Chapitre 11
Ménage à trois ou orgie.
(Trío u orgía)
Cerré la puerta y fue entonces cuando Oliver se dignó a sacar la cabeza de entre las tetas de la chica.
Pero solo un poco, no fuera a hacerse daño en el cuello con un movimiento brusco.
Intercambiamos miradas cortas de reproche.
La situación no daba para más y no nos íbamos a entretener en pegarnos gritos y entrar en una discusión absurda llegados a ese punto. Y ese punto… estaba bien calentito.
Ya sabes al nivel de calor al que me refiero.
Íbamos a lo que íbamos, ¿no? Pues eso.
— Tía, porno en vivo. Me mola tu rollo — me aseguró el tipo al que acababa de meter en cas a— . No parecías de esas… O sí.
Lo besé, saltándome mi primera prohibición, únicamente para que tuviera la boca ocupada y no pudiera hablar.
Mentiría si dijera que fue el beso de mi vida.
De todas las posibles situaciones que había llegado a imaginar en esas semanas de espera, aquella era la más descabellada.
Y asquerosa. Mientras lo besaba, lo fui acercando al sofá.
Tampoco era una proeza, ya que estaba a cuatro pasos mal contados de la puerta.
Si la chica que saltaba sobre el miembro erecto de mi marido se había enterado de que tenían espectadores no había dado ninguna señal de ello.
Oliver, por su parte, había vuelto a enterrar la cara en el hueco de su escote.
Vale, escote… si hubiera llevado el vestido puesto.
¿Quedaría tan mal como me imaginaba si sentaba al tipo A junto al tipejo B y, tras saludar a la tipeja de marras con un «hola, ¿qué tal?», me subía a horcajadas sobre el tipo A para ver si conseguía igualar el ritmo de los otros dos?
«Espero que no estés pensando en que esa es una pregunta seria que necesita respuesta, encanto».
— ¿Lo dices por mi vestido? — le pregunté al borracho, menos borracho, algo indignada. ¿Algo? No, muy indignada.
— Este vestido es la leche — me aseguró, toqueteando la tela que había encima de mi pecho derecho. Me recorrió un escalofrío que no pude clasificar como agradable. ¡Qué mal rato tan tonto! —Me sigue pareciendo incómodo, pero me encanta cómo te queda.
Nadie me había tocado de forma tan íntima en meses, y nadie que no fuera Oliver lo había hecho en años. Muchos años. Fue… muchas cosas, y ninguna de ellas bonita.
— Ese vestido se lo compró para reconciliarse conmigo — nos interrumpió de pronto mi querido marido. Entonces, sí que nos estaba prestando atención, a pesar de que intentara disimularlo. ¡Punto para Colette! —No te fíes nunca de una mujer que se pone esa ropa y la usa para lo que la usa.
— ¿Habéis sido pareja o lo sois? ¡Mola! — ¡No me lo podía creer!
¿Qué era lo que le parecía interesante a ese hombre sobre lo de tener a mi ex follándose a otra en casa?
¿Y sobre lo de ir a tener sexo con la mujer de otro, que estaba tan cerca y era tan fuerte que podía romperle un brazo por tres sitios distintos antes de que se hubiera bajado los pantalones?
De loco s —. ¿Esto es algo así como un intercambio? ¿Vamos a montárnoslo los cuatro?
«Ni de coña te pongas a cantar la maldita cancioncita de las narices, que te veo venir, mon amour ».
— Felices los cuatro — tarareó con un pezón en la boca mi queridísimo marido. ¡Para matarlo!— ¿No ibas a salir a rehacer tu vida? No parece muy exigente, pero por algo se empieza.
«Ahora ya no se te irá de la cabeza la voz de Maluma, y lo sabes».
Los españoles tienen un refrán para todo, pero juraría que no existe ninguno que diga «donde caben dos, caben cuatro y una webcam». Si existe, prefiero no aprendérmelo.
— ¡Lo has clavado, tío! — soltó mi experimento de rollo.
Le extendió la mano como para ir a chocársela, pero, para hacerlo, Oliver habría tenido que retirar las palmas de las dos nalgas que se movían sobre su pelvis…
y obviamente no estaba por la labor. Sus manos estaban perfectamente entretenidas con lo que estaban haciend o— . Un placer, soy Beni para los amigos…
«¿Y para los tíos a los que les importas un comino?»
ꟷ Sin acritud, Beni, pero no me interesa. Estoy ocupado…
—Claro, claro. Estás ocupado.
—Muchísimo.
—No te preocupes, lo entiendo. Yo si tuviera esa montura tampoco estaría a otra cosa…
—Gracias.
—Pero cuando termines, si quieres nos tomamos una cerveza.
¿Había salido a buscar un amante y había encontrado un admirador para mi ex?
¿En qué momento de mi patética existencia se me había ocurrido que iba a ser buena idea meter a un desconocido en casa para follármelo y darle celos a mi marido? Peor aún. ¿En qué momento había acabado compitiendo con una mujer que no conocía por la atención de un hombre al que tampoco conocía?
Y perdiendo. Porque estaba perdiendo, claramente.
Intentar comprender la forma de pensar de los hombres en una situación tan disparatada como esa no tenía ningún sentido.
Haberla provocado… tampoco lo tenía.
Mi teoría de que todos los hombres competían entre ellos acababa de irse por el desagüe. Al parecer primero admiraban los abdominales del rival y luego ya decidían si lo odiaban.
El imbécil al que había subido tres pisos para utilizarlo como instrumento de venganza parecía más interesado en hacerse amigo de Oliver que en acostarse conmigo.
Yo solo quería comenzar a rehacer mi vida y había vuelto con un fan del porno en vivo.
Aquello iba a terminar en tragedia griega, porque pensaba cargármelo.
Según las estadísticas, solo un tres por ciento de las venganzas salen como una espera. El noventa y siete restante acaba con alguien haciéndose amigo de tu ex. Acababa de inventarme el dato, pero me parecía incluso optimista dada mi actual experiencia.
Traté de hacer que me mirara, y por suerte lo conseguí.
Un momento después me estaba besando y subiendo la parte baja del vestido.
La ropa interior de encaje quedó expuesta a la vista de quien hubiera querido mirar…
pero nadie quería. ¡Joder, es que no se podía competir con los pibones que se estaba ligando mi estúpido marido!
Intenté alejar al tal Beni del sofá, pero mientras me besaba no perdía detalle del movimiento de caderas de la chica ni de cómo entraba y salía el miembro de mi marido de sus partes expuestas.
¿Qué demonios de postura era esa? ¡Qué cosa más incómoda!
Si parecía una actriz porno acostumbrada a que quedara bien filmada la escena de penetración.
Cuando Beni se dio cuenta de que estaba tratando de alejarlo de la pareja que se exhibía de forma tan impúdica, dejó de toquetearme y besarme con esa forma tan desorganizada que solo alguien que no está poniendo atención a lo que la tiene que poner puede clavar a la perfección.
Descubrí que existen tres clases de hombres. Los que quieren acostarse contigo, los que quieren acostarse con otra, y luego estaba Beni, que solo quería hacerse amigo de la competencia y acostarse con quien se le pusiera a tiro.
— ¿Por qué no me acompañas para estar más cómodos? — le sugerí cuando se quedó plantad o— . La cama está por allí.
Y le señalé con la barbilla la puerta hacia el corto pasillo que conducía a nuestro dormitorio.
— Pero si aquí es donde está lo divertido, mujer — protestó indicando el sof á— . Ahí hay sitio para los dos. No mucho, pero nos podemos apretujar un poco. Seguro que no les importa. ¿Verdad, colega?
— Oye, en serio, ¿qué te hace creer que me importa lo que tengas que decirme?
— preguntó el otro muy borde, todo hay que decirlo.
Parecía molesto, pero no quería hacerme ilusiones con el motivo.
Total, mi ex me estaba ignorando y lo único que quería era que mi ligue dejara de interactuar con é l — .
No somos colegas. Si te vas a follar a mi mujer…
— ¿Estáis casados de verdad? — soltó escandalizado Beni, pero inmediatamente puso una cara libidinosa que dejaba bien claro que le parecía un plan maravilloso, por no decirlo usando una palabrot a— . ¡Qué fuerte me parece! ¡Esto es la caña! Me tocó la lotería…
«Y a ti te tocó el gilipollas. Lo que quiere ese que le toquen es otra cosa».
Pero, entre todo ese desconcierto y situación más que estrambótica…
¿pude notar una pizca mínima de celos en el tono de voz de mi marido?
¿Le molestaba que tuviera las agallas de haber metido en nuestra casa a alguien como estaba haciendo precisamente él?
No, tenía que estar equivocada. Oliver no era de los tipos que se ponían celosos.
No era de demostrar sentimientos más allá del hecho de dejarte claro que estaba excitado o enfadado.
No tenía sentido y no quería aferrarme a una ilusión después de todo lo que me había pasado ese día.
—¿Estáis juntos o separados?
— Estamos separados.
—¿Y aun así vivís juntos?
Resoplé. Demasiadas preguntas para lo que debiera estar pasando entre nosotros y no estaba pasando. Empezaba a parecerse a Amanda.
—Sí.
—¿Y él está con otra? ¿Y tú me has subido a casa?
—Sí.
Me estaba cansando de las afirmaciones.
—¡Esto es mejor que Netflix!
Las plataformas de televisión deberían pagar a menos guionistas y dejar que las parejas recién separadas convivieran nueve meses. El contenido de las series de comedia saldría solo.
Habría sido divertido si no llega a ser un completo desastre.
ꟷ ¡Venganza! ¡Te vas a vengar de que se esté follando a una tía en vuestro sofá!
Para Beni, aquello se parecía un poco a un capítulo de Juego de Tronos. Pero esa era de HBO.
Sí, venganza. «Quien ríe el último ríe mejor» era otro refrán español que yo seguía sin entender. ¿Por qué había que esperar al final para reírse? En Francia, si algo hace gracia, te reías en ese momento. Mucho más práctico.
«Lástima que ahora mismo estés más cerca de las lágrimas que de las risas, mona».
—Y esto no va de intercambio de parejas — aunque te estés muriendo de ganas de metérsela a la pendeja esa, pens é— , ni de orgías, ni nada que puedas estar pensando.
A Oliver se le escapó una risita de lo más dañina.
De esas que indican que saben perfectamente por qué estás haciendo las cosas y te dejan claro que estás haciendo el más absoluto de los ridículos con ello.
Con todas las ganas de apartar a la tipa y partirle la cara a mi ex, retenidas en mi cuerpecillo descompuesto por la escena, tiré del otro para que me acompañara.
—Beni, ¿vas a venir o no?
—Voy, voy.
—Entonces deja de mirar.
—Estoy intentando no hacerlo.
—No lo parece —protesté, demasiado indignada para mi gusto, pero completamente adecuado para el disfrute de Oliver.
—Es que están muy cerca.
Por suerte, al fin, se dejó hacer. Cuando cerré la puerta escuché que mi marido se ponía a gemir de forma harto exagerada e instaba a la chica a que siguiera manteniendo el ritmo.
Quería que se enterara todo el edificio, incluida la señora Ofelia, además de cabrearme a mí «nivel top».
— ¡Venga tía! Me tienes a tiro. Te lo voy a dar todo…
Un tiro sí que le pegaba yo, pensé justo cuando la puerta se cerró.
Pero solo conseguí quitar la visión de sus cuerpos restregándose en ese sofá que habíamos elegido juntos y que no sabíamos cómo dividirnos…
porque sus gemidos seguían resonando con fuerza a través de las pobres paredes de nuestro piso.
Y de la maldita puerta que estaba hecha de cartulina, muy probablemente.
La señora Ofelia estaría a punto de tocar a la puerta para quejarse de la fiesta que teníamos montada.
«Tiene, que lo tuyo parece más un velatorio, chica».
— ¡Venganza! — repitió el otro, completamente alterad o— .
¿Esto no tiene pestillo por si le da por querer venir a partirme la cara?
— preguntó de forma atropellada, encadenando unos temas con otros, como buen borracho.
Por fin parecía encontrar un poco de cordura y se daba cuenta que aquello podía acabar muy mal para él si a mi ex se le cruzaba uno o dos cable s— .
Él mancha el sofá y nosotros mancillamos la cama.
¿Quieres que me corra esparciendo toda mi leche sobre la colcha, monada?
La que iba a vomitar entonces era yo.
Si Amanda sobrevivía era porque llevaba cuarenta temporadas entrenándose con podcasts de asesinatos. Yo, en cambio, estaba protagonizando el episodio piloto de uno muy malo.
— ¡Pero qué demonios dices, mamarracho!
Miré la colcha y me dieron ganas de llorar. Había una estadística que sí conocía de memoria. Cien por cien de posibilidades de que Mercedes me asesinara si descubría que había permitido semejante atentado textil sobre una de sus clases de ganchillo.
Me entró un asco infinito. Miré la cama, cubierta con una colcha que había confeccionado hacía tiempo en «Mujeres al borde de un ataque de ingenio» y casi me da un parraque. Ni Oliver se habría atrevido a sugerir correrse sobre el punto, aunque fuera por eso mismo que nos había llevado hasta allí.
Sí, estoy hablando de eso, de venganza.
Había que decirlo con todas las letras. Aquello no me iba a levantar el ánimo ni iba a conseguir que pasara página. Era solo por venganza. ¡Y qué amarga era! Ni en frío ni en caliente. A mí ese plato se me iba a indigestar como la ensaladilla en mal estado en pleno mes de julio.
Creo que existe una relación directamente proporcional entre las ganas de vengarte de tu ex y la probabilidad de tomar una decisión lamentable.
No sé quién hizo ese estudio, pero en ese momento debía de estar escondido debajo de mi cama tomando apuntes.
Las estadísticas nunca mienten. Las personas que las inventan... ya es otra historia.