Chapitre 24
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(Posible contenido para un libro)
—De eso hablaremos en las próximas temporadas de este podcast, cuando descubras que te ha dejado preñada y la trama se complique aún más.
Amanda y su personalidad de podcaster de true crime mezclado con coach emocional marca Hacendado.
A pesar de habérmelo callado, Amanda sabía leerme el rostro como las gitanas la palma de la mano. Y no me había pedido dinero ni ofrecido romero ni nada.
Amanda siempre hablaba de «temporadas», como si mi vida tuviera contrato de renovación.
Yo, sinceramente, llevaba varias semanas esperando que la cancelaran por falta de audiencia.
Y lo peor era que su podcast nunca terminaba.
No había música de cierre, ni anuncios, ni un «hasta la semana que viene».
Amanda enlazaba un episodio con el siguiente sin dejarme tiempo para defenderme.
Y yo necesitaba un abogado, pero no sabía cómo pagarlo.
La Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos habría recomendado dejar de escuchar aquel podcast después del primer episodio. Pero Amanda no aceptaba bajas de suscriptores.
—¿Tu podcast tiene botón de pausa? —le pregunté, antes de dar la bronca por perdida. Había tantos puntos acumulados por Amanda que había perdido la cuenta.
—No.
—¿Y publicidad?
De verdad que necesitaba una pausa.
—Sí. La de preservativos. Pero está claro que te la saltaste.
Esa tarde, en casa, repasé la lista de los tíos que me había mandado después de revisar la aplicación con detenimiento.
No quería que pasara ni un minuto más pensando en algo que no fuera quitarme a Oliver de la cabeza.
Mientras tanto, había puesto en la tele un vídeo de YouTube antediluviano donde una actriz que, si no me estaba mintiendo nadie, se llamaba Lina Morgan y hacía un par de escenas cómicas que, imagino que en su época, debieron de tener bastante gracia.
Risas enlatadas, muecas a cascoporro, posturas de piernas imposibles. Todo correcto.
Oliver estaba en la ducha. Su portátil y sus enseres de trabajo reposaban perfectamente guardados en la caja de la estantería donde recogía todo, pero los restos de la ensalada y la pechuga de pollo y los potingues hiperproteicos que se hacía todos los días los había dejado, como de costumbre, en la encimera de la pequeña cocina que compartíamos.
Y ya estaba cansada de ser la chacha de un capullo, así que allí se iban a quedar.
Fui pasando las fotos de los perfiles que Amanda había seleccionado para mí, y buscando si alguno de ellos se había interesado en el mío. Seguía muy torpe con eso de estar persiguiendo pareja de una noche a través de la pantalla del móvil, pero tenía que intentarlo.
Continué navegando con la lentitud propia de una octogenaria a la que le presentan por primera vez un teléfono móvil, sabiendo que probablemente le estaría dando a «me gusta» a gente que no me gustaba y que se me estarían pasando perfiles interesantes porque me temblaban las manos.
Iba a dejar que me vencieran las ganas de ponerme a llorar cada vez que recordaba lo que había ocurrido esa mañana, cuando un aviso en rojo me indicó que me había llegado un mensaje.
¿Habría hecho eso de match con alguien y no me había enterado?
Tu perfil me parece muy interesante.
Es muy mala frase para empezar una
conversación, lo sé, pero no se me ocurría
nada mejor y tenía miedo de que te desconectaras
antes de que me saliera algo original.
¿Qué tal estás?
¡Mi primer contacto con alguien en esa nueva era virtual!
Era una tontería, pero sentí la misma emoción que cuando abrías una carta hace años y todavía no sabías si dentro había una buena noticia...
o una factura. No sabía si responderle, hacer una captura de pantalla para enseñársela a Amanda o llamar directamente a la policía por si aquello era un fraude.
Y parecía hasta majo.
Sentí algo así como el haber empezado a hablar con un ente extraterrestre inteligente, aunque lo de inteligente estaba por verse.
«No seas tan borde. No ha cometido faltas de ortografía, que tú sepas o puedas identificar, y tampoco ha usado abreviaturas para ahorrarse el trabajo de escribir la palabra completa, como los jóvenes de la generación… vale, de cualquier generación y no tan jóvenes».
Buenas noches, casi.
¿A qué hora debiera decir noche
y no tarde para que no parezca que
estoy tratando de dormir y me
estás interrumpiendo?
Estoy bien, gracias.
Para serte sincera, viendo vídeos de Lina Morgan
en la tele, por recomendación de una amiga.
Tal vez es demasiada información para
un primer mensaje.
Seguramente, si era español, sabría quién era la actriz, ¿no?
Fui corriendo a mirar su perfil y vi una foto de un tipo bastante guapo, con una chaqueta de ante marrón que hacía juego con el color de sus ojos.
Tenía los dientes bastante bien, ¡que no es un caballo y no te lo están regalando! , y la sonrisa era bonita.
¿Quién regala caballos? ¿Y por qué iba alguien a mirarles la boca?
Los españoles tenían una fijación muy rara con los animales en sus refranes.
Y una relación muy extraña, también. No contaban la piel del oso antes de cazarlo, buscaban tres pies al gato, ponían el cascabel al gato, criaban cuervos que luego les sacaban los ojos, si madrugaban mucho, unos gusanos se comían a otros…
Este último, de verdad, no lo entendía. O quizá lo había memorizado mal.
Y, cuando alguien se enfadaba, acababa pagando el pato.
Yo empezaba a sospechar que cruzar la frontera implicaba aceptar una fauna completamente distinta.
Y que el reino animal aquí vivía bastante estresado.
«Cualquier documental de naturaleza te habría servido como una clase intensiva de español, y lo desaprovechaste».
Sí, aprender castellano era, en realidad, sacarse una carrera de veterinaria.
Cotejé la información que me había pasado Amanda y comprobé que estaba entre sus elegidos. Luego miré la servilleta, con las normas. No había perro, ni hijo, ni coche a la vista.
Y, recordemos, el texto que me había mandado no tenía faltas de ortografía…
«Es un “copia y pega”, fijo. Seguro que es la frase que utiliza para todas las chicas que trata de ligarse».
Le gustaba hacer deporte, viajar, leer, las maquetas de madera…
Era escritor en sus ratos libres y profesor de inglés a tiempo completo en un instituto de…
¡mira, no está lejos! Pero era profesor.
¿No habíamos quedado que esa profesión debía de quedar fuera de mis filtros para evitar que Oliver me encontrara?
«Oliver es entrenador personal, que no es lo mismo que profesor particular. A estas alturas estaría bien no tener que explicarte la diferencia».
Le gustaba nadar como deporte, aunque lo practicaba de forma irregular… porque era muy friolero. ¿Parecía sincero? Pues… la verdad es que sí. Pero teniendo en cuenta que era escritor…
Si estás viendo a Morgan es que necesitas
que alguien te saque de una depresión ya mismo.
Y puedo ser tu hombre, si me dejas.
Por cierto, lo de la tarde o noche… depende
de si es horario de verano o invierno.
Me gusta decir noche si ya ha oscurecido.
Razonable.
Las frases esas, desde luego, estaban escritas para mí, y no había tardado ni medio minuto en responder.
Era una sensación extraña. Después de meses intentando que una sola persona me prestara atención, un desconocido acababa de demostrar más interés en mí en tres mensajes que mi marido en las últimas semanas de matrimonio.
¿Estaba realmente interesado? Yo, ciertamente, empezaba a sentir el picorcillo de la curiosidad.
Quizá solo eran nervios por algo nuevo y desconocido, pero me gustó la sensación.
«Con suerte, no será gastroenteritis».
Tengo un par de personas en mi vida
que me dirían que es cierto, que estoy triste,
pero que no tengo que reconocerlo ni muerta.
Me acabo de separar y es un poco duro.
Pero lo de ver a Lina Morgan ha sido por
curiosidad, por la expresión «tonta del bote».
¿Había metido la pata al confesarle tan pronto a alguien, que se suponía que quería un rollo conmigo, que me había separado y que no lo estaba pasando bien?
Pensaba que no, aunque el resto de mi círculo social pudiera tirarse de los pelos por ello.
Pero ya bastante había mentido en mi perfil como para no reconocer que no estaba en mi mejor momento.
Además, aquella aplicación tenía que estar llena de perfiles de personas separadas que buscaban lo mismo que yo.
O sea, salir adelante a base de… ¡Dios, no quería ni pensar en a base de qué!
«Venga, no te fustigues. No lo estás haciendo tan mal. Estás desentrenada, eso es todo. Y seguro que él también está algo solo si está hablando contigo en vez de pasar la tarde o noche con su pareja».
Prometo que si aceptas tomar una copa
conmigo, de esos cócteles que dices que te
gustan, me veo algo de Lina Morgan para
poder comentarlo.
Y también prometo que trataré de sacarte
una sonrisa.
Yo también me separé hace unos meses.
Sé lo mal que se pasa.
«Ha estado mirando tu perfil. No sé si se puede considerar cosa de acosador o de persona sensata que no habla con cualquiera».
En su perfil no decía nada de que estuviera separado, pero no tenía por qué contar toda su vida en un par de frases y exponerlas al mundo.
«Si él es un acosador, tú lo eres el doble. Ya te has memorizado sus cuatro datos».
Quise confiar en que no me estaba mintiendo.
Me sorprendió que lo hubiera contado tan deprisa.
Después pensé que quizá solo era la forma educada de decirme algo así como que no era la única que llegaba aquí con el corazón hecho trizas.
Aunque, para ser sincera, no me importaba que estuviera mintiendo.
Era lo que habíamos ido a hacer allí, ¿no?
Mentir… y a tener citas que podías acabar en…
Nuevo sonrojo.
«No parece un asesino en serie…»
Aunque imagino que ninguno lo parece en la primera conversación.
Dime que no escribes sobre asesinatos
y que no estás investigando para tu nueva
novela, y quizá me importe poco
si has visto algo de Lina Morgan o no.
Jajajajaja.
Eres divertida, imagino que te
lo han dicho mucho por aquí.
«No le vayas a decir que es el primero con quien hablas».
¿Quieres comprobarlo en persona?
«¿De dónde has sacado la poca vergüenza para preguntar eso?»
Me di cuenta de que era mucho más fácil escribirlo que decirlo a la cara, y entendí, de pronto, las ventajas que le veía la gente a eso de ligar por mensajes.
Sin foto de cara ni nada…
Es una apuesta arriesgada.
Estaba claro que algo tenía que fallar. Me lamenté.
La verdad, no tenía ganas de estar compartiendo fotos ni que se me apreciara como al ganado en una feria.
Yo era una chica normal, mona, sin estridencias.
Era una mujer tratando de buscar lo mismo que el resto, una vida un poco más fácil tras coser unos cien botones en unas pequeñas chaquetas de punto para bebés.
Era la que quería olvidarse de que su marido había abandonado ya el baño y se estaba arreglando nuevamente para salir esa noche.
Acepto la apuesta.
¿Conoces el Monster Bar?
¿Acababan de hacerme una proposición?
«¡Bien por ti!»
Busqué a la carrera el nombre del sitio e investigué la ubicación, las fotos, y me dejé conquistar por la frase de Google Maps que me avisaba de que el local estaba más concurrido de lo habitual.
Porque eso era lo que yo quería. Gente. Gente que pudiera escuchar mis gritos si se propasaba un pelo.
O gente que pudiera testificar que el tío era un capullo si acabábamos ante un juez después de tener que arrearle una bofetada o le tirara una copa a la cara. Gente que estuviera. Punto.
No estaba lejos.
No tenía mala pinta.
No había excusas. ¿O sí?
Localizado.
¿Cuándo?
Me dolió el estómago, he de reconocerlo.
Algo se retorció en mí, como si me hubiera poseído en algún momento un alien y estuviera a punto de perforarme la piel para salir de mi cuerpo.
¿Peliculero? Ahora no me digas que te suena la escena, porque me la acabo de inventar.
Todo yo soy cien por cien original, y las estadísticas no mienten.
Todo parecido con cualquier película de ciencia ficción es pura coincidencia.
Y si existe una igual, llegó tarde. Si existe una película igual…
que conste que yo no la he visto. Bastante tengo con intentar entender la mía, que el guion es francés y hace aguas.
¿En media hora?
Mi corazón, con su taquicardia desmedida, me avisó de que no fuera tan rápido.
Ni siquiera había pensado que aquello pudiera salir bien. Había descargado Tinder con la misma fe con la que uno compra un décimo de lotería, convencida de que no tocaría, pero que había que intentarlo de todas formas.
Según la Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos, el noventa y cuatro por ciento de las personas que aceptan una cita con un desconocido en menos de media hora después de conocerlo pasan los siguientes cuarenta minutos preguntándose si deberían fingir un esguince, cambiarse de país o hacerse monjas.
Y ya llegaban tarde a la cita.
¡Estaba en pijama! Era imposible que me pusiera decente y presentable y que me diera tiempo a llegar con tan poco margen. ¿Qué prisa tenía el tipo?
Miré la hora. Eran las nueve de la noche, a lo tonto. Era normal que tampoco quisiera quedar a las doce… si era para hacer algo antes de… de hacer algo.
«Tú y yo nos entendemos».
En media hora no soy capaz de llegar
a ninguna parte.
No tenía pensado salir hoy.
¿Y te apetece?
Tuve que reconocerme a mí misma que no mucho, pero que iba a mentir. Nunca me iba a apetecer mucho nada de eso. Al menos, nunca habría unas mejores ganas que aquellas para una primera vez.
Sí.
Pues entonces… en una hora.
Una hora.
Sesenta minutos para decidir qué vestido ponerme. Sesenta minutos para convencerme de que aquello no era una traición. Sesenta minutos para intentar olvidarme de Oliver.
No fueron suficientes.
La Comisión Internacional para Arrepentimientos Inmediatos, de esa de la que ya te he hablado antes, lleva años intentando demostrar que el ser humano toma sus peores decisiones entre las nueve de la noche y el momento de meterse en la cama. Yo estaba colaborando activamente con la investigación.