Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 16
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Chapitre 16

Déclencher une bombe.

(Detonar una bomba)

—¿Lista?

—No.

Era una respuesta más que obvia. Nunca iba a estar preparada para todo eso. ¿Por qué demonios preguntaba si sabía cómo me ponía?

—Perfecto.

—Amanda, hablo en serio.

—Y yo. Es ahora o nunca, la hora de escuchar el veredicto del jurado. El momento más crucial de tu vida…

—No quiero hacerlo, es la verdad —le aseguré, entrando en modo pánico.

—Claro que no. Eso estaba cantado, monina.

—¿Y si nadie me escribe?

Amanda resopló. Ya había vivido todo eso.

—Te escribirán.

—¿Y si me escribe todo el mundo?

Las posibilidades reales seguramente estaban entre esos dos extremos, pero mi cerebro nunca había destacado por elegir la opción estadísticamente más probable. Siempre prefería el desastre. Era más creativo.

Amanda se quedó pensativa. Pensativa en modo mal, en ese modo en el cual está pensando en si hacerme daño o no con su respuesta. Y ganó, por supuesto, la Amanda maligna.

—Bueno, tampoco nos flipemos —bromeó—. Estás bien, pero no eres yo.

La autoestima de Amanda sobreviviría incluso a un apocalipsis zombi.

Creo que, si lo pienso, sería ella quien la provocara.

De hecho, sospechaba que sería ella quien les acabaría dando consejos de estilismo para no ir todos con ropa hecha girones y para que se maquillaran para quitarse el tono cetrino de la cara.

Acercó el dedo al botón de publicar, como si de ese momento dependiera la subsistencia de toda la raza humana. Si yo no encontraba pareja ni me reproducía… nos extinguiríamos.

—¿Y si sale mal? —la detuve, sujetándole la mano con las dos mías, como si pensara que tenía una fuerza sobrehumana y yo fuera una enclenque de mierda. Que lo era, pero no de mierda.

—Ya salió mal casarte con Oliver.

—Amanda, por favor…

—¿Qué?

—Eso no me ayuda nada.

—A mí me ayuda muchísimo recordártelo.

Estaba claro que poner siempre a Oliver como el malo malísimo de la película se había convertido en su deporte favorito. Lo que no entendía era que no se hubiera convertido también en el mío.

Levantó otra vez la copa y la chocó con la mía, sin yo tenerla en la mano. Eso era hacer trampas. No se podía dar por bueno el maldito brindis.

Me mordí el labio inferior. Era la hora de la verdad.

—¿Por hacer que pase? —pregunté, levantando por fin mi copa. Estaba claro cuál tenía que ser el siguiente paso.

Hacer que pase no era lo mismo que dejar que pasara.

—Porque pase —me corrigió ella.

Y le dimos juntas al botón virtual de «publicar perfil».

Durante tres segundos no ocurrió nada.

Con lo aficionados que eran los españoles para decir que había que «tirarse a la piscina», me sorprendía que ninguna aplicación mostrara un socorrista antes de dejarte entrar o publicar tu perfil.

—¿Ya está? —pregunté.

—Ya está.

—Pues vaya.

—¿Qué esperabas?

—No sé. Algo de música dramática, un sacerdote formalizándolo todo con sus cruces o practicando un exorcismo a los pirados con agua bendita, un abogado con un contrato larguísimo con una cantidad indecente de letra pequeña...

Amanda iba a responder con una de sus sarcásticas réplicas cuando el móvil vibró. Las dos miramos la pantalla que seguía con la aplicación abierta. Ella leyó en voz alta.

—A Víctor le ha gustado tu perfil.

Amanda dio un gritito de alegría, brincando temerariamente sobre el taburete de la barra del bar. Yo casi tiré la copa.

—¡No me ha dado ni tiempo a arrepentirme! —grité, otra vez en modo pánico.

En España había descubierto que existían bodas exprés en Las Vegas, divorcios exprés y hasta seguros exprés. Y te podías apuntar de forma muy exprés a una aplicación de citas. Lo único que nunca llegaba rápido era un fontanero cuando tenías la casa inundada.

Tardé exactamente cuarenta y tres segundos en pasar del miedo al arrepentimiento. Si aquello fuera un deporte olímpico, empezaba a tener opciones de medalla.

—En eso consiste. Eso mismo lo tienen muy logrado los de Ticketmaster.

Te ponen las entradas delante a un precio desorbitado y te hacen creer que son las únicas que podrás comprar en…

¿cuánto? ¿Cinco minutos? Y, si no lo haces, te sacan de la lista de espera y te quedas sin entradas.

Son unos cracks haciéndote creer que hay un peligro inminente, como la sirena antes de un bombardeo.

Esto es igual, pero con citas. Si no les respondes, le dan like a otra y listo. Y tú te lo pierdes.

Para bombas estaba yo.

Vivíamos convencidos de que el amor era espontáneo, pero estaba empezando a sospechar que funcionaba exactamente igual que comprar entradas para un concierto.

Esto es, mucha ansiedad, temporizador en rojo y una comisión que no sabías muy bien quién cobraba, pero que resultaba a todas luces desorbitada.

El móvil volvió a vibrar. Amanda sonrió y yo… hice lo que tocaba. Entré en modo histeria y palidecí.

—¿Qué pone?

No quería mirar. No podía mirar. Los ojos no me enfocaban.

—Que le gustas a alguien más, seguramente.

—¿Ya?

¿Era eso posible? ¿En un minuto me podían haber encontrado interesante dos tipos de Valencia?

—Ya —soltó, como si fuera de lo más natural.

—¿Cómo que ya? ¿Eso no es raro? ¿No puede ser realmente un psicópata que le da «me gusta» a todos los bichos vivientes que se apunta nuevo a la red, para aprovechar su vulnerabilidad?

Internet tenía esa extraña capacidad de convertir a cualquier desconocido en un posible asesino en serie hasta que demostrara lo contrario.

Amanda cogió el móvil.

—¡Hostia!

—¿Qué?

—Es Vicente.

—¿¡Qué Vicente!?

—No lo sé. Pero yo cerraría la aplicación y me mudaría de ciudad.

—¿Tanto?

—Colette, hay riesgos que una debe asumir en la vida. Que te rompan el corazón. Que te estafen. Que te secuestren para quitarte un riñón…

—Amanda... —la interrumpí, pero ella siguió a lo suyo.

—Pero si Tinder empieza a recomendarte Vicentes, es que Dios te está enviando señales.

No sabía si Dios utilizaba Tinder como canal oficial de comunicación, pero, si era así, tenía un sentido del humor bastante discutible.

—¿No estarás exagerando?

«¡Qué exagere, que exagere! Si no, no es divertido».

—¿Exagerando? Acabas de divorciarte, has pillado a tu marido con otra, has intentado acostarte con un desconocido alcohólico y a pesar de todo eso has sobrevivido.

—Gracias por resumir mi semana.

—Y, aun así, lo más preocupante que te ha pasado en las últimas veinticuatro horas es esto.

—Amanda...

—No estoy bromeando.

—Amanda, por favor. De verdad que me estás poniendo de los nervios.

Otra expresión española curiosa. ¿Dónde se suponía que estaban antes mis nervios? ¿En una caja? ¿En el trastero? En este país todo acababa «poniéndose» en algún sitio o de alguna forma. Ponerse malo, ponerse colorado, ponerse las pilas... Los nervios, por lo visto, también.

—¡Deberías! ¿Y si Tinder cree que Vicente es exactamente tu tipo?

Esta vez sí sentí un escalofrío. Uno muy malo, de esos que hacen que pierdas toda esperanza en que la humanidad vaya a sobrevivir, porque tú no te vas a reproducir con el tal Vicente. Aunque no sea Vicente… pero por si acaso.

—Borra la cuenta —asentí.

—En eso estaba yo pensando —se burló.

Las estadísticas acababan de actualizarse. Tiempo que tardé en plantearme borrar Tinder: tres minutos. Tiempo que tardé en casarme con Oliver: bastante más. Claramente la experiencia servía para algo.