Capítulo 44
La bienvenida
El coche iba en silencio. Sevilla pasaba por la ventanilla en manchas de luz, farolas que se encendían y se apagaban, y ninguno de los dos decía nada.
Martín conducía con las dos manos en el volante, mirando al frente, y yo miraba la noche desde mi lado, con la ropa que me había traído Rocío todavía puesta y las palabras de la doctora dándome vueltas. Vais a ser papás. Vais a ser papás.
No habíamos hablado desde que salimos del hospital.
No porque no hubiera nada que decir, sino porque todo lo que había que decir era demasiado grande, demasiado nuevo, y no cabía en un coche.
Rocío se había despedido de mí en la puerta con un abrazo y una promesa, «yo me encargo de lo demás, tú solo descansa», y se había ido en su furgoneta con los primos, dejándome con Martín y con el silencio.
—No le digas nada a tu madre —dijo de pronto, con la voz ronca de llevar horas sin usarla—. Ni a tu madre ni a tu abuela. Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que sufran. —Se pasó una mano por la cara, sin soltar el volante—. Ya has pasado suficiente, Candy. No quiero que además ellas se lleven el susto, que se les caiga el mundo encima sin saber cómo ayudarte. Solo unos días. Déjalo.
Me quedé callada. Porque tenía razón, y porque yo había pensado exactamente lo mismo la noche anterior, sentada en la banqueta del señor Eladio, cuando decidí llamar a Rocío y no a mi madre. Que ellas no lloraran. Que no se les rompiera a ellas también la noche.
—Vale —dije—. No les digo nada.
—Gracias, Candy. —Me cogió la mano, la derecha, con la izquierda todavía en el volante, y me la apretó sin mirarme.
La carretera seguía adelante, vacía, con las luces de los bloques encendiéndose a lo lejos.
Yo pensaba, con la mano de Martín en la mía, que estaba mintiendo a la gente que más quería, que estaba escondiendo lo que me había pasado en un cajón para que no lo vieran, y que eso también dolía, aunque fuera por su bien.
—Martín —dije, y la voz se me salió rara—. Me lo advirtieron.
—¿Qué?
—Que tuviera cuidado. Pepín me lo dijo, Rocío me lo dijo, hasta la abuela me dijo que ese no me miraba bien.
—Las palabras empezaron a salir solas, sin pedir permiso—.
Y yo no quise verlo. Dije que era un buen tío, que me arreglaba la furgoneta, que era mi amigo.
Me lo advirtieron todos y no quise verlo.
—Candy...
—Y lo peor no es eso. —Me quité la mano y me sequé la cara, donde no sabía que había lágrimas—.
Lo peor es que por un momento, cuando empezó, me quedé quieta.
Me dejé. Porque estaba pensando en ti, en que eras tú, y tardé un segundo en darme cuenta de que no eras tú.
—La voz se me rompió—. ¿Y si ese segundo... ?
—Para. —Frenó en seco, no en un semáforo, en mitad de la calle, y me tiró hacia delante—.
Para, Candy. —Me cogió las dos manos, con los ojos encendidos—.
No es tu culpa. Escúchame, no es tu culpa.
Da igual lo que pensaras, da igual el segundo que tardaras, da igual todo.
El que tiene la culpa es él. Solo él. ¿Me oyes?
—Te oigo.
—Pues créetelo. —Me apretó las manos—. Porque yo no voy a dejar que nadie, ni siquiera tú, te haga creer que esto es culpa tuya.
Me quedé mirándolo, con las lágrimas corriendo, y pensé en la doctora, en "usted no tiene la culpa de nada, repítalo hasta que se lo crea", y en Martín parado en mitad de la calle de Sevilla con las luces del coche encendidas, diciéndome que no era culpa mía.
Aunque no me lo acababa de creer, por primera vez quise creérmelo.
***
La casa de mi madre olía a puchero. A ese olor de los domingos que se cuela por toda la escalera, a tomate frito y laurel y a algo que no tiene nombre pero que es como un abrazo.
Mi madre había puesto el mantel bueno, el de las ocasiones, y en cuanto entramos con Martín detrás de mí, se le iluminó la cara.
—¡Candelaria! —Me abrazó como si llevara un siglo sin verme, y luego miró a Martín y le dio un cachete cariñoso en el brazo—. ¿Y este? ¿No se suponía que estabas en Madrid?
—Volvió —dije, y la voz me sonó rara, como si no fuera mía—. Volvió antes de tiempo.
—¡Y me lo dices así! —Mi madre le dio dos besos a Martín y lo agarró del brazo—. Pasa, pasa, que he hecho puchero, que con estas cosas de las fechas una nunca sabe quién va a caer por aquí. ¿Has comido, hombre? Claro que no has comido, vienes de viaje.
—Señora Lola...
—Lola, te he dicho. —Lo empujó hacia el salón—. Anda, siéntate, que esto no se enfría.
La abuela Rosario estaba en su sillón, con las gafas de cerca puestas y la novela del corazón abierta sobre el regazo. Me miró por encima de los cristales, me miró a mí y luego a Martín, y no dijo nada. Eso fue lo que más me asustó: que la abuela, que nunca se callaba, se quedó callada.
—Hola, abuela —dije.
—Hija. —Asintió despacio, sin soltar la novela—. ¿Este es el niño de Madrid?
—Es Martín, abuela. Ya lo conoces.
—Ya. —Se ajustó las gafas—. Hola, Martín.
—Hola, abuela Rosario. —Martín se acercó y le dio dos besos, con una paciencia que me llenó el pecho—. Qué bien la veo.
—Se ve bien porque ve bien, hijo. —Lo miró de arriba abajo—. Y dime, ¿has comido algo en todo el viaje o vienes vacío como un pellejo?
—Pues...
—Anda, siéntate. —Le señaló la mesa—. Que mi Lola ha hecho puchero de los buenos y no se desaprovecha.
Así, de golpe, nos encontramos los cuatro sentados a la mesa de mi casa, con el puchero humeando en el centro y un silencio que no pegaba con el olor.
Mi madre hablaba por los codos, contando lo de la vecina, lo de la tienda, lo de las rebajas, y Martín contestaba con educación, preguntándole por la gente del barrio como si no tuviera un hospital y una doctora metidos en la cabeza.
Yo no podía comer. Movía el caldo con la cuchara, lo llevaba a la boca, lo tragaba sin notar el sabor, y miraba a mi madre sonreír y no me salía nada.
—¿Qué pasa, hija? —dijo al fin mi madre, dejando la cuchara—. Llevas todo el rato como ausente. ¿No te gusta el puchero?
—Me gusta, mamá. —Dije, y me sonó tan falso que hasta yo me lo noté—. Es que estoy cansada.
—Cansada. —Repitió, con ese tono suyo de cuando no se traga algo—. Pues yo os veo a los dos cansados. Dos semanas sin verse, el niño en Madrid, y ahora venís aquí callados como si vinierais de un entierro. —Nos miró a los dos—. ¿Ha pasado algo?
—No ha pasado nada, mamá.
—Hija, que no nací ayer.
—Lo sé. —Me obligué a coger la cuchara—. De verdad que no ha pasado nada. Es que ha sido un día muy largo.
Mi madre me miró un momento, con esos ojos suyos que todo lo ven, y luego se levantó y me sirvió otro cucharón de caldo.
—Pues come —dijo—. Que los problemas con la barriga vacía son el doble de grandes.
La abuela, que no había soltado la cuchara ni una vez, me miró por encima del plato y dijo, sin venir a cuento:
—Los silencios también se comen, hija. Pero el puchero se acaba y el silencio se queda.
No supe qué contestar. Bajé la cabeza y seguí moviendo el caldo con la cuchara.
***
Martín se levantó a fregar los platos. En mi casa, en mi cocina, con las mangas remangadas hasta el codo y el delantal de flores de mi madre puesto por encima de la camisa arrugada. Mi madre quiso protestar, pero él no admitió discusión.
—Señora Lola, usted ha cocinado. —Cogió el primer plato—. Lo menos que puedo hacer es fregar.
—Pero si eres un invitado, hombre...
—No soy un invitado. —Se giró a mirarme un segundo, y se me paró el corazón—. No creo que vuelva a ser un invitado en esta casa.
Mi madre y la abuela se miraron. Yo me quedé en la puerta de la cocina, sin atreverme a entrar, mirándolo.
—Bueno, pues anda. —Mi madre le dio un beso en la mejilla y salió hacia el salón—. Rosario, ayúdame con la tele, que este chico me va a quitar el puesto.
Se fueron las dos, dejándonos solos en la cocina con el grifo abierto y el agua corriendo. Martín fregaba con una calma que no le había visto nunca, el plato en una mano y el estropajo en la otra, y yo me quedé en la puerta, mirándole las manos grandes entre la espuma.
—No me mires así —dijo, sin girarse—. Que me pongo nervioso y te rompo un plato.
—No sabía que supieras fregar.
—No sabía yo tampoco. —Se encogió de hombros—. Pero se aprende. Como todo.
Me acerqué despacio hasta quedarme a su lado y cogí el plato que acababa de aclarar para secarlo.
Estuvimos así un rato, sin hablar, solo con el ruido del agua y el chocar de la loza, y por un momento, un momento pequeño, fue casi normal.
Como si mañana no tuviera que volver a aquello, como si no hubiera un invernadero ni un hospital.
—Candy —dijo. Dejó el plato en la pila, se secó las manos en el delantal y me abrazó por detrás, me pasó los brazos por la cintura y me apretó contra él, con la barbilla apoyada en mi hombro y las manos todavía mojadas sobre la tela de la camiseta.
Me quedé quieta. No me esperaba el abrazo, no me esperaba que fuera así, por la espalda, con el cuerpo entero pegado al mío, como si quisiera sujetarme para que no me cayera.
—No te preocupes por nada —dijo, con la boca en mi pelo—. Yo te amo, Candy. Os amo a los dos.
Se me rompió algo dentro. No sé si fue un sollozo o un suspiro, pero se me rompió, y me giré en sus brazos y lo abracé por el cuello, con el trapo todavía en la mano y las lágrimas cayéndome.
Llevaba toda la noche aguantando, aguantado en el hospital, aguantado en el coche, aguantado en la mesa delante de mi madre, y ahora, con Martín en la cocina de mi casa, oliendo a jabón y a puchero, ya no hacía falta aguantar.
—Os quiero —dijo, bajito, contra mi pelo—. A los dos. Pase lo que pase.
Me abracé a él más fuerte, con el olor de la cocina de mi madre alrededor, y pensé que no sabía cómo íbamos a contárselo a mi madre ni cómo íbamos a mirar a la abuela a los ojos. Pero con él así, abrazándome, igual no hacía falta saberlo todo.