Chapitre 14
Calmant.
(Anodina)
—Dime que lo mataste con la pinza del pelo, dándole pellizcos —me pidió Amanda, esperanzada.
Yo, de la rabia, descapullé vilmente una rosa con mis tijeras de podar—.
Dime que llamaste a la policía alegando allanamiento de morada y robo de móvil y de…
¿del agua de la cisterna del inodoro? —siguió mi amiga, mientras yo me pinchaba con una de las espinas de las flores que tenía sobre la mesa del invernadero—. ¡Dime algo!
Dejé las tijeras de un golpe sobre la mesa, frustrada. Ojalá pudiera decirle que había reaccionado de alguna manera de lo más esperable.
Tú y yo sabemos lo que pasó, pero ella necesita que se lo cuente. ¡Espera, que tú tampoco lo sabes!
Los españoles dicen que quien mucho abarca, poco aprieta. Yo aquella noche había querido abarcar dignidad, venganza, sexo y orgullo y al final no había apretado absolutamente nada.
—Que tengo una nueva cuenta en Tinder, eso te digo.
Vergonzoso. Ya estaba lista para llamar a mi madre, pedirle que me comprara un pasaje para volver a Francia y que me fuera buscando un buen abogado que arruinara a Oliver en el acuerdo de divorcio.
Y, ya de paso, a un agente inmobiliario que se hiciera cargo de la venta de la casa para poder liquidar las cuentas con todos y empezar de cero.
Y, en vez de todo eso, tenía una cuenta en una aplicación que servía para…
«Sí, dilo. Para buscar sexo. No se puede caer más bajo».
Estaba completamente perdida. Si aquello hubiera sido un examen tipo test, habría marcado la respuesta D, «Todas las anteriores y probablemente alguna más si era igual de humillante».
—Me parecía mejor plan lo de tener que ir a limpiar sangre a tu casa y esconder dos cadáveres.
«Tres. A Beni también habría que matarlo, recuerda. No dejes testigos».
Estuve a punto de reconocerle que tenía razón, pero al final me tragué las palabras y seguí descapullando rosas, con las lágrimas a punto de adueñarse de mis ojos. ¡Qué humillante!
—Nunca había pasado tanta vergüenza en mi vida.
Bueno, en el top de las veinte cosas vergonzosas que me habían pasado en las últimas veinticuatro horas, no sé si podía colocarla en primer lugar. Pero… ¡es que me habían pasado demasiadas cosas humillantes en muy poco tiempo!
Balance provisional de mi vida sentimental: Intentos de olvidar a Oliver, uno; matrimonio salvado, cero; maridos sorprendidos masturbándose, uno; borrachos rescatados accidentalmente de la vía pública, uno; cuentas de Tinder abiertas sin consentimiento, una; éxitos conseguidos, cero.
Conclusión, estaba batiendo récords en categorías que ni siquiera sabía que estuviera participando.
No era una buena media, pero quizá sí unos resultados adecuados para una quiniela si sustituía el cero por una equis.
—No mientas. Seguro que lo de encontrarte a tu ex follando con otra tuvo que ser épico.
Amanda y su enorme capacidad para leerme la mente sin que yo la estuviera mirando se presentó como la bruja que era.
—Sí, eso fue horriblemente patético.
—Y lo de verlo masturbarse delante de la pantalla del ordenador con una de sus alumnas…
—No terminó la frase, porque la fulminé con la mirada.
Por suerte, sabía cuándo debía mantener la boca cerrada, también, y abandonar su discurso, por muy brillante que sonara en su cabeza—.
A ver, Colette. No vuelvas al dramatismo.
Habíamos acordado que eso está ya pasado de moda.
Y tú eres una chica moderna. ¿Buscamos el lado bueno de todo esto?
—Y por el modo en el que la miré supe que seguía leyéndome el pensamiento—.
Sí, tiene cosas buenas, créeme. Primero, habéis abierto la veda para acostaros con otras personas…
—Pero solo lo ha hecho él, te recuerdo —la interrumpí, apartando pétalos para ponerlos a secar.
—Y menos mal que no te acostaste con ese tipo. ¡Tienes que ser más selectiva, mujer!
—¿De qué hablamos hoy? —preguntó Mercedes, que se acercaba por allí con una nueva caja llena de rosas para trabajar—. ¿Del «monotema»?
Monotema. A eso se había reducido para ellas dos mi desgraciada relación sentimental. El monotema era mi separación, no conseguir olvidar a mi marido y ahora… ¿que ya se estuviera acostando con otra? ¿Con otras? ¿Cuántas llevaría?
—Y en un giro inesperado y asombroso de los acontecimientos —comenzó anunciando Amanda, y dio un redoble de tambor con los dedos sobre la mesa de madera llena de pétalos de rosa—, Oliver ya se ha acostado con una chica en su casa. ¿Quién no lo vio venir?
Mercedes me miró con una tristeza y comprensión infinita en los ojos, como si uno de sus hijos acabara de decirle que el matón del cole le había robado el bocadillo y estaba muerto de hambre.
—Colette, tesoro, ¿estás bien?
Mamá Mercedes, como la llamábamos a escondidas por esa forma de tratarnos, como si fuéramos parte de su enorme y creciente familia, era mucho más empática que Amanda para casi todo. Hasta se llevaba bien con todos sus ex. A veces, hacían barbacoas todos juntos en verano.
Si no tienes una jefa así… no te la recomiendo, por el bien de tu salud mental.
—No.
La verdad, no tenía ganas de hablar del tema. Y sabía, por otro lado, que Amanda se encargaría de hacerlo por mí. Así que de nada servía decirle que estaba bien y que al día siguiente estaría mejor, porque iba a superarlo. ¡Y porque ya tenía una cuenta en Tinder, que eso lo curaba todo!
Seguro que tú has entendido la ironía mucho mejor que la francesita que se acostó con mi marido.
—No… porque ella no pudo hacer lo mismo. Se ligó a un tío que se había bebido lo tuyo, lo mío y lo de Colette, todo junto, y ya sabemos lo especialita que es la francesita cuando se trata de ponerse valor a ella misma.
Y ahí estaba Miss Simpatía.
Sí, mamá Mercedes y Miss Simpatía me iban a arruinar la siguiente media hora.
Por cierto, creo que Amanda sí sabe que la llamo Miss Simpatía.
—¿Cómo iba a acostarme con él con el olor que desprendía?
—Entonces, ¿por qué le dejaste que entrara en tu casa?
—¡Porque pudo más la rabia que la razón, pesada!
«Enajenación mental, pero no quieres reconocerlo».
—Creo que necesito más detalles —pidió Mercedes—. ¿Una pausa para el desayuno?
Y, como no, Amanda hizo los honores y puso al día a nuestra jefa. Hasta donde pudo, claro, ya que yo no había terminado de contar toda la historia. Ya bastante horrible había sido tener que verbalizarlo como para regodearme en los detalles.
Mercedes, mientras tanto, se comió dos croissants que habrían hecho maldecir a cualquier francés.
Sospechaba en silencio que los compraba solo para molestarme.
Jamás los probaba. Les faltaba ese toque crujiente de lo recién hecho con amor y cariño en una pastelería parisina.
¡Señor, cómo echaba de menos mi casa en ese momento!
Nosotras compartimos un sándwich vegetal y un café que me reconfortó lo suficiente como para levantar la cabeza del plato lleno de migas.
—¿Y qué pasó entonces?
Cogí aire un par de veces, sopesando si quería seguir con la historia. Y llegué a la conclusión de que mal, después de todo, no me iba a hacer.
—Que metió un par de datos en el perfil, puso una foto y lo subió todo a Tinder. Todo eso antes de que se despertara mi ligue y se pusiera a tirarle los trastos a Nicolle.
Mercedes se atragantó con su zumo de naranja.
—¿Qué foto te puso?
—Una que me hizo recién levantada.
—¿Así, con legañas y todo? ¿Con los pelos que llevas recién levantada?
Amanda se santiguó.
—¿Recién levantada de verdad o recién levantada de Instagram?
—De verdad.
—Hostia.
Mercedes también pareció preocupada.
—¿Con la marca de la almohada en la cara?
—Sí.
—Eso es violencia digital.
¿Solo le importaba la foto que me había sacado? ¿No le pareció relevante que Beni hubiera preferido a la francesa número dos en vez de a la francesa número uno?
Amanda se partió de risa. Imaginas que yo… no.
—Quiero ver esa foto.
A Amanda tampoco le importó mi penúltima humillación.
Y, como había hecho la amante de mi marido, mi amiga me quitó el móvil y rebuscó en él ante mi pasividad y dejadez. Cuando encontró lo que buscaba y hubo analizado los datos, le pasó las pruebas a Mercedes.
—Pues ni tan mal lo ha hecho —comentó Amanda, que le habría gustado poder decir que Nicolle se había comportado como una capulla al abrirme una cuenta para reírse de mí—. Pero, no sé, si hasta te sacó mona y de tu lado bueno.
Me hirvieron las orejas. ¡Todos mis lados eran buenos!
—¿Y cuántos likes tienes? —preguntó Amanda, buscando ella sola la respuesta con mi móvil en la mano.
—¿Likes?
—Corazones. Matches . Gente interesada en ti.
—No he mirado.
Amanda abrió mucho los ojos.
—¿No has mirado?
—No.
—Colette, cariño, si me abro Tinder yo sola, sin foto, usando de perfil una maceta y poniendo "hola", antes del almuerzo tengo quince conversaciones.
—Gracias por dejarme por debajo de la altura de una maceta.
—Aquí faltan muchos datos —terció la otra, señalando la pantalla con un dedo lleno de mayonesa—.
Solo pone tu nombre, que estás separada y la edad que tienes.
Y que buscas empezar de cero algo… ¿bonito?
¿Eso se le ocurrió a ella o a ti? —Se me estaba haciendo el desayuno muy largo—.
No la conoce de nada, y seguro que Oliver habría escrito que es una pequeña bruja que solo sabe llegar a casa en el peor momento posible para cortarle el rollo en los polvos —sentenció Amanda resuelta.
Se puso a mirar todos los espacios que había en blanco en mi perfil de Tinder—.
¿Lo complementamos nosotras? Podemos hacerlo mucho mejor.
Y tres croissants más tarde, por parte de Mercedes, unas moras por parte de Amanda y una tila por la mía, justificable mi tila si lo piensas detenidamente, en la aplicación aparecía mi nombre y un pseudónimo que las dos habían creído oportuno colocar, una foto mucho más decente en la que también salía Oliver, en una boda de unos amigos de él, pero que Amanda recortó sin sutileza ninguna sacándolo de ella con el borrador mágico del editor de fotos, mis datos más reseñables y poco más.