Capítulo 46
El proyecto
Habían pasado tres días desde el incidente.
A media tarde, sin saber muy bien por qué, bajé. Le dije a Martín que quería ver el invernadero, y él no dijo nada, solo se levantó y vino conmigo. Cruzamos los jardines, el camino de grava y el banco donde Rafa me había traído las flores. Todo estaba igual y, a la vez, no estaba igual nada.
Me paré delante de la puerta, con la mano a medio camino del tirador.
—¿Estás bien? —preguntó Martín.
—No lo sé. —Respiré hondo—. Todavía no lo sé.
—No hace falta entrar si no quieres.
—Lo sé. —Abrí la puerta—. Pero quiero.
El olor a tierra mojada me dio de lleno y me quedé un momento quieta, con la mano en el marco, esperando a que se me pasara el temblor. Las mesas de cultivo, las macetas, las tijeras colgadas en el panel. Todo estaba en su sitio.
Martín se quedó en la puerta, sin entrar.
Yo recorrí el invernadero despacio, pasando la mano por las hojas, tocando la tierra de las macetas, hasta la mesa grande del panel de las tijeras.
Me quedé un momento delante, con el corazón latiendo a mil por hora, y luego seguí andando, abrí la ventana de atrás para que entrara el aire, y me di cuenta de que seguía entera.
De que aquel sitio seguía siendo mío, aunque él hubiera pasado por ahí.
—¿Qué quieres hacer con esto? —preguntó Martín, desde la puerta.
—No lo sé todavía. —Me volví hacia él—. Pero ya no me da miedo.
***
Arriba, en el ático, estuvimos el resto de la tarde sin hacer nada, con la tele puesta y sin verla.
En algún momento, con la tarde cayendo, se lo conté.
Todo lo que no había podido contarle en el hospital.
Lo de la señora de la redecilla, que me cerró la puerta en las narices.
Lo de que me dijo que no quería líos, que esa familia traía líos, que la gente que se junta con ellos también.
Le conté cómo me quedé clavada en el porche, con las manos vacías, dándome cuenta de que en aquella urbanización no era Candy, la paisajista: era la “amiga” de Martín.
Martín escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, se quedó un buen rato callado, con las manos apretadas sobre las rodillas.
—¿Y esa señora vive en la urbanización?
—Supongo. —Me encogí de hombros—. No la he vuelto a ver.
—Pues lo siento por ella. —Hablaba despacio, con una voz que no le había oído—. El día que necesite algo, y lo necesitará, porque todo el mundo lo necesita alguna vez, se acordará de que le cerró la puerta a una mujer que solo quería un teléfono.
—Martín...
—No. —Negó con la cabeza—. A ella y a todos los que te vieron salir del invernadero aquella noche y no hicieron nada, a los que miraron para otro lado. —Se levantó y se fue a la ventana—. Esa gente no es tu gente, Candy, y no quiero que vivamos rodeados de ellos.
Me quedé en el sofá, con las palabras dándome vueltas. Él estaba en la ventana, sin volverse, y dijo:
—¿Y si nos vamos?
—¿A dónde?
—A Triana. —Se giró—. Cerca de mi madre. Un piso que no sea este ático, una vida que no sea esta urbanización. Empezar de cero en un sitio donde nadie te conozca como la del lío de los Lombardo.
—¿Y por qué Triana?
—Porque es de donde es mi madre. —Se sentó a mi lado—. Ella siempre dice que Sevilla le sentó bien a mi familia y creo que a mí me está sentando aún mejor. —Me cogió las manos—. Allí no hay urbanizaciones ni vecinos que te cierren la puerta.
—¿Y el trabajo? —pregunté—. ¿Y los jardines?
—Los jardines puedes hacerlos en cualquier sitio. Tú eres la que los hace, no el sitio. —Me apretó las manos—. Llevo días dándole vueltas a una cosa: montar algo mío, pequeño, donde yo decida. Nada de la empresa de mi padre, algo nuestro, con un nombre nuestro.
—¿Qué nombre?
—No sé. —Me miró—. Algo que tenga que ver con la tierra y con lo que tú haces.
—¿Y si no sale bien?
—Pues lo intentamos. —Me apretó los dedos—. Y si no sale, lo intentamos otra vez. Pero no quiero que te quedes aquí, mirando cada esquina con miedo. No quiero eso para ti.
Lo miré, con sus manos sobre las mías, y pensé que aquel hombre, el del ático y el Mercedes, me estaba pidiendo que dejara el único trabajo que había conocido para irme con él a empezar de cero en otro barrio y, en vez de miedo, sentí algo parecido a una puerta que se abría.
—Vale —dije.
—¿Vale?
—Vale. —Se me llenaron los ojos—. Me voy a Triana contigo.
—¿Y los geranios?
—Me los llevo. —Me reí, con las lágrimas—. Los geranios, mis tijeras y el sombrero de Pepín, que me lo debe.
—Te llevas lo que quieras, Candelaria. —Me abrazó tan fuerte que me levantó del sofá—. Con tal de que vengas.
***
Aquella noche no podía dormir. Martín dormía a mi lado, con un brazo sobre mi cintura, y yo miraba el techo, con las palabras de la tarde dando vueltas: Triana, dejar Simón Verde, empezar de cero, y entonces lo pensé, con el corazón de pronto en la garganta: mi madre que no sabía nada, ni lo del bebé, ni lo de la urbanización, ni que su hija se iba a vivir con el hijo de los Lombardo a otro barrio.
—Martín —dije, bajito, en la oscuridad.
—Mmm. —Se movió—. ¿Sí?
—¿Cuándo se lo decimos?
—¿El qué?
—Lo de la mudanza. —Hice una pausa—. Y lo del bebé.
Martín se quedó callado un momento y luego me buscó la mano en la oscuridad para apretármela.
—Mañana —dijo, con la voz ronca de sueño—. Mañana se lo decimos a todo el mundo.
—¿Y si se enfada?
—Me pongo yo delante. —Me apretó los dedos—. Te lo prometo.
—¿Y si se entera la abuela antes que nadie? Que la abuela se entera de todo.
—Pues se lo decimos a ella primero. —Se rió, bajito—. Y así nos ayuda a decírselo a tu madre.
—No. —Negué con la cabeza, riéndome también—. Si se lo decimos a la abuela primero, se lo dice a la vecina del quinto antes de que salga el sol.
—Entonces tu madre primero. —Me apretó la mano—. Y yo delante, aguantando lo que venga.
Me quedé mirando el techo, con la mano de Martín en la mía y pensé en mi madre y en la abuela con su abanico, en la cara que se les iba a poner cuando les dijéramos que íbamos a ser papás, y por primera vez desde hacía días, sonreí.
—Martín —dije, bajito.
—Dime.
—¿De verdad vamos a ser papás?
Hubo un silencio largo, en la oscuridad.
—De verdad —dijo—. Y no tengo ni idea de cómo se hace, pero lo vamos a aprender juntos.
—Te amo Candy, te amo mucho.
—Yo también te amo, Martín.
Y así, los dos abrazando mi vientre, nos quedamos dormidos con una sonrisa.