Prohibido hacer match con tu ex Chapitre 10
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Chapitre 10

C'est la guerre!

(¡Esto es la guerra!)

Abrí la puerta del piso antes de que el desconocido tuviera tiempo de comprender que acababa de abandonarlo a su suerte en el rellano.

Tampoco es que yo lo comprendiera mucho mejor. No estaba siguiendo el hilo de mis propias decisiones.

Asomé la cabeza y lo vi todavía allí, resoplando y confundido. Y, milagrosamente, sin haberse caído por las escaleras. Empecé a sospechar que estaba menos borracho de lo que yo necesitaba.

«Eso es una estupidez.»

Lo era.

La hice igualmente.

Tomé una decisión adulta, madura, perfectamente razonable y profundamente meditada. O sea, exactamente la clase de planes brillantes que jamás habría aprobado mi terapeuta si hubiera tenido una.

Ya sabes, de esas decisiones que luego acabas teniendo que explicar delante de un juez, de tu mejor amiga o de ambas personas durante la misma semana. De esas que empiezan con «¿qué puede salir mal?» y terminan con «absolutamente todo».

Es decir, hice exactamente lo contrario de lo que una adulta habría hecho.

Abrí la puerta de golpe, lo agarré por el pecho de la camisa, recé para que no estuvieran decoradas con restos de hamburguesa semidigerida o con algo peor que prefería no identificar científicamente, y tiré de él hacia dentro con todas mis fuerzas.

Que, siendo sinceros, tampoco eran muchas.

Pero él estaba demasiado sorprendido para oponer resistencia, así que la espontaneidad jugó a mi favor.

El pobre entró trastabillando, chocó con el zapatero, golpeó la pared con el hombro y estuvo a punto de llevarse por delante el paragüero.

Uno de mis tacones salió disparado debajo del aparador.

Si aquello hubiera sido una prueba olímpica, le habrían dado un siete en ejecución y un diez en improvisación.

Perfecto.

Exactamente la clase de entrada discreta que necesitaba alguien que acababa de tomar una horrible decisión.

Las posibilidades de que aquello acabara bien rondaban el dos por ciento. El noventa y ocho por ciento restante correspondía a decisiones tomadas por mí. O sea, estaba esperando un verdadero milagro.

Lo preocupante era que empezaba a encontrarles cierto encanto a los desastres.

Cerré la puerta de un portazo y respiré hondo.

Sonreí.

Dejé de sonreír.

Acababa de meter en mi casa a un desconocido que olía a ron, hamburguesa y malas decisiones. El problema era que el olor menos inquietante era el del ron.