Chapitre 13 #2
—Oliver y yo nos conocimos anoche a través de una aplicación de citas —soltó resuelta ella, colgándose del brazo de mi marido de manera posesiva.
Aceptó también una taza de café. Una taza que le había regalado yo a él por su cumpleaños y que rezaba: “Te necesito tanto como al café. Te quiero”. Obviamente… él me había necesitado mucho menos que yo a él.
«Menos mal. Pensaba que llevabas meses haciendo el imbécil».
—¡Qué romántico! —dije, sin embargo, tratando de disimular todo mi rencor. Ya sabemos que fracasé estrepitosamente.
—No lo fue.
—Una pena.
—Fue bastante eficiente.
Oliver se atragantó con el café. Punto para Nicolle. No podía empezar a caerme bien aquella chica. No. No podía… ¡Maldita sea! Era el enemigo.
—Iba a ser una cita rápida para tener sexo y ya— continuó, tras el primer sorbo de café—. Yo también estoy saliendo de una relación difícil.
«No lo hagas».
Pero lo iba a hacer
«Luego no me llores».
Intentaría llorar con dignidad.
—¡Oh! Pobrecita —ironicé, con toda la mala leche que fui capaz de reunir. No podía simpatizar con ella de ninguna de las maneras. Ni por educación tenía que salirme—. ¡Cuéntame más!
—Para no aburrirte con mis cosas —entendió mis indirectas la chica, pero se le daba mejor que a mí guardar la compostura, aunque le hubiera visto el culo y ahora estuviera vestida con una camiseta que habría yo lavado y tendido unas mil veces—, resumiré.
Me abrí un perfil en una aplicación de citas hace un par de semanas.
La verdad, me tuvieron que obligar mis amigas.
Yo soy más de ir de copas y cazar a mi siguiente presa, ¿me entiendes?
—no, no quiero entenderte, pero, aunque te lo diga, te va a dar igual, así que continúa y acabemos con esto de una forma rápida y poco dolorosa—. Me parece… no sé, más personal.
«¿Esta chica no sabe abreviar?»
—Perdona, pero es que las cosas privadas de gente que no conozco de nada —salvo porque te he visto desnuda encima de mi marido— no sé si son para tratar sin que me haya terminado de tomar el primer café.
—Pues ve tomándotelo mientras sigo —soltó de manera muy natural, ignorando el puro resentimiento que tenía que destilar mi voz—. ¡Es muy curioso! —¡Para matarla con la curiosidad! —Tu exmarido y yo hicimos match solo un par de minutos antes de conocernos. Yo estaba por la zona con unas amigas y…
Acento perfecto, pero un correcto español sin ninguna palabra en francés.
Manicura recién hecha, el pelo tenía que ser natural y, el resto…
¡por favor, que el resto fuera siliconado!
No la soportaba. Todo en ella me producía rechazo.
Igual que todo en ella tenía que atraer a Olivier, y a cualquier macho de cualquier especie de mamífero, y quizá de algún pez que otro, ya de paso.
Nicolle llevaba una coleta perfecta. Yo llevaba una especie de nido de ave migratoria en la cabeza.
Nicolle olía a perfume caro. Yo olía a haber dormido tres horas, llorado cuatro y tomado malas decisiones durante seis.
Nicolle parecía una mujer que desayunaba aguacate.
Yo parecía una mujer que desayunaba rencor.
Estaba claro. Punto para la maldita Nicolle.
Miré el fondo de mi taza, oscura como la bilis enquistada, que sentía subir hacia mi garganta con cada una de sus dulces y horribles palabras.
—Si quieres que aguante esto —le aseguré a Oliver, con el ceño fruncido y todos los tics nerviosos floreciendo en mi cara sin orden —ponme alcohol en el café, s'il te plaît.
Oliver se volvió hacia la estantería que contenía el par de botellas que teníamos en casa, por falta de espacio y dinero, no porque no nos diéramos a la bebida de vez en cuando, y sacó el coñac.
Retiré la taza cuando, con una sonrisa burlona, le quitó el tapón a la botella.
Me conocía perfectamente bien como para saber que era incapaz de tomar algo de alcohol hasta la hora del almuerzo, pero era capaz de arruinarme el café si se lo ponía a tiro solo para ver mi cara de asco.
Además, sabía que me lo bebería con tal de no reconocer que estaba bromeando con él. ¿Cómo se me ocurría?
—Pues abreviando, si quieres te abro un perfil ahora mismo.
Esta última frase captó mi atención. Dejé de mirar a mi ex con cara de odio para mirar a Nicolle con cara de… ¿de qué?
Bebí un poco de café. Se había enfriado demasiado. ¡Merde!
Te haces a la idea de que estaba pensando que el coñac no era tan mala idea después de todo, ¿verdad?
—¿Perfil de qué?
—De citas, claro —canturreó con su acento precioso. ¡Cómo la odiaba! ¿Por qué no la echaba de mi casa directamente y ya? —¿De qué estábamos hablando si no?
«¿De que te follaste anoche a Oliver?»
Estuve a punto de decirle que yo no tenía nada de qué hablar con ella, que se había puesto a soltar un monólogo que solo escuchaba ella, y quizá mi ex, no voy a negarlo, y que lo único que necesitaba era que se pusiera su ropa y saliera de nuestra pequeña cocina para poder desayunar tranquila.
Pero, por supuesto, me pudo la amabilidad y la cortesía hacia la amante de mi marido.
Amanda iba a flipar cuando se lo contara.
Balance de la operación venganza: dignidad, totalmente perdida; autoestima, en observación, tirando por lo bajo; posibilidades de acabar en prisión, aumentando significativamente.
—Yo no tengo conversaciones racionales hasta que no me tomo el tercer café. Si vivieras en esta casa y no estuvieras solo de paso —ahí me salió la vena borde, lo reconozco— lo sabrías.
—Te vendría genial.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Nicolle, hace doce horas estabas desnuda encima de mi marido.
—Precisamente por eso tengo experiencia reciente —soltó muy resuelta—.
Venga, será divertido. Entre mujeres nos tenemos que ayudar —aseguró, dando saltitos de emoción.
¿Ayudar a qué? ¿A levantarme el marido? ¿A demostrarle a Oliver que le resultaría muy sencillo pasar página conmigo?
¿A descubrirle que el sexo conmigo había sido, más bien, tirando a normalito, visto lo visto? —Necesitas una foto buena.
—Tengo fotos buenas.
Nicolle puso cara de dudar seriamente de mi afirmación.
—No tienes fotos buenas.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque acabas de decir que tienes fotos buenas.
—¿Y?
—Las personas con fotos buenas no lo saben. Las personas con fotos malas están convencidísimas de ello.
Ya tenía argumentación necesaria para poder presentarme ante un juez y alegar que, si la había agredido físicamente, había sido de un modo completamente justificado. Ningún tribunal le daría la razón a Nicolle.
—Te digo que tengo fotos buenas.
—¿Hay alguna en la que no aparezcas sujetando una copa de vino?
—Pues...
—¿Alguna en la que no lleves gafas de sol?
—Esto...
—¿Alguna que no tenga más de cinco años? —Cerré la boca antes de quedar como una completa idiota, balbuceando—. Caso cerrado.
«Tienes al jurado ganado. Aprovecha ahora que tiene la guardia baja y atízale con la taza de café».
—¿Cuál es tu contraseña del móvil? —me preguntó, robándomelo de la mano casi sin que me hubiera dado cuenta de que lo llevaba.
Era un buen momento para tirarle el resto del café a la cara. Nadie podría acusarme de agresión. Estaba claro que había aguantado suficiente. No siempre con una sonrisa, no siempre con buenas palabras, pero suficiente.
—Conociéndola como la conozco —comenzó mi queridísimo marido, levantando la taza a modo de brindis, como si fuera una copa—, no la ha cambiado.
—¿Perdón?
¿Cómo se atrevía el mequetrefe a hablar de mí de esa manera? Yo lo conocía a él mucho mejor. O eso había creído, hasta que lo encontré haciendo guarradas… sin mí. Hasta que quiso romper lazos conmigo. Hasta que me rompió el corazón en mil pedazos.
—La contraseña.
—¿Y cuál es?
Oliver ni siquiera dudó. Recitó los números de memoria.
Las probabilidades de que aquello acabara en tragedia eran muy elevadas. Las de que acabara además siendo humillante eran del ciento veinte por ciento.
—La fecha de nuestra boda —dijo triunfante.
Nicolle los tecleó a la vez que Oliver se los dictaba. El teléfono se desbloqueó al instante y se hizo un silencio. Uno bastante incómodo, como todos los que estaba viviendo últimamente.
Mi estado emocional se acababa de actualizar, para mi desgracia. Ganas de llorar, muchas; ganas de matar a Oliver, más, quizá demasiadas; ganas de darle un beso, desgraciadamente, también demasiadas.
Porque me afectaba enormemente que siguiera recordando cosas que pensaba que quería haber olvidado.
—Bueno —dijo Nicolle—. Igual lo primero que tenemos que cambiar no es la foto de perfil.