Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 21
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Chapitre 21

Insatisfaction sexuelle.

(Insatisfacción sexual)

«No te mereces esto, no te mereces esto, no te mereces…»

Me quedé dormida en el sofá, repitiéndome que mi vida podía haber sido diferente si no hubiera cogido aquel maldito avión a Valencia.

Tuve pesadillas con ese viaje. El avión se caía y no sobrevivía sino yo.

Lo peor de todo era que, casualmente, mis padres también habían cogido el mismo vuelo, al igual que todos los chicos con los que salí antes de enamorarme de Oliver, al igual que mis amigas…

Toda la gente que había dejado atrás al marcharme de París estaba muerta, entre los restos del fuselaje, y yo solo tenía un hierro retorcido que me atravesaba el pecho, a la altura del corazón, pero que no me había matado.

Un sueño que, por otro lado, estaba claro que había incitado Amanda con su recurrencia a los temas de asesinatos, venta de órganos y desapariciones misteriosas de cuerpos en vías de descomposición forzosa. Y yo… no dejando de pensar en Oliver.

Tenía que dejar de comer palomitas y ver pelis románticas antes de quedarme dormida. O quizá tenía que dejar de pensar en mí como en una víctima, o como la culpable de todo.

También podía ser que debiera intentar dormir más profundamente, y no de aquella forma tan incómoda, en el salón de casa, en un sofá que no era tampoco ninguna maravilla. ¿Para qué demonios estaba la maldita cama?

«Para que la babearan tipos como Beni. ¿Has puesto ya la lavadora o se te ha olvidado?».

Me di la vuelta, tratando de coger la postura, pero me pareció una tontería lo de tratar de dormir en el salón.

Para eso tenía un dormitorio. Una cama medio decente.

Si Oliver regresaba con una chica, usaría el sofá.

No tenía que cederle la comodidad de nuestra alcoba para sus correrías nocturnas. Además, aquel sofá me recordaba lo que…

«Deja de regodearte en la mierda, anda, joli. Cada vez se me hace más difícil rescatarte de las profundidades de tu patético pesimismo».

Me arrastré a la cama y me arropé con la colcha.

Asombrosamente, volví a quedarme dormida sin esfuerzo.

Estaba cansada después de la noche casi en vela que había pasado vigilando a Beni, o maldiciendo a mi ex, que no se callaba al otro lado de la maldita pared de juguete.

Me desperté con el ruido de la llave al abrir la puerta, o más bien con el ruido del llavero al caer al suelo y al escuchar las maldiciones de Oliver.

Lo lanzó sin cuidado alguno sobre la mesa, y cerró la puerta con menos cuidado aún.

La señora Ofelia ya estaría cogiendo su bastón y azuzando a su perro salchicha para que saliera a morderle el culo a quien estuviera haciendo tanto ruido.

Contuve la respiración, intentando adivinar si estaba solo o acompañado.

Me tembló todo el cuerpo cuando me di cuenta de que estaba demasiado a la expectativa y de que no soportaría que hubiera conseguido ligue dos noches seguidas.

Eso… y que lo necesitara, también. Conmigo, hacía mucho tiempo que había dejado de tener sexo todas las noches.

Pero estaba claro que la variedad podía animar a cualquier hombre aburrido de su vida sexual en pareja. O, que estadísticamente hablando, yo era una pareja sexualmente aburrida.

Según el Ministerio de la Vergüenza Ajena, el noventa y cuatro por ciento de las mujeres recién abandonadas creen que la nueva novia del ex hace cosas en la cama que ellas jamás se atrevieron a hacer. El seis por ciento restante también lo cree, pero todavía no está preparado para admitirlo.

Encendió la luz del dormitorio y me hice la dormida.

O la muerta, cual zarigüeya. Total, a él le iba a dar igual una cosa o la otra.

Creo que no se acordaba de que podría estar allí, durmiendo, porque de inmediato la apagó y se desnudó intentando tener algo más de cuidado.

Pero no lo consiguió. Torpemente, tropezó varias veces con los muebles y tanto el cinturón como los zapatos hicieron mucho ruido al caer en el suelo de madera.

—¡Ssshhhh! —les chistó, como si fueran ellos los culpables del ruido y no él quien lo había provocado. Muy propio de él, que nunca tenía la culpa de nada.

Seguí sin moverme. Incluso hice una profunda respiración, imitando a un sutil ronquido. Uno muy pequeño, ya que sabía que yo, de normal, no roncaba nunca.

Oliver se puso a tararear una canción infantil que decía… «¿vamos a la cama?» Estaba borracho.

Por mi escasa experiencia, existen tres tipos de hombres.

Los que se acuestan en una cama, los que creen que lanzarse al colchón era lo mismo que zambullirse en verano en una piscina sin socorrista, y después estaba Oliver.

Según una encuesta realizada exclusivamente entre mi imaginación y yo, el reparto era aproximadamente de un treinta y cinco, un treinta y ocho y un cuarenta por ciento.

Nunca he sabido sumar porcentajes cuando estoy nerviosa.

Vale, nunca he sabido sumar porcentajes y punto. ¿Mejor así?

Torpemente, se tumbó a mi lado. Más bien, se llegó a desplomar en ella, y volvió a echarle la bronca del ruido a la mesilla de noche y a los muelles del colchón.

Se revolvió un par de veces tratando de buscar las sábanas, y al poco tiempo se puso a roncar.

Yo seguí tiesa y fingiendo no enterarme de nada en mi lado, como si no debiera estar allí y necesitara disimular.

Pero tenía el mismo derecho que él, a pesar de nuestros antecedentes.

No iba a dejar que me hiciera sentir incómoda a cada paso que daba.

O, quizá, sí…

Oliver se giró y se pegó a mí. Nuestra cama no es que fuera demasiado grande y él…

pues era de moverse mucho y ocupar bastante espacio.

Siempre lo había hecho, no era una novedad.

Un abrazo suyo podía abarcar a dos chicas como yo, y pensar en dos chicas entre sus brazos me alteró el pulso igual que lo hizo, de pronto, sentir que estaba empalmado y que se rozaba contra mis nalgas.

Roncó nuevamente.

Yo me había quitado la ropa en el sofá y me había quedado en bragas y sujetador, y al meterme en la cama no había pensado demasiado en ello.

O nada, para ser más exactos. Nikki daba demasiado calor con sus rizos marrones y me habría quitado hasta la ropa interior si no llego a quedarme dormida antes.

No era raro que durmiera en ropa interior o en pelota picada, como se decía en España. Lo que sí resultaba anormal era que lo hiciera después de que hubiera empezado nuestro intento de separación.

Sí, llamarlo intento, por no decir que era un absoluto fracaso.

Mi ex enterró su rostro en mi cuello y pasó el brazo por mi cintura. ¿Estaba realmente dormido o tan borracho que no se daba cuenta de que se estaba rozando con su propia esposa?

Roncó una vez más.

Estaba dormido y teniendo un sueño húmedo con alguna de las chicas con las que se veía últimamente, el muy…

«¡Dale una patada! Se le va a quitar la borrachera del golpe».

La mano de Oliver fue en busca de uno de mis pechos y lo envolvió con posesividad.

Estuve a punto de darle un codazo para despertarlo y echarle en cara que me estuviera metiendo mano, pero algo me obligó a permanecer quieta.

Y no me gustó nada reconocerme a mí misma qué era ese algo.

Estaba excitada. Y deseaba que me tocara.

Hacía mucho tiempo que Oliver y yo habíamos tenido nuestra última noche de pasión.

Antes de la gran pelea, por lo menos… ¿dos meses ya?

¿Tres? A pesar de haber tenido un final largo y molesto, habíamos encontrado la manera de acabar enredados el uno con el otro en cualquier superficie horizontal o vertical.

¿Nos gritábamos? Acabábamos besándonos y en la cama.

¿Nos dejábamos de hablar? Terminábamos buscándonos el uno al otro con alguna estúpida excusa, como si el sexo lo solucionara todo.

Acostarnos no iba a solucionar nuestra ruptura. Pero, la última vez que tuvimos sexo… no supe que estaba siendo la última. Esta, sin embargo, sí podía serlo.

Me debía esa última vez. No de amor. De locura.

«Sí que estás loca, sí».

Según el Departamento de Clasificación de Catástrofes Domésticas de Colette, acababa de registrar oficialmente la tercera peor decisión de la semana.

Lo preocupante era que no fui capaz de recordar si estaba empezando o terminando...

y el comité que lo evalúa seguía deliberando sobre si adelantaba posiciones.

«Tú y tu escasa capacidad para hacer cálculos en cualquier situación, aunque tengas calculadora delante».

Se me tenía que dar mejor el ábaco.

No tenía que pasar nada. Pero quería que pasara.

Si se despertaba y se daba cuenta de lo que estábamos haciendo, siempre podía decirle que yo también estaba borracha y soñando con un tipo al que había conocido por la aplicación y que me había mantenido excitada gran parte de la noche.

¿No era eso lo que le estaba pasando a él?

Se habría calentado con su cita, ella al final lo habría rechazado, habría bebido hasta que ya no pudo permanecer de pie, o le faltó dinero en la cartera, y había regresado a casa con el rabo, nunca mejor dicho, entre las piernas.

La diferencia era que ese rabo, en ese momento, estaba bien duro y bien dispuesto.

Y yo me moría por tenerlo entre mis muslos.

«¿Aunque lo haya calentado otra y no sea contigo con quien quiere acostarse, mon cher?»

Me pellizcó un pezón y se me olvidaron todas las objeciones que le estaba poniendo al asunto.

Me besó el cuello, olí su aliento, a alcohol y a él, y me perdí en mis excusas.

Sí, me importaba bien poco que no fuera a mí a quien deseara.

Yo solo quería esa última vez que el destino me estaba poniendo en bandeja.

Me quité las braguitas con cuidado, tratando de no hacer movimientos bruscos para que no se notara que estaba despierta y que él no se despertara a su vez, y expuse mi piel contra la tela de su ropa interior abultada.

Siguió besándome torpemente mientras sus manos me recorrían impúdicamente, como le había visto hacer sobre el cuerpo de Nicolle.

Me enfadó recordarla precisamente en ese momento, pero allí estaba la imagen de ellos dos, en el sofá, chocando el uno contra el otro sin importarles que yo estuviera mirando.

«Lo tienes bien merecido».

Tan erótico, tan doloroso.

En alguna parte del sueño, Oliver se dio cuenta de que, por más que se restregara contra mis nalgas, si no ponía remedio a lo de sus calzoncillos, poco agujero iba a poder catar.

Sentí la otra mano bajar el elástico de su bóxer a la vez que recorría la piel del culo.

Necesitaba sus caricias de una manera casi vergonzosa.

Maldije en voz baja mientras sus dedos se perdían entre mis pliegues y yo comenzaba a gemir y a retorcerme bajo sus caricias expertas.

Lamió la parte superior de mi espalda. No supe contenerme y susurré su nombre.

Quizá, porque quería que se despertara y se diera cuenta de lo que estaba a punto de pasar…

y que pasara. O, tal vez, porque quería detenerlo, muy a pesar de todas mis locas hormonas y todas mis jodidas necesidades.

—Oliver…

Ya estaba dicho. Una gilipollas, eso era lo que era.

Lo sentí respirar hondo, mientras su mano seguía cubriendo mi pecho y sus labios jadeaban sobre la piel de mi espalda. Pero sus dedos, que se habían perdido en mi interior, dejaron de moverse. También lo hicieron sus caderas.

Unos segundos más tarde, su boca ya no se movía ni me buscaba.

Y unos minutos después, la impetuosidad de su entrepierna había perdido dureza y descansaba, acurrucada, entre mis nalgas.

Respiraba plácidamente, como si nada hubiera pasado.

—¿Qué he hecho? —me lamenté, en silencio, horriblemente molesta con el final de aquella historia.

«Lo que tenías que hacer, Colette. No se estaba acostando contigo».

—Pero ¿y sí en verdad me deseaba a mí, y no a otra?

«Eso nunca lo sabremos…»

Según mi Instituto Valenciano del Drama Sentimental, las preguntas que empiezan por un «¿y si...?» tienen exactamente un cero por ciento de posibilidades de cambiar el pasado, pero un cien por cien de probabilidades de impedirte dormir.

Y, por primera vez desde que Oliver y yo nos conocimos, descubrí que había una respuesta que ya no quería averiguar.