Chapitre 19
Nous devons parler.
(Tenemos que hablar)
Dejé a Amanda en su casa y llegué a la mía temiendo lo que podía encontrarme en ella. La experiencia del día anterior no había sido de las mejores para recordar, así que era natural que me temblara un poco el pulso al intentar meter la llave en la cerradura.
El podio de mis situaciones vergonzosas de los últimos días podía describirse así: bronce, el descubrir a Oliver delante de la webcam; plata, el encontrarme a Oliver teniendo sexo en nuestro sofá. Y el oro se lo podía llevar la situación que me encontrara justo en ese momento al girar la llave.
«¡Y el ganador es…!»
Encontré a Oliver poniéndose una chaqueta sobre una camisa perfectamente planchada, y que no le había planchado yo, ¡bonito fuera!, en el salón de casa.
Pues no, hoy no hacía oro en el podio.
Estuve a punto de preguntarle si iba a salir, pero también supe al instante que podía contestarme que a mí…
¿qué me importaba?, así que mantuve la boca cerrada mientras dejaba mi bolso sobre la mesa del comedor y contemplaba el desorden del piso.
No había sido la mañana en la que más ímpetu había cogido para recoger, y menos con dos desconocidos en casa a los que costó echar.
Pero tampoco tenía ganas de ponerme a ordenar a esas horas.
Me apetecía darme una ducha y tumbarme un rato a ver un poco la tele dejando que Nikki se acomodara a mi lado para rascarle detrás de las orejas.
Los perros nunca defraudaban a la hora de recibir y dar afecto.
Quería aprovechar que iba a tener el sofá y la propiedad del mando a distancia para mí sola.
Oliver apenas me miró un par de veces, mientras terminaba de arreglarse. Cogió las llaves de casa y se metió la cartera en el bolsillo trasero de ese pantalón vaquero que tan bien le sentaba.
Odiaba seguir mirándolo y sentir que se me había escapado el tío más estupendo del mundo. Un capullo, sí, pero estaba cañón.
«No te quedes con las ganas de decírselo».
Imagino que te imaginas que hablo de lo de ser un capullo, no de que estaba cañón.
Me envalentoné, probablemente por las cervezas y muy posiblemente por la mala experiencia que habíamos tenido la noche anterior. Había que ponerle barreras al campo, como le había escuchado a él un montón de veces, aunque creo que el refrán no era ese.
—¿Llegamos a un acuerdo y no nos traemos a los ligues a casa?
Oliver apenas giró la cabeza, pero sí me miró llevando los ojos a los míos, como si mi discurso no fuera a tener nada interesante que aportar y no fuera necesario el esfuerzo a la hora de mover músculos y gastar energía. Lo dicho, un capullo.
—Vamos a ser sinceros —comenzó, mirando su imagen en el espejo.
Para eso sí que tenía tiempo—. A ninguno de los dos le sobra la pasta, que yo sepa.
Y teniendo un lugar donde poder practicar sexo sin problemas, la verdad, me parece un desperdicio no hacerlo.
Entiendo que a ti te moleste, porque te va a costar bastante ligar, pero en mi caso…
—Espera un momento —lo interrumpí, sintiendo que me empezaban a arder las orejas.
¿De verdad podía soltar algo así y quedarse tan fresco?
—¿Acabas de insinuar que no quiero que vengas aquí a follar porque yo no voy a poder ponerme a tu nivel en cuestión de cantidad de citas, trésor?
No puedo creer que haya estado casada con un tipo como tú, ¡oh mon Dieu!
—No te lo tomes a mal —intentó corregir el otro, pero con ese gesto altanero del que no sabe muy bien qué es lo que ha dicho que haya podido ofender a la otra parte.
Un «lo siento por si te he hecho sentir mal, pero tampoco me importa demasiado»—.
Tú no eres así. No eres de buscar a nadie para desahogarte.
Tú… tú eres sencilla, tierna, tranquila…
Saqué una botella de agua del frigorífico y me la bebí entera. Empezaba a sentir que la cerveza se me había subido demasiado a la cabeza y necesitaba hidratarme antes de cometer un asesinato.
«Recuerda siempre lo que dice Amanda. Ten una coartada beoda disponible a todas horas».
Ahí estaba otra vez. Oliver señalando cosas de mí que antes llamaba virtudes y ahora parecían defectos. Tranquila. Tierna. Sencilla.
¡Qué forma tan elegante de decir aburrida!
Según mi Departamento de Traducción Simultánea del Lenguaje Masculino, «eres muy tranquila» significa exactamente «me gustabas muchísimo hasta que dejé de valorar aquello que más me gustaba de ti».
«Y según tu Instituto Nacional de Estadísticas de Colette, el noventa y ocho por ciento de las veces que un hombre empieza a describirte como «tranquila», ya está buscando una mujer que le complique la vida, y el dos por ciento restante todavía no lo ha descubierto».
—Lo dices como si fueran defectos y no como virtudes de la mujer que ha sido tu esposa todos estos años, mon cher mari.
¿Acabas de describirme o estás leyendo las instrucciones de una infusión relajante?
—Estaba muy cabreada y él lo sabía. Estaba muy cabreada y no quería esconderlo—.
Porque solo te ha faltado recomendarme dejar reposar cinco minutos antes de consumir.
¿Y después qué viene? «¿Ideal para tomar en las noches difíciles? »
Me mareé otra vez. La situación volvía a ser la de ponernos a ambos en una balanza y que él dejara claro que, si nuestro matrimonio había terminado en tragedia, era por mi culpa.
Por ser sosa, aburrida, y estar resentida con mi vida en Valencia.
Y por dejarle caer de vez en cuando que en París yo habría tenido muchas más posibilidades de salir adelante, y lo había abandonado todo por él.
«Amour, eso es cierto. Pero ambas cosas. Cansa escucharte decir que todo habría sido mejor si no llegas a dejarlo todo por él. Y también todo habría sido mejor para ti si llegas a quedarte bajo la protección de tu familia».
No quería estar de acuerdo con ese pensamiento, pero no podía echarle la culpa de todo a Oliver.
Por eso, precisamente, no había podido seguir ninguno de los consejos que, de primeras, me dio Amanda.
Porque sabía muy bien que, en aquella ruptura, ambos teníamos culpa y ambos nos habíamos dejado llevar por la maldita marea, hasta que nos arrastró de golpe tan fuerte que nos estrelló contra las rocas.
—No son defectos ni virtudes, Colette —y en esta ocasión sí que me miró mientras me hablaba. Ojalá no lo hubiera hecho. Perdí un maldito latido en el momento en el que posó sus ojos sobre los míos—. Son cosas que están ahí, sin más y que, a mí, al final… me apagaron la llama.
Yo sí que le iba a dar con el extintor en la cabeza.
Me quedé mirándolo. ¿La llama? ¿Quién demonios hablaba así en una discusión matrimonial?
Parecía un anuncio de velas aromáticas. «Canela, vainilla y divorcio inminente.
Pruebe nuestro nuevo aroma». O mejor aún, «Canela, vainilla y divorcio inminente.
Disponible también con aroma a gimnasio y culpa masculina».
«Esto se te está yendo de las manos como los eslóganes a Amanda, y lo sabes».
—¿La llama del amor o la de la… luxure… lujuria? —me corregí, antes de que lo hiciera él, como con todo lo que hacía mal desde su maldito punto de vista.
Dejó de mirarme.
—No vayamos a pasar otra vez por esto…
—¿Tanto te cuesta? ¿Tan difícil es mirarme y hablar conmigo?
—Me duele…
Mi corazón se saltó otro escurridizo latido.
—No debiera dolerte si ya no me quieres.
«Lo que te gusta volver al drama…»
No podía sacarme de la cabeza la conversación en la que se fue todo al traste, fuera lo que fuera eso.
Aquella en la que puso punto final a nuestro matrimonio, a pesar de saber que hacía meses que no estábamos bien.
Aquella que abrió la puerta del infierno para mí.
Aquella en la cual había mentido, porque yo seguía queriéndolo además de lo mucho que lo odiaba, también.
«No, ya no lo quieres. Solo estás acostumbrada a quererlo. Solo estás adaptada a lo que sentías con él, y como eres así de tranquila, sencilla y… ¿qué otra cosa te ha llamado?, no ves más allá de lo que había. No miras al futuro, solo al pasado».
—Tierna —me susurré a mí misma, recreándome en el tono de voz que había usado para decirlo. Había encontrado emoción en él, pero no quería hacerme ilusiones. No podía crearme nuevas y estúpidas esperanzas.
—Pues… me duele —reconoció. Y parecía tremendamente sincero.
—Pues tienes una forma rarísima de demostrarlo.
—¿Y tú?
—Yo al menos no me estoy follando a una alumna.
—Exalumna.
—Ah, claro. Muchísimo mejor.
¿Por qué demonios soltaba esa frase lapidaria?
¿Para que me quedara prendada nuevamente de sus dotes de seducción y él pudiera hacer y deshacer a su antojo?
¿Con qué maldad se podía tejer tantas mentiras y tantas trampas para seguir adelante y anclarme a mí en el momento en el que lo conocí… y me enamoré de él?
—Si te doliera no estarías haciendo esto —recriminé a mi vez, volviendo al tema, tratando de buscar excusas para lo que despertaba en mi interior—. Eres un mentiroso compulsivo.
—Piensa lo que quieras, Colette —soltó molesto, pero tranquilo.
Parecía que no quería volver a montar una escena, de esas en las que los dos habíamos acabado siempre llorando y en la cual tocaba una magnífica reconciliación de película.
Sí, de esas en las que estás pensando y yo tenía que comprarme un vestido para sorprenderlo—.
Ni está siendo fácil para ti ni lo está siendo para mí.
Si te crees que me gustó que me pillaras el otro día…
—¿Lo niegas, bâtard?
—¡Por favor! —exclamó, levantando las manos—. ¿A qué hombre le gusta que lo pillen de esa manera?
—¿A uno que quiere echar a su mujer de su propia casa a base de hacerla pasar vergüenza, par exemple?
—¿Más vergüenza tú, o más vergüenza yo? —La pregunta, viniendo de otro, habría tenido sentido. Pero, de él…— Porque si he de poner en la balanza…
—¡A la merde tú y tu estúpida balanza! ¡La odio! Odio que pongas todo en esa balanza, porque en ella siempre salgo perdiendo yo. ¡Peso mucho menos!