Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 13
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Chapitre 13

La date du mariage ne sert pas qu'à graver sur les alliances.

(La fecha de la boda no es solo para grabar en las alianzas)

Nota mental: nunca más utilizar un hombre borracho como arma de venganza.

Abrí la puerta de nuestro dormitorio, ¡coño!, de mi dormitorio, como si estuviera tratando de esquivar a mi madre cuando llegaba tarde y algo bebida, por no decir borracha, que queda feo, cuando tenía dieciséis años y empezaba a tontear con los chicos que ninguno de mis progenitores aprobaba.

O sea, lo hice con miedo a toparme con mi ex.

Ya sabes de lo que te hablo. Y, si no tienes ex, seguro que tienes padres.

Estadística completamente inventada por mí. El noventa y tres por ciento de las malas decisiones se toman en dos minutos, y estaba claro por el desarrollo de lo que pasó a continuación que yo tenía que haberle dedicado un tercer minuto a pensar si era buena idea salir de la habitación.

Me avergonzaba de manera profunda e irracional mi comportamiento de la noche anterior, que por desgracia recordaba entera y no podía achacar a una buena dosis de vino y cervezas.

O drogas muy duras. No había moros en la costa y mi extraña pareja seguía roncando y babeando a partes iguales en mi cama.

Durmiendo la mona, vamos. España era el único país capaz de convertir una borrachera en un primate.

Puse un pie en el pasillo.

En calcetines, cual ninja. Con una bata de inspiración oriental que me había comprado mi madre en algún anticuario y por la que habría pagado una pasta.

Con el pelo menos revuelto de lo que me habría gustado y el maquillaje menos corrido de lo que debería si hubiera tenido un par de buenos orgasmos.

Pero con pinta de haber pasado mala noche. No una memorable que pudiera envidiarme Oliver. Fingía de puta pena.

Conclusión provisional, salir a buscar un amante era bastante más complicado de lo que prometían las revistas.

La puerta del baño cerrada me sugirió que Oliver podía salir de allí en cualquier momento.

Llegué a la cocina, buscando café, y desgraciadamente allí lo encontré, haciendo estiramientos en unos ridículos calzoncillos que le quedaban de muerte.

Esa imagen era la que se interponía entre la cafetera y yo…

y de pronto el café me importaba menos que el peso de un grano.

— Recuerdo que conmigo gemías más — soltó a modo de saludo sin apenas mirarm e— . O no te ha gustado como te lo ha hecho o te has vuelto más comedida en la cama.

¿Eran celos lo que se intuía en su tono de voz? ¿Era enfado o una sutil molestia que trataba de ocultar? ¿Qué demonios era?

«Es solo que quiere molestarte. Y lo está consiguiendo. Así que punto para Oliver».

— Probablemente no has escuchado nada porque estabas demasiado centrado en hacerte oír, mon amour — repliqué de la forma más natural posible, echando mano de mi taza en la pequeña estantería. Como si aquello de llevarnos desconocidos a la cama lo hiciéramos todos los días.

— Colette, sé cómo chirría cada puto muelle de mi cama.

Se me erizaron los pelos de la nuca. ¿Por su tono? ¿Por sentirme descubierta? ¡Malnacido fuera cien veces!

— Nuestra cama…

— La maldita cama — sentenció. Sí que estaba un pelín enfadado.

Punto para Colette. Me piqué el ojo a mí misma en mi mente, con regocij o— .

Y por mis muertos que no has follado en ella.

Has traído a un tío a casa porque te jode que yo haya dejado lo nuestro atrás y estás tratando de ponerme de los nervios con niñatadas de patio de colegio.

Varias respuestas correctas, pero prefería marcar esa de «ninguna de las anteriores» porque me daba la gana llevarle la contraria. Además, ¿qué porras tenía que opinar él, cuando estaba metiéndome por los ojos a sus amantes?

Hipótesis número uno, los hombres son sencillos.

Hipótesis descartada.

Al menos, Oliver… no lo era.

— Con tu polla puedes hacer lo que te venga en gana, trésor , pero te reconozco que me ha molestado mucho que empieces a traer a mujeres a casa sin haberlo hablado antes — y estaba claro que lo de «molestado mucho» era un maldito eufemism o— .

¿Quieres negociarlo ahora o prefieres mandarme un burofax con los nuevos acuerdos de nuestra convivencia?

Que incluyan también lo de la limpieza de la casa, lo de la compra en el supermercado y el lavado de la ropa, ya de paso.

¿Por qué demonios había dicho yo eso? ¿Quería acaso negociar nada con aquel energúmeno con el que me había casado?

— Creo que no es un buen momento para negociar nada, ¿no crees?

—preguntó, sirviéndome un poco de café, como si fuera lo más natural del mundo llevarse bien a aquellas alturas.

Cosas naturales de parejas que solo tienen una diferencia de opinión a primera hora de la mañana—.

Y más cuando ya hemos sentado precedente.

— ¿Por qué no es un buen momento?

En ese instante escuché la cisterna del inodoro y recordé que ambos seguíamos teniendo a nuestros respectivos amantes, y no amantes, en casa. Había olvidado a la preciosa chica que se había acostado con mi marido y a… a lo que fuera que durmiera en mi cama. Al menos no se había corrido en ella.

«Pero vas a lavar las sábanas igualmente, y lo sabes. Y la colcha de ganchillo también».

—Colette, creo que ya conoces a Nicolle —dijo, con un tono de lo más asquerosamente galante—. Anoche no parecía adecuado ponernos con presentaciones, dadas las circunstancias.

Experimento realizado. Resultado, el sujeto seguía siendo idiota. ¿Cómo se le ocurría a mi maldito marido hacerme esto?

«Tierra, trágame y escúpeme… No, mejor que le trague la tierra a él y que no lo escupa en ninguna parte».

—Creo que a eso no se le puede llamar conocer —comenté secamente, con unas ganas horribles de echarme a llorar y a reír al mismo tiempo—. Y tampoco puedo decir que sea un placer que te presenten a la mujer que se acuesta con mi marido.

—Exmarido, cariño —necesitó aclarar él.

—Marido aún, mon chéri. ¿Te tengo que recordar que no hemos firmado ningún papel porque estamos sin blanca y que vivimos en este piso por lo mismo, o tienes una sorpresa preparada para darme?

Porque si has conseguido el dinero del abogado con la tipa del sexo de ayer por la tarde, dándole clases, y tienes los papeles escondidos en alguna parte, me gustaría saberlo—.

Miré a Nicolle, que esperaba que no fuera también francesa y que no tuviera una voz cantarina impecable con acento parisino.

Pero había muy pocas probabilidades de ello.

Tan pocas, como que resultara que la noche anterior yo había encontrado al tipo perfecto y había tenido sexo perfecto…

que no era capaz de recordar de tan perfecto que había sido todo.

Amnesia por perfección, voy a llamarla—.

Espero que no te haya engañado mi marido con falsas promesas de buenos restaurantes y una gran fortuna en el banco.

Ya ves donde vivimos y… bueno, donde te ha traído a tener sexo. Pasamos… ¿estrecheces?

Nicolle, que llevaba una bonita cola de caballo rubia en lo alto de la cabeza y se había puesto una camiseta de Oliver, probablemente la que llevaba cuando me marché la otra noche, me extendió la mano con una gran sonrisa en los labios.

Pintados de rosa palo. Se acababa de maquillar en nuestro baño, la muy bellaca, y yo llevaba la máscara de pestañas esparcida seguramente por más sitios de la cara de los que me gustaría mencionar.

Por suerte, Beni seguía roncando.

Tenía el pelo perfecto, las uñas perfectas, los dientes perfectos. ¿Se habría cepillado también los dientes con mi cepillo en el cuarto de baño? Su español era perfecto.

Si descubría que además sabía aparcar a la primera, me tiraba por el balcón.

—No sé lo que es apropiado hacer en estos casos —empezó diciendo, en un perfecto español con ese asqueroso acento parisino que me recordó a mí en mis mejores tiempos. Pero sin su altura, sus curvas y su precioso pelo rubio. Ni su soltura con el español—. ¿Nos damos la mano o dos besos?

«¿Si os sacáis los ojos cuenta como tercera opción? Y aquí no ha pasado nada».

Le extendí la mano. No me atreví a parecer tan resentida, que lo estaba, como para negarle un saludo y ser una maleducada.

Yo siempre saludaba con dos sonoros besos, muac y muac, pero de pronto encontrar el olor de mi marido prendido en su esbelto y blanco cuello, o acercarme a esos labios que podían haberlo estado recorriendo entero se me hacía insoportable.

Sí, en todo el mástil también. Todo el cuerpo de Oliver podía haber sido recorrido, y no me apeteció en absoluto.

Según mis cálculos, tenía exactamente un cero por ciento de posibilidades de salir bien parada. El otro cien por cien estaba repartido entre hacer el ridículo y hacer todavía más el ridículo. Se aceptan apuestas en los porcentajes.

—Colette —la saludé—. Perdona, pero no puedo decir que sea un placer. Habría preferido conocerte en otras circunstancias.

—Lo entiendo perfectamente, Colette. Yo también. Por ejemplo, en una clase de cerámica.

—Yo estaba pensando más en que no te hubieras acostado con mi marido.

—Sí, eso también —comentó, con una sonrisa encantadora—. Oliver me explicó lo vuestro y, la verdad… también habría preferido que nos conociéramos en otras circunstancias. ¡Pero la vida es así de caprichosa!

Estuve a punto de decirle que, para caprichosa, ella, que se había fijado en un hombre casado. ¡Si todavía se le notaba la marca de la alianza en el dedo, por todos los santos! ¿No le parecía una desfachatez?

—Sí, una locura, la vida… —musité, mirándome los calcetines y rogando para que no tuvieran algún agujero que me dejara más avergonzada aún—.

Ayer pensé que todavía había cierto civismo en mi marido, hoy ya veo que no.

¿Y lleváis mucho tiempo… cómo decirlo, follando?

Perdón, teniendo sexo. Haciéndoos cosquillas el uno al otro. Dentro o fuera de mi sofá.

—Nuestro sofá, Colette —recalcó él, que parecía la mar de divertido con el asunto.