Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 22
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Chapitre 22

Arrive... ce que tu veux.

( Ocurre… lo que se desea)

Me desperté cuando Oliver volvió a abrazarme por la espalda.

¡Qué peligroso era el cuerpo! Bastaban tres segundos para olvidar una ruptura.

Nos habíamos quedado dormidos, con él a mi espalda, haciendo lo que aquí llamaban…

¿la cucharita? Abrazados. Yo no había tenido valor para ponerme las braguitas y recolocarme el sujetador.

No quería despertarlo, o quizá me gustaba demasiado la sensación que me producía estar desnuda nuevamente a su lado.

El pecho del que se había apropiado mi ex permanecía fuera de la tela de encaje, y él había ido poniendo y quitando la mano de esa zona tan conocida y suya.

No, tan suya ya… no.

Pero le había dejado. Había permitido que todo aquello pasase. Que su piel estuviera en contacto con la mía y que pareciera lo más natural del mundo que dos personas que comparten la cama, y que conocen tan íntimamente el cuerpo del otro, durmieran de aquella manera.

Sé que me estás juzgando. No tengo ni pizca de autoridad moral para decirte que no lo hagas.

Oliver gruñó. Imaginé que por dolor de cabeza, y yo, que había pasado una noche de lo más extraña, despertando a cada poco con todos sus movimientos, fingí que me desperezaba con él, aunque llevara más tiempo siendo consciente de lo que pasaba.

Sentí su respiración profunda en mi cuello y mis hormonas volvieron a revolucionarse, como locas. Como la persona que las producía, su dueña. Muy yo.

Sí, ya sé que opinas lo mismo de mí… y quizá también de ti.

Movió la mano y encontró el encaje. Movió la pelvis y encontró mis nalgas expuestas.

Un segundo después estaba tan duro como siempre.

El cuerpo masculino es profundamente traidor. O maravillosamente simple. Todavía no he decidido cuál de las dos opciones me fastidia más.

Según el Instituto Europeo para Personas que Se Arrepienten Demasiado Tarde, los impulsos duran noventa segundos. Las ganas de acostarte con tu ex, exactamente hasta que vuelve a besarte. Después hay que reiniciar el cronómetro.

¿Era consciente de que a quién abrazaba era a su ex?

«¡A la merde! Esta vez no piensas hacerme caso, ¿c'est vrai, chérie?»

Estaba claro que era una batalla perdida contra mí misma desde el primer instante.

Recorrió mi cintura y mi muslo con posesividad.

Me mordió el cuello y empujó la pelvis contra mis nalgas, encontrándome húmeda y dispuesta.

Gruñó, pero ya con un tono excitado que le reconocí perfectamente.

Se estaba despertando por fin. Antes… antes era como un simple acto reflejo.

Un instante después, me había dado la vuelta y me tenía boca abajo, mientras él, colocado encima, me recorría con toda su virilidad la zona de la unión de las dos nalgas. De arriba abajo.

Volviéndome loca.

Midiendo sus posibilidades y mis ganas.

Según la Comisión Internacional para Decisiones Cuestionables, una mujer tarda una media de tres segundos en identificar una mala idea y aproximadamente cero en participar activamente en ella.

Y yo participaba con todo lo que tenía.

Jadeé contra la almohada, aferrándome a las sábanas porque sabía que la primera embestida de Oliver iba a ser deliciosamente certera y potente. Lo habíamos hecho demasiadas veces como para que se me hubiera olvidado por un pequeño paréntesis de esos enmarcados en un «ya no te quiero» de nada.

«Joder, ¡cómo te sigue doliendo esa maldita frase, nena!»

Según el Observatorio Francés del Corazón Cabezota, el cerebro tarda noventa segundos en apagar un impulso. El corazón lleva siglos negándose a firmar ese estudio.

—Je ne me souviens pas de ce qui s'est passé la nuit dernière, mais je sais ce que je veux qu'il se passe maintenant, ma petite fille.

¿Acababa de decirme de verdad eso? Por si tú tampoco hablas francés, que bastante tienes con sobrevivir a los refranes españoles, y encima no estoy en condiciones de dar muchas explicaciones, acababa de decirme que no recordaba lo que había pasado anoche, pero sabía lo que quería que pasara en ese momento. Y me había llamado «mi pequeña».

Sabía que era yo. Me estaba hablando en francés a mí, como tantas otras veces en la cama.

Como le había enseñado a hacer, porque me había rogado en innumerables ocasiones que lo hiciera.

No quería ser menos que el resto de los tíos con los que me había acostado y que susurraban galanterías en la cama, los muy zalameros, con ese tono envolvente.

Como había aprendido a hacer, como tantas otras veces tras terminar de follar, reposando el momento, abrazados, con sus labios pegados a mi piel y su miembro aún duro, decidiendo si quería continuar con sus embestidas y si mi cuerpo lo soportaría.

Quería sexo conmigo.

¿Me quería?

El movimiento de sus caderas me cogió con el pensamiento en otra parte, en esos momentos en los que me deseaba a mí y solo a mí.

Me penetró duro, fuerte, con necesidad. Se adueñó de cada centímetro de mi interior con una deliciosa brusquedad, aplastando mi cadera contra el colchón mientras su torso se elevaba para ejercer más presión y que lo sintiera bien dentro.

Bien mío. Bien en todos los putos imaginables sentidos.

Eclipsándolo todo.

Grité de puro placer. De felicidad.

Puso una mano sobre mi cuello y empujó mi cabeza contra la cama, mientras volvía a presionar con más fuerza, como si supiera que su miembro podía llegar más lejos de lo que había llegado.

—Oliver…

El jadeo salió de la tela de la almohada, apenas sin aliento.

Me había quedado casi sin aire. Se me escapó su nombre al sentir como si nada entre nosotros hubiera cambiado.

O al quererlo yo, deseándolo con todas mis fuerzas.

Su cuerpo seguía respondiendo al mío y yo al de él.

Había esperanza para nosotros. Solo había que encontrar la manera.

O eso quiso creer la parte más idiota de mi cerebro que, por desgracia, también era la más enamorada.

Pero lo haría. Estaba dispuesta a todo por hacer que aquello volviera a funcionar.

Sé lo que estás pensando. Deja tus comentarios para más tarde. No estoy de buen humor.

—¿Colette?

El salto hacia atrás que dio Oliver bien merecía una medalla de plata en unos Juegos Olímpicos.

De oro no, porque creo que no llegó a clavar el maldito aterrizaje, ya que se tambaleó un segundo al lado de la cama.

Ya me habría gustado que se cayera de culo hacia atrás cuando me di cuenta de lo que había pasado.

Oliver no sabía a quién se estaba follando, ni anoche ni hoy.

No tenía ni puta idea de lo que había pasado ni de lo que estaba pasando.

Encontrarse metiéndosela a su esposa en su propia cama no era algo que entrara en sus planes esa maldita mañana.

Aunque fuera lo que más sentido tenía. Su esposa, su entrepierna, su cama.

¿Quién diantres comprendía a los hombres?

Mi vida sentimental parecía una película francesa. Mucha intensidad, mucho simbolismo, poca higiene emocional, nadie hablando de lo que siente y un final que solo entiende el director.

Solo nos faltaba el tabaco, que era muy francés tener un cigarrillo entre los dedos en la cama.

«Aprende a no olvidar ciertas cosas, mon cher».

Y por mis muertos, los que tenía y los que estaban por llegar, quizá también debía incluir a mi ex entre estos últimos, porque estaba claro que iba a matarlo, que no se me iba a ir de la cabeza esa maldita ofensa. ¿Le daba igual a quién se la metiera… salvo hacerlo conmigo? ¿En serio?

Me giré con una cruel lentitud. Una escena lenta de película de terror en la que vas a conocer, por vez primera, la cara del monstruo que lleva haciendo ruido y moviendo muebles en tu casa todas las puñeteras noches desde que te mudaste.

Él me miró como el protagonista de la misma película, un niño asustado y confundido que no sabía si salir corriendo o pedir ayuda a su mamá.

Si hubiera podido fulminarlo con esa mirada, ya estaría en el grupo número uno y no en el grupo dos, el de muertos que estaban por llegar, rellenando la estadística.

La luz que entraba tenuemente por la ventana me dio en la cara y pudo ver bien a quien había estado manoseando.

Con quien se había excitado. A quien había deseado.

A quien se la había metido.

—¿Esperabas a otra persona a tu lado, mon amour?

Oliver tenía el bóxer a la altura de las rodillas y seguía tremenda y vigorosamente empalmado.

Respiraba entrecortadamente mientras me di la vuelta y le dejé contemplar mi cuerpo desnudo, con el sostén de encaje francés mal colocado, los muslos brillantes y los labios enrojecidos de la excitación.

El cabello seguía revuelto y mi cuello, probablemente, tuviera la marca de sus dedos.

Todo mi cuerpo rabiaba por el sexo del que me acababa de privar, pero no pensaba ponérselo fácil. Quería que me contemplara y que se diera cuenta de que, de verdad, seguía deseándome a pesar de todo.

—¿Qué hemos hecho? —preguntó confuso, molesto. Cabreado en verdad.

Sonreí con malicia. Punto para Colette.

—¿Vienes a preguntarlo ahora?

Habría sido el momento perfecto para separar las piernas y que pudiera comprobar lo que habíamos hecho, y que se imaginara el resto de lo que no habíamos hecho pero que no recordaba. Tenía ganas de ser tremendamente mala. Y sabía que podía serlo.

Según un estudio que acabo de inventarme, nueve de cada diez hombres dicen que una mujer inteligente les pone muchísimo. El décimo es sincero.

Oliver me deseaba y no por estar actuando de manera inteligente en ese preciso momento. Oliver me deseaba, y punto.

Un poco de endiosamiento no venía mal llegados a ese extremo. No creo estar cometiendo ningún delito por dejarle creer cosas sin contestarle. Y, si lo estoy cometiendo, no digas nada y todos contentos. Mi abogado no te citará a declarar y espero que no lo haga el abogado de Oliver.

—Colette, ¡¿qué hemos hecho?!

Me encantaba saber que estaba así de molesto, con él y conmigo. Era una pequeña gran venganza. Un maldito «ojo por ojo». Otro refrán, y muy poco operativo. Los españoles resuelven los conflictos de una forma muy poco práctica. Al tercer enfado importante ya no ve nadie.

«No mientas, petite liane. Sabes perfectamente que estás triste y desilusionada porque ya te estabas imaginando cosas que jamás podrán volver a ser».

Pero no se lo pensaba dejar ver a Oliver. Por todos esos muertos, pasados y futuros, que no llegaría a saber que me había hecho semejante daño. Y que yo había creído que todo podía salir bien, después de todo.

—Lo que querías que pasara, trésor. ¿Acaso esperabas otra cosa cuando te metiste en la cama buscando mi cuerpo?

«Estás siendo un poco, solo un poco, mala persona. Y lo sabes».

Da igual. Punto para Colette.

¡Qué triste era tener que celebrar victorias que dolían tanto!

Me importó menos que nada estar dándole a entender una mentira a mi ex. Que se imaginara lo que quisiera y que le torturaran las imágenes de lo que podía y debía de haber pasado, mezcladas con sus sueños húmedos y recuerdos de otras amantes posteriores.

Había leído que los impulsos duran noventa segundos.

El mío llevaba ya cinco minutos y seguía muy motivado.

Amanda decía en su podcast que las peores decisiones nunca empiezan con un disparo.

Empiezan con una frase muchísimo más inocente.

«¿Y si...?» Según ella, el noventa por ciento de los cadáveres emocionales aparecen exactamente tres palabras después de ese «¿y si...

?». El otro diez por ciento aparece cuando decides ignorar el consejo anterior.

En mi defensa, yo ya llevaba meses haciendo prácticas.

Dio un par de pasos hacia adelante y hacia atrás, como si quisiera escapar y no supiera cómo hacerlo. No había forma elegante de hacerlo. Ni siquiera saltando por la maldita ventana conseguiría una salida digna.

—Yo no quería…

—Mírate ahí abajo, mon amour, y dime que no querías…

Punto para Colette. Vas sumando, ¿no? Para una vez que puedo presumir de dos puntos seguidos…

Se pasó la mano por el pelo y la otra por el miembro erecto. No recuerdo haber visto nada más erótico en toda mi vida. Mi marido era lo más excitante que me había llevado a los ojos y a la boca, y me iban a hacer falta muchos otros cuerpos para poder olvidarlo.

Según la Agencia Francesa para Personas que Juraban Haber Aprendido la Lección, el noventa y nueve por ciento de las recaídas empiezan con la frase: «Solo una vez más».

Pero tenía que conseguirlo. Aquello no dejaba de ser el día de la marmota, solo que Bill Murray aprendía algo cada mañana y yo seguía empeñada en cometer exactamente los mismos errores.

Me ilusionaba y me desilusionaba como lo hacía un niño en una tienda de juguetes, que lo quería absolutamente todo.

La diferencia era que Bill Murray nunca se despertaba empalmado encima de su ex. Yo sí. Bueno... él sí. Y ese pequeño detalle complicaba muchísimo el aprendizaje.

Yo quería matarlo y acostarme con él. Los terapeutas deben de tener un nombre muy bonito para eso. Yo solo lo llamaba un día normal cualquiera.

—No debía pasar…

Quise decirle que opinaba diferente, que yo lo llevaba deseando semanas, y que habríamos podido terminar aquel encuentro con un «vamos a solucionarlo», pero me encantó encontrar en su rostro esa mezcla de arrepentimiento, deseo y duda.

Y esa necesidad de mí como había sentido yo de él.

Y como seguía sintiendo, si era sincera.

Rabiaba por el vacío que había dejado allí donde había ardido solo unos instantes antes.

Me dolía su ausencia. En todo mi ser. En todo lo que era yo.

No me estoy refiriendo solo a mi entrepierna, aunque escocía mucho más de lo que me habría gustado reconocerle a nadie en este mundo.

En verdad, no pensaba reconocérselo a nadie en este mundo.

Si lo comentas con alguien, que sepas que también entras en mi lista negra, y tengo una amiga que sabe deshacerse de cadáveres.

Y allí estaba yo, decidiendo si seguía siendo mala… o la más horripilante malvada que jamás pudo imaginarse Disney.

Según el Instituto Internacional para Villanas Románticas, ninguna mujer se considera la mala de la historia mientras el hombre que la besa siga temblándole entre los brazos.

Entreabrí los labios y jadeé.

Me mordí los labios y él hizo lo mismo.

—Mierda.

—Merde.

Y Oliver se me lanzó encima, apresándome los labios con esa determinación que solo un hombre que los conoce bien puede demostrar.

Según mi Agencia Francesa para Ideas que Parecían Buenas Hace Cinco Minutos, cuando una mujer piensa «solo una vez más», la probabilidad de que acabe liándola todavía más ronda aproximadamente el ciento diez por ciento.

La cuarta peor decisión de la semana acababa de empezar.

«Ya pensarás mañana en cómo demonios arreglas esto, ¿no?»

Estaba clara la respuesta a esa pregunta.

Según el Instituto Nacional de Segundas Oportunidades, acostarte otra vez con tu ex reduce considerablemente la probabilidad de tomar decisiones inteligentes durante las siguientes veinticuatro horas. El margen de error del estudio es del cien por cien.