Chapitre 15
Qu'est-ce qui peut mal se passer?
(¿Qué puede salir mal?)
Cerramos el invernadero más tarde de lo habitual, ya que habíamos perdido mucho tiempo en la reunión del desayuno que casi acabó siendo un almuerzo.
Mercedes se había ido antes a buscar a su prole al colegio y a poner las piernas en alto, porque se le hinchaban demasiado los tobillos en el quinto embarazo.
No quise recordarle que también se le habían hinchado en el anterior.
Ella parecía haber olvidado todo lo malo de los otros embarazos y solo remarcaba lo maravilloso que era mirarle la carita por primera vez a un bebé que había salido de tu vientre.
—Destaca eso y no los daños que causa en la vagina mientras sale, lo que se ha dejado en pañales y lo que va a costarle perder todos esos kilos que ha cogido —solía susurrar Amanda, amante cero de los niños, cada vez que Mercedes nos recordaba las bondades de la maternidad.
—¿Cuándo piensas activarlo?
Por activar, que me sonó a bomba que podría explotarme en la cara si lo hacía, y no solo en sentido metafórico, no me vino nada a la cabeza hasta que recordé que mi perfil en la aplicación de ligues y sexo sin compromiso estaba oculto hasta que le diera al botón de publicar.
La verdad, no estaba nada convencida del plan. Y jamás había usado algo parecido.
En mi caso, esa manida frase de «¿qué podía salir mal?» se transformaba en «¿qué puede salir bien de toda esta mierda?»
«Nada, acéptalo y ya. Pasa página, métete a monja de clausura y ponte a amasar pan».
—No estoy segura de querer hacerlo.
No, en verdad estaba muy segura de no querer hacerlo, pero decirlo de aquella manera habría liberado todos los demonios que Amanda tenía en su cuerpo, que por desgracia eran muchos y los conocía bien, y ya tenía bastante con lidiar con los míos.
—No puedes estar segura de nada hasta que no lo intentas. ¿Qué daño puede hacerte? Con no hacer match , basta.
Claro. Intentar. Muy sencillo.
Había intentado que mi relación con Oliver fuera entendida por mis padres. Mal. Había intentado conseguir un buen trabajo en Valencia. Mal. Había intentado que mi matrimonio funcionara. Mal. Había intentado tener sexo con un desconocido borracho en casa para vengarme de mi marido. Mal.
«Vamos a dejar la lista, que se va a hacer eterna».
La estadística no estaba precisamente de mi lado.
Si hubiera hecho una gráfica con mis últimos intentos vitales, el porcentaje de éxito habría sido tan bajo que cualquier empresa me habría despedido por falta de productividad. Menos mal que la vida no hace auditorías trimestrales.
—Puedo quedar con cualquier psicópata y acabar descuartizada en un cubo de basura —comenté, sacando por mi boca lo primero que se me vino a la cabeza.
Venga, no era lo primero, pero es que me daba mucha vergüenza decir que tenía miedo de no ser capaz de estar en la cama con otro hombre sin que se me escapara el nombre de Oliver si, por una remota casualidad, conseguía llegar al orgasmo.
Eso, Amanda, también podía ponerlo en mi epitafio.
—No seas absurda —me reprendió, cogiendo su teléfono y revisando los mensajes que se le habían acumulado en las últimas horas—.
Primero te quitaría los órganos, seguro —bromeó la muy antipática, creyendo que podría tranquilizarme—.
Y, después, probablemente disolvieran tu cuerpo en ácido o le prenderían fuego para no dejar rastro de la falta de ellos —terminó diciendo.
Ya te imaginas que se me pusieron los pelos como escarpias, aunque no supiera distinguir una de esas en una ferretería—.
Hacemos una cosa, sigues un par de reglas básicas que no debes olvidar nunca, jamás de los jamases, y creamos una red de seguridad.
Resultaba curioso que Amanda utilizara escenarios muchísimo peores que los míos para tranquilizarme. Su método consistía en hacer que el miedo inicial pareciera el premio gordo.
«Si solo le tienes miedo a eso, es que no has escuchado la mayoría de los podcast que te pasa por WhatsApp».
—Si esa red de seguridad implica que vas a estar al otro lado de la puerta escuchando si estoy teniendo un orgasmo o perdiendo un ojo, olvídalo.
La creía muy capaz de pedirme que fuera siempre a su casa a tener sexo y, por ende, a ella de espía quedándose con todos los datos. Y tomando apuntes, quizá, para hacer estadísticas para luego mostrarme en un Excel.
—No tenemos que llegar a ese extremo —me aseguró, pero estaba claro que mentía como una vil bellaca—. Venga, vamos a tomar una caña y miramos qué opciones te parecen aceptables.
Tenía que haber contestado que ninguna, pero sabes bien que no lo hice.
Amanda me condujo al bar que teníamos más cerca del trabajo y pidió algo con lo que hacer una especie de merienda barra cena rápida mientras nos sentábamos en unos taburetes altos en la barra y analizábamos la situación.
La verdad, le gustaba ese cambio de actitud que había dado y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por mantener mi estado de ánimo lo más alto posible.
Odiaba verme deprimida, imagino que casi tanto como lo odiaba yo, así que supuse que poner algo de mi parte para salir de aquel hoyo no estaba mal llegados a esas alturas.
Y teniendo en cuenta que Oliver había echado por tierra mis antiguas y estúpidas expectativas. Había echado la tierra justo dentro del hoyo, y me estaba sepultando.
«Dramática modo on ».
—Va a ir todo bien —no se cansaba de repetirme, como si fuera una oración que tuviera que aprenderme en catequesis si quería que me dieran la comunión y un montón de regalos después—.
Quizá no hoy, ni mañana. Pero vas a salir de esto.
Y es una forma de hacer algo diferente con tu vida. ¡Y divertido!
Yo no le veía la gracia a quedar con desconocidos, pero tampoco se lo veía a quedarme en casa viendo como Oliver metía en ella a cualquier chica para… para meterla. Había llegado a un callejón sin salida y no podía trepar por el muro.
—No pienso quedar con cualquiera, como en esa serie de Netflix de tíos que decían que había que acostarse con diez personas diferentes sin repetir para que se te olvidara el cuerpo de tu marido.
Amanda sabía a qué serie me refería. La habíamos visto juntas para intentar animarme con una comedia. No había resultado. Le había encontrado más cosas tristes que cosas cómicas, aunque ella se había partido de risa.
—Vale, hagamos una cosa. Acordemos normas que no te puedas saltar de ninguna de las maneras y que sean fáciles de recordar.
—Las normas daban sensación de control. Da igual que luego nadie las cumpla.
Creo que por eso existen tantos manuales de instrucciones y tan pocos muebles montados correctamente.
Sé de lo que hablo. Siempre me han sobrado piezas cuando monto algo de Ikea—.
Primera norma, no quedar por quedar. Te tiene que gustar mucho lo que veas en el perfil del tipo.
—Y si no, no quedo con nadie.
Regañó el gesto. Estaba en desacuerdo, pero no pensaba tachar la primera de mis exigencias. Probablemente, sería la menos descabellada de todas.
En ese momento no sabía lo acertado que había sido mi pensamiento.
—Piensa que Valencia no es París. Aquí vive mucha menos gente, ¿vale? Tendrás que hacer alguna concesión si vas a ser muy exquisita.
—No quiero quedar con tipos mayores, ni feos, ni tontos, ni enamorados de sí mismos…
—Y nadie te obliga. Es más, te prohíbo que quedes con Vicentes.
Las dos nos reímos y chocamos las copas. Cogí un poco de tortilla, algo seca para mi gusto, y seguí poniendo normas.
—No voy a irme a casa de nadie en la primera cita. Esa va a ser la segunda norma.
—¿Aunque te guste y estés con ganas de tirártelo?
Cogí aire profundamente para que me diera tiempo a pensarlo bien.
—No, no quiero ser la tía que acabe siendo puntuada en estas aplicaciones como «facilona». Seguro que hay chats de tíos que hablan de las chicas que se encuentran con las que consiguen llegar a la meta tras una cita, y se las recomiendan para «polvo de una noche».
Amanda abrió mucho los ojos con unas enormes ganas de llamarme loca. Estaba yo para montarme una película o escribir una novela con mis suposiciones.
—Cariño, dudo mucho que a los tíos les lleguen sus neuronas para organizarse de esa manera.
Y, además, todas las chicas que están en estas aplicaciones andan buscando lo mismo.
¡Lo mismo! Mira a Nicolle —no, no quería mirar a Nicolle, pero Amanda me iba a obligar a mirarla, la muy asquerosa.
Seguía allí, tan mona, como esta mañana.
Ya le podía haber salido alguna verruga en la nariz o algo—.
Salía de copas con sus amigas, pero le surgió un plan de sexo sin compromiso con tu querido ex.
No hay nada de malo en ello. ¡Lo hacen todas!
—Para mí sí que lo hay. No me gusta. Me hace sentir…
—Venga, va —me interrumpió—. No nos vamos a pelear por esto tampoco. Imagino que será cuestión de ir sintiéndote cómoda con la nueva situación. Nadie aprende a nadar la primera vez que lo tiran a la piscina.
«Cierto, y hay gente que se ahoga la primera vez que es arrojado a una piscina».
Otra frase muy española. Entre tirarte a la piscina, lanzarte al ruedo y echarte a los leones, este país resolvía todos sus problemas empujando a la gente hacia algún sitio muy peligroso que conducía a la muerte.
El Comité de Revisión de Refranes Españoles Incomprensibles estaba que se salía.
Dos normas aceptadas. Bien.
—No pienso quedar en ninguna parte que no esté muy concurrida. Tercera norma.
—¡Venga, al puto centro de la ciudad, con música alta y que no os podáis escuchar con el perreo del reguetón de fondo! Planazo.
No hacía falta decirlo tan alto, pero ella era de gritar las cosas y que se enterara de nuestra absurda conversación todo el maldito bar.
—¿No podemos quedar en una cafetería?
—¡Aburrido! —canturreó Amanda.
—Pues en un bar como este. Aquí se puede hablar y no hay riesgo de que nadie te vaya a obligar a hacer nada que no quieras.
—Chica, que te has apuntado a Tinder, no a una red de la Dark web . ¿A qué le tienes tanto miedo?