Capítulo 43
La sorpresa
El hospital olía a lejía. Yo estaba sentada en una silla de plástico verde, con un vaso de agua sin tocar entre las manos y una manta fina por los hombros que no me quitaba el frío. Rocío, a mi lado, no me soltaba la otra mano.
Habíamos llegado de madrugada. Me había puesto la ropa que me trajo Rocío del ático y aun así seguía teniendo frío, un frío que no era de la temperatura, un frío de dentro, de esos que no se van con mantas.
Una enfermera me había tomado los datos.
Después vino un policía, joven, con cara de no saber muy bien dónde mirar, y me hizo preguntas.
Muchas. Las mismas, varias veces, como si quisiera comprobar que no me lo inventaba.
Respondí a todas con pelos y señales, sin bajar la cabeza, porque si bajaba la cabeza, se me caía.
—¿Y quiere usted denunciar? —me preguntó al final.
—Sí.
Lo dije sin dudar. Era la primera decisión que tomaba desde que me había levantado del suelo del invernadero, y la tomé yo. Sin Martín delante, sin mi madre ni mi abuela. Yo, sola, con la mano de mi amiga en la mía.
—Bien. —El policía me miró, por fin, a los ojos—. Va a venir la doctora para hacerle unas pruebas. Es normal, es parte del protocolo. —Se levantó—. Cuando quiera, cuando esté lista.
Me dejó sola con Rocío y con el vaso de agua sin tocar.
—¿Estás bien? —me preguntó Rocío, bajito.
—No. —Me reí sin ganas porque estaba muerta de la vergüenza—. Pero estoy aquí y eso ya es algo.
—Eso ya es mucho, Candy. —Me pasó el brazo por los hombros—. Eso es lo más valiente que he visto hacer a nadie.
No me sentía valiente. Me sentía vacía, como un pozo, como esas plantas que quedan en el vivero y que sabes que no vas a poder salvar. Pero dije que sí, que estaba bien, y seguí esperando.
La doctora era una mujer bajita, de gafas, con las manos frías y una forma de hablar despacio que me hizo bajar la guardia. Me explicó todo lo que iba a hacer antes de hacerlo, me preguntó si estaba de acuerdo y, cuando le dije que sí, me acompañó a una sala pequeña donde me hizo las pruebas.
—Tengo que hacerle un análisis —me dijo, mientras me ponía una tirita en el brazo—. Es parte del protocolo, para asegurarnos de que está bien. ¿Le parece bien si vengo a darle los resultados dentro de un rato?
—Sí. —Me subí la manga—. Gracias.
—No me dé las gracias, hija. Estás haciendo lo correcto. —Me sonrió, y fue la primera persona en toda la mañana que me sonreía sin lástima—. Usted no tiene la culpa de nada. Repítalo hasta que se lo crea.
Me quedé con la frase dentro. "Usted no tiene la culpa de nada." La dije bajito, para mí, mientras la doctora salía de la sala. Por primera vez desde el invernadero, casi me la creo.
***
Nos dejaron pasar a la sala de espera. La misma silla de plástico verde, la misma manta fina, el vaso de agua que seguía sin tocar. Rocío se levantó a por un café de la máquina y volvió con dos, uno para ella y otro para mí, y me lo puso en las manos.
—Bebe —dijo—. Aunque no tengas ganas.
Bebí, porque tenía razón, aunque no tuviera ganas.
Fue entonces cuando vi a Martín.
Apareció en la puerta de la sala de espera como salido de la nada, con la camisa arrugada y los ojos rojos de no dormir. Me quedé mirándolo sin poder creérmelo, con el vaso de café entre las manos.
—Candy. —Dio dos pasos hacia mí y se paró, como si no se atreviera a acercarse más—. Candy.
—¿Qué haces aquí? —se me escapó, tonta de mí, la pregunta más estúpida del mundo.
—Ya estoy aquí. —Se pasó la mano por el pelo, despeinándose todavía más—. El señor Eladio me lo contó todo. Lo del invernadero, la que han liado tus primos, que te habían llevado al hospital. —Se le cortó la voz—. Me lo contó todo, Candy y he cogido el primer avión a Sevilla.
—¿Qué han liado los primos?
—Un escándalo de los buenos. —Casi se rió, una risa sin alegría—.
Se plantaron en la garita de seguridad a las tantas, preguntando por Rafa a todo el que pasaba.
El señor Eladio dice que la urbanización entera está hablando de ello.
—Me miró—. Pero no lo encontraron. Rafa no está. Recogió sus cosas y desapareció.
Ya lo sabía, lo sabía desde anoche. Pero oírlo en boca de Martín fue distinto.
—Lo sé. —Se me escapó la voz como un hilo—. Lo sé desde anoche.
Martín se quedó un momento callado, mirándome, y luego se acercó poco a poco, como quien se acerca a algo que tiene miedo de romper. Se arrodilló delante de mi silla, me cogió las manos y me las apretó despacio, como si me estuviera pidiendo permiso para tocarlas.
—Candy. —Me miró a los ojos—. Esto es culpa mía.
—No digas eso.
—Es culpa mía. —Se llevó las manos a la cabeza—. Me fui. Te dejé sola con él mientras yo estaba en Madrid y él te estaba haciendo esto... —La voz se le rompió del todo—. No debería haberte dejado nunca. No debería haber ido a Madrid.
—Martín, tú no tenías forma de saberlo.
—Claro que la tenía. —Negó con la cabeza—. Estaba raro desde antes de irme. Lo noté y no hice nada. Me dije que eran celos, que eran manías mías, que era un buen tío que, incluso, te arregló la furgoneta. —Se frotó la cara—. Y te dejé sola con él.
—Martín... —Le solté una mano y le toqué la cara, sin pensarlo, como se toca algo para comprobar que es de verdad—. Tú no tienes la culpa. El que tiene la culpa es é, solo él.
—Lo sé. —Se quedó un momento con la mejilla pegada a mi mano—. Pero no me lo puedo quitar de la cabeza. —Me miró—. ¿Por qué no me llamaste? Yo habría venido. Habría cogido el primer avión.
—No pude. —Se me llenaron los ojos de lágrimas, de golpe, sin avisar—. Me rompió el móvil, Martín, y cuando por fin pude, cuando estaba en la portería con el teléfono del señor Eladio delante, no me salió... No podía contártelo por teléfono, así, sin verte.
—Pues ya estoy aquí. —Me apretó los dedos—. No me voy a mover de aquí hasta que esto se arregle. No te vuelvo a dejar sola, nunca. Te lo prometo.
—No me prometas cosas. —Lo dije sin querer, y sonó más dura de lo que quería—. Perdona. No quería decir eso.
—Da igual. —Sonrió, con una sonrisa pequeña, de las suyas—. Te lo prometo igualmente.
Rocío, que se había quedado en un rincón, en la silla de al lado, mirándonos sin decir nada, se aclaró la garganta.
—Bueno. —Se levantó—. Yo me voy a por otro café y si me necesitáis, estoy ahí fuera.
—Rocío... —empecé.
—No me des las gracias. —Me miró—. Yo me quedo aquí, en la puerta, por si acaso. Pero esto tenéis que hablarlo vosotros.
Se fue, con su taconear de siempre, dejándonos solos en la sala de espera con el olor a desinfectante y a café malo.
***
La doctora volvió al cabo de un rato, con una carpeta en la mano y una cara que no supe leer. Martín se levantó de la silla. Yo me quedé sentada, con el vaso de café ya frío entre las manos.
—Señorita Romero —dijo, poniéndose frente a mí—. Las pruebas han salido bien, en general. Los resultados de la agresión los tendremos en unos días. —Hizo una pausa, miró a Martín y luego me miró a mí—. Pero hay una cosa que quiero comentarle. ¿Es su pareja?
Me quedé sin aire.
—¿Perdón?
—Que si es su pareja —repitió, con calma, sin malicia—. Porque los análisis han dado positivo. —Sonrió, por primera vez—. Enhorabuena, vais a ser papás.
El silencio se hizo tan grande que se oía la máquina de café de la sala de espera.
No oí nada más de lo que dijo después. Solo veía a Martín, blanco, mirándome, y las palabras de la doctora dando vueltas dentro de mi cabeza hasta que encontraron su sitio. Siete u ocho semanas. Antes de Madrid, antes de que Martín se fuera.
—Candy. —La voz de Martín llegó desde muy lejos—. Candy, ¿me oyes?
—Te oigo. —Me salió una risa rara, de las que no sabes si son de verdad—. Es tuyo, Martín. El bebé es tuyo.
Martín se quedó mirándome, con los ojos brillantes, y se llevó la mano a la boca, como si le hubieran dado un golpe.
—Vamos a ser papás —dijo, bajito, como si se lo estuviera aprendiendo de memoria—. Vamos a ser papás.