Chapitre 20
La lutte contre l'algorithme.
(La lucha contra el algoritmo)
Una persona normal, después de una ruptura, se apunta al gimnasio. O aprende italiano. O se compra una planta que acaba muriéndose por exceso de cariño.
Yo… me abrí una cuenta de Tinder.
Porque, cuando ya has tomado suficientes malas decisiones durante unas cuantas semanas, una más tampoco cambia demasiado las estadísticas. Y ya sabemos que las estadísticas son importantes. Si a estas alturas no lo sabes, es que estás haciendo una lectura en diagonal de este libro.
Amanda sostenía que el setenta y tres por ciento de las personas encontraba antes una pareja nueva que el mando de la televisión perdido entre los cojines del sofá.
Yo empezaba a sospechar que el otro veintisiete por ciento vivía conmigo y no los veía.
Y que me habían escondido ellos el mando del televisor.
Con el móvil en la mano, me dije que nada podía salir mal. Y ya sabemos que esa frase nunca lleva a nada bueno y que es completamente falsa.
Deslicé el primer perfil hacia la izquierda.
Demasiado musculoso. Pasé al segundo. Demasiado sonriente.
¿A ver qué tal el tercero? Demasiado convencido de que posar sin camiseta delante del espejo del gimnasio era un rasgo de personalidad que podía enamorar a cualquier chica en kilómetros a la redonda.
—No... no... tampoco...
Otro más. Otro. Otro. Y otro más.
¿Era posible que todos los hombres de Valencia compartieran el mismo fotógrafo, el mismo espejo y el mismo bote de proteínas?
A lo mejor tenía que buscar más allá y ponerme a aprender catalán. ¿Los refranes serían diferentes?
Deslicé una vez más, admito que más por aburrimiento y frustración que porque fuera buscando algo seriamente esa noche. No estaba ya para más emociones fuertes y, si llega a haber una a la vista, habría alegado que era más fuerte mi gastroenteritis inventada.
Y entonces apareció él.
Atlas.
Casi dejo caer el móvil sobre la cara. Vale, sí que se me cayó y me dio un buen golpe en la nariz, pero me parecía muy vergonzoso reconocerlo. No se lo cuentes a nadie, ¿vale?
—¿Otra vez tú?
La aplicación no respondió. Me pareció muy poco profesional por su parte.
Observé el perfil.
La misma mandíbula, la misma camisa, el mismo cuello que me conocía demasiado bien…
Y aquella maldita descripción. “No prometo para siempre. Prometo que, mientras dure, no te vas a aburrir”.
Oliver. Mi maldito y malnacido Oliver.
Me dolió como solo puede dolerte el alma cuando te quitan lo que más quieres en este mundo. No quiero que sientas en tus carnes lo que te estoy contando, porque eso sería de muy mala persona por mi parte.
—A mí sí que me prometiste un para siempre, mon cher .
Me costó lo indecible mandarlo hacia la izquierda, pero cuando lo hice, fue con toda la rabia del mundo.
La pantalla parpadeó, como si no se creyera que hubiera rechazado al tal Atlas.
«Vas a hacer cortocircuitar al algoritmo».
Nuevo perfil de un tal Marcos. Dos fotografías, un perro y una tabla de surf. Me pareció completamente aburrido. Izquierda.
Nuevo perfil. Un médico con demasiados dientes. Izquierda.
Nuevo perfil.
Atlas.
Volví a incorporarme en la cama. Aquello no me podía estar pasando.
—¿Perdona?
Miré alrededor como si hubiera alguien escondido riéndose de mí. O me hubieran puesto una cámara oculta para un programa de televisión. O quizá era Amanda, que había saboteado la configuración de la aplicación para tener contenido para su podcast imaginario.
Volví a deslizarlo a la izquierda, pero, a pesar de ser la segunda vez que lo hacía, no por ello dolió menos. Que no pudiera hacer match con mi propio marido, cuando parecía que el algoritmo nos encontraba absolutamente compatibles, era de chiste.
Cinco perfiles después... Atlas.
—¿Pero esto qué demonios es?
Estadísticamente no creo en las casualidades, así que ya fui directa a buscar en la configuración. Distancia. Edad. Intereses. Idiomas.
Quité francés.
Lo volví a poner.
Amplié kilómetros.
Los reduje.
Le dije prácticamente a la aplicación que aceptaría salir con un pastor de cabras del Pirineo si hacía falta, pero que no me volviera a poner al tal Atlas, el que no dura para siempre, delante.
Dejé un maldito mensaje en el chat de soporte informático pidiendo ayuda, para que aquello no volviera a pasar. Por supuesto, un educadísimo robot me escribió un mensaje estándar en el cual me decía que solo se mostraban perfiles interesantes para mí.
Y estaba claro que el tal Atlas era un tipo tan interesante que no entendía cómo no me lo comía con los ojos cada vez que me lo mostraba.
Cinco perfiles después...
Sí, lo has adivinado. También te digo que no era difícil adivinarlo.
Amanda habría dicho que aquello era una señal del destino o una broma macabra de un informático de guardia que estaba teniendo mucho tiempo libre en su sala de control de problemas de la aplicación, léase «su sofá», esa noche.
Yo opinaba que era acoso tecnológico.
Según el Instituto Internacional Amanda de Estadísticas Inventadas, el noventa y nueve por ciento de los algoritmos terminaba enseñándote justo a la persona que más daño podía hacerte. El otro uno por ciento era publicidad de aspiradoras. Las cookies , que son así de cachondas.
Opino que una aspiradora, bien usada, también puede hacerte mucho daño.
Yo empezaba a sospechar que Oliver también vendía aspiradoras.
Bufé. Nikki me miró, creyendo que por fin iba a tener un nuevo compañero de piso que le diera más juego que yo.
Nikki se comportaba casi siempre más como un gato que como un perro.
Probablemente por eso casi siempre le ganaba la partida la salchicha de la señora Ofelia.
Cuando se dio cuenta de que seguía siendo yo, bajó la cabeza y volvió a cerrar los ojos.
Abrí el perfil por cuarta vez, solo para comprobar que seguía siendo igual de idiota.
Las fotografías seguían gustándome. Muchísimo.
Maldito fuese. La descripción seguía pareciéndome de un creído insufrible.
Y, lo peor de todo, seguía sabiendo perfectamente que, si no hubiera conocido a Oliver y me hubiera cruzado con Atlas en aquella aplicación, probablemente le habría dado a la derecha.
Muchas veces.
Amanda habría dedicado un episodio entero de su podcast imaginario a aquel caso. «El algoritmo asesino. Un crimen perfecto cometido por una aplicación de citas. Ochenta y siete minutos de investigación y tres anuncios de colchones viscoelásticos».
Yo, mientras tanto, seguía siendo la víctima.
Cerré Tinder de golpe. Cinco segundos después volví a abrirlo, solo para comprobar una cosa. Sí, eso que estás pensando. ¿Podía ser cosa de las estadísticas? Tres perfiles... y Atlas.
—Te juro que como vuelvas a salir te tiro por la ventana.
El móvil no pareció impresionarse con mi estúpida amenaza, porque Oliver volvió a aparecer. Sonriendo. Como si el algoritmo también quisiera reírse de mí. Todo el mundo, humano o máquina, pretendía hacer de mi vida un chiste malo esa horrible noche.
Apagué la pantalla y entré en el dormitorio.
Me sentía como un animal enjaulado. Dejé el móvil boca abajo sobre la mesilla, maldiciendo mi suerte.
No lo iba a volver a coger. Seguro que en alguna parte de la casa había algún libro interesante que no me hubiera leído y me pudiera hacer el apaño.
Que no fuera un best sellers de autoayuda deportiva o muy de influencer fitness.
Pues no. Resultó que todo lo que no me había leído era de Oliver y estaba colocado en su lado de la estantería.
Encontré tres libros sobre la mesa que había al lado del sofá y donde una antigualla de teléfono fijo tenía su lugar sin que nadie lo utilizara.
Los títulos no tenían desperdicio alguno.
« Abdominales antes que excusas» , « Tu mejor versión tiene agujetas» y « El sofá no quema calorías» .
No sabía cuál de los tres me parecía más ofensivo.
El cuarto era un recetario de batidos proteicos.
Ese sí que daba miedo y no las películas de vampiros.
Seguí repasando los libros de casa. En la estantería encontré otros, de la talla de «100 formas de sufrir voluntariamente», «El arte de ponerse cachas sin morir en el intento» y «Ama las sentadillas, aunque ellas no te amen a ti» .
—¿De verdad, Oliver?
¿Cómo no me había dado cuenta antes de que todo eso estaba ahí si era yo la que les limpiaba el polvo dos veces en semana?
«Muy probablemente, porque cuando lo hacías estabas pensando más en los polvos que te había echado él que en los polvos que estabas quitando».
Según Amanda, una mujer tarda una media de siete meses en descubrir que el hombre con el que convive tiene aficiones preocupantes. Yo llevaba varios años casada y acababa de descubrir que compartía techo con una librería de autoayuda para bíceps.
En la estantería también convivían « Cómo levantar más peso que tus problemas» y un diccionario de francés que Oliver jamás había abierto. Aquello resumía bastante bien nuestro matrimonio.
Fui a la mesilla de noche de Oliver, donde recordaba que siempre tenía un libro. Lo cogí y casi me atraganto con mi propia saliva.
—La felicidad cabe en una talla menos— leí el título, con los ojos a punto de salirse de mi rostro. En la portada, una chica sujetaba una camiseta talla XL y otra de talla XS.
Las estadísticas me decían que la probabilidad de que, leyendo ese libro, pasara a usar una talla XS llevando una XL eran de números negativos, mientras que al contrario las posibilidades se disparaban al infinito, ya que podías darte a la bebida, al chocolate, o a ambas cosas al mismo tiempo mientras pasabas las páginas.
Confieso que ese lo tiré directamente a la basura. No quería aquella mierda en mi casa. Y no pensaba disculparme con Oliver por hacerlo. Me encargaría de tirar sobre la portada las heces de Nikki cuando lo llevara a la calle.
Perdón por la palabrota, pero seguro que estás de acuerdo conmigo.
Dentro del cajón de la mesilla de noche encontré uno más. «Si puedes hablar, no estás entrenando bien». Cerré el cajón con un golpe que podría haber roto la mesilla.
«Si encuentras uno que se titule “La guía definitiva para hacerse fotos en el gimnasio”, léelo. Te explicará muchas cosas sobre los tipos con los que vas a tener tus futuras citas».
Volví al salón y cogí uno de los que me habían avergonzado por tenerlos en mi casa. Me servía cualquiera de ellos para calzar una mesa o para defenderme de un intento de robo al arrojárselo al ladrón a la cabeza. Leí la sinopsis.
«Levántalo todo».
No estaba segura de si hablaba de pesas o de otra cosa. Con Oliver nunca se sabía. Seguí leyendo.
«Empuja fuerte».
Preferí no profundizar en el tema, porque me acababa de ruborizar. Y con la entrepierna mojada no podía odiar profundamente a Oliver, y sí podía ponerme a pensar en que me empujara fuerte. Muy fuerte.
«Más duro».
Decidí no planteármelo, porque ya estaba sudando. Ya había suficientes problemas de testosterona en aquella casa y la dureza no era uno de ellos.
«Resistencia».
Podría haber estado hablando de sexo antes, pero en ese momento pensaba que trataba sobre matrimonios. Resultó que era sobre correr.
«Y no, no sobre ese tipo de “correr” (se)».
Dejé el libro en su lugar y respiré hondo.
Necesitaba que se me bajara el calentón, porque he de reconocer que me había excitado mucho con todas las imágenes que me vinieron a la cabeza.
Oliver levantando… su zona levantable . Oliver empujando contra cualquier superficie mi cuerpo.
Oliver duro como una roca. Oliver resistiendo durante horas mientras me follaba…
Esperé exactamente doce segundos. Volví al dormitorio y cogí el móvil.
Ya sabes que tengo poca capacidad de autocontrol.
Y, si no lo sabes, es que no le estás prestando mucha atención a la historia.
Entré otra vez.
Atlas.
—¡ Merde !
Lancé el teléfono sobre el colchón. Rebotó. Por desgracia, no salió disparado por la ventana. Porque, sinceramente, llevaba unos minutos mereciéndoselo bastante más que Oliver.
Salí otra vez al salón, apagué la luz y me tumbé en el sofá, girada hacia el respaldo, con el firme propósito de intentar dormir. Cerré los ojos y respiré hondo.
Conté ovejas.
A la quinta oveja, dejó de saltar la dichosa valla y empezó a parecerse sospechosamente a Oliver.
Estaba cansada y no había bebido tanto, por lo que solo podía achacar esa preocupante transformación a un maleficio hecho por bluetooth .
Porque lo último que apareció cuando estaba a punto de quedarme dormida no fue el dichoso perfil de Tinder.
Fue el hombre de verdad, cometiendo fechorías en mi pervertida mente.
El que, probablemente, en ese mismo instante estaría pasándoselo mucho mejor que yo, haciendo esas mismas cosas con una mujer que no encontrara ridículos los libros que había en su estantería.
—Muchísimo mejor que yo.
Decidí que necesitaba ayuda profesional.
O una orden de alejamiento contra Tinder.