Chapitre 18
Femme séparée cherche attachée de presse. Voici la raison.
(Separada busca publicista. Razón, aquí.)
Íbamos ya de camino a casa de Amanda para que no acabara entre dos coches durmiendo la borrachera, que era muy de ella abandonarse a su suerte y que la recogiera un galante barrendero para no pasarle un cubo de basura por encima, pero ella seguía defendiendo su teoría.
—Necesitas un eslogan —insistió, con voz de borracha nivel despedida de soltera siendo la novia.
—No necesito un eslogan —repetí por sexta vez.
—Todo el mundo necesita un eslogan.
—¿Soy acaso una marca de yogures?
Amanda ignoró la pregunta y siguió deslizando el dedo por la pantalla de mi móvil. Se le iba a caer al suelo y se rompería la pantalla. Y no tenía un puñetero duro para comprar uno nuevo, así que mi nivel de cortisol, a pesar de estar relajada por el alcohol, estaba por las nubes.
—«Colette. Recién divorciada. Poco uso. Siempre en garaje».
—¡Amanda!
—Vale, vale... «Francesa. Elegante. No incluye traumas de serie».
«Pero pueden ser añadidos por un módico precio antes de la entrega».
—¡Amanda!
—Estoy haciendo pruebas A/B.
Según mi Departamento de Probabilidades Catastróficas, el cien por cien de las personas que dicen "«estoy haciendo pruebas» están a punto de hacerte mucho más daño.
—Escucha este. Me gusta mucho. —Y, si a ella le gustaba, estaba claro que a mí iba a horrorizarme—. «Francesa. Recién divorciada. Todavía no ha matado a nadie».
—Amanda... ¿en serio?
—Es sincero.
—Y parece un chiste.
—Y genera confianza.
—¿Confianza en quién? ¿En la policía?
—Precisamente. Si no has matado a nadie todavía, significa que tienes autocontrol.
La miré tan fijamente que cualquier otra persona habría empezado a disculparse. Pero ella no. Ella era la personal lover que nadie pedía y que al parecer todo el mundo necesitaba. Amanda siguió escribiendo.
—Vale. Tengo otro. «Empieza de cero. Café, vino y decisiones poco meditadas».
—Eso parece la biografía de una alcohólica.
—No. Parece la de una mujer interesante, arriesgada, motivada…
—Parece una mujer a la que le han retirado el carné de conducir.
—Eso también tiene su público.
Le arrebaté el móvil, por su seguridad y la del móvil. Había estado a punto de caerse varias veces de bruces mientras tecleaba.
—Dame eso —le pedí, ya de forma nada amable porque no quería acabar en el hospital para que le dieran puntos en la barbilla. Aunque seguro que con una cicatriz horrorosa en la cara seguiría ligando más que yo.
Aunque apareciera con media cara vendada, un ojo morado y un collarín que no le dejara mover el cuello, seguiría teniendo más matches que yo. Amanda era de esas personas que ligarían incluso saliendo en un cartel de «Se busca».
Pero, al parecer, yo tenía que llevar la misma, o muy parecida, carga alcohólica en sangre, ya que fue capaz de recuperarlo sin problemas y casi sin que me diera cuenta. ¿Eso era un punto para Amanda?
—No. Estoy trabajando.
—No estás trabajando. Estás borracha. Muy pedo, de hecho.
—Estoy construyendo una identidad de marca.
Según el Observatorio Europeo de Decisiones Estúpidas, el noventa y cuatro por ciento de las personas que hablan de «marca personal» están a punto de pedirte que abras un perfil en LinkedIn o que inviertas en criptomonedas. Amanda era capaz de proponerme las dos cosas antes del desayuno.
—Soy una persona.
—Por ahora.
Estuve a punto de lanzarle cualquier cosa que encontrara dentro de mi bolso, pero sabía que si se caía debajo de un coche seríamos incapaces de recuperarlo por culpa de la borrachera.
Bien mirado, que fuera capaz de razonar que no quería perder nada del interior de mi bolso indicaba que estaba menos borracha de lo que creía o…
que era demasiado aburrida como para arriesgarme a perder algo.
«Al final sí que vas a necesitar un eslogan».
—A ver este —continuó—. «Buscando olvidar a un idiota sin acabar en la cárcel».
—Ni se te ocurra.
—¿Por qué?
—Porque todo el mundo sabrá que hablo de Oliver.
Nos reímos tanto las dos que acabamos de rodillas en la acera, para no partirnos la crisma. El suelo estaba asqueroso, pero ni lo pensé.
—No hace falta conocer a Oliver para saber que hablas de un idiota— dijo entre hipo e hipo, tratando de recuperar el equilibrio con mi ayuda.
Odiaba cuando tenía razón. Amanda sonrió, bonachona.
—Este me gusta especialmente. «Cara de buena chica. Capacidad demostrada para arruinarse la vida por amor».
—¿Quieres que me pegue un tiro?
—No.
—Pues deja de escribir cosas así.
—Pero es precioso.
—Es deprimente.
—Es realista.
—Es deprimente y realista.
—Por eso creo que te pega muchísimo.
No, no me pagaba, porque yo no iba a Tinder a buscar amor. Iba en busca de sexo. Poner la palabra amor en un eslogan, aunque no quisiera tener ninguno, era del todo inapropiado y espantaría a más tíos que haber cambiado mi foto de perfil.
Le quité otra vez el móvil.
Cinco segundos después ya lo tenía ella otra vez.
Era como discutir con una gaviota. Una gaviota armada con wifi. Y las gaviotas siempre ganaban cuando tu bocadillo al lado del mar estaba en juego. No importaba cuántas veces recuperaras el bocadillo; siempre volvía cinco segundos después con más amigas y menos vergüenza.
—Dale una oportunidad a este. «Francesa. Treinta y pocos. Intentando no tomar más decisiones estúpidas».
—Es horrible.
—Sí.
—Y bastante exacto.
—Por eso creo que te define a la perfección.
Me di vergüenza a mí misma.
—¡Ya lo tengo!
—Me da miedo cuando dices eso.
—«Colette. Elegante, francesa y emocionalmente disponible algunos días laborables».
—Eso no es un eslogan.
—Claro que sí.
—Parece el horario de una oficina pública.
—Oficina pública, no, pero establecimiento tipo bar en España, que no cierra nunca…
—¿Te refieres a mis piernas?
—¡No! ¿Por quién me tomas? Soy tu amiga del alma.
Jamás sugeriría una mentira tan gorda. —¿Era o no era para matarla?
Según mis estadísticas, las frases que empiezan por «soy tu amiga del alma» terminan provocándote un problema el noventa y nueve por ciento de las veces.
El uno por ciento restante terminaba con una resaca de las que dejan huella en tu cuenta corriente y en la cantidad de dientes que te quedan en la boca—.
Escucha el siguiente. «Nueva temporada. Mismos ojos. Menos paciencia».
Siempre decía que en España había que renovarse o morir. Yo empezaba a sospechar que aquí la gente prefería hacer las dos cosas a la vez. Y me daba mala espina… porque yo seguro que me moría antes que renovarme, por llevarle a España la contraria.
Tuve que reconocer que ese no estaba tan mal. Tenía gancho. Amanda lo notó.
—¡Te ha gustado!
—No.
—Sí.
—No.
—Te ha gustado un poco.
—Quizá.
—Lo sabía.
Se puso tan contenta como si acabara de descubrir una nueva vacuna.
—Y ahora mi favorito.
—Me niego.
—Mi favorito.
—Amanda... no quiero escucharlo. Más no, por favor.
—«No busca marido. Ya probó y no le gustó».
Me tapé la cara con las manos.
—Por favor, para.
—¡Es buenísimo!
—No.
—¡Resume toda tu situación sentimental en una frase!
—Amanda.
—¿Qué?
—Si mañana aparezco enterrada bajo una maceta del invernadero, quiero que sepas que la policía empezará a buscar a mi asesino por ti. Lo voy a dejar por escrito.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí. Pondremos eso también.
—¿El qué?
Amanda sonrió mientras tecleaba.
—«Garantía de devolución no disponible».
—¡Amanda!
—¿Qué? El anterior cliente ya la utilizó.
Me paré en seco en la acera. Había tenido mucha gracia, pero no quería reírme y que Amanda lo viera. Necesitaba hacerla parar… y no sabía cómo.
—¿Qué? Tu anterior pareja ya ejerció el derecho de desistimiento. No se lo vas a ofrecer a todo el mundo.
—No sabes cuándo dejarlo —solté, sabiendo que tenía que buscar la palabra desistimiento en el diccionario para poder seguir discutiendo con ella.
—¿Prefieres algo así como que ya gastaste los dos años de garantía?
—No, prefiero poner un anuncio en Vinted diciendo que regalo personal lover .
—La garantía caducó en cuanto firmaste los papeles del divorcio. No, espera, ese no vale. Todavía no habéis firmado nada con el abogado.
Crucé los brazos, dando a entender que estaba muy enfadada.
«En verdad no lo estás tanto».
—¿Producto reacondicionado?