Chapitre 12
Jeux de sexe.
(Juegos de cama)
— Pues a mí me encanta la ensaladilla rusa — aseveró el desconocido un poco menos desconocido.
De él, ya sabía que se llamaba Beni, quizá Benito, igual de sexi que el nombre de Vicente…
y que tenía el mismo gusto para las mujeres que mi exmarido.
Y en el mismo orden que a él. Primero le había gustado yo, que tenía un cuerpecillo pequeño, compacto y sencillo sin pretensiones, aunque bien proporcionado…
y después le había gustado la escultural chica de gimnasio que se encargaba de tenerle las bolas bien apretadas contra los muslos mientras saltaba sobre él.
O sea, se podían ir ya de cañas juntos, a contar chistecitos machistas y silbar a las camareras para que los atendieran.
Me vino a la cabeza un bar de Estados Unidos en el que las chicas deben tener las tetas grandes para trabajar en él, pero no fui capaz de recordar el nombre ni de la película donde lo había visto.
Por suerte, por otro lado, ya que hay cosas que mejor no retener en la cabeza para que no les quiten espacio a otras.
Puede que hayas visto la misma película que yo y tú sí que te acuerdes.
Caí en la cuenta de que había hablado más que pensado con respecto a mi futura indigestión.
—Vuelvo a tener serias dudas sobre la idoneidad de este plan improvisado. Estaba claro que cada vez que me acordaba de él, fracasaba estrepitosamente.
— No te voy a hacer comer ensaladilla, precisamente…
Y al asegurarlo se llevó la mano a la bragueta y a mí me vino a la boca el sabor de su lengua, ácida, que no debiera haber probado ni en un millón de años.
Me rozó la mejilla con las yemas de los dedos, luego los llevó a mis labios y, para cuando me quise dar cuenta, me estaba metiendo los dedos dentro en un gesto la mar de obsceno.
Mi mente razonó a la carrera y supe que, o actuaba en ese mismo momento, o en unos segundos se estaría bajando la cremallera del pantalón y en la boca me estaría metiendo lo que no era precisamente ensaladilla rusa.
— Perdona todo este embrollo — me disculpé, cogiéndole la mano y sacándola de entre mis labios.
Demasiado bien estaba llevando aquella ida de olla.
Amanda ya le habría cortado los dedos y se habría hecho un collar con ellos.
¿Quedaba poco elegante escupir en mi suelo, aunque no tuviera alfombra que ensuciar?
— Mi matrimonio acaba de derrumbarse—. ¿Por qué necesitaba darle explicaciones?
—La separación es relativamente reciente — sí, vamos, unos cuantos meses, con sus días de más y sus horas de menos.
¿Quién las contaba? — Es la primera vez que traigo a un hombre a casa y no me esperaba que él…
—Ya —por toda respuesta.
—El hombre al que he amado durante años está follándose a otra mujer en mi sofá.
—Ya.
—Y he traído a un desconocido a casa para… ¿darle celos?
—Ya.
Demasiados monosílabos como para no cabrearme. Se le daba tan bien como a Oliver ponerme en ese estado.
—¿No tienes nada que decir?
—Que yo solo había salido a comprar tabaco—.
Me hizo un gesto con la mano de llevarse un cigarrillo a la boca y llevó después nuevamente un dedo a mis labios, señalándome que guardara silenci o— .
Te compro todas las explicaciones que quieras darme ꟷ aseguró volviendo a la carga.
Buscó el borde de mi vestido y tiró de él en sentido contrario al que tiré yo, resistiéndome a ser desnudada tan a la ligera por un calentón que sabía que no tenía ningún sentid o— .
¡Me dan igual! Los mejores polvos de mi vida han sido con mujeres casadas que tenían el coñito necesitado…
El escupitajo directo a la cara era de lo más apropiado, dadas las circunstancias.
Nada de ensuciar el suelo. Ya tenía suficiente con que me avergonzara mi marido para que encima lo hiciera un completo desconocido que quizá se llamaba Benito y al que había visto vomitar en la calle.
No podía creer que estuviera permaneciendo allí de pie, sin decir nada.
Estupefacta, vamos. O le arreaba un guantazo y lo arrojaba por la ventana como hiciera en su momento con las cosas de Oliver o de la rabia le pegaba un bocado en la ensaladilla rusa y que fuera directo al hospital para que le trataran la herida, además de la tontería.
— Primero — me quejé, comenzando mi larga list a— no soy ningún coñito necesitado.
— Ni lo era ni debía parecerlo, con el pedazo de vestido que llevaba y lo guapa que me había visto delante del espejo antes de que ese tipo me despeinara y medio desvistiera.
Que llevara un par de meses separada y sin sexo no me convertía en una mujer desesperad a— .
Segundo, si te interesan mis explicaciones, bien.
Y si no… también. Porque esta es mi casa y si quiero hablar lo hago y tú te callas mientras me escuchas.
O mientras finges escucharme, que parece que eso podría dársete mejor.
Comprender lo que te digo, mejor lo dejamos para la siguiente clase.
«Lo que se dice una mujer muy diplomática que pretende follarse al tipo en cuestión no estás siendo, mon amour ».
— Creo que en algún momento te he molestado un poquito…
Gruñí. Pero bajito. El tal Beni me sacaba de mis casillas.
— ¿Solo un poquito, monsieur ? ꟷ solté, siendo lo más sarcástica que pude y tratando de que hasta él pudiera notarlo con facilida d— . Y tercero…
— Creo que he pillado el concepto — me interrumpió nuevamente.
Estaba claro que lo de escucharme hablar no le iba.
Y lo de fingirlo, tampoc oꟷ . Me estás sugiriendo que no vamos a follar y que sigues encoñada de tu marido.
Y soy la única persona que se interpone en tu necesidad de sacarle los ojos a la chica que se está follando.
Pues para estar borracho no razonaba nada mal al final.
— No eres la única razón por la que no lo hago. También Oliver podría tener algo que decir en lo de que dejara ciega a su follamiga. Y, la verdad, no soy especialmente agresiva y no voy haciendo locuras por la vida.
«Salvo esto, ¿verdad, mon chéri ?»
Ojalá fuera capaz de encontrar una salida digna para aquella situación, pero no se me ocurría ninguna que no terminara en asesinato. Y comprendí de que me daba igual quién acabara siendo el muerto esa noche.
—No deberías estar aquí —me reconocí en voz alta.
—Lo sé.
No me esperaba que coincidiéramos en una premisa tan importante en ese punto de la película.
—Entonces, quizá deberías irte.
—También lo sé.
—¿Y por qué sigues aquí?
—Porque creo que si me voy ahora mismo vas a llorar si te quedas sola.
Me enfadó su afirmación tan presunciosa. ¿Cuántas veces me había enfadado ya con él? Iba a batir el récord que ostentaba Oliver.
—No voy a llorar.
—Perfecto.
Vale, ya lo había batido.
—Perfecto.
—Entonces ya no tienes que demostrarme nada.
Se hizo un incómodo silencio. Ya era más que razonable que sus huesos acabaran roídos por alguna rata en un vertedero.
—¿Estás intentando hacer psicología barata conmigo?
—No. La cara de psicólogo vale dinero—. Sonrió, encantador y bobalicón—. La mía es gratis.
Y así, acto seguido, Beni conseguía sacarme una sonrisa cuando segundos antes estaba pensando en clavarle un cuchillo. ¿Aquello era pasar página? ¿Aquello era que necesitaba un aliado, por muy estrafalario que fuera el individuo?
— Eso quiere decir que no follamos, ¿no?
— preguntó esperanzado otra vez, al ver mi cambio de actitud.
Se acercó a mí con paso decidido, aunque tambaleante, buscando mi aprobación al respecto.
Y yo, por aprobación, estuve a punto de darle un guantazo bien merecido nuevamente.
O una patada en la recién bautizada «ensaladilla rusa»—.
Vale, entonces estamos en fase discusión dramática.
—¿Qué?
—Es que necesito saber en qué punto de la película estamos. Porque he empezado pensando que esto era porno, luego parecía una venganza romántica y ahora tengo la sensación de que me habéis secuestrado.
—Yo no te he secuestrado. Has subido por tu propio pie hasta mi piso.
—Y ahora me tienes encerrado en tu habitación hablándome de tus traumas maritales.
—Pensé que si me explicaba entenderías…
—No me seas estrecha. Abajo tenías ganas… ¿Qué ha cambiado?
— ¿Estrecha yo?
Pues había cambiado que había cogido algo de sentido común y me había dado cuenta de que era una soberana tontería acostarse con un tipo solo por el hecho de querer que mi marido se enterara de que lo hacía.
Si me acostaba con alguien debía ser porque me apetecía hacerlo…
y en ese momento, con Oliver dando gritos al otro lado de la puerta, intentando que yo me enterara de lo mucho que estaba disfrutando… no me apetecía nada.
Por otro lado, me daba rabia que él consiguiera hacerlo y a mí las ganas se me hubieran escapado por el desagüe.
Dos copas, un borracho, un marido desnudo… y yo preguntándome dónde había torcido exactamente el GPS de mi vida.
Beni no era la persona adecuada para empezar a ponerle los cuernos, o no cuernos, a mi marido.
Faltaba saber si podría llegar a ser, algún día, un tipo medio decente sin alcohol de por medio para poder tener alguna posibilidad con él.
En ese momento me daba mucho asco, pero era verdad que también me había hecho reír.
—¿Tenéis las paredes muy finas? —preguntó, quizá tratando de aligerar mi enfado, mientras se escuchaban claramente los gemidos de Oliver al otro lado.
—Sí. Demasiado. —Eso mismo pensaba la señora Ofelia.
—Pues tu ex parece estar intentando comunicar algo en código morse con la pelvis—.
Se puso a mirar al techo, como si se estuviera mareando de repente.
Se sentó en la cama y luego pasó la mano por encima de la colcha.
Me dio cierto repelús, como si de pronto le hubiera dado un subidón de alguna droga y estuviera teniendo alucinaciones—.
¿Has dicho que hacías la colcha a ganchillo?
—¿Perdón?
—La colcha.
—¿Qué pasa con la colcha?
—Que está increíble—. No supe si debía tomármelo como un cumplido o no—. Mi abuela hacía unas parecidas.
Se le había ido la pinza, no había otra explicación.
—Mi vida se está yendo a la mierda…
—Ya, pero la colcha está muy bien hecha.
Era el momento idóneo para dejarlo caer al suelo, con el colocón, y que se pusiera a imaginar figuras sacadas de los brochazos de la pintura del techo.
—Entonces no…
— No, no vamos a tener sexo — sentencié resuelta, interrumpiéndolo porque ya me conocía la frase, satisfecha conmigo misma. Estaba decidido. Esa noche no habría sexo por despecho. Ni otro tipo de sexo, ya puestos.
— Vale, lo pillo. ¿Y un poco de masturbación de consolación?
—preguntó sin vergüenza ninguna, con cara de lelo.
Volvió a echar mano de la bragueta y comenzó a bajarse la cremallera, creyendo merecer un premio de consolación por las molestias causadas.
Prefería al Beni alucinado que al Beni excitado—.
¿No? —pareció entender mi negativa cuando me vio coger un bolígrafo de la mesilla de noche para defenderme—.
¿Pero me voy ya o espero a que esos dos acaben?
Pensé que quizá estaba intentando pillar cacho si la chica se quedaba con ganas.
Pero mi marido no la iba a dejar insatisfecha, para la mala suerte de Beni.
Así que darle esperanzas era un poco cruel por mi parte.
No se podía comparar el cuerpo de mi ex con el suyo.
Por lo poco que había tocado y visto, mi marido estaba mucho mejor dotado.
Pero, sin menospreciar las posibles habilidades de mi acompañante ocasional, las de Oliver iban avaladas por buenas referencias, las mías, y teniendo en cuenta que el físico no lo era todo en absoluto…
Ni el tamaño de los « pénis».
«¡Na! Sabes perfectamente que no le llega ni a la suela de los zapatos».
No sé si estás de acuerdo conmigo, pero tampoco espero que lo estés. Espero de verdad que no te hayas acostado con Oliver para poder discutírmelo.
Y, la verdad, me sabía mal por el tipo.
Si iba a comparar a todos los hombres con mi ex, iba lista. Ya me podía preparar para las grandes decepciones que estaban por venir. Pero así era la vida de la mujer rencorosa que todavía seguía tristemente enamorada del mamonazo que se follaba al cuerpo despampanante en nuestro sofá.
— Nota mental, empezar a ir al gimnasio — susurré mirando al suel o— . Y al cirujano plástico cuando me toque la lotería. Porque esas peras no pueden ser naturales. ¡Por favor, que no sean naturales o me hunde en la miseria!
— ¿Qué rumias?
¿Tenía hocico de vaca o similar? Empezaba a no darme tanta pena el tiparraco.
Pero sabía, en el fondo de mi corazón, que no podía mandarlo a su casa tan pronto si no quería que Oliver volviera a partirse de risa conmigo.
Vale, conmigo no, a mi costa. Algo tenía que hacer.
Pero todos los algos que se me ocurrían eran ridículos o me ponían los pelos de punta.
Miré hacia la puerta. Escuché lo que ocurría al otro lado de la puerta. Calculé el tiempo que podía seguir ocurriendo eso mismo al otro lado de la puerta.
Odié a la puerta.
—¿Una partida de cartas y te quedas a dormir?
Lo dicho. Ridículo.
—¿Mus?
—¿Perdón?
He de reconocer que no sabía a qué se estaba refiriendo.
—Si es mus, me quedo.
—Mi matrimonio acaba de fracasar… ¡Me da igual el juego de cartas!
—Entonces mejor al cinquillo. El mus genera mucha tensión.