Prohibido enamorarse del hijo del jefe (Urbanización Simón Verde 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

La mudanza

Martín no tardó en encontrar el piso. Dijo que fue cosa de una semana y yo me lo creo, porque cuando Martín se proponía algo, lo sacaba adelante con la misma paciencia con la que yo cuidaba los geranios: sin prisa, pero sin parar.

Un ático, cómo no, en Triana, en una calle estrecha de las de siempre, con las fachadas pintadas de cal y los geranios asomando por los balcones.

Cinco habitaciones, una terraza enorme y una piscina en lo alto.

Cuando me lo enseñó, la primera vez, me quedé en la puerta sin atreverme a entrar.

—¿Esto es para nosotros? —pregunté.

—Es para ti. —Me cogió la mano—. Para ti, para mí y para lo que venga.

No hizo falta que dijera más. Me lo dijo con la mano en la mía y los ojos puestos en el sitio donde estaría la cuna, aunque todavía no había cuna.

Lo amueblamos entre los dos. Yo elegía las cosas de la cocina, los armarios, el sitio de la mesa.

Martín se encargaba de la luz, de que entrara el sol por las ventanas, de los detalles que a mí se me escapaban y el día que estuvo listo, cuando ya olía a nosotros y no a pintura, decidimos que había que celebrarlo. Que había que enseñárselo a la familia.

—¿Los invitamos a comer? —dijo Martín, un domingo por la mañana, con el café en la mano.

—¿A todos?

—A todos. —Se encogió de hombros—. A tu madre, a tu abuela y a mis padres. Ya va siendo hora de que se conozcan del todo, ¿no crees?

Lo dije, y me quedé callada un momento, porque todavía no les habíamos dicho nada.

Ni lo del piso, ni lo de Triana, ni lo del bebé.

El único que lo sabía era su padre. Llevábamos semanas guardándolo, con la excusa de que queríamos tenerlo todo listo antes de contarlo, pero la verdad era otra: no sabíamos cómo se lo iban a tomar.

—¿Y si se lo decimos ese día? —dije.

—¿El qué?

—Todo. —Puse las tazas en la mesa—. El piso, la mudanza, lo del bebé. De una vez. Ya no quiero seguir escondiéndolo.

Martín me miró un momento, y luego sonrió, con esa sonrisa que le salía cuando estaba orgulloso de algo.

—Vale —dijo—. Se lo decimos ese día. A todos juntos.

***

El día de la comida amaneció claro, con ese sol de Sevilla que parece que lo bendice todo.

Yo me pasé la mañana en la cocina, preparando las cosas con calma, y me di cuenta de que no tenía ganas de comer nada.

Solo de oler el ajo, el tomate, el laurel, todo me llegaba antes de tocarlo, y a la vez me daba vueltas el estómago.

Me tomé un vaso de agua y me quedé un momento apoyada en la encimera, esperando a que se me pasara.

—¿Estás bien? —preguntó Martín, que había aparecido detrás de mí.

—Sí. —Me recompuse—. Es que el ajo, que me entra una fatiguita...

—¿El ajo?

—El ajo. —Me sequé las manos—. No me mires así, que es cosa del embarazo. Las mujeres embarazadas tenemos estas cosas.

Martín se quedó mirándome, con el trapo en la mano, y de pronto se le iluminó la cara.

—¿Lo has dicho?

—¿El qué?

—Que estamos embarazados. —Se acercó—. Lo has dicho en voz alta por primera vez.

—Bueno... —Me reí, sin querer—. Supongo que sí.

Y me dio un beso, con la cocina oliendo a ajo y a tomate, y el sol entrando por la ventana de la terraza, y yo pensé que sí, que aquel día se lo íbamos a contar a todo el mundo, y no sé porqué, me entraron unas ganas locas de rozarme con él, de sentirlo.

Quería sentirlo dentro de mí, pero no era el momento.

Empezaron a llegar a la una. Mi madre fue la primera, con la abuela del brazo y un tupper en la mano, por si acaso. Entró en el ático y se quedó helada en el recibidor, con el tupper a medio camino del suelo.

—Candelaria... —dijo, mirando alrededor—. ¿Esto es...?

—Es nuestro —dije—. El piso nuevo. Hemos venido a vivir aquí, mamá.

—¿Aquí? —Mi madre soltó el tupper en la mesa, sin dejar de mirar—. ¿En Triana? ¿Y esto es todo vuestro?

—Es todo nuestro. —Martín salió de la cocina, secándose las manos—. Hemos decidido venirnos a vivir aquí.Un poco más  cerca de usted, de la abuela y de todo.

Mi madre lo miró, luego me miró a mí, y no dijo nada. Se quedó quieta, como procesando, y entonces la abuela, que se había sentado en el sofá sin que nadie la invitara, dijo:

—Pues yo no sé qué miráis, que la casa es preciosa. —Y añadió, mirando la terraza—. Y tiene un balcón que se le ve hasta el río. Candelaria, hija, me tienes que enseñar esto entero, que yo no me pienso ir de aquí sin verlo todo.

Mi madre seguía sin decir nada. Me acerqué y le toqué el brazo.

—¿Mamá?

—Es que... —Parpadeó—. Es que me habéis dado un susto. Un susto de los buenos, pero un susto. ¿Desde cuándo estáis aquí?

—Desde hace dos semanas. —Martín se puso a mi lado—. Lo sentimos, señora Lola. Queríamos tenerlo todo listo antes de decírselo.

—¿Y el trabajo? —preguntó mi madre, mirándome—. ¿Y Simón Verde?

—Lo he dejado. —Le cogí la mano—. Voy a montar algo por mi cuenta con Martín. Un proyecto de jardinería, de paisajismo, de lo que salga. Pero en Triana.

Mi madre me miró un buen rato. Luego soltó el aire, se pasó la mano por el moño y dijo, con una voz que era mitad enfado y mitad orgullo:

—Hija, me vas a matar a sustos, pero si es lo que quieres, y es con él, adelante. —Miró a Martín—. Pero me la cuidas, ¿me oyes?

—La cuido, señora Lola. —Martín le dio dos besos—. Y también la cuido a usted. A las dos.

Llegaron los padres de Martín al poco rato.

Amalia entró con la elegancia de siempre, un vestido estampado y el pelo recogido, y no se sorprendió de nada: ni del ático, ni de la mudanza, ni de que su hijo hubiera dejado la empresa familiar.

Lo miró todo con calma, asintió y me dijo, bajito, al pasar:

—Sabía que esto iba a pasar, Candy. Un hijo como el mío no se queda mucho tiempo en un sitio que no es el suyo.

Alberto llegó el último, casi al empezar, con cara de venir obligado. Amalia debía de haberle dicho que no había opción, porque entró con la chaqueta puesta, dio dos besos a mi madre y a la abuela con una cortesía rara, y se sentó en la punta de la silla, sin tocar nada.

La comida fue rara, en el buen sentido. Mi madre hablaba por los codos, la abuela le contaba a Amalia la vida de todo el barrio, Amalia escuchaba con una sonrisa que no se le borraba, y Alberto comía en silencio, respondiendo con monosílabos.

Yo comí poco. Probé el primero, moví el segundo, y me pasé el resto del tiempo con el vaso de agua delante, porque el vino, el tinto que mi madre había traído, me daba vueltas con solo olerlo.

—¿No bebes, hija? —preguntó mi madre, en un momento en que la abuela y Amalia hablaban del abanico.

—No me apetece. —Puse la mano sobre la copa—. Tengo el estómago un poco raro.

—¿El estómago? —Mi madre me miró—. Tú nunca tienes el estómago raro.

No supe qué contestar. Me salvé porque la abuela, en ese momento, dio una palmada en la mesa.

—Bueno. —Se levantó, con el abanico en la mano—. Ya hemos comido. Ahora me enseñáis la casa, que llevo dos horas esperando a verlo todo. Candelaria, Martín, en marcha.

—Abuela...

—En marcha te he dicho. —Cogió del brazo a Martín—. Tú, que eres el de las explicaciones, me vas contando. Pero sin prisa, que yo a mis años voy a mi ritmo.

Y se pusieron en marcha. Martín le enseñó la cocina, el salón, la terraza con la piscina y las vistas al río. La abuela lo tocaba todo, abría los armarios, miraba por las ventanas, preguntaba por cada cosa. Yo iba detrás, con mi madre y con Amalia, y Alberto cerraba la fila, sin decir nada.

Llegamos al final del pasillo. Martín abrió la última puerta, la que daba al cuarto que había estado cerrado toda la comida, y se quedó un momento en el umbral, sin entrar.

—Esta es la habitación... —dijo, y se le cortó la voz.

Yo me paré detrás de él. La abuela asomó la cabeza por encima de su brazo y se quedó quieta.

Era una habitación pequeña, con las paredes pintadas de un amarillo suave y una cuna en el centro.

Una cuna de madera clara, con un carrusel de estrellas colgado encima y una mantita doblada en el borde.

Junto a la ventana, una mecedora, y en la repisa, tres ositos de peluche que había puesto yo la semana anterior.

Nadie dijo nada. Se oía el silencio, ese silencio que se hace cuando la gente no sabe si ha entendido bien lo que está viendo.

—¿Esto es...? —empezó mi madre, con la voz rara.

Martín me miró. Yo le cogí la mano y respiré hondo.

—Vamos a tener un bebé —dije.

Lo dije en voz baja, pero se oyó en toda la casa. La abuela fue la primera en moverse: soltó el brazo de Martín, se llevó la mano al pecho y se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¿Un bisnieto? —dijo, con la voz quebrada—. ¿Voy a tener un bisnieto?

—Sí, abuela. —Se me llenaron los ojos a mí también—. Vas a tener un bisnieto o una bisnieta.

La abuela me abrazó tan fuerte que casi me tira. Después mi madre, que lloraba y se reía a la vez, repitiendo que me iba a matar a sustos, que primero el piso, que luego la mudanza y que ahora esto. Amalia se acercó, me dio dos besos y me dijo, bajito, con los ojos brillantes:

—Ya decía yo que habías comido poco. —Y añadió, con una sonrisa—. Felicidades, Candy. Sabía que esto iba a pasar.

Y entonces se oyó un ruido detrás de nosotros. Alberto, que se había quedado en la puerta del cuarto, sin entrar, se dio la vuelta y se fue. Bajó las escaleras sin decir nada, sin mirar atrás, y oímos la puerta del portal cerrarse con un golpe seco.

Se hizo un silencio raro. Todos nos mirábamos sin saber qué decir.

—No le hagáis caso —dijo Amalia, al fin, con una voz tranquila—. Es su manera de no saber qué hacer. Mejor así, creedme, mejor que se haya ido. Ya volverá.

Mi madre puso la mano en mi hombro.

—¿Estás bien, hija?

—Sí. —Me sequé las lágrimas, que eran de las dos clases—. Estoy bien de verdad.

Y lo estaba. Tenía a mi madre, a mi abuela, a Amalia, a Martín de mi  mano y un cuarto de bebé con tres ositos en la repisa y, aunque el abuelo del niño se acababa de marchar sin decir una palabra, yo estaba bien. Estaba mejor que bien.