Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 15 #2
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Chapitre 15 #2

¿A no gustar? ¿A que me vuelvan a hacer lo mismo? ¿A quedar con un capullo que no deje de manosearme desde que nos presentemos? ¿A que el tipo con el que quede esté mal de la azotea? ¿A que me guste eso de tener sexo con un hombre cada noche y convertirme en Amanda?

Puedo seguir con la lista, pero creo que has captado la idea.

—Puedo acabar descuartizada.

—No.

—Secuestrada.

—No.

—Metida en una secta.

—Tampoco.

—Vendiendo suplementos vitamínicos por Instagram.

Amanda dejó la copa.

—Vale. Eso sí puede pasar.

Sonreí tímidamente, reconociendo que me sentía como una niña pequeña a la que deja su madre en la guardería el primer día de clase.

—Para evitarte todas esas pesadillas que se te están ocurriendo ahora mismo, lo primero es comprobar que el hombre en cuestión exista.

—¿Y eso cómo se hace? —pregunté, creándome un nuevo motivo de ansiedad al pensar que podía estar hablando con un bot u otra cosa que ni sabía que existiera.

—Que tenga más de una foto.

—Eso es normal, ¿no?

—No. Los psicópatas tienen una sola, el resto pone más.

—Amanda...

—Y los divorciados recientes se les nota siempre porque ponen fotos de hace diez años, y los que no quieren dejar rastro, solo una, y borrosa —se burló, pero a mí no me hizo tanta gracia—.

Hazme caso. Los divorciados siguen llevando la misma camiseta en todas, y seguro que es de un grupo de rock de los noventa. Es fácil identificarlos. ¿Menos miedo?

Me quedé un par de segundos en silencio, queriendo ser muy sincera con lo que sentía. Si no podía serlo con ella, ¿entonces con quién?

—No lo sé —mentí al final, saltándome mi razonamiento, sabiendo que ella sabía que estaba aterrorizada—. Me dan miedo las cosas que no he hecho nunca.

Eso, al menos, era una verdad como un templo.

—Perdona, guapa —se puso seria y tiesa al mismo tiempo—.

Pero te recuerdo que te compraste un pasaje para venirte a conocer a Oliver y podía haber sido un capullo.

Bueno, que lo es al final, pero eso no viene al caso.

Podía haber sido un psicópata de esos que te imaginas, pero te quedaste en su piso.

Cruzaste un montón de kilómetros en avión y llegaste aquí, sin saber apenas cuatro palabras de español, y no te arrepentiste…

—Hasta ahora.

—Hasta ahora —corroboró, permitiendo que la interrumpiera—. Pero eso mismo te lo podía haber hecho cualquier francés adinerado que te hubiera presentado tu padre en una de sus estiradas cenas en su casa, ¿no?

Asentí, bebiendo de la copa. Amanda se llevó también la suya a la boca.

—Lo hice —asentí, orgullosa de mi proeza.

También lo puedes llamar locura de juventud. No me voy a ofender.

—Tuviste el coraje de luchar por ti y le echaste ganas.

—Pero ya sabes, tenía otra edad, otra ilusión…

—¡Dijo la vieja carcamal! —se burló Amanda, que solo me sacaba dos años—.

Colette, tesoro, de eso hace solo unos cuantos años.

¿Se te han hecho largos con Oliver como marido?

Lo entiendo —se burló. Le encantaba encontrar motivos para meterse con mi ex.

Nadie se imaginaría que habían llegado a ser buenos amigos—.

Pero no eres un despojo, ni eres vieja ni estás acabada.

Solo estás abriendo una nueva etapa en tu vida.

¡Una que va a ser la hostia de buena! Así que…

¿dejamos de ponerle trabas a lo que está a punto de pasar y hacemos que pase de una puta vez?

Tenía la misma forma de reprender que una profesora en una clase de primaria, aunque sin los tacos, pero no de las de ahora, sino de las de antes.

Las que conseguían cuando echaban la bronca que todos los alumnos se callaban y que se sintiesen fatal por no haber estado prestando atención o haber suspendido un examen.

Ahora los alumnos se quedaban, como se dice en España, como quien ve llover.

—Ahora yo. Van mis normas. —Y se puso muy seria—. Y no son cuestionables. Cuarta norma, nada de quedar con hombres que lleven gafas de sol en todas las fotos.

No sé quién hace los estudios sobre los que se basaban las normas de Amanda, pero estoy convencida de que hay científicos que han validado estas normas, porque las iba a enumerar con demasiada convicción como para que fueran falsas.

—¿Por qué?

—Porque esconden algo.

—¿El qué? —No entendía su razonamiento. ¿Escondían los ojos porque les hacía daño el sol?

—Si lo supiera, no lo estarían escondiendo.

Venga, segunda sonrisa. Punto para Amanda.

—Quinta norma. Si sale sujetando un pez, descartado.

—¿Qué tienes contra los pescadores?

—Nada. Tengo algo contra los hombres que creen que una lubina es un rasgo de personalidad que hay que mostrar en Tinder.

Tuve que admitir que, si acordábamos más normas, tendría que coger una servilleta y empezar a hacer una lista en serio, porque sería incapaz de recordarlas todas.

Siguió metiéndose con los perfiles de hombres pescadores mientras yo miraba mi reflejo en el espejo que había delante.

No me veía mal en ese momento. Podía sacar algo bueno de todo aquello. Empezaba a creérmelo.

Es verdad que nunca entendí esa necesidad masculina de fotografiarse con animales muertos. En Francia presumimos de vino. En España, por lo visto, algunos presumen de la cena antes de cocinarla. Cada país tiene sus tradiciones.

—¿De verdad eso es lo único que tienes en contra de los hombres que posan con peces?

—Tengo muchas cosas contra ellos, y mira que me gusta el pescado y alguien tiene que sacarlo del mar.

—Pues llevas varios minutos criticándolos.

—Porque nunca sonríen.

—No creo que eso sea cierto. —Aunque tampoco podía asegurarlo—. ¿Y qué si no sonríen?

—Porque están orgullosos de una trucha.

—Quizá era una trucha muy grande.

—Colette, si el mayor logro de tu semana cabe en una sartén, no es para ti.

Otra sonrisa más. En el espejo me vi genial.

—Sexta norma, descartados los hombres que salen abrazados a un coche.

—¿Por qué? —pregunté de verdad, y pensando que era imposible que los brazos de un hombre abarcaran el ancho de un coche para darle un abrazo.

Y, al hacerlo, cogí una servilleta y saqué un bolígrafo de las profundidades del bolso. Había que comenzar a apuntarlas, estaba claro.

—Porque creen que el coche es suyo.

—¿Y si es suyo?

—Peor.

—¿Peor por qué?

—Si se hace fotos con él es porque le gusta más que tú.

—Eso no tiene ningún sentido. También llevan más tiempo con el coche que conmigo.

—Ya verás cuando te llame «cariño"» y al coche le diga «mi niña».

Amanda había tenido cientos de citas; muchas más que yo. Si ella aseguraba que había hombres que le ponían mote cariñoso a su coche, sería verdad.

Empezaba a sospechar que aproximadamente un cuarenta por ciento de las conversaciones entre hombres y coches eran más románticas que muchos matrimonios, o al menos… más románticas que mis últimas conversaciones con mi marido. El porcentaje quizá era inventado, pero sonaba peligrosamente creíble.

Se me ocurrieron, gracias a las tonterías que iba soltando, muchas más posibilidades.

—¿Y los que salen en el gimnasio?

—Depende.