Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 23
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Chapitre 23

L'affaire du bonheur: le préservatif.

(La fundita de la felicidad : el preservativo)

—¿Qué hiciste qué?

Amanda no se iba a andar con chiquitas. Ya estaba gritando y solo le había contado algo… muy por encima. Pero, vamos, que sabía lo esencial. Lo esencial era importante. Y eso la cabreaba un huevo.

Tragué saliva. Se me había quedado la garganta seca, la lengua rasposa y el paladar parecía corcho. Síndrome del miedo a que tu mejor amiga te arree un guantazo, lo llaman, creo.

—Tuvimos sexo de no reconciliación.

Me sonaba extraño hasta a mí, pero había que explicarlo bien.

Levantó las manos cerrando los puños como si quisiera atizarme.

Imagino que no lo hizo porque estábamos en el trabajo y podía perder su puesto, además de a su amiga, si llegaba a agredirme.

Que una compañera pegara a otra no tenía que sentar muy bien en el departamento de Recursos Humanos…

si llegamos a tener algo de eso en nuestra pequeña empresa, más allá del papel que Mamá Mercedes podía ejercer como mediadora entre un embarazo y el siguiente.

Por no hablar de las bodas, que se le acumulaban los ex.

Aunque me lo mereciera, un poquito, no quería ser atizada, ni un poquito, por una furiosa Amanda. Aunque pudiera llegar a pensar que alguien se mereciera que le agredieran por cometer un error garrafal, dejemos claro que está mal visto.

Al final, podía salir despedida Amanda de Mujeres al borde de un ataque de ingenio antes que yo. Y eso no estaba programado según mi eficiencia en el trabajo ni mis científicas estadísticas.

La estadística volvía a darme la razón. No sé quién hizo esa última. Vale, yo. Alguien tenía que hacerla para que me diera la razón, porque estaba claro que si no amañaba los resultados ni de broma saldría a mi favor.

—¿Eso que demonios quiere decir? —preguntó, tratando de calmarse. Pero estaba claro que no le iba a resultar nada fácil. Ella era más de cargarse a la gente y, de paso, cagarse en todos sus muertos.

«Mira, como tú, en los pasados y en los futuros. Los muertos siempre tienen la culpa de todo, parece».

—Que nos acostamos y que seguimos odiándonos.

—¡Muy lógico todo! —gritó, perdiendo todos los papeles, los pocos que le quedaban después de la noticia—. ¿Cómo demonios se te ocurrió que eso podía ser una buena idea, Colette? ¿Cómo se te pasó por la cabeza que eso podía tener un final feliz?

No tenía ganas de soltarle la manida frase de que me hice ilusiones y me estaban quedando preciosas. ¿Se ajustaba a los criterios que se presentaban en ese momento? Obviamente, pero no soy de frases hechas, salvo de las del refranero popular español. Y esta era demasiado reciente.

—Si nos ceñimos al sentido estricto de la expresión, Amanda… sí que hubo final feliz.

Amanda me miró durante dos segundos. Larguísimos. De esos que rompen todas las estadísticas.

—Voy a fingir que no acabas de hacer un chiste sobre tu orgasmo.

Me ruboricé nada más soltarlo y supe que tenía que haber permanecido con la boca cerrada. A nadie, ni a mi mejor amiga, le importaba si yo había llegado a tener un buen orgasmo con Oliver, hubiera sido porque nos queríamos o porque nos odiábamos. Casi no le había importado a él, ¡qué diantres!

¿Y qué demonios era eso de diantres?

—Pues no sé si decirte que me alegra que te hayas corrido, al menos. Porque, ¡de verdad!, esto es muy penoso. Hace más de un mes que te dejó…

—Casi dos.

O tres. Pero no quería reconocer que seguía llevando fielmente la fecha grabada a fuego en lo más profundo de mi corazoncito.

Seguía llevando la cuenta. Con palitos, porque los números y yo seguíamos sin hablarnos.

Como un preso tachando los días mentalmente con una tiza.

Usar palitos no era usar números, ¿o sí?

«Parece que describes que te han secuestrado. Yo apunto más a que te han secuestrado el cerebro».

—El tiempo que sea —le restó importancia, aunque sabía perfectamente que llevaba la cuenta tan bien como yo—.

Has estado tratando de borrarlo de tu mente.

Primero, negando la evidencia; después, llorando; has estado intentando negociar…

Y hasta te has cabreado. ¡Has pasado por todas las puñeteras fases del duelo!

Y ahora, que ya estábamos en la aceptación, con ganas de empezar a conocer a gente nueva, ¿vas y te acuestas con él?

«A ver cómo se lo cuentas…»

—No pasó exactamente así —protesté—. Llegó borracho y…

—¿Y no supiste quitarle la borrachera de una patada en sus bonitos y perfectos cojones?

Tenía que reconocer que no se me ocurrió. O que no me apeteció, más bien. Tenía que aceptar que había querido y deseado que eso pasara con todas y cada una de las terminaciones nerviosas de mi maldito y vulnerable cuerpo.

—Amanda, soy débil.

—Lo que eres es tonta del culo, bonita. —Razón no le faltaba—.

Que seas débil es solo circunstancial. Yo solo soy fuerte cuando pienso en reventarle la cabeza a alguien —objetó—.

¿Y se acuesta contigo y encima dice que es un error?

Ni polvo de reconciliación, ni sexo para ser follamigos mientras rehacéis vuestra vida… ¿Solo por desahogaros?

Es que era difícil explicar algo cuando te daba vergüenza… y cuando cada cosa que había pasado era más un sentimiento que una acción.

—Tenías que haberlo visto. Cuando me miró, cuando supo que no podía resistirse…

No lo estaba mejorando. Ninguno de los dos supo resistirse.

—Estaba empalmado a más no poder y no había follado la noche antes, no me digas más. ¿De verdad eso te parece que es motivo para dejar que se meta entre tus piernas?

—Me apetecía…

Lo quería, lo deseaba, lo anhelaba, lo… ¡oh, Mon Dieu ! ¿Cómo se lo explicaba?

—A ti te apetece siempre todo con él, Colette, mi vida.

Pero eso no cambia las cosas. Te dejó. Se ha acostado contigo porque no había nada mejor en cien metros a la redonda, porque no lo veo metiéndole mano a la octogenaria que tenéis por vecina.

Si la del chihuahua llega a tener cuarenta años menos iba yo a decirte si podía haber follado con ella y no contigo.

Resoplé.

—Es doña Ofelia y tiene un perro salchicha —la corregí.

«Que se llama Federico, no lo olvides».

—Pues en vez de hacerlo con la vieja tendría que haberse liado con el perro rabioso ese —y ya veía a Amanda deseando que la «adorable» mascota le pegara un mordisco en sus partes nobles.

—No hables así de una persona mayor, por favor.

—¿Y del perro no te importa?

—Al perro le tengo un poco menos de cariño…

Tampoco era cierto, pero no se dejaba acariciar por mí.

Que yo recordara, no lo había tocado en la vida.

Y Oliver, menos. Y odiaba a nuestro perro Nikki.

Siempre le mordía las patas. No podíamos salir al rellano juntando los dos perros porque se montaba una batalla campal.

Y en ese David contra Goliat… ganaba Federico.

—Tampoco te gusta. ¿Te ha ofendido lo de vieja? —se dio cuenta al instante que me había incomodado—. ¿Cómo se dice persona mayor en francés?

— Personne âgé e , o vieux , si lo prefieres más brusco.

—¡Cómo se nota que fuiste a un colegio de pago, hija mía… Así suena todo mucho mejor.

Bufé como un gato y me abracé las rodillas. ¿Había hecho realmente mal al acostarme con mi ex, o Amanda estaba haciendo una montaña de un granito de arena?

«¿Cuándo dejarás de repetir el refranero español?»

Era solo una recaída. Quien quería dejar de fumar no lo conseguía casi nunca a la primera, ¿cierto?

¿Por qué iba a ser yo más fuerte que toda esa gente que se gastaba un dineral en parches de nicotina para desengancharse de una droga?

Oliver era mi droga. Estaba enganchada a él.

No era tan grave necesitar un grupo de autoayuda o algo así.

O parches. Los parches me vendrían genial.

«Sí, para ponértelos en la entrepierna e impedirle la entrada. ¡No te fastidia!»

—Y para eso tienes Tinder, tonta del bote.

—¿Qué es eso de «tonta del bote»?

Mira, una expresión que no había escuchado decir nunca a nadie. En España había más frases hechas que personas.

—No me voy a poner ahora a explicarte quién es Lina Morgan, lo siento mucho. Cuando llegues a casa te buscas la película, aunque me gustaban más sus obras de teatro absurdas.

El español era un idioma maravilloso. Cada semana descubría una forma nueva de insultarme con cariño.

No protesté. Ya tenía deberes para esa noche en vez de ponerme a rebuscar entre los tipos que habrían visitado mi perfil en la aplicación de citas.

Pero hoy estábamos en el taller de costura, con un montón de botones que coser a las prendas que habían tejido Mercedes y las otras dos mamás del grupo en sus sesiones de espiritismo o lo que fuera que hicieran los viernes por la noche, cuando dejaban a sus hijos con los maridos y se ponían a beber té como si estuvieran en Londres y fuera una poción mágica anti edad.

No tenía tiempo de mirar el móvil. Ojalá le echaran algo de alcohol a ese maldito té y tejieran más despacio porque tuvieran que deshacer las puntadas mal dadas.

Apunté el nombre de Lina Morgan en el blog de notas mental, para no olvidarlo, y seguí cosiendo. La verdad, para mi estado de ánimo, me sentaba mejor mi sesión de destrozar flores en el invernadero.

Amanda siguió con su perorata de que iba de mal en peor pero que de todo se salía, y yo no iba a resultar ser la única en descubrirse incapaz de olvidar a su ex.

¡Por sus muertos, y no por sus futuros descendientes que no pensaba tener, que ella misma se encargaría de que olvidara a Oliver!

Y de que no volviera a tener sexo con él, ya de paso.

—Me he abierto un perfil yo también.

«Dime que se lo ha abierto en Idealista para alquilar el sofá y no para lo que estoy pensando…»

—¿Y a ti para qué te hace falta?

—Para poder vigilar a los tíos que son interesantes —realmente habría dicho «catables», del verbo catar, pero yo ya le había corregido un par de veces diciéndole que esa palabra no existía.

Lo había mirado en el diccionario y… nada—.

Y mandártelos para que les eches un ojo.

Si tengo que estar detrás de ti para que los mires uno a uno, voy a hacerme tan mayor, que no vieja, como tu queridísima doña Ofelia.

—Necesito que seas un poco comprensiva conmigo. —¿Cuántas veces le había pedido eso? ¿Y cuántas veces no había servido de nada? —De verdad, anoche creí que Oliver y yo habíamos vuelto. ¡Esta misma mañana pensé que habíamos vuelto!

—¿Y qué pasó, exactamente? —preguntó, cediendo.

—Pues… pues que me folló como hacía tiempo que no lo hacía. Como antes de casarnos. Como cuando estábamos conociéndonos y no sabíamos si esa sería la última vez que lo hiciéramos.

—O sea, como esta mañana.

«Eso mismo. Muy lista, tu amiga».

—Esta mañana ha sido la última vez —no porque yo quisiera, sino porque Oliver lo había remarcado una y mil veces mientras se duchaba como si tratara de quitarse mi olor de encima, contagiosa de mí, mientras se ponía su ridícula y sexi ropa deportiva y mientras nos tomábamos un café para comenzar con fuerzas la jornada.

Mientras peleábamos, como cualquier pareja normal, vamos—. Dudo que se vuelva a confundir…

—¿De agujero? La próxima vez te folla la boca y punto —se rio—. Y no me protestes —me cortó antes de dejarme hablar, cuando vio que abría la boca y no precisamente para que entrara una parte muy dura y muy deseable de Oliver—, porque sé contar y sabes que tienes más agujeros aprovechables.

—Maldita seas…

Consiguió ruborizarme otra vez. No me podía poner a pensar en sexo en horas de trabajo.

—Ahora… en serio, bebé. No puedes hacerte esto a ti misma. Recuerda que no es sano, que no te lo mereces y que Oliver no va a volver a tu vida porque se excite contigo. Se excita con todas…

—Gracias por la cuenta que me trae.

¡Cómo dolía que te soltaran las verdades a la cara de esa forma tan cruda!

Si no te han soltado nunca ninguna bordería de estas, eres afortunada. O, quizá, te faltan amigas sinceras.

—Te lo estoy diciendo por tu bien. ¿Follaste de forma diferente a como se folló a la Nicolle esa?

Tuve que reconocer que no. Se había encajado entre mis piernas y había encontrado su lugar sin inmutarse apenas, mientras su boca cubría la mía por si fuera a descubrir ganas de protestar, aunque ambos sabíamos que no era el caso.

Le aferré las nalgas y lo empujé contra mí, rodeándolo con las piernas, mientras él llevaba sus manos a mi culo y nos uníamos en una especie de baile horizontal en el cual ni él salía de mí ni yo se lo permitía.

Solo se restregaba, profundamente en mi interior, y a mí me volvió loca en un par de segundos.

Su pervertida pelvis se amoldaba como un guante a mi vulva y estaba tan excitada que me faltó tiempo para…

para disfrutarlo de veras, y no por pura necesidad.

—Dime que al menos usasteis preservativo.

Amanda era incapaz de resumir una bronca en menos de cuarenta minutos.

Si hubiera monetizado mis desgracias, ya viviría de ellas.

Se avecinaba el podcast con el capítulo más largo que había grabado jamás, y mira que ella me había mostrado chapas largas a lo largo de aquellos años, grabados con intención de enseñar de forma amena.

Oliver me había aferrado del culo, había impreso un movimiento endiablado a sus caderas y me había sujetado como si le fuera la vida en ello. Mientras tanto, mientras nuestras bocas apagaban los gemidos que no queríamos regalarle el uno al otro, imagino que por pura avaricia… se corrió.

Se corrió mientras seguía embistiendo, con la polla más dura que le recordaba en años, destrozando cada resquicio de remordimiento por mi parte. Se corrió con absoluta necesidad, apagando sus gemidos en mi garganta.

Bajé la vista. La respuesta era evidente.

Ni Spotify producía tantos episodios estrambóticos seguidos como Amanda cuando yo metía la pata.

Y no tuve narices de decirle a Amanda que lo había hecho sin el puñetero preservativo.