como amigos por el bien de los niños, pero nosotros solo tenemos una mascota. Y Nikki se queda conmigo.
Nuestro perro, o mi perro, levantó la cabeza al escuchar su nombre.
Estaba cómodamente tumbado en su cama en el rincón.
Al entender que no iba con él la cosa, y que no lo iba a llevar a ninguna parte ni a darle más de comer, siguió durmiendo.
O fingiendo que dormía mientras estaba chismorreando toda nuestra conversación, más de gato que de perro, por otro lado.
Nunca sabes todo lo que podría confesar tu perro si lo llamaran para declarar en un juicio.
Hacemos demasiadas cosas delante de él… sin acordarte de que está precisamente allí.
Observando, olfateando, escuchando. Nikki había presenciado más reconciliaciones, discusiones y polvos que la mayoría de nuestros amigos.
Si un juez le hubiera ofrecido una salchicha, nos quitaban la casa a los dos.
—¿No te importa a ti que yo lo haga, aunque sea un poco? —preguntó, con un rastro de angustia en la voz
«No se lo reconozcas, no se lo reconozcas, no se lo reconozcas…»
—Ya no —respondí, demasiado rápido. Lo hice mirándolo a los ojos. Fallo garrafal.
No soné nada convincente, tenía que reconocerlo. La farsa no era lo mío.
—Y luego dices que soy yo el mentiroso…
Y dolió porque eso sí que me lo dijo mirándome a la cara.
—Al principio me dolió, ¡cómo no! —le reconocí, a pesar de saber que no tenía que seguir dando más explicaciones.
La iba a cagar más. Incurriría en contradicciones.
Se me daba mal defender mis argumentos delante de mi exmarido—.
Pero te has ido desmoronando en mi cabeza.
—Creo que no era eso lo que quería decir—.
O desdibujando. O perdiendo fuerza, o coherencia…
o lo que sea. En mi cabeza… y en mi corazón.
Ya no eres quien yo pensaba. Y ya no dueles como antes…
«Ojalá no doliese ese enorme hijo de…»
—¿Y eso hace que no te importe lo que hago?
Venga, una vez más.
—Efectivamente.
Había decidido que iba a reír la última. El problema era que los españoles nunca aclaraban cuánto había que esperar.
Oliver cogió la chaqueta de la noche pasada y se la ajustó al torso.
—Mentirosa.
Punto para Oliver.
Odiaba concedérselo.