Chapitre 19 #2
Y según la física de Oliver, el que pesa menos siempre pierde la discusión.
Oliver cogió aire con mucha paciencia. Estaba tratando de tranquilizarse antes de la siguiente frase, lo sabía. Odiaba conocer tan bien a ese hijo de… a ese hombre. Vamos a dejarlo en hombre, aunque ya no estamos en horario infantil.
—No estabas llegando pronto a casa, y me despisté con la hora. Siento que me encontraras de aquella forma con la chica a la que entreno.
¿Eso era una maldita disculpa y otra vez sonaba sincero? ¿En serio?
—Podías haber estado en la habitación. ¡Podías no haberlo hecho! —De verdad que estaba muy enfadada—. No me vengas con lamentos ahora.
—¿Ves lo difícil que es hablar contigo? —protestó, crispado de pronto—. No le das ninguna credibilidad a lo que te digo.
—Es que si lo lamentas… ¿por qué lo hiciste?
—No lamento haberlo hecho, Colette —me corrigió, volviendo a controlar el tono y las palabras—.
Tengo mis… necesidades. Lo que lamento es que me pillaras.
No lo hice para… para hacerte daño, en serio.
Bastante nos hemos hecho ya. Créeme, no era mi intención.
—Y me apetecía creerlo, aunque eso lo convirtiera en mejor persona y menos enemigo—.
Y sabiendo que después saldrías por ahí en modo comando buscando venganza…
El clic sonó en mi cabeza como un resorte al abrirse la caja fuerte de los rayos y truenos que guardaba para ocasiones especiales. Algunos tenían ropa interior guardada. Yo guardaba puro y duro rencor.
—Entonces, ¿lo que lamentas es que saliera a hacer lo mismo que hacías tú? ¿Te dolió que me comportara como tú? ¿Tan egoísta eres que no me dejas ser libre, como tú te sientes?
«A ver cómo sale ahora de este lío…»
—No es eso…
—¿No? ¿Y qué es, entonces?
Se revolvió el pelo. Ese pelo perfectamente peinado que había preparado para que otra mujer se lo despeinara. Ese al que me había aferrado tantas veces mientras lo cabalgaba.
—Vale, quizá sí sea eso.
—Por fin lo reconoces…
—¡No lo sé, Colette! —soltó alzando la voz.
Me recordó eso de que «si no llevas la razón, al menos grítalo para que parezca que sí».
Estaba segura de que el dicho no era así, pero con los nervios no era capaz de recordar todas las malditas frases hechas que tenía el español—.
Esto es tan nuevo para mí como para ti. No busques más explicaciones de las que puedo darte.
Oliver llevaba más tiempo olvidándome que yo a él. Eso jugaba a su favor. Me llevaba meses de ventaja.
—Dime una cosa. ¿Con cuántas mujeres has estado desde que nos separamos?
—Define estado.
«Si no lo matas tú, lo mato yo. En serio. Está completamente justificado».
—¿Cuántas mujeres han pasado por tus manos desde que nos separamos?
—Define manos.
¡Cómo lo odiaba!
—¿Con cuántas mujeres has tenido sexo, Oliver?
Se le torció el gesto en una sonrisa que supo que no me iba a gustar nada.
—Define sexo.
—Oliver.
—Define mujer.
—¡Oliver! —le grité.
Según mis cálculos, iba camino de definir también el oxígeno si con eso conseguía no contestar a mi pregunta.
—Vale, vale.
—¡Por favor! No seas tan capullo.
—No soy un capullo. Intento no serlo, de verdad. —Mentira—. Pero para ti… lo del ordenador, ¿es sexo?
—Lo es —afirmé tajante y demasiado rápido. Demasiado dolida. Demasiado de todo.
—Para mí, no.
«¡Y se queda tan pancho! Se la estaba cascando delante del ordenador, con una chica real que estaba allí solo para él, excitándolo, ¡y dice que no es sexo!»
—¿Entonces?
—Entonces, desde mi punto de vista, solo me he acostado con una mujer, pero he tenido…
intercambios de favores sexuales a través de las cámaras del móvil y del ordenador de forma constante y mantenida durante todo este tiempo.
Y, la verdad, soy incapaz de darte un número.
Me… me excita, es sencillo y sin compromiso. Es rápido. Teniéndote a ti aquí…
—¿Y la de ayer?
La de ayer dolía como cien puñales clavados en la espalda.
—Pensé que tardarías mucho más en volver, Colette.
Te vestiste como si no fueras a dormir en casa —comentó, con un tono de voz que a mi corazón le robó otro estúpido e innecesario latido, visto lo visto.
Me sobraban muchos de ellos—. Ya me entiendes.
—¡Claro que lo entendía! Sugería que estaba siendo tan ruin como él, buscando sexo por las pintas que llevaba.
¿Tenía razón? ¡Por supuesto! Pero no era el apropiado para echarme eso en cara—. No pensé que nos pillarías.
¿Era rencor? ¿Eran celos? ¿Era… qué era lo que había en su voz? No, no quería volver a imaginarme cosas. No había necesidad de hacerlo. Dolía, me hacía mucho daño.
—No sigas…
Quise apartarme. Ese segundo en el que me hacía creer que le seguía importando me quitaba años de vida. O la vida, directamente.
—No pretendí que nos encontraras aquí de esa forma —siguió, sujetándome del brazo para que no huyera.
¿No era yo la que quería hablar? Pues allí estaban mis dos tazas cargaditas de diálogo.
O barreños enteros de diálogo—. Cuando escuché la puerta…
de verdad que fui a pedir disculpas, a pararlo todo, a sacarla de casa. Pero, después…
Claro, después había salido yo al rellano, había cogido al tipo casi desconocido de la ropa y lo había metido en nuestro salón para no quedarme atrás en aquella rocambolesca escena de película mala que no se estrena en el cine. Y a Oliver nunca le había gustado quedarse atrás.
«A ti, tampoco. Aunque seas sencilla, tranquila y tierna, lo hiciste a mala leche».
—Si no llego a meter a Beni en casa…
Me tembló la voz.
—Nicolle y yo habríamos parado. Te lo juro.
—¿Estás seguro de ello? —pregunté, dudando. Mi ex podía ser muy manipulador si se lo proponía, y ya sabía que aquel juego lo quería ganar costara lo que costase. Competitivo a nivel «pro». Solo había que ver la ropa deportiva que se gastaba el muy cabrón.
Le gustaba ganar incluso compitiendo con niños de parvulario. Y se quedaría con sus chupetes como trofeo si eso le hacía imponerse.
Lo vi observarse la punta de los zapatos. Estaba meditando su respuesta. ¿Para ser plenamente consciente de lo que iba a contestar o porque estaba buscando la manera de ser lo más creíble posible?
Daba igual. La espera me había robado un último latido y me había destrozado el alma.
Mala señal. Y había tardado demasiado en responder. Muchísimo. Tanto, que me dio tiempo a odiarlo, querer besarlo, volver a odiarlo, imaginarme estrangulándolo, apretando contra su cuello una esterilla de yoga… y recordar que todavía tenía que poner una lavadora.
Mi Departamento de Cronometría Emocional sostiene que cualquier respuesta que tarda más de cinco segundos en salir de la boca ya no es una respuesta, es una versión corregida.
—Sí.
Lo vi en el brillo de sus ojos, en la forma de apartar la mirada, en la enorme pausa. En todo.
—Mentiroso.
El móvil vibró dentro de mi bolso. Los dos escuchamos el sonido. Saqué el móvil y traté de centrar la atención en otra cosa. Yo porque necesitaba una excusa para dejar de mirarlo, y el móvil siempre es un buen motivo de distracción. Él lo miró también… porque era un cotilla.
Bajé la vista.
Tinder.
«A Sergio le ha gustado tu perfil».
Oliver también lo leyó.
Y, por primera vez en toda la conversación, dejó de parecer tan tranquilo. Solo un segundo, pero lo vi.
Y ese segundo valió más que todas sus explicaciones.