Chapitre 14 #2
Mi marido había desaparecido gracias al Chasquido de Thanos.
En Francia nos enamoramos muy deprisa. En España también. La diferencia era que aquí además te abrían Tinder durante el desayuno.
Miré la pantalla. Nombre y edad, hasta ahí todo bien. Que me encantaban los animales y era amante de las plantas. Cariñosa, simpática y alegre, aunque Amanda quiso apuntillar que solo a veces, si me cogían de buenas y tras varios cafés. Buscando empezar de cero.
«Habrías puesto “abandonada a su suerte”, reconócelo».
—Bueno, pues ya está.
—Parezco una raza de perro en adopción.
Amanda inclinó la cabeza.
—Ahora que lo dices... —se burló, razonando.
—Amanda.
—No, espera. Escúchame. «Cariñosa, sociable, acostumbrada a convivir con otros ejemplares, necesita espacio para correr y mucho amor».
Mercedes escupió café.
—¡Amanda!
—¿Qué? ¡Si es exactamente lo que pone!
«Solo te faltaba que el perfil terminara con "No tirar de la correa durante el paseo y necesita tiempo para volver a confiar en los humanos"».
Las dos se partieron la caja, otra expresión muy española, a mi costa.
También había añadido que me gustaba leer, el cine, los viajes, el teatro, las manualidades, la costura… y que estaba encantada de ir a descubrir un mundo nuevo lleno de posibilidades gracias a mi recién estrenada situación sentimental. Separada.
—Por cierto, ¿qué es eso de Mujer cis? —preguntó Mercedes, aunque yo me hacía la misma pregunta, pero me dio vergüenza hacerla.
—Que eres mujer y que naciste mujer, no que te has operado para ponerte tetas y vagina —soltó Amanda, que continuaba tecleando, sin mucho tacto. Bruta, como era ella, vamos.
¿Podía haber un perfil más anodino que el mío?
—¡Qué triste, por Dios! —me lamenté, cuando terminaron con él—. Solo me van a escribir jubilados y gente solitaria con carné de biblioteca. O tipos que trabajen en protectoras de animales, en Hacienda o en una gasolinera.
—Pues ya sabes lo que toca, encanto—. Miré a Amanda con cara de miedo. Mercedes terminó su desayuno y pensó si debía pedirse algo más para complementar su mala alimentación y seguir alargando la cosa un poco, porque aquello iba a tener todavía mucha miga—. Mentir.
Los españoles dicen que, hecha la ley, hecha la trampa. Yo todavía seguía intentando averiguar quién era la ley y quién la trampa. Sospechaba que Amanda era las dos cosas.
—Amanda...
—Todo el mundo miente en Tinder.
—Yo no.
—Precisamente por eso llevas media vida sufriendo.
Mercedes asintió.
—Tiene un poco de razón.
Otro refrán español debía de ser ese de «entre todos la mataron…». Lo que no sabía era quién iba después en la frase, pero sospechaba que era «y ella sola se abrió Tinder».
—¡Mercedes! No le des alas, que ya sabes luego cómo se pone.
—No digo que mientas mucho. Solo lo justo. Un… ¿poquito? —e hizo un gesto con los dedos, acercándolos, como si entre ellos solo pudiera caber un terrón de azúcar.
—¿Qué significa eso?
Amanda comenzó a contar con los dedos.
—Primero, no pones «estoy emocionalmente devastada».
—Porque no lo estoy. ¡Y no lo pone!
—Lloraste delante de una planta ayer.
—Era una rosa muy bonita, —tuve que reconocer muy a mi pesar—, pero sigo diciendo que eso el perfil no lo pone.
—¿Ves? Eso no se pone.
—¡Qué no lo he puesto! —Era como hablar con una pared—. Y entonces, ¿qué añado para que quede llamativo?
—«Persona positiva».
«Mentira».
—Pero...
—Positiva. Nada de peros. Los peros son negativos. Y tú te estás haciendo pasar por una mujer positiva.
—¿Y si no lo soy?
—Pues sonríes en la foto y ya está.
Sonreí de manera forzada, para demostrarle que sabía hacerlo. He de reconocer que no fue la mejor de mis sonrisas. Si llega a ser una sonrisa para una foto de pasaporte, en la que nunca sales bien, sería perfecta.
—Amanda, no pienso mentir.
—Perfecto. Entonces no vas a ligar.
—Gracias por el apoyo moral.
—Para eso está Mercedes. Yo estoy para conseguirte citas.
—Y yo para evitar que acabéis en prisión —intervino Mercedes, no sin falta de razón.
Amanda ignoró el comentario.
—A ver, ¿cuánto mides?
—Uno sesenta.
—Pongo uno sesenta y cinco.
—¡No!
—¡Los hombres llevan décadas haciéndolo con el tamaño de su pene!
—Yo no.
—Vale. ¿Cuánto pesas?
—¡Amanda!
—Información estadística nada más.
—No pienso responder a eso. Si un hombre no pide salir por mi peso…
—Perfecto —me interrumpió—. Pondremos «peso emocionalmente variable». Dependerá del chocolate que te hayas comido aprobado por tu gabinete de crisis.
Mercedes soltó una carcajada.
Yo no. Obviamente, no me hizo gracia, porque ellas eran ese maldito gabinete.
Amanda terminó de escribir algo y me ofreció el móvil.
—Listo. Ya está.
—¿Qué has puesto?
—Lo justo.
Le arranqué mi móvil de las manos. Lo habría hecho de sus manos frías y muertas si llega a negarse, pero me habría costado un disgusto esconder su cadáver cuando ella era mi experta en esconder cadáveres.
Miré la pantalla y ojeé el perfil.
—¿Por qué has puesto una foto mía sujetando una maceta? La de la boda me gustaba más.
—Porque transmite estabilidad emocional.
Busqué en la galería de fotos la que acababa de retocar Amanda, haciendo desaparecer a Oliver, y las comparé.
—No transmite eso.
—Claro que sí.
—Parezco una rehén.
Mercedes observó la foto durante unos segundos.
—Un poco sí.
Amanda resopló.
—Da igual. Lo importante es que ahora mismo estás en el mercado.
—No soy una botella de vino.
—Cariño, eres francesa, estás separada y tienes más de treinta años—. Hizo una pausa dramática—. Técnicamente eres una botella de vino de segunda mano. Una muy cara.
Creo que en ese punto le habría lanzado una maceta a la cabeza.
Leí en voz alta.
—Francesa. Cariñosa. Amante de las plantas. Buscando empezar de cero. Separada reciente. En proceso de recuperación. No acepto hombres casados.
«Más bien buscando empezar de menos diez».
Seguí leyendo.
—No acepto hombres borrachos.
Abrí mucho los ojos.
«Es un criterio razonable. Bastante más razonable que el que has usado hasta este momento, que consiste básicamente en: “¿respira? Pues ya veremos"».
—¡Quita eso ahora mismo!
—¿Por qué? Es literalmente tu público objetivo.
—Bueno... —no podía quitarle la razón a la muy maldita.
—Amanda...
—Sigue leyendo —me instó Mercedes, que parecía estar disfrutando del culebrón que habíamos montado en un momento.
—No acepto profesores particulares.
Mercedes casi se cae de la silla de la risa.
—Amanda, por favor.
—¿Qué? Estoy optimizando búsquedas.
—¡Estás describiendo exactamente a Oliver y a Beni!
—Ese era el objetivo, que no le salga tu perfil a gente como ellos.
«O a ellos».
Según el Ministerio de las Malas Decisiones, la probabilidad de que los tíos que me dieran like estuvieran casados era del noventa y ocho por ciento. El dos por ciento restante seguramente era porque alguno todavía no había encontrado a su futura exmujer.
Volví a mirar la pantalla.
—¿Y cuántos hombres quedan disponibles en Valencia?
Amanda se encogió de hombros.
—Tres. Pero parecen majísimos.