Capítulo 45
El perdón
Llevábamos tres días así, tres días sin salir de casa, tres días con Martín pegado a mí como una lapa, y yo, que siempre había sido de las que se levantan temprano a trabajar la tierra, me había convertido en una que se quedaba mirando la tele sin verla, con la mano de Martín sobre la mía.
Íbamos a mi casa. Mi madre no preguntaba. Cocinaba, me servía, me miraba por encima de los platos y no preguntaba. Solo una vez, al segundo día, me encontró en la ventana mirando la calle y me dijo, con la voz más suave que le había oído nunca:
—Cuando quieras contármelo, hija, aquí estoy.
Y yo le dije que sí, que ya lo sabía, y seguí mirando la calle. Porque no sabía por dónde empezar, ni cómo se contaba una cosa así sin que se le rompiera a ella también algo por dentro.
Un día, sobre las doce, sonó el timbre en el ático.
El sonido fue seco, educado, de los que llaman una vez y esperan. Martín, que estaba en la cocina fregando las tazas del desayuno, se quedó quieto con la mano en el grifo.
—¿Esperas a alguien? —preguntó.
—No. —Dejé la manta en el sofá—. ¿Y tú?
—Tampoco.
Fui a abrir y me quedé helada.
Alberto Lombardo estaba en la puerta con la chaqueta azul marino. Se había quitado las gafas de sol, que es lo que hace la gente cuando quiere que le vean la cara, y me estaba mirando con una cara que no sabía leer.
—Señorita Romero.
—Señor Lombardo.
—¿Puedo pasar?
Me quedé mirándolo un momento, con la puerta a medio abrir y el corazón latiéndome raro. El hombre que me había ofrecido veinte mil euros para que desapareciera, el que me había mirado como si yo fuera una mancha en su urbanización perfecta, estaba en el rellano, pidiéndome permiso para pasar.
—Pase —dije al fin, y me aparté—. Pase.
***
Entró en el salón y el ático pareció encogerse, todo eso quedó pequeño de repente, como si el traje de Alberto Lombardo llenara el sitio. Martín salió de la cocina al oír los pasos y se paró en seco en el pasillo.
—¿Papá?
—Martín. —Alberto asintió, sin moverse del centro del salón—. Bueno. Estás aquí.
—Sí, estoy aquí. —Martín se acercó y se puso a mi lado, sin pensarlo, con el cuerpo puesto entre su padre y yo—. ¿Qué haces tú aquí?
—He venido a hablar. —Alberto miró alrededor y se le notó que no sabía dónde sentarse—. ¿Me invitáis a sentarme o me tenéis de pie?
—Siéntese. —Señalé el sofá—. ¿Quiere un café?
—No, gracias. —Se sentó, con las manos en las rodillas, sin tocar nada—. He venido a hablar.
Martín y yo nos sentamos enfrente. El silencio se quedó flotando un momento, con el tic-tac del reloj de fondo.
—Me he enterado de lo que ha pasado —dijo Alberto al fin.
No dijo el nombre, no lo quiso decir
—¿Y qué se ha enterado usted? —pregunté.
—De todo. —Me miró—. Se enteró media Sevilla. Entre los primos de su prima montando el escándalo en la garita y el conserje contándolo por la portería, no ha quedado vecino que no sepa que el guarda desapareció la misma noche. —Hizo una pausa—. Y yo, que tengo mis contactos, me puse a moverlos.
—¿Qué quiere decir?
—Que el de seguridad no está desaparecido. —Se aclaró la garganta—. Lo encontraron esta madrugada en un hostal de la Macarena. Iba a coger un tren para salir de aquí. La policía lo tiene y está detenido.
Se me fue el aire. Sentí la mano de Martín apretándome la mía, pero no noté el calor, solo la presión.
—¿Detenido?
—Detenido —repitió Alberto—. Y no va a salir, eso se lo garantizo yo.
He hablado con mis abogados esta mañana, he hablado con la policía, y le he dicho a todo el que me ha escuchado que ese hombre no volverá a pisar la calle mientras yo tenga algo que decir en este mundo.
—Me miró, y por primera vez, la mirada se le quedó quieta, sin desprecio—.
Y lo que yo digo, se hace señorita Romero.
No sabía qué decir. Me había pasado tres días imaginándolo, al de seguridad por ahí libre, con su maleta y su uniforme, y ahora me decían que estaba detenido, que no iba a salir, y no sabía si creérmelo.
—¿Y por qué hace esto? —se me escapó la pregunta sin pensar—. Usted, quiero decir. Usted que no me podía ni ver.
Alberto Lombardo se quedó callado un momento. Se pasó la mano por la corbata, un gesto que no le había visto nunca, como si la corbata le apretara.
—Porque es lo que hay que hacer —dijo—. Y porque llevo mucho tiempo haciendo las cosas que no hay que hacer, y estoy cansado de ello.
—¿Está usted...? —Me quedé sin acabar la frase.
—¿Pidiendo perdón? —Lo dijo él por mí, con una voz rara, como si se le atragantara la palabra—.
Sí, supongo que sí. —Se miró las manos—.
Le ofrecí dinero para que se alejara de mi hijo, la traté como si no valiera nada y resulta que era usted la única que valía algo de toda esa historia. —Levantó la vista—. Lo siento.
Lo dijo así, sin más, con las dos palabras en el aire. Alberto Lombardo, el hombre que no pedía perdón a nadie, había venido al ático a pedírmelo a mí.
Me quedé mirándolo. Podía haberle dicho todo lo que me había hecho pasar, podía haberle recordado el despacho, el sobre, la forma en que me había mirado, pero no me salió nada de eso, me salió otra cosa.
—¿De verdad va a hacer eso? —pregunté—. ¿De verdad se va a asegurar de que no salga?
—De verdad. —Asintió—. Y no por usted. —Hizo una pausa—. Bueno, sí. También por usted, pero sobre todo porque mi nieto no va a crecer en un mundo donde el hombre que le hizo esto a su madre ande suelto.
El silencio se hizo tan grande que se oía el reloj otra vez.
—¿Su...? —empecé.
—Mi nieto. —Me miró, y por primera vez, se le movió la boca en algo que casi era una sonrisa—. O mi nieta, da igual. Me he informado de todo. —Miró a Martín.
Martín me apretó la mano, muy fuerte.
—¿Pero cómo sabe usted…? —le pregunté, con la voz rara.
—Nada para en Simón Verde sin que yo me entere.
No estaba enfadada. Me hubiera gustado estarlo, pero de cierta forma lo estaba. Llevaba tres días queriendo contárselo a mi madre y no sabía cómo, y Alberto Lombardo lo sabía ya, y no le había visto nunca tan humano.
—Bueno —dije, y me salió una risa rara—. Pues ya lo sabe.
—Lo sé. —Asintió—. Y he venido a pedirle perdón y a decirle que a mi nieto no le va a faltar de nada mientras yo viva aunque usted no quiera verme nunca más.
—No sé si quiero verle —dije—. Pero... gracias por venir a decírmelo a la cara.
Alberto se levantó, con una lentitud de hombre mayor que no le había visto antes. Se ajustó la chaqueta, miró el ático una vez más, y se quedó un momento en la puerta.
—Señorita Romero. —Me miró—. Si alguna vez necesita algo no dude en pedírmelo.
—Gracias —dije.
Y lo acompañé a la puerta. Martín y yo lo vimos bajar la cuesta hacia su Mercedes, con las manos en los bolsillos y los hombros un poco caídos, como si se llevara un peso que no sabía que llevaba.
***
Cerré la puerta y me quedé apoyada en ella, con el corazón latiéndome todavía raro. Martín se acercó y me rodeó con los brazos, sin decir nada, y yo me dejé abrazar, con la mejilla apoyada en su pecho y el olor a jabón de su camisa.
—¿Estás bien? —preguntó, con la boca en mi pelo.
—Sí. —Cerré los ojos—. No sabía que iba a ser así.
—¿Así cómo?
—Así. —Abrí los ojos y miré la calle por la ventana, donde el Mercedes negro se alejaba—. Que fuera él que finalmente viniera a pedirme perdón, él quien me diga que el de seguridad está detenido y que ya sepa lo del bebé antes que mi madre.
Martín no dijo nada. Me apretó más fuerte, con la barbilla apoyada en mi hombro, y estuvimos así un rato, en silencio.
—¿Sabes qué? —dijo al fin, bajito—. Mi padre nunca había pedido perdón a nadie y hoy se ha sentado aquí y lo ha hecho. —Me apretó los hombros—. Tú le has sacado eso, a él, que es de lo más difícil que he visto en mi vida.
Me reí, una risa pequeña, sin alegría del todo.
—O igual es que se está haciendo viejo.
—¿Y cuándo se lo contamos a tu madre y a mi abuela?
Me quedé mirándolo, con sus manos en mis hombros y la pregunta flotando en el aire, la pregunta que me costaba más responder era aquella: cuándo se lo íbamos a decir a mi madre.
—Mañana —dije, y me sonó a mentira—. Mañana se lo decimos…